Nietzsche decía que cuando tenemos que cambiar de opinión sobre alguien, le hacemos pagar caro el inconveniente que eso nos causa. Lo recuerdo al pensar en J.D. Vance, el senador republicano que acompaña a Trump como candidato a la vicepresidencia de Estados Unidos. Como muchos, conocí a Vance en 2016 cuando leí con interés Hillbilly Elegy, el superventas que lo lanzó al estrellato como gran intérprete del trumpismo. En esos tiempos, Vance parecía destinado a convertirse en uno de los líderes de la resistencia conservadora frente a Trump. El destino, sin embargo, nos deparaba una sorpresa: en menos de una década, este nativo de Ohio experimentó una transformación dramática que lo hizo pasar de llamar al expresidente republicano un “Hitler americano” a convertirse hoy en su más fiel y radical escudero.
Aunque este cambio explica en buena medida mi aversión hacia el personaje, lo cierto es que la figura de Vance es fascinante. Y lo es al menos por tres razones. La primera es la rapidez de su ascenso político: recién cumplidos los cuarenta y con apenas dos años de experiencia en el Senado —su primer y único cargo público—, Vance es quizá el político más exitoso de su generación. La segunda es su conversión al trumpismo, tan inesperada como oportuna, justo antes de entrar a la política institucional. La tercera es el papel fundamental que Vance está llamado a desempeñar, no sólo en una eventual segunda presidencia de Trump, sino como heredero y líder del postrumpismo.
A continuación, un retrato de James David Vance y sus múltiples transformaciones, que son también las de la nueva fuerza hegemónica en la derecha estadunidense.

Vance y el anti-trumpismo: nuestro conservador favorito
Parece difícil de creer, pero J.D. Vance no siempre fue el agitador ultraderechista que es hoy, capaz de afirmar sin despeinarse que los inmigrantes haitianos se comen las mascotas de sus vecinos o que quienes asaltaron el Capitolio en 2021 son presos políticos del gobierno de Biden. Hace no mucho tiempo, Vance entró a la escena pública como una joven promesa del conservadurismo antitrumpista.
Lo hizo de la mano de su libro autobiográfico, Hillbilly Elegy, en el que retrataba la vida de pobreza, caos y adicciones de la clase trabajadora blanca del Medio Oeste americano. Publicado en 2016, apenas unos meses antes de las elecciones de aquel año, el libro se convirtió en una especie de piedra Rosetta para quienes buscaban entender a los votantes trumpistas. Su autor, un joven y exitoso ejecutivo de Silicon Valley, fue aplaudido lo mismo en círculos liberales que conservadores.
El libro narra la turbulenta infancia de Vance junto a su familia, entre el pequeño y depauperado pueblo de Ohio en el que nació (golpeado por la crisis de los opioides y la desindustrialización), y el Kentucky rural de sus abuelos. Pero sobre todo, Hillbilly Elegy cuenta la forma en que, contra todo pronóstico, Vance escapa de ahí: desde su entrada a los marines y su despliegue en Irak hasta su paso por la escuela de derecho de Yale, donde conoce a su esposa y al millonario Peter Thiel, con quien acabaría trabajando en San Francisco. La trama es digna de una película. Y, en efecto, se adaptó al cine en 2020.
Pese al esfuerzo del autor por convencernos de la empatía por su tribu, hay un problema central en el texto. Y es que lo que Vance construye en sus memorias no es una elegía sino una reprimenda. Lejos de explicar los dolores de la clase trabajadora blanca aludiendo a factores políticos o estructurales, el libro avanza un argumento centrado en cuestiones de orden cultural e individual. Para Vance, más que la globalización o el abandono de las élites, era la tendencia a victimizarse, las malas decisiones y la desesperanza de sus paisanos lo que llevó a la crisis del Rust Belt. La moraleja del cuento, como otras historias de su género, acaba siendo que el cambio está en uno.
Hillbilly Elegy fue un éxito: quizá no entre la clase de origen de Vance, pero definitivamente sí en la que lo había “adoptado”. De forma particular, el progresismo norteamericano recibió con entusiasmo a este joven que podía traducir a Trump sin ser trumpista. Más aún, que podía oponérsele desde las propias filas conservadoras. La élite liberal y Vance podrían no estar de acuerdo en lo específico, pero compartían un adversario en común. De ese tiempo data, por ejemplo, un famoso ensayo publicado en The Atlantic en el que Vance describe a Trump como “heroína cultural”, un “opioide para las masas” cuyas promesas eran la “aguja en las venas colectivas de Estados Unidos”.
A la distancia, hay algo irónico en el modo tan obsequioso con el que la prensa liberal trató al Vance antitrumpista. Fueron años en los que el hoy candidato combinó su nueva faceta de intelectual público con una serie de iniciativas en su natal Ohio, a donde se mudó con su familia. Una y otra vez, sus entrevistadores le animaban a entrar en política. Vance, concentrado en proyectos como llevar inversiones al Medio Oeste o una ONG para tratar la crisis de los opioides, decía no estar interesado. No fue hasta 2021 en que se decidió a buscar un cargo público. Lo hizo, sin embargo, con una agenda muy distinta a la que muchos de sus seguidores esperaban.
Vance y el trumpismo: la fe del converso
Durante la presidencia de Donald Trump, J.D. Vance experimentó dos conversiones que darían un giro de 180 grados a su trayectoria: la primera, en 2019, cuando se convirtió al catolicismo, un proceso que explicó en un largo ensayo en The Lamp. La segunda, en algún momento de 2021, poco antes de buscar la candidatura a senador por Ohio, cuando se convirtió al trumpismo. Desde entonces, Vance ha mostrado, en público y en privado, el celo y la fe que caracteriza a los conversos.
Aunque el camino de Vance dentro del movimiento MAGA (Make America Great Again) ha sido exitoso, no ha estado exento de obstáculos. El primero fue su propio pasado, que no pasó desapercibido ni a sus rivales dentro del Partido Republicano ni al propio Donald Trump. Por poco le cuesta su candidatura al Senado. Si Vance logró hacerse con el triunfo en esas primarias —recordadas como las “más tontas de la historia”— fue por la participación de dos personas. La primera fue Peter Thiel, su mentor y exjefe en Silicon Valley, quien respaldó a su pupilo con la mayor inversión individual jamás hecha en una campaña legislativa. La segunda fue Donald Trump Jr., admirador de Hillbilly Elegy, cuyos buenos oficios fueron clave para que el expresidente “perdonara” a Vance y le diera su endorsement.
Para convencer a Trump y a los republicanos de su nueva fe, la estrategia de Vance fue la misma que despliega como candidato a vicepresidente: usar todo su talento y dotes argumentativas para rebasar a Trump por la derecha. En los medios, redes sociales o la calle, Vance ha dedicado los últimos años a articular un discurso en el que, grosso modo, los grandes enemigos del pueblo estadunidense son China, a donde se van los mejores empleos, los migrantes que se roban los pocos que quedan, y una élite woke que permite ambas cosas y que, además, tilda de racistas a quienes se quejen.
Entre las muchas profesiones de fe de Vance, una es en particular reveladora. Si algo no ha cambiado en el senador es el peso que en su discurso tiene la crisis de los opioides, que vivió de cerca por medio de la adicción de su madre. Lo que sí dio un giro es la manera en que la enmarca. En una entrevista en 2022, Vance sugirió que el presidente Joe Biden estaba deliberadamente dejando entrar fentanilo a los Estados Unidos a través de la frontera como una forma de matar votantes trumpistas. Es decir: cinco años fueron suficientes para que, como señala David A. Graham, Vance decidiera que la “heroína cultural” trumpista que antes denunció era demasiado potente para poder resistírsele: decidió convertirse en su mejor dealer. En los términos más crudos, el tiempo parece haberle dado la razón. Apenas dos años después, respaldado nuevamente por Don Jr. y por oligarcas como Elon Musk, Trump eligió a Vance como su compañero en la boleta para estas elecciones.
A diferencia de Mike Pence, que se negó a secundar a Trump en sus intentos de descarrilar la toma de protesta de Biden en 2021 —y que obtuvo como recompensa llamamientos a ser colgado durante el asalto al Capitolio del 6 de enero— Vance se ha negado de manera sistemática a aceptar como legítimos los resultados de esa elección. En ese sentido, su eventual vicepresidencia actualizaría lo que para periodistas como Maggie Haberman sería la gran diferencia entre el primer mandato de Trump y su regreso a la presidencia: la ausencia de “adultos en la habitación”. Lejos de ser un freno a los peores instintos trumpistas, como en su día lo fueron políticos conservadores dentro de la Casa Blanca, el papel de Vance sería el de un facilitador. Uno abocado a dar un barniz de coherencia y sofisticación a las peores decisiones del neoyorquino, sin importar si se trata de reemplazar a todo el personal del gobierno por partisanos, deportar a millones de migrantes o desaparecer el Departamento de Educación.
Vance y el post-trumpismo: ¿el líder de la contrarrevolución?
Con todo lo preocupante que sería J.D. Vance como vicepresidente, lo que más inquieta de su salto a la primera línea política no es su militancia en el movimiento trumpista, sino la influencia que tendrá en la reconfiguración de la derecha post-Trump. Como explica Ian Ward en un perfil en Politico, la nueva identidad de Vance como converso al movimiento MAGA coexiste con un nuevo papel que desempeña en Washington: el de abanderado de la “Nueva derecha”, un movimiento disperso de élites conservadoras (intelectuales, políticos y empresarios) que intentan llevar el movimiento iniciado por Trump en direcciones todavía más radicales. Si Trump secuestró al Partido Republicano para implementar su proyecto, los jóvenes miembros de esta corriente buscan instrumentalizar al trumpismo para llevar a cabo una auténtica contrarrevolución conservadora. Una contrarrevolución en la que caben desde planteamientos tecnofascistas made in Silicon Valley hasta visiones sobre el género dignas de El cuento de la criada.
En el proyecto de esta “Nueva derecha”, J.D. Vance está llamado a ocupar un lugar central. Después de todo, Trump está cerca de los ochenta años e, incluso ganando las próximas elecciones, está imposibilitado para buscar un tercer mandato. La candidatura de Vance a la vicepresidencia y su relativa juventud lo colocan —de la mano de su amistad con Don Jr. y el financiamiento de gente como Peter Thiel— como un heredero natural del movimiento que transformó al Partido Republicano. Así lo creen personajes como Steve Bannon, el expresentador de Fox News Tucker Carlson o Kevin Roberts, presidente de la Heritage Foundation, un think tank conservador que abandonó su ideario reaganiano para convertirse en hogar intelectual del trumpismo. El propio senador ha declarado que el suyo es un proyecto de “cambio de régimen” que se mide en décadas, no ciclos electorales.
La insurrección liderada por Vance dentro del movimiento trumpista puede parecer una mera disputa generacional, pero es mucho más que eso. Se trata de un cisma ideológico en torno a lo que significa el conservadurismo en Estados Unidos. La crítica fundamental de Vance y sus aliados a lo que ven como el establishment —cuyas señas de identidad son el fundamentalismo de mercado y un intervencionismo belicista— es que se volvió demasiado parecido a sus rivales. Casos emblemáticos serían John McCain o la familia Cheney, que cruzaron la línea partidista para oponerse a Trump. Frente a estos republicanos convencionales, la “Nueva derecha” opone una mezcla de aislacionismo, nacionalismo económico y pseudo-populismo, todo atado con un discurso socialmente retrógrada. Una frase acuñada por Vance lo resume a la perfección: la guerra cultural es también guerra de clases.
La mezcla parece sacada de un oscuro foro de internet, y no es casualidad del todo. De forma simultánea a su conversión al trumpismo, Vance inició un acercamiento hacia una serie de “subculturas” de derecha, presentes sobre todo en el mundo online, que él mismo calificó como “raras”. En estas influencias caben desde admiradores de Viktor Orbán hasta católicos “posliberales” que creen que el individualismo y las feministas han sumido a Occidente en una crisis civilizatoria, pasando por teorías de la conspiración como la de “el gran reemplazo”, la obsesión incel por los niveles de testosterona o la cruzada del propio Vance contra las “childless cat ladies”que “controlan” el país.
Si alguien quiere saber cómo lucirá el Partido Republicano después de Trump, debe echar un vistazo a este escaparate de la ultraderecha en que se ha convertido el proyecto de Vance y sus aliados.
El talentoso Sr. Vance
Uno de los rasgos más interesantes de la cultura norteamericana es, como afirma Helen Lewis, su ilimitada tolerancia para la reinvención personal. La trayectoria política de J.D. Vance es ejemplo de ello. Sin embargo, el paso del autor de Hillbilly Elegy del antitrumpismo al trumpismo, y de ahí en última instancia al postrumpismo, es algo más que una historia individual: es el avatar de las mutaciones que experimenta la derecha estadunidense. Vance ha sido al mismo tiempo objeto y sujeto de esta transformación. Hombre ambicioso e inteligente, sería equivocado ver en el senador otra víctima que acabó engullida por el movimiento MAGA. Antes bien, hoy es uno de sus principales arquitectos.
Como el relato que le dio fama, la vida de Vance sigue siendo un cuento netamente norteamericano. La diferencia es que, si con su escritura se convirtió de forma involuntaria en traductor del trumpismo, con su política busca deliberadamente dirigir lo que está por venir: una variante del conservadurismo estadunidense que, escondida tras un disfraz popular, es cada vez más autoritaria, peligrosa y rara.
César Morales Oyarvide
Politólogo y candidato a doctor por El Colegio de México