“¡Humo en los ojos,
Niebla de ausencia,
Que con la magia,
De tu presencia,
Se disipó…!”
—Agustín Lara, “Humo en los ojos”
Hace sesenta años John F. Kennedy y Jackie cruzaban el umbral de la Basílica de Guadalupe a la expectativa de miles. Era la primera vez que un presidente estadunidense católico venía a México. Para Kennedy el país no era del todo desconocido, pues en su niñez, cuando era Scout, viajó a México por primera vez. El futuro presidente enfatizó ese afecto al elegir Acapulco como destino de luna de miel junto a Jacqueline Kennedy. Aquel 1 de julio de 1962, una valla de Scouts contenía a los fieles que se asomaban para echar una última mirada a la célebre pareja en su tour mexicano. John ya no regresaría a México nunca más, pues un año y medio después, en Dallas, Texas, ocurriría el magnicidio más hablado de la historia moderna.
El asesinato de JFK en la Plaza Dealey el 22 de noviembre de 1963 abrió la puerta para la llamada “conspiración” del caso Kennedy y los miles de seguidores que a la fecha continúan intentando resolver sus interrogantes. El shock de ver la muerte del presidente estadunidense capturada en película por Abraham Zapruder y, apenas días después, el primer asesinato televisado de la historia, al ser abatido Lee Harvey Oswald —presunto asesino de JFK—, fueron devastadores para los ojos del mundo. El poder de la imagen —el hecho de que la realidad hubiera sido capturada y se pudiera repetir una y otra vez— es clave para entender las miles de interpretaciones y teorías que han surgido a raíz de este evento.
Las investigaciones oficiales, como la de la pionera Comisión Warren, intentaron dar una verdad histórica sin mucho éxito. El asesinato de Kennedy detonó un boom de investigadores amateur que se encomendaron la tarea de resolver el misterio como un hobby o como una obsesión. Incluso Hollywood ha entrado a la terna de las investigaciones: en JFK Oliver Stone intentó aportar evidencia y ejercer presión para obtener nuevos documentos desde la ficción. Se han planteado todo tipo de teorías, unas más creíbles que otras, pero ninguna ha logrado satisfacer al público en general, si es que eso es siquiera posible. Con cada año que pasa y cada nueva aportación de los interesados en turno, la conspiración crece y se abigarra. El resultado es una amalgama de narrativas que no sólo mezcla los hechos registrados, sino también el trauma colectivo y las elucubraciones. La memoria va mutando y transforma lo que fue un hecho concreto en un recuerdo líquido, donde la búsqueda por la verdad se topa con más y más barreras de una neblina llamada tiempo. Me parece atinado usar el título de la famosa canción escrita por Agustín Lara para describir lo que es asomarse a la narrativa Kennedy a 59 años de su asesinato: Humo en los ojos.
Cualquiera que se vea atrapado por el misterio Kennedy se preguntará: ¿cómo abarcarlo? ¿Dónde empiezo? Y, quizás más importante: ¿cuándo me detengo? Gus Russo, Jefferson Morley y Brian Latell, investigadores best-seller del tema, han dedicado toda su vida a intentar responder preguntas del caso. En el mejor de los casos, han podido dar con algunas hipótesis interesantes, pero todos coinciden en que, con cada interrogante resuelta, las cabezas de la hidra se multiplican. El paso del tiempo no ayuda: testigos clave mueren, archivos desaparecen y esa niebla que es mirar al pasado sólo se vuelve más espesa.
Pero no todo es pesimismo en quienes dedican su vida a armar el rompecabezas. Un combustible importante para la conspiración es que aún existen cientos de miles de archivos clasificados en las bóvedas de la CIA y el FBI. Si por estas agencias fuera, los archivos yacerían en los silos hasta el fin de los tiempos. Es sólo a través de decretos presidenciales, acciones del Congreso y el incansable goteo de peticiones ciudadanas por transparencia que las agencias han abierto sus acervos por partes y a discreción. En 2017, por ejemplo, fueron desclasificados más de 2800 documentos. Muchos de ellos se relacionan con uno de los caminos donde más esperanza existe para los estudiosos de la conspiración kennediana: México.

Como decía el historiador estadunidense Patrick Iber en estas páginas hace unos años, México era en la época de Kennedy un “paraíso de espías”. A principios de los sesenta, convivían en nuestro país los servicios de inteligencia de Moscú, Washington y La Habana, entre otros, solapados por la infame Dirección Federal de Seguridad (DFS). En pocos lugares del mundo era posible tal encuentro. La estrategia de política exterior mexicana de la época era ingeniosa, pues como escribe el mismo Iber: “Tolerar los juegos de espionaje de las potencias extranjeras en rivalidad puso a México en una posición de poder: ni Cuba, ni la Unión Soviética o Estados Unidos estuvieron interesados en promover un cambio de régimen en México que pusiera en riesgo el arreglo existente”.
Es en este paraíso de espías al que se refiere Iber que se encuentran dispersos muchos de los cabos sueltos de la novela Kennedy. Uno de los más relevantes es la supuesta visita de Lee Harvey Oswald a México a escasas semanas de jalar el gatillo en Texas. Supuestamente, Oswald ingresó a México el 26 de septiembre de 1963 en autobús vía Nuevo Laredo y se quedó en el Hotel del Comercio de la Colonia Guerrero del Distrito Federal. A su llegada, Oswald visitó los consulados cubano y soviético en busca de obtener una visa para viajar a la URSS. A partir de aquí las posibles interpretaciones son infinitas: ¿estaría Oswald planeando su escape? ¿Se estaba encontrando con sus empleadores? ¿Se planeó durante su visita algo relacionado con lo que sucedería en Dallas unas semanas más tarde? Según testimonios como el de Oleg Nechiporenko —responsable de contrainteligencia de la KGB en México— ambos consulados negaron la visa a Oswald, quien después de insistir un día más se limitó a asistir a actividades culturales y sociales de la cosmopolita capital mexicana.
Fue en el curso de esas actividades que la célebre escritora Elena Garro tendría un disparatado encuentro con Oswald: la autora y su sobrino recuerdan haberlo avistado en una fiesta de twist organizada por la comunidad cubana en México. En el evento se encontraría también Silvia Tirado de Durán, mexicana que trabajaba en el consulado cubano al momento de la visita de Oswald, y que fue una de las primeras detenidas despues del asesinato en Dallas. Su nombre fue encontrado en la libreta que llevaba Oswald al momento de su detención. Silvia fue interrogada personalmente por el superpolicía de la DFS, Fernando Gutiérrez Barrios, y más tarde liberada. Vivió acosada por las autoridades y luego por los investigadores, que la etiquetaron como “la amante mexicana de Oswald”, cosa que ella siempre ha negado categóricamente.
Cada camino de una narrativa tan amplia como la de Kennedy se bifurca una y otra vez, creando un laberinto de callejones sin salida desde los que se seguirá fabulando y conspirando, creando nuevos trazos y repavimentando viejas rutas. Un artículo del New York Times estimaba que para 2013 se habían publiado más de 40 000 libros en torno al asesinato de JFK. Intentar abordar todas las evidencias es casi imposible; y es por ello que los historiadores prefieren acotar sus desarrollos a pistas particulares. Las preguntas siguientes son terriblemente abrumadoras: ¿cuál elegir? ¿Por qué?
En mi caso, llegué a la conspiración Kenendy a través del cine: el Zapruder —una película casera filmada en ocho milímetros por Abraham Zapruder, que inesperadamente capturó el asesinato presidencial— y sus reinterpretaciones, como Report, del cineasta experimental Bruce Conner; o Who was the Umbrella Man, el gran cortometraje de Errol Morris; o la misma JFK de Oliver Stone. Además de estos filmes, mi interés en el caso de Kennedy también me llevó a zambullidas esporádicas en interminables libros de investigación y cuestionables sitios web. Tenía buenas razones para mantener una cierta distancia del tema: además de que sabía que el asesinato de Kennedy se convierte para muchos en un hoyo negro del que no hay salida, soy consciente de que padezco de una cierta debilidad por el misterio. No fue sino hasta que fortuitamente encontré una pista que sentí cercana, que algo en mi interior me empujó a caminar hacia esa niebla. Desde entonces no he parado. Junto al historiador Juan Salazar, he dedicado los últimos dos años a seguir una vereda poco explorada del mapa kennediano: el supuesto intento de asesinato a Kennedy en la visita que realizó a México en 1962.
Leí sobre este hecho por primera vez en un artículo escrito por la periodista Dolia Estévez en Aristegui Noticias en 2013, originalmente publicado en el periódico El Financiero en 1992. Estevez dice que el embajador estadunidense en turno durante la visita de Kennedy a México, Thomas C. Mann, le contó lo siguiente:
Era el domingo 1ro de julio de 1962. La policía mexicana detectó a un individuo entre la multitud que había acudido a recibirlos con fervor inusual. El sospechoso fue arrestado y se descubrió que portaba un arma de fuego. Nunca se nos permitió interrogarlo, lo único que se nos informó fue que hablaba con acento cubano y cojeaba de una pierna […] Se pensó que sus intenciones eran disparar contra Kennedy […] Las autoridades mexicanas no estaban ansiosas de contarnos todo, particularmente si la información tenía incidencia en asuntos de política interna, era su país y se esforzaron en darle la máxima protección a Kennedy. Supimos que interrogaron al sospechoso, aunque desconocemos los detalles.
Estévez también agrega que Mann le dijo que “no sabía si fue un caso aislado o si el hombre cojo era parte de un complot más amplio que habría estado vinculado al asesinato de JFK en Dallas, el 22 de noviembre de 1963”. De ser cierto, lo anterior es una gema oculta en el mundo de la conspiración Kennedy, una de esas historias extrañas que quedan en las sombras. Pero es apenas una pista, un punto de partida. Estévez asegura que Mann no le dió mucha más información y aclara que “Mann murió creyendo que Cuba estaba detrás del asesinato de JFK. Dijo que envió un detallado informe sobre el incidente al Departamento de Estado y al FBI con base en la escasa información que le proporcionaron las autoridades mexicanas”.
La pista de Estévez, como en todo nuevo descubrimiento en este entramado, más que aportar puntos de agarre, sólo lleva a más preguntas. La información que Mann le transmitió a la periodista en 1992 es prácticamente inédita. No encontramos ningún periódico mexicano o americano que haya publicado acerca del incidente. Se trataría del primer atentado en contra de la vida del presidente Kennedy. De allí el magnetismo de la pista: ¿cómo puede algo tan relevante haber sido tan poco explorado? ¿Cómo puede haber pasado desapercibido para los miles de ojos que han examinado cada documento oficial y extraoficial? Me inclino a pensar que, al haber tantas pistas, uno tiende a quedarse con las que simplemente confirman lo que se sabe o que resuenan con algo personal, a veces hasta íntimo. Se trata de una especie de vicio en la mirada que hace difícil ver lo que no se está buscando. De cualquier forma, lo aislado y peculiar de la historia relatada por Estévez también era motivo para dudar de su veracidad.
Meses después de leer la nota, Salazar y yo encontramos un documento oficial en la JFK Library que corroboraba la anécdota de Estévez. Se trata de una entrevista realizada a Mann en 1968 sobre su perspectiva sobre Latinoamérica y sus años de trabajo en México. En la entrevista Mann confirma lo siguiente:
Oh, sí. No sé muy bien si esto está en los registros, pero podría ser de cierto interés para usted. Tuvimos, por ejemplo, cuando el Presidente estaba en La Villa de Guadalupe —y esto de nuevo, algo que recuerdo, pero estoy seguro que está en los registros de la Agencia (CIA)—. La Agencia recibió un reporte que informaba de la presencia de un cubano en una multitud de unas doscientas o trescientas mil personas, que tenía un tic en el ojo, y que estaba armado con intenciones de disparar al Presidente. El Presidente estaba expuesto, y sabíamos que iba a mezclarse entre el público. Yo estaba en la residencia de la embajada así que esta vez no me tocó ir con él. Tenía muchas cosas que hacer supongo, no me acuerdo por qué no estaría con él. Avisamos inmediatamente al Gobierno Mexicano para que buscaran a un hombre con un tic en el ojo que fuera cubano —si sabes español puedes distinguir fácilmente su acento—. Un cubano que tuviera un tic en el ojo y que tuviera un arma. ¿Sabes? son esas, el tipo de cosas que te dan úlceras.
A lo que el entrevistador responde: “Ciertamente, eso nunca lo había escuchado.” Y, sin mayor aspaviento, continúa su interrogatorio en torno a otros temas. ¿Habría sido un truco que la memoria le jugó a Mann? ¿Quién era este hombre cubano? ¿Era parte de un complot? ¿Si el incidente se hubiera dado a conocer en el momento, hubiera evitado lo que pasó en Dallas un año y medio después? ¿Cómo hubiera cambiado la historia si a Kennedy lo hubieran matado en el santuario de la Virgen de Guadalupe? Las posibilidades son muchas. Es factible que las autoridades mexicanas hayan frustrado el evento y, para evitar mala publicidad, hubieran archivado en secreto lo sucedido.
Recapitulemos: en dos entrevistas de distintas épocas, el embajador norteamericano en funciones durante la visita de Kennedy a la Ciudad de México asegura que un año y medio antes de Dallas una persona de acento cubano, cojo de una pierna o con un tic en el ojo, armado y con las intenciones de matar al presidente, fue atrapado por las autoridades mexicanas bajo el previo aviso de los servicios de inteligencia americanos. Y nunca se supo nada más. Definitivamente hay muchos elementos extraños, como lo es detectar a una persona con características tan sutiles como un acento cubano o un tic en el ojo entre otras 3000 que abarrotaban la Basílica ese día, pero por un momento la canción de Lara cobra sentido aplicada a nuestro fantasma renco:
Humo en los ojos
Niebla de ausencia
Que con la magia
De tu presencia
Se disipó
En los meses posteriores a encontrar la entrevista de Mann de 1968 continuamos nuestra búsqueda en los acervos americanos y mexicanos que están abiertos al público. Desgraciadamente no encontramos nada respecto al evento mencionado por Mann. Leímos miles de páginas de los libros de Brian Latell, Jefferson Morley y Gus Russo, entre varios más. Platicamos con investigadores e historiadores mexicanos activos en la época, como Roger Bartra, quien tras organizar una manifestación en contra de la visita de Kennedy desde el Partido Comunista estuvo encarcelado durante el tiempo que el presidente estuvo en la Ciudad. Entrevistamos a los fotoreporteros Rodrigo Moya y Antonio Caballero, quienes cubrieron el evento. Incluso hemos recurrido a preguntar a uno de los Scouts que estuvieron presentes en la valla que protegía a Kennedy de la multitud en la Basílica aquel 1 de julio de hace sesenta años. Sus perspectivas dibujan el contorno de una ausencia: un fantasma que estuvo cerca de marcar la historia, pero que hoy languidece en el olvido. Excepto, por supuesto, en la memoria de un embajador muerto, y quizás —he aquí el motor para seguir— en algún otro documento clasificado: en el testimonio de un anciano en sus últimos días que aún no conocemos; en una fotografía que revelará el arma del cubano con el ojo disfuncional que aún no hemos descubierto; en las memorias del policía que lo haya detenido; o incluso en la investigación de alguien como nosotros, que sigue la misma pista en paralelo y desde la sombras.
Será difícil descubrir mayores certezas, pero seguiremos intentando. El camino de nuestra investigación va abriendo nuevas brechas por explorar incluso si no logra comprobar la hipótesis. Quizás haya que desviar un poco ese ojo lleno de humo, asomarse a lo que rodea el centro de la mirada y buscar en la periferia de los detalles. Quizás no es sólo en la Basílica en donde sucedieron –—o casi sucedieron— puntos de quiebre durante la visita de Kennedy a México.
Al día de hoy, nuestras averiguaciones han dado giros sorpresivos y hemos encontrado nuevas vetas, muchas de ellas igual de inauditas que la historia de Mann, que continuaremos investigando. Había tomado distancia de la noche sin sombra que es una narrativa tan cautivante como la relación entre Kennedy, la Guerra Fría y México. Pero ahora, mientras escribo, me doy cuenta que sólo soy un par de ojos más que, ya engullidos por el humo, luchan por hacerlo disipar.
Nicolás Gutiérrez Wenhammar
Cineasta e investigador independiente


