
Lo que se calla con palabras se dice en el concreto. En la Ciudad de México, las estructuras físicas edifican algo más que proyectos arquitectónicos o diseños llevados a la ejecución. Ya Henri Lefebvre denunciaba la ilusión del espacio como algo neutral, matemático, sin vida. Pero esta concepción no es más que eso: una ilusión.
Una ilusión que nos enseñaron en clases de geometría, al memorizar las fórmulas, cuando internalizamos que el mundo del espacio podía ser objetivo, inmutable, perfectamente calculado. En esas clases, no se dijo qué ocurría cuando este espacio se materializaba. Y concebir al espacio como algo neutro tiene un problema: se niega su naturaleza de producto social. El espacio surge de las prácticas, vínculos y experiencias sociales, y al mismo tiempo las conforma.
Así, la sociedad produce el espacio, y el espacio produce a la sociedad. ¿Y qué produce una sociedad rota? Un espacio tan roto como ella. Una sociedad desigual se encarga de que su espacio también lo sea.
Contemplar la Ciudad de México es observar la desigualdad consumada. No se requiere abrir los periódicos, ni buscar estadísticas, no es necesario tomar muestras para estudios económicos ni sociológicos. La desigualdad está en las calles, en las casas y hasta en el subsuelo. Con abrir los ojos basta.
El segundo piso
Cada día, en la Zona Metropolitana del Valle de México, se llevan a cabo 34.56 millones de viajes. Varios de ellos atraviesan Periférico, algunos por arriba, otros por abajo. De norte a sur, de sur a norte. Pero el segundo piso, inaugurado en 2005, se divide en tramos gratuitos y en tramos por los que hay que pagar una cuota: las así llamadas autopistas urbanas del norte y el sur. Y estas últimas permiten a quienes las usamos ahorrarnos 20 o 30 minutos por trayecto. 20 o 30 minutos, dos veces al día, casi una hora diaria. Es decir, nos regalan tiempo de vida.
Pagamos por el tiempo que hacemos nuestro después. Una hora extra de vida. Una hora extra de trabajo, de estudio, de ocio. Esa que nos hará ganar más dinero, consolidar una carrera profesional, o simplemente descansar. Esa que evitará que quienes carecen de ella hagan lo mismo.
El cuarto de servicio
Si uno visita las viviendas más lujosas de la ciudad, se dará cuenta que en cada una de ellas hay cuartos que fueron separados de manera deliberada. Cuartos que aparentan cohesión con las construcciones de las que son parte. Pero, al entrar, revelan una constitución diferente. Menor espesor, menos refuerzo, peores acabados, casi nada de aislamiento, ventilación mínima, impermeabilización barata. La temperatura cambia. El ruido también. La humedad. La iluminación: suele haber un solo foco y, si es que hay ventanas, serán pequeñas. El espacio es compacto. Por lo usual hay literas. Más personas en menor espacio. El baño es pequeño. La regadera es chiquita y con suerte tendrá una cortina. Lavabos, excusados y llaves; todos más “sencillos” que los de afuera. La lógica: economizar.
Impacta el contraste. Basta salir del cuarto de servicio para sentir el lujo. Techos de doble altura. Grandes ventanales. Pisos de mármoles importados. Maderas de caoba. Tapices. Obras de arte de artistas cuyos nombres circulan en galerías. Vajillas de generaciones pasadas. Jardines que parecen parques. Los cuartos de servicio se separan del resto de la vivienda. Son aparte, son distintos. Están situados lejos de los otros, siempre junto a la cocina o área de lavado. Así, aunque las trabajadoras del hogar convivan y habiten el lujo, tendrán siempre un sitio al cual regresar, un recordatorio constante de cuál es su lugar.
Lo mismo sucede con las entradas. Una principal, otra de servicio. Los edificios cuentan con elevadores, escaleras y puertas separadas. Pues es preferible recortar metros a departamentos o áreas comunes y asumir el sobrecosto de pasillos, escaleras, elevadores y puertas de servicio, con tal de evitar lo impensable: convivir.
Los fraccionamientos
Fraccionar significa separar, dividir, fragmentar. En la Ciudad de México, las calles se dividen entre las “nuestras” y las del “resto”. Espacios públicos que se privatizan. Rejas, casetas y plumas. Muros que se levantan. No aparecen de la nada: en una ciudad donde un tercio de los hogares tuvo al menos una víctima de delito y donde la mitad de la población percibe su entorno como inseguro, algunos pagan por seguridad y otros atraviesan la hostilidad de las calles. Crean fortalezas. Los fraccionamientos se alzan en un intento de ordenar el espacio —de integrar— pero terminan por excluir.
Entran quienes pueden. A un lugar distinto, más bonito, más cuidado. Cruzar la pluma es dejar atrás los baches, los asaltos y el desorden. Es entrar a lo que es agradable a la vista. A lo coherente. A lo homogéneo. Paletas de colores similares. Jardineras bien cuidadas. Los fraccionamientos, en los que habitan las élites de nuestra ciudad, afirman una realidad que pertenece a unos cuantos.
El cierre de calles no distingue código postal, en algunas zonas se ponen plumas y casetas con vigilante y en otras rejas con cerraduras y cadenas con candado. El cierre institucionalizado se convierte en filtro social. Los fraccionamientos: áreas comunes que no lo son tanto: amenidades que en muchos casos no están pensadas para el personal. En otros, la ausencia de banquetas delata la prioridad: entrar y moverse en coche. Rutas internas de transporte para quienes trabajan. Pues, no vaya a ser que aparezcan en el paisaje cotidiano. La desigualdad se escribe en reglamentos. Se controla quién puede estar, por dónde entra y por dónde circula.
Y esas barreras se convierten en fronteras. Porque el espacio ordena. Porque lo que vemos a diario lo asumimos como verdadero. Entonces, creamos un espacio aislado, un espacio clasista. Calles limpias. Parques hechos para convivir con quienes pueden pagarlo
El agua
En algunas colonias el agua viene y va por ratos. En la Gaceta de la Ciudad de México se leen las colonias que reciben el servicio por tandeo. La mayoría coincide con zonas de baja concentración de riqueza. A veces, las fronteras se trazan dentro de una misma colonia: Anexo único, renglón 30: “Pueblo San Mateo Tlaltenango (excluye Cumbres de Santa Fe)”.
La brecha no está sólo en abrir la llave y que salga agua —o en tener que abrirla a cierta hora para que esto ocurra. Está en todo lo que la intermitencia obliga a mover: las rutinas. En cinco alcaldías del oriente, el agua no llega como un hilo continuo, sino por ventanas: 73 % de los hogares reportó intermitencia y, en promedio, el suministro estuvo disponible unas doce horas al día. Tener agua por ratos significa vivir con el reloj puesto: correr lavadoras, baños y cocinas cuando toca, detener la vida cuando no.
La ciudad ha ido levantando una arquitectura de escasez. Donde debería haber continuidad, aparecen prótesis: tinacos, cisternas, bombas. Infraestructura privada, casi obligatoria; un costo extra que asume 81 % de los hogares. El Estado entrega intermitencia; las casas fabrican continuidad artificial como pueden. En las colonias ricas, esa continuidad se compra: más capacidad, más presión. En las colonias populares, se paga distinto: con tiempo, con cubetas, con turnos y con el cuerpo.
Hay también un impuesto de la pobreza. Si el agua no llega por la llave, hay que ir a buscarla y pagarla más cara. 1 802 pesos por una pipa de 10 000 litros.³ 8.6 veces lo que cuestan los mismos litros en suministro directo. Así, quien no puede invertir en infraestructura, paga por litro.
³ Procuraduría Federal del Consumidor. (2023, enero). Quién es quién en los precios: Pipas de agua (Información al 27 de enero de 2023) [Presentación]. Gobierno de México.
La desigualdad de cada día
Así, vemos una ciudad donde las banquetas están rotas o no existen. La ciudad castiga a quien se mueve con el cuerpo —que suele ser quien no tiene coche— y se vuelve obstáculo para personas con discapacidad, sillas de ruedas o carriolas; lo mismo ocurre con la ausencia generalizada de rampas.
Hay calles que no dejan dormir, por topes, frenadas, vibración, y otras que fluyen limpias, como si el ruido también tuviera código postal. En algunas colonias el cielo es un laberinto de cables y riesgo; en otras, la infraestructura desaparece bajo tierra. Cuando llueve hay casas que se inundan con aguas negras una y otra vez y otras donde el drenaje no falla.
Los torniquetes, filas y paraderos muestran el tiempo perdido; quien usa transporte público vive entre esperas y empujones, mientras otros atraviesan la ciudad sin detenerse. Para unos, la ciudad llega en moto hasta la puerta con aplicaciones de delivery; para otros, la ciudad se recorre a pie y en combi. La basura no desaparece; se mueve, y casi siempre termina acumulándose donde hay menos poder para exigir limpieza y salud.
La red se vuelve más densa y eficiente donde se concentra la riqueza —y, sobre todo, donde está el trabajo. En la periferia también hay rutas, pero llegan a destiempo, a medias, con huecos. Mientras más lejos, más transbordos, más pago, más horas. Y cuando el transporte no alcanza, aparece el taxi, mucho más caro.
Aquellas estructuras dividen, perpetúan la desigualdad, impiden el diálogo y la convivencia en el espacio físico. Y reflejan que hay un nosotros y un “ellos”. Que la ciudad niega a quienes componen la mayor parte de su estrato social. Si el espacio es un producto social, pero también moldea a la sociedad que lo habita, valdría la pena pensar en estructuras de convivencia, más que de coexistencia.
Inés Camacho
Estudiante de Derecho de la Universidad Panamericana
Articulo 11 de la constitución …..letra muerta sobre un papel.
Comentario para Nexos
Como estudiante de pedagogía, leer “Lo que se calla con palabras se dice en el concreto” me confronta con una lección que va más allá de los salones de clase: la ciudad misma educa. Educa en desigualdad, en exclusión, en fronteras invisibles que se vuelven muros tangibles. El artículo nos recuerda que el espacio no es neutro, que cada estructura es un mensaje social que moldea nuestras prácticas y relaciones.
Lo que más me interpela es cómo la arquitectura cotidiana —el segundo piso, los cuartos de servicio, los fraccionamientos, el agua— se convierte en un currículo oculto que enseña quién pertenece y quién no. La ciudad transmite, sin palabras, que hay vidas que valen más tiempo, más comodidad, más seguridad, y otras que deben resignarse a la espera, al hacinamiento o a la escasez.
Desde una mirada humanista, este texto nos invita a pensar en la pedagogía del espacio: ¿qué aprendizajes queremos que la ciudad deje en sus habitantes? Si el espacio produce sociedad, entonces urge imaginar estructuras que enseñen convivencia, solidaridad y equidad. La educación no puede limitarse a las aulas; debe extenderse a la manera en que diseñamos y habitamos nuestros entornos.
La Ciudad de México, como muchas otras, nos muestra que la desigualdad no sólo se mide en cifras: se palpa en el concreto, se respira en las calles, se siente en los cuerpos. Reconocerlo es el primer paso para transformar la ciudad en un espacio que eduque para la dignidad y no para la exclusión.
Un artículo que nos muestra la desigualdad social no sólo de la Ciudad de México, es un espejo de la realidad que se vive en gran parte del país, un país de los más desiguales del mundo.
Las preguntas serían entonces, ~Cuál es el origen de tal desigualdad?. ~Cuáles son las soluciones?
Las preguntas van dirigidas no a la autora del artículo, sino a la conciencia de los ciudadanos y sobre todo a las autoridades. Autoridades que deben (o deberían) cumplir con sus obligaciones.
Felicito a la autora del artículo.