Karabaj, la guerra que todos pierden

La madrugada del 19 de septiembre el ejército de Azerbaiyán lanzó una operación militar a gran escala en la provincia conocida como Alto Karabaj, al oeste de su territorio y cerca de la frontera con Armenia, contra la autoproclamada república de Artsaj, sus autoridades administrativas, población civil y fuerzas de defensa, tras un bloqueo, criticado severamente por la Unión Europea y Naciones Unidas, que duró nueve meses y conllevó graves consecuencias para los habitantes del enclave de mayoría cristiana.

El inesperado ataque azerí contravino el cese al fuego de noviembre de 2020 que hace tres años puso fin al capítulo previo del enfrentamiento armado, también iniciado por el régimen de Azerbaiyán, encabezado en Bakú desde 2003 por Ilham Aliyev. Un acuerdo firmado trilateralmente por la exrepública soviética con Rusia y Armenia que estableció una fuerza para el mantenimiento de la paz comandada por el Kremlin en Karabaj, la cual, para sorpresa de pocos, no hizo mayor amago por detener la nueva agresión, en una muestra clara del tácito apoyo de Vladimir Putin a la intención de Aliyev de hacerse con el control total del enclave, a cambio de prebendas en el comercio de energéticos y en contraposición a la longeva alianza entre Rusia y Armenia.

La ofensiva azerí culminó a los pocos días de iniciada con la derrota total de las desarmadas fuerzas de defensa de Karabaj, la desarticulación de la república de Artsaj y el éxodo masivo de más de 100 000 personas del montañoso territorio incrustado entre Armenia y Azerbaiyán. Alertando a la opinión pública internacional ante el intricado contexto en la región desde la invasión rusa a Ucrania y reavivando un conflicto centenario en el corazón del Cáucaso. Un espacio geográfico de rica diversidad religiosa, lingüística y étnica, en donde Europa se encuentra con Asia y los intereses de los grandes imperios, antiguos y modernos, chocan y se reacomodan. Muchas veces, en detrimento de las naciones que componen ese rompecabezas cultural.

La guerra en Karabaj tiene sus raíces más próximas en el colapso de la Unión Soviética a inicios de la década de los noventa del siglo pasado y las consiguientes independencias de las repúblicas que componían a dicho estado multinacional, entre ellas la de Armenia y Azerbaiyán. El efecto dominó provocado por la desaparición de la URSS y el fin de la Guerra Fría reavivó diferendos geográficos irresueltos por el Soviet Supremo entre los países de reciente aparición, desatando numerosos conflictos, principalmente en Asia Central y en el Cáucaso. Conflictos azuzados por nacionalismos postsoviéticos de exacerbada tendencia patriótica vinculada a la etnia, lengua o religión mayoritaria en territorios históricamente multiculturales, pluriétnicos y de mezclas milenarias entre razas y confesiones.

Un par de años antes de la dimisión de Gorbachov, Karabaj protagonizó algunas de las más multitudinarias protestas y, en consecuencia, brutales represiones, de los últimos años de vida de la otrora potencia comunista, enfrentando directamente a sus comunidades azerí y armenia y haciendo del enclave una de las primeras víctimas del resquebrajamiento del mundo soviético. Desde la configuración de las fronteras transcaucásicas, durante los primeros años de Stalin en el poder, el agreste territorio fue incluido por Moscú dentro de las lindes de Azerbaiyán, a pesar de la histórica mayoría armenia de Karabaj. En 1988, los armenios de Karabaj, en una serie de huelgas y marchas callejeras, insistieron al Kremlin en su reclamo de décadas de dejar de formar parte de la república soviética de Azerbaiyán, como oblast o provincia autónoma, e integrarse territorialmente a la república soviética de Armenia. El rechazo de Moscú a dicha petición produjo los primeros enfrentamientos entre los azeríes de confesión mahometana y los cristianos armenios en pueblos y ciudades de ambas naciones. También provocó un flujo importante de refugiados, numerosos desplazamientos internos, muertos a uno y otro lado de las montañas y, eventualmente, en 1991, la declaratoria unilateral de los armenios de Karabaj de constituirse en una república independiente a la que denominaron Artsaj, nunca reconocida por ningún otro país, ni siquiera por la misma Armenia.

Al nacimiento de la república de Artsaj siguió una guerra frontal entre Armenia y Azerbaiyán, en la que los armenios de Karabaj, con el decidido apoyo de Moscú y Ereván, se hicieron con el control de hasta 14 % del territorio azerí, mucho más allá de las fronteras del enclave. Un sangriento conflicto que, si bien inyectó vida a Artsaj, también la hirió de muerte, cientos de miles de refugiados y desplazados internos a uno y otro lado de las trincheras, la ocupación contraria a derecho internacional de territorio azerí por fuerzas armadas armenias y el germen del odio sembrado entre dos comunidades de distinta etnia, religión y lengua que, sin embargo, durante siglos, han compartido el mismo territorio. Germen que se convertiría durante los años posteriores en la semilla de un conflicto perenne, cuyo más reciente capítulo dista mucho de ser el final y del cual nunca ha habido un vencedor claro, ni habrá de haberlo, sino sólo múltiples perdedores, empezando por los azeríes y los armenios de Karabaj.

Ilustración: Víctor Solís

La historia de Alí y Nino

“Cuando nuestros gloriosos antepasados…llegaron a esta tierra en la que se harían un nombre grande y temido, exclamaron ‘¡Kará bak!’: ‘¡Mira, hay nieve!’. Pero cuando se acercaron a las montañas y vieron el bosque exclamaron ‘¡Karabaj!’: ‘¡Jardín negro!’. Y desde entonces esta tierra se llama Karabaj…una tierra muy antigua y célebre. En estas montañas viven los karanlik, los espíritus sombríos, que, como todo el mundo sabe, custodian fabulosos tesoros. Y en los bosques hay rocas sagradas y fluyen sagrados arroyos. Aquí tenemos todo tipo de cosas. Ve a la ciudad a ver si hay alguien trabajando: casi nadie. Busca gente triste: ¡nadie! Gente sobria: ¡nadie! ¿No es asombroso, señor?”.

Ahí está Shusha “una ciudad particular. Situada a cinco mil metros de altura y habitada por armenios y musulmanes…desde hace siglos el puente entre el Cáucaso, Persia y Turquía…una bella ciudad, rodeada de montañas, bosques y ríos. En las montañas y en los valles se alzan pequeñas cabañas de adobe, que aquí llaman, con infantil osadía, ‘palacios’. Allí viven los señores feudales de la zona: los armenios Melik y Najarar y los musulmanes Beg y Agalar. Estos hombres pasan horas sentados a las puertas de sus casas, fumando en pipa y relatándose mutuamente las numerosas veces en las que Rusia y el zar fueron rescatados por generales de Karabaj, y lo que sería del imperio de no ser por Karabaj”.

En Karabaj “una tierra de cuento de hadas”, está el manantial de Pejajpur, donde “los árboles miran al cielo como santos cansados…y unas pequeñas colinas ocultan de la vista de Shusha. Hacia el este, los campos de Karabaj se pierden en las estepas polvorientas de Azerbaiyán. Desde allá sopla el viento ardiente del gran desierto, el fuego de Zaratustra. Como la tierra de pastores de la Biblia, los prados de Armenia se extienden hacia el sur cual promesa. Alrededor, la arboleda silenciosa e inmóvil, como si los últimos dioses de la Antigüedad acabaran de partir…Shusha entera peregrina cada semana a estos manantiales. Las fiestas duran hasta el alba. Cristianos y musulmanes se divierten juntos a la sombra pagana de la arboleda sagrada”.

“En la ciudad comienzan a tocar las campanas de las diecisiete iglesias, con un sonido que todo lo ahoga…El cielo ardiente de agosto pende sobre la ciudad como una bóveda amenazante e inmóvil. Desde lejos lo contemplan montañas azules, indiferentes testigos. El sonido de las campanas se estrella contra sus peñascos grises. Las calles están llenas de gente. Sus rostros, nerviosos y acalorados, alzan la mirada hacia las cúpulas de las casas de Dios. Remolinos de polvo llenan el aire. La gente tiene la voz ronca. Los muros mudos y desmoronados de las iglesias miran con ojos de eternidad…De repente cesa el ruido de las campanas. Un mulá gordo, con túnica ondeante de colores, sube al alminar de la mezquita vecina. Se acerca las manos a la boca formando una bocina y grita con orgullo y melancolía: ‘¡Levantaos y orad, levantaos y orad, mejor orar que dormir!’”.

“Aquí estamos, los representantes de los tres mayores pueblos del Cáucaso: una georgiana, un musulmán, un armenio. Nacidos bajo el mismo cielo, soportados por la misma tierra, distintos y a la vez uno: como las tres personas divinas. A la vez europeos y asiáticos, recibimos de Occidente y Oriente, y a los dos damos… ¡Qué absurdo ese odio ciego entre nosotros!… Es el misterio de la sangre”.1

Publicada por vez primera en alemán en la Viena de 1937 bajo el seudónimo de Kurban Said, Alí y Nino es considerada la novela cumbre de la literatura azerí, el más importante libro en la historia moderna de Azerbaiyán. A partir de semejanzas entre escenas de la novela y la biografía del político y escritor azerí Yusif Vazir Chamanzaminli, nacido en Shusha, capital histórica de Karabaj, en 1887 y fallecido en 1943, el consenso entre los investigadores del texto apunta a que se trata del autor principal del libro. La trama está situada en el Cáucaso de inicios del siglo XX, entre Karabaj, Georgia, Armenia, Azerbaiyán y Daguestán, y entre el colapso del Imperio ruso, la Revolución de octubre, la Primera Guerra Mundial y la conformación de la Unión Soviética, uno de los períodos más convulsos de la historia reciente de la región y génesis de muchos de sus problemas actuales. Cuenta el romance entre Alí, un joven noble musulmán, y Nino, una princesa cristiana de origen georgiano, en la Bakú cosmopolita y de riqueza petrolera propulsada por el capitalismo zarista. Un amor prohibido por la tradición que se hace posible gracias a un celestino armenio quien al mismo tiempo se convierte en la improbable causa de un desenlace fatídico que implica exilio, migración forzada, venganzas de sangre, guerra interreligiosa, nacionalismo en ebullición y la omnipresente sombra de Moscú.

A final de cuentas, la de Alí y Nino es una historia que desvela el antiquísimo tejido social del Cáucaso, de frágiles equilibrios, y a sus principales protagonistas, hombres y mujeres, con pertenencias, familias y querencias, por encima de nacionalidades, pasaportes, fronteras y filiaciones religiosas. Una historia situada en el Karabaj de hace cien años, pero que bien podría ser la historia de muchos azeríes y armenios en el Karabaj de hoy en día.

Las historias de Olga y Asia

“Así, así fue. Salimos con lo puesto, no pudimos siquiera hacer una maleta, con suerte nos dejaron agarrar los documentos y alcanzamos a esconder dinero y joyas en los zapatos y entre la ropa interior. Algunas noches, la cicatriz en el vientre me duele como si acabara de supurar, aunque hace años que la herida cerró”. Olga, quien prefiere omitir su apellido para evitar represalias en su oficio como maestra de escuela pública en Azerbaiyán, llora desconsolada al terminar de forma atropellada de describir sus sentimientos. Estamos sentados en la pequeña sala de su departamento del décimo piso en un anodino edificio en uno de los barrios centrales de la capital azerí, viendo, uno tras otro, los vídeos que cientos de armenios de Karabaj cuelgan en canales de Telegram y en diferentes redes sociales sobre su atropellado escape de las ciudades y aldeas del enclave tras la toma del mismo por parte de las tropas azeríes. Filas interminables de automóviles inundando las sinuosas carreteras que desde las montañas comunican Karabaj con la vecina Armenia. Un éxodo masivo, forzado y transmitido en directo, que mucho recuerda al sucedido 30 años atrás, durante la guerra desatada entre Armenia y Azerbaiyán por el montañoso territorio al derrumbe de la URSS.

La maestra de lengua rusa, quien porta una sobria falda de color gris Oxford y lleva el pelo entrecano recogido en una cola de caballo, acaba de cumplir 62 años. Tenía 31 cuando las fuerzas paramilitares de la recién declarada república independiente de Artasaj entraron a su pueblo, localizado en uno de los siete municipios azeríes adyacentes a Karabaj que entre 1992 y 1993 fueron tomados por el ejército insurgente, con el apoyo de Rusia y Armenia. Hija de padre ruso y madre azerbaiyana, Olga se define como soviética, “una nacionalidad en extinción”, aclara. Los soldados armenios que irrumpieron en la casa que entonces compartía con sus padres la violaron repetidamente con un trinche de fierro antes de asesinar a su padre frente a sus ojos y conminar a su madre y a ella, con una herida sangrante, a abandonar su hogar y refugiarse en Bakú. De acuerdo con cifras del gobierno azerí, como resultado de la guerra de inicios de los noventa, 700 000 personas fueron desplazadas de Karabaj y de las provincias colindantes.

“Todo lo que está sucediendo en estos días me remite a aquella época. Es un infierno que se enciende de nueva cuenta y que nadie nunca podrá apagar”, afirma la profesora de escuela antes de ponerse a sollozar una vez más y colocar sus manos sobre el portarretratos que conserva en el regazo con una fotografía de sus padres frente a la casa del pueblo del que tuvieron que huir a Bakú y al que, a la fecha, no ha querido volver.

En un testimonio recogido por el diario españolEl País el domingo 1 de octubre, Asia Avetisián, una mujer cristiana que huyó de Karabaj para refugiarse en Armenia denunció que ella y su familia fueron desplazados de su pueblo a punta de fusil tras la toma del enclave por parte del ejército azerí: “Nosotros no decidimos irnos, fuimos forzados a marcharnos. Los soldados azerbaiyanos comenzaron a gritarnos que si no nos íbamos nos matarían en nuestras casas”. En su declaración, la madre de dos detalló cómo el cadáver de un pariente sólo fue entregado a su familia por los militares azeríes después de ser mutilado de brazos y piernas. Según estimados del gobierno armenio, en Karabaj únicamente quedan poco más de un centenar de armenios, y los más de 100 000 que han abandonado el enclave independentista no están en condiciones de volver, por más que Azerbaiyán declare que garantizará su seguridad. La desconfianza es mutua y permea a uno y otro lado del territorio montañoso, incluso a través de las décadas.

De la más reciente guerra en Karabaj no podemos hablar de un triunfador único, pero sí de un perdedor unánime, el delicado tejido social que por siglos hilvanó diferentes culturas, religiones, nacionalidades, lenguas y etnias para construir una singular región que sirve de puente natural entre Europa y Asia. Un tejido social que siempre constituyó la principal fortaleza del Cáucaso, pero que hoy yace dividido, enfrentado, herido y, ciertamente, muy debilitado.

 

Diego Gómez Pickering
Escritor, periodista y diplomático mexicano basado en Barcelona. Su libro más reciente es África, radiografía de un continente (Taurus, 2023).


1 Kurban Said, “Alí y Nino”, Traducción de Isabel Payno. Libros del Asteroide, Barcelona, 2022.

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Publicado en: Internacional