Hace 36 años Octavio Paz publicó su ensayo “Hora Cumplida”. Faltaban casi diez años para la creación de una autoridad electoral “ciudadana” y un poco más para la alternancia en la titularidad del Ejecutivo a nivel nacional. Era incluso un poco antes de que eso llamado “izquierda” se escindiera del PRI al no bastarle las “fuerzas históricas del partido” para que Cuauhtémoc Cárdenas fuera candidato a la presidencia. Un poco antes, también, de que Acción Nacional, liderado por Luis H. Álvarez, suscribiera la idea de que la legitimidad puede ganarse por desempeño cuando no se gana con los votos. En fin, en aquel ensayo premonitorio de 1985, Paz sentenció: México o se democratiza o se estanca.
Su idea era que el proceso político mexicano iniciado tras la Revolución llevó al país, hacia los años ochenta, nuevamente ante la disyuntiva entre hacerse una democracia de fondo o no: “El compromiso histórico que resolvió en 1929 la disyuntiva entre régimen de caudillos revolucionario y el establecimiento de una genuina democracia, hoy nos enfrenta a otra disyuntiva: estancamiento o democracia”.
En el pasado México había optado por no hacerlo: esa fue la ruta iniciada tanto por Díaz como por Calles, con sus ventajas y asegunes. La tesis, ya se ve, hace eco de la publicada por Lorenzo Meyer en 1977 en “Historical roots of the authoritarian state in Mexico”: el PRI no era sino la modernización de aquel orden prerrevolucionario. Una crítica bien fina y difícil de asimilar para un priista. Bien, pero Paz sumó al comentario al advertir que el priismo consistía en un modo de organizar la sociedad. Hablaba de un México priista. De ahí que Fernando Escalante, en su texto sobre “Hora cumplida”, dijera que del 85 en adelante “el análisis político de Paz mira sobre todo a la sociedad; no se fija tan sólo en el gobierno, en el Estado”. He aquí lo que más me interesa: la tesis de Paz leída con el acento de Escalante. Así hablamos del “mecanismo inextricable de complicidades, de acomodos” que distingue al México priista.
Los acomodos, ni que decirlo, se prestan a diferentes formas: toman nivel de calle, de licitación pública, de evasión fiscal, de clientelismo, etc. Por mi parte, quisiera centrarme en el que soy más propenso a repetir: el de una mentalidad caudilla. Nuestras letras, en su diversidad, dan cuenta de esta forma de estar y de leer, pues si reparamos en el hilo conductor de nuestra historia reciente, la persecución de la democracia, creo que bien cabe concluir que ese hilo está hilvanado en torno a una figura central: el presidente.
A mi juicio, nuestra narrativa asoma una opinión bastante compartida cuando se trata de fechar el inicio de la democratización en México: 1968. No que no hubiera habido movilizaciones previas, algunas incluso más nutridas, que exigieran cambios importantísimos en nuestro sistema. Pienso, por ejemplo, en las protestas de los médicos y enfermeras del 64-65 o las de los ferrocarrileros en 58-59. Sin embargo, la importancia del movimiento estudiantil en el universo simbólico de nuestra historia política, cuando se le demandó al presidente diálogo y pluralismo a precio de sangre, apenas puede exagerarse. En todo caso, sin ánimo de restar peso a esos movimientos que hablaron directo al presidente, me llama la atención lo que se deja de lado.

Ilustración: Jonathan Rosas
Primer botón: la reforma electoral de 1963. Desde luego que las normas y sus cambios ofrecen una historia menos apasionante; pero ese cambio legislativo importa por varias razones. Primero, porque da cuenta de que los espacios de poder comenzaron a otorgarse en el Congreso. La figura de “diputados de partido”, con la cual llegó a nuestro país la representación proporcional para la integración del Legislativo, permitió pequeños triunfos electorales a quienes difícilmente los habrían obtenido de otro modo. He escrito con consciencia “otorgarse”, pues hay que ver el cálculo gubernamental para ceder un poco sin renunciar al control mayoritario. De hecho, no es gratuito que el PRI mostrara su “talante democrático” mediante la apertura del Congreso en un país con una tradición parlamentaria virtualmente nula. Al paso de los años, interminables ajustes condujeron a que el PRI perdiera la mayoría parlamentaria en las elecciones intermedias de 1997. Desde luego que estos cambios no han pasado desapercibidos; pero ni son hitos ni son clímax en nuestra historia democrática. Se trata sólo de escalones en la ruta hacia la alternancia.
Botón dos: la lucha municipal. Fácilmente se olvida la lucha de la Unión Cívica Leonesa que, tras vencer en la elección municipal de 1946 en León, Guanajuato, pagó con 26 vidas su rechazo a que el PRI impusiera su candidato. Algo se recuerda de don Salvador Nava y la Unión Cívica Potosina a finales de los años cincuenta; un poco menos de los logros de la Coalición Obrera Campesina Estudiantil del Istmo en Juchitán, Oaxaca, a comienzos de los años ochenta. Muy apenas estos cambios que suceden en la vecindad, prácticamente a ras de piel, suelen destacarse en el proceso para conquistar el autogobierno. Nada, en todo caso, que alcance para llegar al corazón de la historia de nuestra transición democrática.
Y es que el rasgo común entre el municipio y el distrito —al que representa el Diputado— es su cercanía: constituyen nuestro orden social más inmediato, mucho más concreto que “lo nacional” y que la figura que descansaba en Los Pinos. Pero como es usual mirar hacia arriba, lo inmediato, lo de la propia altura, como que se desdibuja. Hay un marcado contraste con la práctica estadunidense, para la que ha quedado claro que los cambios comienzan y los poderes se ejercen en lo local —¿alguien recuerda Quien gobierna de Robert Dahl?—. De ahí que en nuestra narrativa democrática el Legislativo y lo municipal pasen a segundo término.
La llamada “generación de la transición” no se entusiasmó hasta que vio al PRI salir de la Presidencia… porque las respuestas vienen siempre de allá, al igual que sus ausencias. Cambiar este país, entonces, era fundamentalmente terminar con el presidencialismo, la Presidencia Imperial. Sólo que estas conclusiones dependían totalmente del método adoptado. Esto es: así como leer sólo a Suetonio lo deja a uno con la idea de que la historia de Roma es una sucesión de Césares, concebir nuestro sistema político como una Presidencia Imperial depende de que se ponga uno a hacer biografías. Son este tipo de ojos los que obliteraron al poder y sus modos poco democráticos en las complicidades y acomodos ordinarios. Los modos, claro está, que nos implican sin distingo.
Desde luego que exagero —pensar es, quiérase o no, exagerar, decía Ortega y Gasset— y desde luego que es muy cómodo juzgar viendo hacia atrás; pero igual sospecho que de haber escuchado con mayor atención a Paz, la democratización habría tomado mejor el rumbo de construir ciudadanía y ejercitar el autogobierno local por encima de cambiar a un individuo en un cargo. Lo digo, naturalmente, porque ya estamos en un proceso electoral no presidencial y que aparentemente no estamos enfrentando del mejor modo. Dispongo de un dato, del estado de Sonora: aunque 65 % de los sonorenses saben que este año habrá elecciones en su estado, 70 % de los encuestados confiesa haber prestado poca o nula atención a la campaña electoral. La mentalidad caudilla, en efecto, es cosa generalizada. Sin embargo, antes que entrar en el asunto electoral, prefiero terminar con otra permanencia de nuestra mentalidad caudilla: la obsesión con el presidente López Obrador.
Creo no equivocarme en que mucho de lo que se dice y escribe sobre el porqué Andrés Manuel llegó a la presidencia, de la fuente de su fuerza política, toma de algún modo la categoría weberiana de carisma. El presidente —dirían— es un líder carismático y, en ese sentido, aparece con ciertos rasgos extraordinarios que dan lugar a que se le obedezca por la confianza personal en su ejemplaridad, su heroísmo. Su discurso transformador —llamado incluso mesiánico—; su cruzada por la purificación de la vida pública, el culto casi religioso a su persona, darían cuenta de la pertinencia de esta categoría.
Bien, pero no sobra señalar que el carisma no puede definirse en abstracto, de modo absoluto. En qué consiste lo extraordinario, en qué radica lo “fuera de lo común” de un líder carismático, depende enteramente del contexto, de qué sea lo común: de lo concreto en una situación dada. Quiero decir que uno no puede dejar de lado el hecho de que los fenómenos sociales están socialmente determinados.
Hay algo cuya importancia no se advierte cuando se piensa que López Obrador llegó a la presidencia por él: por sus años de lucha, por su discurso salvífico, nostálgico, sencillo y reduccionista. Hay algo que se escapa cuando se toma su cantaleta contra el neoliberalismo como mera ideología; cuando se juzga que sus votantes son más emocionales que racionales; cuando se culpa de su éxito a los malos contrincantes o la corrupción y el descaro del sexenio previo. Algo que se nos va, en suma, cuando se mira sólo a los individuos: el proceso histórico.
En una de sus reflexiones sobre filosofía de la historia, dice Carlos Pereyra:
En vez de pretender derivar enseñanzas sobre el supuesto papel del “factor subjetivo” para “hacer” la historia, habría que investigar qué condiciones determinaron tanto la emergencia como la eficacia de ciertas formas de la práctica política.1
Pero Pereyra —se dirá— era marxista, cual si ello bastara para desacreditar su sugerencia a la hora de la historiografía. Una objeción natural si uno está casado con esa idea del liberalismo que Charles Taylor —por mencionar un autor— famosamente criticó (el artículo se llama “Atomism” y se publicó en Philosophical Papers en 1985) y para la cual lo político está compuesto de átomos.
Más allá de eso, en lugar de repetir que el presidente polariza, creo que sería más iluminador preguntarse por qué ahora y en México ha tenido lugar y fuerza ese discurso polarizador y con ese contenido concreto. Sería bastante provechoso mirar nuestro presente tomando en serio los últimos 40 años de historia: lo que se asumió como objetivos y técnicas de gobierno, el papel simbólico de la modernización, la expectativa del cambio democrático, la división del país en la mitad pobre y la que no lo es, el paternalismo y la educación cívica, el clientelismo, la fractura entre norte y sur, la historia trunca con Latinoamérica y el vínculo con Estados Unidos. En fin, acaso 40 años incluso resulten pocos. Como quiera que sea, no habríamos de mirar así, quitando los individuos de las lentes, para aprobar o justificar lo que tenemos a la sazón enfrente; sino para entender. Porque el carisma del presidente López Obrador es efecto, y no causa, de lo que hoy sucede, de manera que ayudaría bastante más intentar explicarlo que señalarlo.
La tarea ya se ve es complejísima, y acaso me equivoque pero, desafortunadamente, no veo quien la asuma. Salvo un par de excepciones, lo que leo constantemente es un ánimo de denuncia; que no de explicación. Los más de nuestros intelectuales y académicos que toman parte en la discusión pública prefieren reducir la crítica a la queja, y los que no, no paran con los vítores. Luego, tanto la fuente de todos los males como la esperanza en todos los bienes recaen en el presidente. Una postura que, por lo demás, dice mucho de lo que ambos entienden por “soberanía”.
Voy cerrando con la intuición de que el catolicismo romano nos llegó muy hondo, pues así como aquel no pudo resistirse a ponerle rostro a quien venera, a labrar su santo, así en política alzamos invariablemente la cabeza para ver al presidente. Rogelio Hernandez decía que hay una suerte de “aura presidencial”: imagen atinadísima. Por mi parte, y a reserva de que él mismo está encantado con la idea, no creo que el presidente sea lo más importante. Importa mucho más ese complejo arreglo de complicidades, de acomodos, ese proceso social al que no le llegará la hora de variar si seguimos con una mentalidad caudilla. O creo que, al menos, cabría discutirlo.
Andrés Pola
Filósofo por la UNAM, maestro en ciencia política por El Colegio de México y en historia económica por la London School of Economics. Autor de La banca paradójica (CEEY), ha publicado ensayos en medios como nexos, Animal Político y Este País. Conduce el podcast “Detrás de los Hechos” de Azteca Noticias.
1 Configuraciones: Teoría e Historia, Editorial Edicol, México, 1979, p. 99. Énfasis añadido.
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Definitivo. Y luego la pregunta del ¿qué hacer?
Es pertinente el repaso, pero seguimos igual. El carisma, su definición, es jabonosa: se nos resbala de las manos. Empero, hay algo más o menos claro: López Obrador es el primer demagogo en nuestra corta vida en democracia, ningún antecesor despertó la euforia con su triunfo en los comicios como Obrador, ningún político de cualquier época ha sido utilizado en imagen como parte de un amuleto: mucho antes de su llegada al poder se vendían escapularios con su imagen, además, no se olvide que en sus baños de pueblo habla en «tabasco». Una característica como esta no la ha tenido ningún otro, ni Vicente Fox. Despertó ilusiones en u sector o sectores importantes de la sociedad. Los estados de ánimo de las sociedades cuentan en las democracias, pero ese globo de cantolla fatalmente se desinfló. La sociedad mexicana con todas sus carencias ha sido descrita por un experto internacional en educación como una sociedad sofisticada. El proceso de aprendizaje en democracia continúa.