
Este año, Tenzin Gyatzo, el 14º Dalái Lama, líder espiritual del Tíbet, cumple 90 años. Su avanzada edad hace inminente la sucesión al frente de la comunidad tibetana en el exilio, al tiempo que enfrenta a dos de las más importantes potencias mundiales, China e India. Si bien la “reencarnación” del Premio Nobel de la Paz 1989 recae en el ámbito religioso, más allá de fronteras físicas o ideológicas, no deja de ser un contencioso geopolítico entre los dos países más poblados del mundo y una gran interrogante irresuelta para el futuro de los refugiados tibetanos, en el Himalaya y más allá.
Feliz 90 cumpleaños, Su Santidad
“Me siento bendecida, ungida, emocionada”, afirma Cristina, atropellando las palabras, “hemos sido muy afortunadas, no cualquiera corre con tanta suerte, fue un milagro”, agrega, no menos conmovida, Bárbara. El par de turistas italianas conversa de forma animada sobre su fortuito encuentro, momentos antes, con el convoy de automóviles que transporta al Dalái Lama por las intricadas calles del centro de Leh, capital del territorio indio de Ladakh, en el corazón del Himalaya Occidental. El anciano dirigente del budismo tántrico encabezó un encuentro multitudinario en los terrenos adyacentes al presidio de la localidad, se encamina ahora, por la carretera del aeropuerto, hacia el palacio que le hospeda durante sus visitas a la región, en el pueblo de Choglamsar, epicentro del refugio tibetano en este rincón septentrional de la India. A las puertas de la residencia oficial, una fila de docenas de personas, familias con niños pequeños, ancianos de piel quebrada, monjes que portan el tradicional hábito bicolor en rojo y amarillo, esperan la ocasión de sumarse a alguna de las audiencias privadas que cada tarde preside el Dalái Lama durante su estancia.
“Feliz 90 cumpleaños, Su Santidad”, carteles espectaculares con la inconfundible imagen del hombre calvo y de gafas se pueden observar en cada esquina de Leh, incluso por todo Ladakh. La provincia india de poco más de un cuarto de millón de habitantes es la única en todo el país donde el budismo tibetano es la religión mayoritaria. Es también, junto a Himachal Pradesh, el territorio con mayor presencia de tibetanos en el exilio, siendo la India el principal país de destino para refugiados y solicitantes de asilo de dicha procedencia. La visita del Dalái Lama a Ladakh se extiende a lo largo de varias semanas y se considera especial no solamente por coincidir con el recién celebrado nonagésimo aniversario del líder religioso (6 de julio), sino porque incluye destinos que no visitaba desde hacía años, como el lejano y poco poblado valle de Zanskar, inaccesible durante los largos meses del invierno himalayo, y que sólo vuelva a visitar en su siguiente reencarnación.
“Que reencarne aquí, es lo que queremos, es lo que necesitamos”, me dice Stanzin, un joven veinteañero originario del valle de Nubra en Ladkh, colindante con Tíbet, sobre la inminente sucesión del Dalái Lama durante uno de los descansos en torno a las celebraciones del festival de Tse-chu en el monasterio tibetano de Tak Thok. Entre bailes rituales y música de trompetas, tambores y caracolas, la verbena anual se festeja a mitad del verano para rememorar el paso de Padmasambhava, también conocido como gurú Rimpoche, por las cuevas sobre las que se fundó el centro religioso en el siglo VIII de nuestra era. La tradición cuenta que fue el asceta de origen indio quien llevó el budismo al Tíbet y, desde ahí, a Ladakh, dos reinos colindantes, durante siglos independientes y que hoy quedan a uno y otro lado de las fronteras dibujadas a mediados del siglo pasado con la independencia de la India y el triunfo de la revolución comunista en China. Dos territorios vinculados por la historia, la cultura, la lengua y la religión en donde se vive con mayor fervor que en cualquier otra geografía la próxima “reencarnación” del Dalái Lama.
Exilio, refugio y reencarnación
“No es una provincia, es una nación robada” reza una pinta en referencia al Tíbet sobre uno de los muros de la calle principal de McLeod Ganj. El asentamiento de unos 11 mil habitantes, adyacente a la ciudad de Dharamshala, capital invernal del estado indio de Himachal Pradesh, fue utilizado por los británicos como estación de montaña y, desde 1959, funge como hogar en el exilio del 14º Dalái Lama, a donde Tenzin Gyatzo llegó auxiliado por el entonces gobierno del primer ministro Jawaharlal Nehru tras su salida del Tíbet. El encaramado de empinadas calles, salpicado de mercadillos donde refugiados tibetanos venden cuencos acústicos, banderas de oración, prendas hechas con lana de yak y mandalas multicolor, está coronado por el monasterio de Namgyal, domicilio habitual del líder religioso, y por la sede del gobierno tibetano en el exilio, que consiste en parlamento, corte de justicia y consejo de ministros. Un gobierno autogestionado por medio de elecciones abiertas desde 2011, tras la renuncia del Dalái Lama a la jefatura de Estado tibetana y a toda actividad política, en un intento, infructuoso, de mediar con China y allanar el camino ante un posible regreso a su país de nacimiento.
De acuerdo con las cifras más recientes del Departamento de Información y Relaciones Internacionales de la Administración Central Tibetana, nombre con el que se denomina al gobierno tibetano en el exilio, en el 2019 se contabilizaban 128, 014 refugiados tibetanos en el mundo, 94, 203 de ellos en la India. Según el Museo del Tíbet, institución con sede en Dharamshala creada en 2000 que fomenta el conocimiento sobre el Tíbet y su diáspora, el flujo de personas que atraviesan la montañosa frontera hacia la India ha disminuido en la última década como resultado de mayores controles del lado chino, aunque no ha desaparecido por completo. El Museo afirma que entre 2018 y 2019 alrededor de un centenar de personas lograron atravesar el Himalaya y conseguir estatus de refugiados en India. Tibetanos que escapan de lo que perciben como una pérdida de libertades bajo el control chino y una amenaza directa a su supervivencia identitaria frente a políticas de aculturación y control cada vez más agresivas por parte de Beijing. Es el grupo vulnerable de refugiados tibetanos en la India y más allá, el que con mayor aprehensión espera la inminente sucesión del nonagenario líder espiritual.
“Su Santidad acaba de cumplir 90 años y conforme avanza en su camino y edad, crece para el Tíbet y para nosotros los tibetanos en el exilio la incertidumbre y, sobre todo, el miedo. China probablemente elegirá un sucesor, mientras nosotros en el exilio tendremos otro, la verdadera reencarnación del Dalái Lama, el quinceavo. Esto generará una escisión de la no sé si podremos recuperarnos”, analiza Dorjee, monje tibetano adscrito al monasterio de Gyuto en Dharamshala, una institución religiosa que alberga a más de 500 niños y adolescentes tibetanos para formarles en la línea del budismo tántrico. Originario de la oriental provincia tibetana de Kham, Dorjee cruzó los Himalayas a pie junto con seis monjes más en 1983. Les llevó tres meses alcanzar la frontera india. Su exilio dura ya más de 40 años. “El mundo tiene que voltear a vernos, debe continuar apoyándonos. Como tibetanos refugiados tenemos que seguir alzando la voz, por nuestra lengua, por nuestra cultura, por nuestra historia, por nuestro futuro”, añade con resolución.
La relación entre China y la India ha sido una de altibajos y desencuentros desde que la excolonia británica alcanzara la independencia y el gigante asiático se erigiera como República Popular, una relación marcada por la mutua desconfianza y el recelo ante actitudes que se perciben como expansionistas a uno y otro lado del denominado Techo del Mundo. Una relación en la que el Tíbet ha jugado el rol de moneda de cambio y que ha llevado en más de una ocasión a enfrentamientos directos, de la guerra sino-india de 1962 a las escaramuzas fronterizas en torno al valle del río Galwan en Ladakh de mayo de 2020. Si bien durante los últimos años la cambiante situación internacional y el reacomodo de fuerzas geopolíticas, sobre todo a sazón de la imprevisibilidad de la relación entre las dos potencias y Washington, ha llevado a un acercamiento benéfico y sin precedentes entre Nueva Delhi y Beijing, cierto es que la entente entre los gobiernos de Narendra Modi y Xi Jingping no puede darse por sentado. Los vínculos entre China y Pakistán, antagonista perenne de la India, y la eventual sucesión del Dalái Lama, habrán de ponerla a prueba. El pronóstico en uno y otro caso es reservado. Como afirma el Instituto Real de Relaciones Internacionales británico mejor conocido como Chatham House, con sede en Londres, “las relaciones entre China y la India tienen mayor importancia a largo plazo para el futuro de Asia y el orden global”.
Diego Gómez Pickering
Escritor, periodista y diplomático mexicano. Su libro más reciente es África, radiografía de un continente (Taurus, 2023).