Kamala Harris y el dilema del partido demócrata

El debate televisivo entre Donald Trump y Kamala Harris contuvo grandes dosis de boxeo dialéctico. Entre estas, llama la atención la apuesta de la actual vicepresidenta por presentarse como una candidata sin ataduras con el legado de la Administración Biden. Después de que Trump atacara el historial de Biden en inflación, Harris le espetó: “Obviamente, no soy Joe Biden. Y, desde luego, no soy Donald Trump. Lo que ofrezco es una nueva generación de liderazgo para nuestro país”. Dados los niveles de popularidad de Joe Biden, su estrategia de distanciamiento tiene sentido. A principios de septiembre, ya fuera de la carrera por la reelección, sólo un 39 % de los encuestados por Gallup aprobaban los logros de Biden como presidente. Este grado de impopularidad no se explica por las polémicas en torno a su avanzada edad y su evidente deterioro físico y mental. El problema de fondo es que las políticas de la Administración Biden no han logrado sucitar un apoyo popular masivo con el cual combatir con eficacia al populismo reaccionario de Donald Trump.

Para los demócratas se trata de un fracaso muy grave. En su camino hacia la presidencia, Biden parecía pasar página a la larga travesía en búsqueda del voto moderado de centro y asumió el reto de volver a fidelizar el voto trabajador. Para lograrlo, el candidato demócrata prometió rescatar del olvido las lecciones de la popular presidencia de Franklin D. Roosevelt y su New Deal. Al llegar a la Casa Blanca, colgó un enorme cuadro de Roosevelt en el Despacho Oval y prometió actuar como el presidente más prosindical de la historia  –en septiembre de 2023, Biden cumplió de manera simbólica su promesa al convertirse en el primer presidente que se sumaba a unos piquetes en huelga de la industria automotriz. También impulsó una agenda progresista de indudable ambición: el Plan de Rescate Estadounidense, la Ley Bipartidista de Infraestructura, la Ley para la Reducción de la Inflación y la Ley de CHIPS y Ciencia, entre otras.

La distancia entre haber hecho un gran trabajo y los altos niveles de desafección y descontento popular provoca un enorme desconcierto entre los demócratas. ¿Por qué Biden sólo logra la aprobación de los que están registrados como demócratas? ¿Será que sus proclamas protrabajadores provocaron un fuerte rechazo en la clase media aspiracional? El debate sobre las causas del fracaso de Biden está suspendido por las exigencias de la campaña electoral y, sin duda, la explicación será multifactorial. Sin embargo, es prudente señalar que el presidente y su equipo no pecan de demasiada ambición transformadora. Más bien están pagando las consecuencias de un exceso de moderación y conservadurismo.

En este sentido, la relación con el movimiento obrero es muy ilustrativa. Es cierto que Biden ha tenido gestos importantes hacia los sindicatos, pero, a diferencia de lo ocurrido durante los años del New Deal, no se les ha querido ofrecer un papel institucional más relevante en la escena política. Prueba de ello es que el Partido Demócrata ha ignorado las peticiones de numerosos sindicatos a favor de plantear una política de mayor neutralidad en el conflicto entre Israel y Palestina. Además, como opinó hace poco el filósofo político Michael Sandel, los demócratas deberían reconocer los errores de tantas décadas de consenso neoliberal con los republicanos e intentar movilizar a su electorado a partir de promesas que pongan la dignidad del trabajo en el centro de la agenda política. Para Sandel, el problema de los demócratas es que pueden impulsar buenas leyes, pero no ofrecen un relato atractivo que compita con el simplismo falsario de Trump.

Harris no parece muy interesada en desmarcarse de Biden en algunos aspectos. Por ejemplo, su postura ante el calentamiento global. En el debate, Harris reafirmó su compromiso con el fracking e incluso llegó al extremo de alardear un récord de producción petrolera nacional bajo la Administración Biden. En cualquier caso, las opciones de Kamala Harris están limitadas por la disfuncionalidad del sistema político estadounidense, que comenzó con la crisis financiera de 2008. En apariencia, la vieja estructura bipartidista sigue en pie, pero la marea de descontento social alteró el reparto de papeles entre partidos y las correlaciones de fuerzas internas. Por un lado, el populismo reaccionario se adueñó del Partido Republicano y lo convirtió en un partido impredecible. Por otro lado, la imagen de los demócratas como un partido de orden, comprometido con el liderazgo de Estados Unidos en el mundo y con la supervivencia de las instituciones norteamericanas, se ha visto reforzada. Al mismo tiempo, en los últimos años se fortaleció el ala izquierda del Partido Demócrata. Nuevos liderazgos como Bernie Sanders o Alexandria Ocasio-Cortez representan el desplazamiento hacia la izquierda entre buena parte de las bases demócratas. En 2021, un 38 % de la población general y 65 % de los votantes demócratas manifestaban tener una visión positiva sobre el socialismo. Otro ejemplo es la postura con respecto al conflicto entre Israel y Palestina: hay más votantes demócratas con mayor simpatía por los palestinos (49 %) que por los israelíes (38 %). En vez de reconocer esta nueva tendencia, Biden y Harris prefirieron ignorar por completo el movimiento de solidaridad estudiantil con Palestina.

Ante la perspectiva del regreso vengativo de Donald Trump, hará falta algo más que habilidad retórica y reflejos en los debates presidenciales. En algún momento, la campaña de Kamala Harris debería afrontar las preguntas que plantea el dilema que acecha al Partido Demócrata en los últimos tiempos y que la Administración Biden nunca resolvió de forma clara. ¿Es mejor cortejar al voto moderado y conservador que ha quedado huérfano por la deriva extremista de los republicanos? ¿O se debería dar prioridad al voto del descontento popular con un nuevo catálogo de derechos sociales y de orgullo trabajador? ¿Se puede contentar a los seguidores de Dick Cheney y a los de Bernie Sanders por igual y de forma indefinida, sin establecer una jerarquía de preferencias? En esencia, se trata de escoger entre cultivar un voto de rechazo ideológico al autoritarismo o disputar el voto social de los perjudicados por la globalización. A corto plazo, la primera opción puede ser la más fácil y conveniente, aunque, a la larga, lo más probable es que sólo un Green New Deal, es decir, un nuevo contrato social actualizado a nuestro tiempo histórico, pueda desactivar la amenaza permanente del trumpismo.

 

Andreu Espasa
Profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona. Fue investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM.

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Publicado en: Internacional

Un comentario en “Kamala Harris y el dilema del partido demócrata

  1. Espero hallen la cuadratura del círculo, aunque quizá estén enfocando mal el problema. en cuanto al fracking, no es rentable y en unos años se apagará como una vela.

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