A trescientos años del natalicio del filósofo alemán Immanuel Kant, una visita a su ciudad de origen y eterno reposo, actual Kaliningrado, antigua Königsberg, capital prusiana de oriente, da cuenta de lo válidos y lúcidos que siguen siendo los postulados y el pensamiento kantianos y advierte la necesidad de releer Sobre la paz perpetua en tiempos de guerra.
1945
“Abierto al público desde 1968, el Museo del Búnker constituye un monumento histórico único sobre la Gran Guerra Patriótica y el asalto de Königsberg del 9 de abril de 1945”, reza una cédula informativa en ruso, inglés y alemán a la entrada del antiguo búnker nazi localizado a siete metros de profundidad en las entrañas del centro de Kaliningrado, base operativa del ejército nacionalsocialista en la que fuera la ciudad alemana más oriental. El estrecho túnel de 150 metros de largo comunica media docena de habitaciones donde se recrean, con dioramas y maniquíes disfrazados, los días de la primavera de 1945 en los que la ciudad capituló ante las tropas del Ejército Rojo. La entrada cuesta 300 rublos, aproximadamente 65 pesos, e incluye una sesuda explicación sobre la importancia de recordar lo que sucedió hace casi 80 años por parte de la sexagenaria mujer encargada del espacio. Esa sí, solamente en ruso.
Se calcula que en la batalla de Königsberg fallecieron más de 100 000 personas, entre efectivos militares y víctimas civiles. La toma de la ciudad por parte de las tropas soviéticas selló, de cierta forma, la posterior caída de Berlín y la derrota definitiva del régimen comandado por Adolf Hitler que aterrorizó Europa, de Este a Oeste, por más de una década. Simbolizó, también, el fin de una era y el inicio de otra. De la ciudad medieval de Königsberg, fundada a mediados del siglo XIII en las costas del mar Báltico por la Orden de los Caballeros Teutónicos, no quedó piedra sobre piedra. Lo que no destruyeron los bombardeos aliados de 1944 lo hicieron las tropas rusas en 1945, las carcasas del castillo medieval donde se coronaba a los reyes prusianos fueron demolidas en los años sesenta del siglo pasado por órdenes del Kremlin. Igual suerte corrieron edificios con medio milenio de vida por toda la ciudad, maltrechos sobrevivientes de la guerra. A la ciudad se le rebautizó como Kaliningrado, en honor a Mijaíl Kalinin, revolucionario bolchevique y político soviético quien se desempeñó como presidente del Sóviet Supremo de 1938 a 1946. Que su catedral, cuya construcción inició en 1330, y la adyacente tumba de Kant, sobrevivan hasta nuestros días, es más que fortuito o milagroso, una señal. Una buena señal, una señal de esperanza, si sabe leerse.
Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se dijo, alto y fuerte, nunca más a cualquier Holocausto o conflicto de proporciones semejantes (aunque hoy pareciera que no se pronunció palabra). Se configuró un sistema legal de alcance internacional, se redibujaron y reconstituyeron fronteras, se sentaron las bases de la Organización de las Naciones Unidas para garantizar un orden político, económico y social que favoreciera el diálogo, el respeto y la diplomacia por encima del encono, el enfrentamiento y el conflicto armado. Se dio forma a los postulados de Kant. Se creó un sistema que a ocho décadas de distancia sigue siendo vital, a pesar de los indiscriminados ataques de los que es objeto por parte de los gobiernos que lo conforman.

“Mi abuelo era ucranio y mi suegro polaco, yo soy ruso y mi esposa alemana. Somos el mismo pueblo, la misma gente. Somos hijos de la misma historia, pertenecemos a la misma tierra. La guerra sólo sirve a los intereses económicos, aunque nos jode a todos”. Andrei es salomónico en sus opiniones sobre la enquistada situación que enfrentan los rusos de a pie, como él, ante las sanciones económicas y el ostracismo occidental, a dos años y medio de que empezara la guerra de Ucrania. El exentrenador de boxeo de alto rendimiento se gana la vida estos días con el contrabando de juguetes desde Europa, a través de Bulgaria y Polonia, a Rusia. “La guerra a nadie nos gusta y a muy pocos conviene”, agrega el hombre nacido en Kaliningrado hace 49 años. Su parecer no difiere mucho de lo expresado, en confidencialidad, por hombres y mujeres jóvenes y no tan jóvenes en el enclave ruso del Báltico. Hay un cansancio generalizado, una disonancia entre la narrativa moscovita y el cuchicheo de la calle, unas ganas enormes de paz y reapertura de fronteras, para volver libremente a las vecinas Polonia y Lituania a beber cerveza y a comer, a ver los amigos. Aunque lo único que se respire en el aire sea guerra.
“Para los Estados con relaciones entre ellos no puede haber otra manera, según la razón, de salir de la situación sin ley, en exceso bélica, que, de la misma manera que los seres humanos individuales, entregando su libertad salvaje (sin ley), consintiendo con leyes públicas coactivas, y construyendo (por supuesto siempre en modo creciente) un estado de pueblos (civitas gentium), que finalmente abarcaría a todos los pueblos de la tierra”.
En Sobre la paz perpetua, escrita por Kant en Königsberg en 1795, el pensador teutón esboza lo que finalmente se materializa en San Francisco en 1945 con el establecimiento de la ONU, una estructura mundial con una perspectiva que favorece la paz entre los gobiernos que la componen. Como afirma Kimana Zulueta Fülscher en su traducción al español del tratado político kantiano para la edición de Akal, Sobre la paz perpetua no sólo reúne lo más destacado del pensamiento filosófico del alemán, sino que constituye un sólido proyecto jurídico para conseguir una organización política mundial, particular para cada uno de sus Estados miembro, que favorezca la paz.
En su ensayo, Kant reconoce, como no podría ser de otra manera, que el estado natural de la sociedad, en tanto conformada por hombres de razón, pero instintivos, es la confrontación. “El estado de paz entre hombres que viven juntos no es un estado natural (status naturalis), sino más bien un estado de guerra, es decir, a pesar de no comprehender siempre un estallido de las hostilidades, sí es la continua amenaza de las mismas”. Por esta razón, subraya que la única manera de garantizar la paz y evitar la guerra es a través de una organización supranacional que funcione a partir de reglas claras y bajo la premisa del cumplimiento sine qua non de la ley por parte de los estados miembro. “…el estado de paz debe ser instaurado; pues la omisión de las hostilidades no significa aún garantía de seguridad…lo cual sólo puede suceder en un contexto legal…”.
“La catedral y la tumba del gran filósofo Immanuel Kant, localizada en el muro norte del complejo, son símbolos de la ciudad, considerados bienes de interés cultural y patrimonial de relevancia federal”. La placa, en ruso, inglés y alemán, frente a la imponente fachada de la catedral de estilo gótico dedicada a la Virgen María y a San Adalberto, hoy convertida en sala de conciertos y museo kantiano, narra la historia del edificio, destruido en gran parte durante la última Guerra Mundial y reconstruido a partir de la desaparición de la URSS en los años noventa. Localizadas en la isla de Kneiphof, en el río Pregel, vibrante corazón de la ciudad desde su fundación hasta 1945, la catedral de Königsberg y la tumba de Kant son una joya arquitectónica dentro de una urbe despersonalizada por el exceso de brutalismo comunista. Están rodeadas de elegantes árboles surcados por esculturas y veredas peatonales que dan solaz sobre lo que hasta antes de la guerra fueran comercios, viviendas y construcciones civiles, arrasados por los bombardeos británicos y la posterior ocupación soviética.
Su sola supervivencia y la solidez de su reconstrucción y preservación, tras las barbaries que han rodeado su existencia, son testigos mudos de la relevancia de los postulados de Kant a tres siglos de su nacimiento y de la necesidad de fortalecer el sistema internacional garante de la paz ideado por el pensador ilustrado, ante las amenazas crecientes que abogan por su eclosión.
2024
Como argumenta Vadim Chaly, académico de planta de la Facultad de Filosofía de la Universidad Estatal Lomonósov de Moscú, en el más reciente número de la Revista Kantiana, editada por la Universidad Federal Báltica “Immanuel Kant”, hoy en día “el giro crítico de Kant sigue siendo una estrategia eficaz mediante la cual compensar las tensiones repentinas y los “impulsos gnósticos” provocados por la revolución de la cosmovisión moderna, recuperando una reorientación en el pensamiento enfocada en el proceso mundial y la actividad individual”. Para Chaly, y para un número no menor de especialistas e investigadores de la vida y obra de Kant, lo propuesto por el filósofo alemán hace trescientos años sigue resonando, con fuerza, en 2024. “La revolución al estilo Copérnico de Kant vuelve a poner en orden a los seres humanos y a la imaginación, lo que permite tener la esperanza de que se afrontarán con éxito los desafíos que la humanidad tiene por delante”, concluye Chaly en su artículo intitulado “Kant y el mareo de la modernidad”, publicado en el número alusivo al aniversario número 300 del natalicio del alemán.
Tal como la catedral de Königsberg fue vapuleada durante la Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas han sido reiteradamente confrontadas a lo largo del presente siglo, con incrementales ataques a sus principios y propósitos, sobre todo por parte de sus Estados miembro. La Carta fundacional de la organización firmada en San Francisco el 26 de junio de 1945 se encuentra, si no herida de muerte, sí, en condición crítica. De la invasión rusa a Ucrania a los lacerantes e indiscriminados asesinatos de civiles palestinos por parte de las fuerzas militares israelíes, pasando por los nacionalismos populistas destructores de instituciones, la violencia de Estado en Venezuela y los conflictos en Sudán, Yemen y la República Democrática del Congo, el vilipendio al derecho internacional y al derecho internacional humanitario, de forma impune y sin consecuencias de por medio, constituye la principal alarma de riesgo inminente.
Como ciudadanos cosmopolitas del siglo XXI, herederos de una historia cuyos aprendizajes son inescapables, tenemos una responsabilidad. No podemos ni debemos permitir que los cimientos de lo construido en 1945 desaparezcan, hemos de enfocarnos en protegerlos, conservarlos para las generaciones venideras, porque sólo así ellos que no nosotros serán capaces de reconstruir el sistema garante de la paz, mejorándolo, adecuándolo, engrandeciéndolo, perpetuándolo. Porque como afirma Kant en el apéndice de Sobre la paz perpetua, “…la paz perpetua no es una idea vacía, sino que es una tarea que, resuelta poco a poco, se acerca continuamente a su meta (porque es de esperar que los tiempos en los que ocurren estos mismos progresos sean cada vez más cortos)”.
Diego Gómez Pickering
Escritor, periodista y diplomático mexicano basado en Barcelona. Su libro más reciente es África, radiografía de un continente (Taurus, 2023).
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