
Basta con echar un vistazo en redes sociales, medios tradicionales o conversar entre amigos y familia, incluso en la academia, para comprobar que el concepto de género no ha terminado de asimilarse. En cambio, enfrenta una serie de resistencias y aversiones que conducen al miedo y a pánicos morales.
Cuando se menciona la palabra género, algunas personas creen que se trata de temas relacionados con las mujeres, o bien, que el género es igual al sexo. Otras suponen que remite a las expectativas sociales y culturales que se asignan a hombres y mujeres, es decir, los “roles de género”. Y hay quienes entienden que el género es introducir “ideología” en campos que suponen neutrales. En esta serie de confusiones sobre un concepto tan polémico, el libro ¿Ideología de género? Disputas políticas sobre la diferencia sexual, de Marta Lamas, explica un debate político y conceptual que no sólo es poco comprendido, sino que se cree saldado al recurrir a una supuesta realidad biológica del sexo.
Las confusiones sobre el género no son inocuas. Por el contrario, han tenido diversas consecuencias, algunas muy graves: el despojo de derechos de las personas trans bajo una prohibición explícita de la “ideología de género” en diversos países; la reafirmación del lugar de subordinación de las mujeres mediante una narrativa esencialista que apunta a un supuesto orden natural y que podemos constatar con el reciente auge de las tradwives en redes sociales; o bien, el incremento de la transfobia, homofobia, acoso y violencia que vulnera la vida de las personas de la diversidad sexual e identitaria. Por eso es útil comprender qué hay detrás de esta narrativa esencialista de “la ideología de género”, a quiénes conviene que el género se perciba como una ideología y quiénes confluyen en estos movimientos antigénero que operan a nivel global.
A lo largo de siete capítulos, Lamas explora las disputas en torno al género y el surgimiento de los discursos antigénero. En los primeros, la autora explica el surgimiento del concepto y la complejidad biopsicosocial del ser humano, para después dar lugar a las reflexiones en torno a la cruzada religiosa y la batalla cultural en curso. Aquí, menciona que las disputas en torno al género, entre ellas la campaña contra “la ideología de género”, forman parte de esta guerra cultural. Más tarde, en “Las políticas sobre la diferencia sexual y el género” explica cómo la batalla cultural que inició la Iglesia católica se ha transformado en una intervención política que busca oponerse a los cambios culturales, políticos y legales promovidos por grupos feministas y LGBTTIQ+, sobre todo aquellos relacionados con la sexualidad y la procreación. Más adelante, revisa las diferencias y vicisitudes del debate sobre la igualdad y la diferencia, en el contexto de Francia y Estados Unidos. Hasta que, en los últimos capítulos, explica el desafío del quiebre del paradigma binario y la posibilidad de ser herejes sin riesgo.
Cómo y cuándo empezó la campaña contra la “ideología de género”, quiénes son los principales actores en esta disputa, entendida como parte de una guerra cultural en curso, son aspectos que se expresan de forma muy clara a lo largo del libro. Es interesante cómo la autora reconoce que las narrativas que se producen desde los grupos religiosos ofrecen una cierta garantía y seguridad a la población en un momento histórico y social donde la precariedad y la incertidumbre son lo que prima. La promesa de un “orden natural” tiene que ver con eso: ¿quién no querría creer que hay un escenario social donde la comodidad, la seguridad y el confort son posibles?
Para los grupos neoconservadores la ideología de género es el enemigo a vencer, pero ¿qué hay detrás de esta lucha? Marta Lamas menciona que el hilo narrativo de esta postura es que los seres humanos tenemos una condición natural determinada por la biología (el orden natural del sexo) y que el género es una ideología importada que atenta contra la esencia humana. Desde esta perspectiva, se pierde de vista que las personas construyen su identidad y subjetividad a partir del proceso de simbolización de la diferencia sexual y lo que se asume en su lugar es que el sexo, intepretado como la condición natural de los seres humanos, es lo que determina un conjunto de atributos en hombres y mujeres. A partir de estas narrativas esencialistas, el “orden natural” es amenazado por distintos herejes, como los movimientos feministas y de la diversidad sexual e identitaria. Este supuesto orden implica una configuración social muy específica, donde hombres y mujeres desempeñan un conjunto de tareas y funciones que les han sido asignadas con base en su sexo.
En esta batalla cultural, uno de los ejes principales es la sexualidad, que se traduce en el control del cuerpo, en especial el de las mujeres. Además, en la narrativa neoconservadora la protección de la familia ocupa un lugar central, pero no se trata de cualquier familia, sino de la tradicional heteronormada. Cuestionar los límites impuestos por este orden social se percibe como una amenaza y ha implicado una respuesta defensiva, cuyos protagonistas son la Iglesia católica, los grupos neoconservadores y mandatarios de derecha y extrema derecha en el mundo, para quienes esta batalla es una cruzada.
Marta Lamas narra cómo la lucha contra el género por parte de la nueva cruzada católica se amplió con el dispositivo de la ideología de género. Lo interesante de este movimiento es que no representa sólo un conjunto de personas organizadas que defiende el orden natural; sino que se trata de una ultraderecha reorganizada a nivel global que comparte, además de consignas y narrativas en común, estrategias para campañas electorales. Se trata de una resistencia neoconservadora muy bien organizada y financiada. Lamas señala algo importante: si durante la Edad Media los cruzados tenían el objetivo de recuperar la región de Medio Oriente para la cristianidad, el objetivo de los actuales tiene que ver con recuperar los esquemas valorativos cristianos para las sociedades contemporáneas. Sin embargo, en esta nueva cruzada los intereses no son sólo de orden religioso.
Por un lado, la autora es enfática en señalar que la ideología de género es un dispositivo político que se distingue por completo del concepto del género, la simbolización de la diferencia sexual, o bien, la forma en la que la diferencia anatómica se interpreta social y culturalmente. Por ello, es necesario comprender que “el género es al mismo tiempo cuerpo, cultura y psiquismo”. Para explicar esta configuración compleja del género, Marta Lamas retoma elementos teóricos del psicoanálisis, entre ellos la dimensión inconsciente y el concepto de habitus de Bourdieu, entre otros autores.
Por otro lado, el libro ofrece un recorrido interesante sobre cómo se construyó teóricamente el concepto de género desde diversas ciencias sociales y cómo a partir de ello han circulado los discursos en torno a este concepto (de hecho, desconociendo muchas veces ese recorrido teórico-conceptual previo). Así, describe cómo surgió la categoría de género; con esto, define otros conceptos asociados (símbolo, simbolización, entre otros). Además, la autora reconoce que el género es tanto un campo de conocimiento –como son los estudios de género–, una herramienta para las políticas públicas, es decir, la perspectiva de género; y un dispositivo, “la ideología de género”, utilizado en la batalla cultural.
Una de las dificultades para comprender la noción de género tiene que ver con su naturaleza compleja, pues como reconoce Lamas, el género es cultura y psiquismo al mismo tiempo. Además, enfatizar la dimensión psíquica del género valiéndose del psicoanálisis permite trascender la definición común del género como “construcción social”. Sí, se construye de forma social pero compromete al psiquismo. Estos procesos psíquicos involucran la reflexión en torno a cómo las normas de género son incorporadas, es decir, se hacen cuerpo y se encarnan. Este psiquismo también incluye una dimensión inconsciente que implica pensar que la identidad de género no es un asunto de voluntad o de conciencia.
Esto, desde luego, complejiza todo el asunto con respecto a cómo se asumen y se incorporan las normas de género que se transmiten por medio de procesos culturales y de socialización desde que nacemos e incluso antes de nacer: hay deseos y expectativas que se elaboran en el entorno del bebé no nacido (un ejemplo son las respuestas emocionales de los padres o las madres cuando se revela el género del bebé en los gender reveal o fiesta de revelación de género). Por ello, uno de los aspectos más interesantes del libro es poner de relieve los procesos inconscientes en la constitución de la identidad de género. Esta dimensión inconsciente se ha dejado de lado en diversos trabajos feministas.
Un acierto del libro es poner sobre la mesa las concepciones tradicionales sobre el género. Es decir, sobre lo que “corresponde” a mujeres y hombres, que no son simples puntos de vista, opiniones, sino que se producen por medio de la forma en la que la cultura se internaliza mediante los procesos de socialización, y a su vez se instala en el psiquismo de forma consciente e inconsciente. Este complejo proceso permite comprender por qué es tan difícil intentar debatir con quienes están convencidos de que las concepciones tradicionales sobre el género obedecen a la naturaleza de los sexos. Lo que está en juego no es un simple cambio en el punto de vista, sino toda una transformación subjetiva, que involucra elementos profundos que dan sentido a la identidad.
Uno de los aspectos más relevantes del libro y de la posición de la autora es el señalamiento de que en los movimientos antigénero no sólo participan grupos neoconservadores, neofascistas y religiosos, sino también grupos feministas, quienes interpretan la opresión que viven las mujeres desde una perspectiva esencialista del sexo. Lo preocupante de las feministas antigénero es que participan en actividades tanto de militancia, como de la academia feminista.
Citando a Wendy Brown, Lamas percibe cómo este feminismo antigénero se alinea a los discursos de la racionalidad neoliberal y la forma en que el conservadurismo desempeña un papel clave en los procesos de desdemocratización, en el retroceso en los derechos humanos (entre ellos los derechos sexuales y reproductivos). Es decir, cierto sector del feminismo está participando en los procesos globales de derechización. Que al interior de un movimiento de emancipación política de las mujeres como es el feminismo haya posturas antigénero, revela por un lado la complejidad del panorama y por otro, la necesidad de luchar y resistir incluso en espacios feministas; estar en uno de esos espacios no asegura que se comparta el mismo horizonte político de lucha, ni garantiza una causa en común.
Marta Lamas reconoce muy bien que lo que produce la desigualdad social entre las personas no es la diferencia sexual, ni la anatomía, sino “una compleja mezcla de creencias culturales y contextos socioeconómicos”. En algunos grupos feministas hay quienes siguen creyendo que la opresión que viven las mujeres tiene que ver con “nacer mujeres”, con una cierta lectura del sexo en términos biológicos, en lugar de, como señalaba Monique Wittig, que es la opresión la que crea el sexo como categoría y en el caso de las mujeres, su subordinación.
Esto es grave y tiene consecuencias, sobre todo cuando estas ideas circulan en espacios feministas, sean académicos o de militancia. Esto da cuenta no de una ingenuidad sino de una posición activa en la voluntad de no saber, pone en acto políticas de la ignorancia. Según Elsa Dorlin (citada por Lamas) “la voluntad de no saber de la jerarquía católica, de resistirse a conocer, a estudiar es ofensivamente escandalosa”.
Desde luego, esto aplica también para ciertos feminismos. Que el género no se haya comprendido aún lo suficiente, como una categoría o herramienta útil para analizar los problemas sociales y en cambio se entienda como ideología, como algo “antinatural”, tiene efectos. No sólo en la forma en que se producen las luchas políticas y las teorizaciones en la academia, sino en el incremento de la violación de derechos y de las violencias que sufren las personas trans, cuir, y cualquier persona de la diversidad sexual e identitaria, lo que remite a la actual tendencia desdemocratizadora a nivel global.
Por último, un apartado en el que no estoy de acuerdo con la autora es cuando señala que “hoy se empieza a comprender que hablar de género no es hablar de mujeres, ni tampoco se reduce a discutir acerca de cuántos sexos hay o de si existe una sexualidad ‘normal’ o ‘natural’. El género es subjetividad, tanto social como individual, es al mismo tiempo cuerpo, cultura, y psiquismo”. Aunque comparto lo que menciona acerca del género, no creo que hoy todo eso se empiece a comprender mejor; me parece que el panorama sobre el género sigue siendo muy difuso, y que aún entre psicoanalistas, feministas, investigadores y otros grupos, no se han terminado de comprender sus implicaciones. Aún así, me parece que este libro es un recurso valioso para cambiar esa situación.
- Marta Lamas, ¿Ideología de género? Disputas políticas sobre la diferencia sexual, Penguin Random House, Ciudad de México, 2025, 264 pp.
Marian Torres
Practica el psicoanálisis en CDMX. Especialista en estudios de género y estudiante de doctorado en Estudios Feministas en la UAM.
Me parece muy acertado tu acercamiento al libro, dan ganas de leer al ser bastante claro y directo.
PD. «queer»