La Doctrina Biden

“El mundo no se organiza a sí mismo”.
– Anthony Blinken

En 1973, con 29 años, Joe Biden llegó al Senado para representar al estado de Delaware. En su carrera de 36 años como senador, formó parte y eventualmente lideró el Comité de Asuntos Exteriores. Durante su trayectoria se caracterizó por ser un político que creía en las relaciones personales como la columna vertebral de la diplomacia, y se distinguió por su firme apoyo a Israel, su oposición a la guerra de Vietnam, y por su participación en la negociación de tratados de reducción de armas con la Unión Soviética durante la década de los ochenta. Como político formado en la Guerra Fría, su visión del mundo está naturalmente contenida por esos antiguos contornos; por las divisiones políticas e ideológicas más nítidas de aquel periodo y, sobre todo, por el recuerdo de la política internacional como un escenario en el que se puede competir y vencer. Sin embargo, el mundo que lo formó contrasta con el mundo en el que le tocó dirigir a su país: más confuso, con divisiones más borrosas, adversarios que también son socios —para algunos temas incluso aliados.

Al ser esencialmente un producto de la Guerra Fría, era inevitable que la doctrina de Biden fuera insuficiente o desatinada para los desafíos del siglo XXI. Su política exterior embonó poco, y a veces mal, en un mundo donde la fuerza no se traduce necesariamente en influencia. Un mundo en el que los países medianos saben sacar mejor provecho de su debilidad y ya no siguen las direcciones de Washington, Moscú o Beijing. Como sostuvo el director de la CIA, William Burns: “El peso de lo que se mantiene en el centro está creciendo”.1 Los anacronismos de la Guerra Fría relucieron en los discursos de Biden, contra las recomendaciones de su equipo. El alegato por dividir al mundo entre democracias y autocracias fue una posición de Biden que su equipo cercano siempre rechazó. Incluso algunas de sus negaciones y condenas reiteraban su marco de referencia y visión del mundo: “Nosotros ya no pensamos en términos de la Guerra Fría por varias razones. Primero, porque nadie es nuestro igual, nadie está cerca”, dijo Biden en 2014.2

Ilustración: Alma Rosa Pacheco

Victoria de Trump (la reconstrucción)

La segunda parte de la política exterior de Biden se edificó a partir de una reacción, de una necesidad de contrastar. Biden inauguró su presidencia con la intención de rehacer las alianzas que la administración Trump había derribado, de levantar lo destruido. Y parte de su campaña se definió, precisamente por lo que no era: una postura anti-Trump. En un primer momento, había que volver a interactuar con organismos multilaterales, restablecer a Estados Unidos como un aliado confiable y reintegrarse como la columna vertebral de OTAN y el último protector de los aliados en Asia frente a la amenaza más importante: China.

El equipo de Biden —consciente de que los vacíos en política siempre se llenan— sostuvo que si Estados Unidos no tomaba las riendas en política internacional, lo haría Beijing. Biden lo advirtió con su lema de campaña: America is back. No obstante, el contraste con la administración Trump, sobre todo en la política hacia China, fue más retórico que práctico. Mientras Trump concebía la competencia contra el país asiático en términos principalmente económicos, la administración Biden amplió la rivalidad, planteándola en términos de autocracias vs. democracia.3 Para Biden, la agresiva política económica de China escondía un objetivo más ambicioso: construir una alternativa, un sistema mundial paralelo y seguro para las autocracias. Y para eso era necesario, primero, desacreditar el sistema internacional creado por Estados Unidos.

El equipo de Biden defendió la necesidad, ya no sólo de continuar con la rivalidad económica, sino de desacreditar la narrativa china (y rusa) sobre la democracia americana como un sistema político inviable, arcaico con tendencia al caos: un relato que tomó enormes bríos con el ataque al Capitolio el 6 de enero de 2021, evento difundido por la propaganda china y rusa. Consciente de la tendencia de ver a Estados Unidos como una nación cada vez más frágil y poco confiable, Biden inició su administración promoviendo una imagen de constructor de alianzas multilaterales. Pero el objetivo de enmendar coaliciones no fue sencillo: había que construir y convencer sobre una traición. El escepticismo significó que países y organizaciones internacionales humillados o abandonados por Trump vieran a la nueva administración tan sólo como un intervalo de normalidad. El reto consistía en prometer sobre una amenaza: la posibilidad del regreso de Trump.4

La propuesta para ordenar lo que Trump había desarticulado fue impulsada por el consejero de Seguridad Nacional, Jake Sullivan. Hijo de profesores y educado en escuelas públicas de clase media en Minneapolis, Sullivan comenzó su carrera como consejero en la campaña de Hillary Clinton en 2008 y en el Departamento de Estado durante la administración Obama. Poco después de la victoria de Trump, Sullivan, junto con el exconsejero de Obama, Ben Rhodes, crearon un equipo llamado National Security Action para analizar en qué había fallado el mensaje del partido Demócrata y cómo formular una política exterior en respuesta al populismo de Trump. El grupo concluyó que las necesidades y preocupaciones económicas de la población fueron desatendidas a partir de las guerras posteriores a los ataques del 11 de septiembre y que se requería ver las políticas de seguridad nacional “a través de los lentes de cómo afectaría a los americanos en casa”.5

Pensaban que la seguridad nacional y política exterior estaban desconectadas de las necesidades domésticas. Había que comenzar por formular y responder otro tipo de preguntas: ¿por qué la OTAN debía importarle a un campesino en Iowa? ¿Qué beneficios le representa a un minero en Kentucky el extender la protección nuclear a Corea del Sur? ¿Cómo afecta a los trabajadores que dependen de la industria de los combustibles fósiles combatir el cambio climático?”.6 Sullivan resumió su propuesta bajo el slogan “Una política exterior para las clases medias”, pero quedaba poco claro qué significaba esto en términos prácticos. Los ataques no se hicieron esperar: se trataba de un slogan confuso y vacío, maquillaje para encubrir las políticas económicas proteccionistas que iban a continuar de la administración Trump. Por su parte, Sullivan insistió en la propuesta, argumentando que se necesitaba un lenguaje que la mayoría de los americanos pudiera entender. Una política exterior para las clases medias tenía que explicar cómo las relaciones exteriores podían mejorar la vida de las clases trabajadoras y criticaba la política exterior de Trump por “abandonar a nuestros aliados, buena suerte enfrentando a China solos”, sostuvo.7

Una vez aceptado el diagnóstico de la campaña, la forma de unir la brecha entre la política exterior con las necesidades de las clases medias se diseñó a través de un paquete de ambiciosas reformas legislativas enfocadas en reactivar la economía nacional por medio de incentivos fiscales, subsidios en tecnología, infraestructura e investigación científica. Mejorar la situación económica de la clase media evitaría el regreso de Trump, “los miembros del equipo de Biden se consideran un grupo de profesionales sobrios pero idealistas, que asumieron el cargo con la intención de poner fin a las guerras y reparar el enfermo cuerpo político de Estados Unidos y su dañada reputación en el extranjero a raíz de Donald Trump”.8 Lo paradójico fue que conectar la necesidad de impulsar la industria nacional bajo el postulado de que China se había convertido en el adversario más relevante y que había comenzado una época de competencia entre las dos grandes potencias implicaba cierta continuidad con la administración que al mismo tiempo se buscaba dejar atrás.

China (el trasfondo)

Al inicio de la administración Biden hubo un intento por reducir las tensiones con Putin para poder ocuparse de lleno al reto de China.9 Anthony Blinken, secretario de Estado, sostuvo desde un principio que China representaba “el desafío a largo plazo más serio para el orden internacional”.10 Por su parte, Biden adoptó el discurso, distinto a Trump y Obama, en el que el enfrentamiento con China es parte de un desafío contra las autocracias. En esa línea, de las primeras acciones del nuevo director de la CIA, William Burns, fue crear el “Centro Misión de China” para concentrar toda la inteligencia sobre el país “en parte para mostrar la prioridad que el gobierno de Estados Unidos le dará por décadas a la competencia contra China”.11 Este punto no fue bien recibido por algunos países aliados, principalmente en Europa, en donde se mantuvo cierta reticencia sobre este nuevo lenguaje y división bipolar del mundo debido a la interdependencia económica.

Para diferenciarse del aislacionismo de Trump (America First), la administración Biden puso mayor énfasis en la formación de las alianzas para enfrentar a China, fundando grupos como AUKUS con Australia y el Reino Unido, y el QUAD con Australia, India, y Japón para promover un “Indo-Pacífico libre y abierto al comercio”.12 En febrero de 2022, la Estrategia de Seguridad Nacional para el Indo-Pacífico hizo un diagnóstico que bien podía haber surgido de la administración Trump: “La República Popular China está combinando su poderío económico, diplomático, militar y tecnológico mientras busca una esfera de influencia en el Indo-Pacífico y quiere convertirse en la potencia más influyente del mundo”.13

La rivalidad se exacerbó aún más debido a que Biden abandonó la ambigüedad estratégica que por décadas había caracterizado la postura de Estados Unidos con respecto a Taiwán. Biden se comprometió a proteger y defender la isla en caso de una invasión de China, incluso igualando su protección con el Artículo 5 de la OTAN. Biden sostuvo: “Asumimos el compromiso sagrado del Artículo 5, si alguien invadiera o tomara medidas contra nuestros aliados de la OTAN, responderíamos. Lo mismo con Japón, lo mismo con Corea del Sur, lo mismo con Taiwán”.14 Para algunos la motivación no surgió de una genuina preocupación por la democracia o independencia de Taiwán sino porque “apoyar a Taiwán funcionaba para antagonizar a China”.15

La rivalidad con China fue la estrategia indispensable y evidente para tender el puente que conectara la política exterior con el objetivo de incluir las necesidades de las clases medias. El intento por cimentar la seguridad nacional a través de grandes estímulos a la economía y una nueva política industrial implicó una serie de acciones frente a China que pueden dividirse en tres pilares. En primer lugar, relocalizar las cadenas de suministro para reducir dependencia y riesgos. En segundo lugar, subsidios para producir semiconductores en EE. UU. e impulsar la industria nacional de minerales críticos para su producción; y, por último, controlar, a través del Departamento de Comercio, las exportaciones de tecnología más avanzada hacia China.16

Para enfrentar las agresivas prácticas comerciales de China había que limitar la transferencia de tecnología, “me he asegurado que la tecnología americana más avanzada no pueda utilizarse en China, no vamos a comerciar con ellos en esa área”.17 Sobre el tema, el periodista David Sanger advirtió que “el aspecto más interesante de la nueva visión sobre Beijing desde Washington es que reflejaba la visión de Xi sobre Estados Unidos: desde ambas capitales, la otra parte comenzaba a percibirse más como una amenaza a la seguridad que como un mercado lucrativo”.18 Sin embargo, la doctrina Biden, ya planteada y aceptada, en estos términos se vio interrumpida por el error de minimizar los riesgos en otra región del mundo y subestimar a sus actores.

Afganistán (la caída)

El caos de la retirada de Afganistán en agosto de 2021 fue la crisis que marcó la administración Biden. La evacuación en el aeropuerto de Kabul creó precisamente la analogía que Biden quería evitar a toda costa: las imágenes de afganos colgados de aviones tratando de escapar mientras los Talibanes tomaban control del país rápidamente se compararon a la retirada de las tropas en Vietnam y la caída de Saigón en 1975.

Afganistán fue la guerra más larga en la historia de Estados Unidos, y desde la invasión en 2001 hasta la retirada en agosto de 2021, la intervención militar había permitido que la población afgana no viviera bajo control talibán. Sin embargo, los años sólo multiplicaron las confusiones sobre cuál debía ser la misión de los estadunidenses en Medio Oriente. Como sucedió en la guerra de Vietnam, las administraciones seguían atrapadas en la falacia de los costos hundidos evitando la decisión de terminar la guerra. Con cada administración había menos claridad y surgían justificaciones más endebles para continuar la presencia militar en el país. El abanico de coartadas y apologías sobre los objetivos de la invasión, desde eliminar a Al Qaeda, pasando por las misiones de contrainsurgencia o los esfuerzos por construir una democracia, demostraban que se defendía cada vez más un statu quo y menos una estrategia. Varios presidentes quisieron terminar las guerras en Medio Oriente para enfocar recursos en Asia; desde la administración Obama se hablaba de la necesidad de hacer un “giro hacia Asia” y restarle prioridad a Medio Oriente.19

Por otro lado, y en contraste con esta tendencia, Biden siempre demostró su recelo por las intervenciones militares y más aún por los esfuerzos de construcción democrática (Nation-building) como un objetivo plausible de política exterior. Desde la vicepresidencia en la administración Obama fue una voz solitaria y en clara minoría frente a la élite militar del Pentágono, que abogó por reducir el número de tropas estadunidenses en Medio Oriente. Defendió que las campañas de contrainsurgencia debían reducirse a acciones muy concretas contra el terrorismo; una postura probablemente también formada por tener un hijo que murió por haber participado en la guerra. El diplomático Richard Holbrooke cuenta en sus memorias un encuentro con Biden como vicepresidente de Obama:

Vi a Biden solo. Cuando mencioné el tema de las mujeres [en Afganistán], Biden estalló. Casi levantándose de su silla, dijo: “No voy a enviar a mi hijo de regreso allí para que arriesgue su vida en nombre de los derechos de las mujeres, simplemente no funcionará; no es para lo que están ahí”. […] Joe adoptó la posición, simple y llanamente, de que teníamos que salir de Afganistán. […] teníamos que hacer lo que hicimos en Vietnam. Esto me sorprendió, y comenté inmediatamente que pensaba que teníamos ciertas obligaciones con la gente que confió en nosotros. A lo que Biden respondió: “Al carajo, no tenemos que preocuparnos por eso. Lo hicimos en Vietnam; Nixon y Kissinger se salieron con la suya”.20

De nueva cuenta, lo paradójico fue que en la decisión de retirar a las tropas hubo cierta continuidad con la política de la administración anterior. En febrero de 2020, el equipo de Trump firmó un acuerdo con los talibanes donde se excluía nada menos que al gobierno afgano y a los aliados que habían participado en la guerra, como Reino Unido y otros miembros de la OTAN.21 Estados Unidos cumplió su parte del acuerdo al reducir el número de tropas, permitiendo a los talibanes tomar el país con poca resistencia. El daño fue trascendente: el énfasis que la administración había colocado en enmendar alianzas se vio desacreditado al momento de excluir a los aliados europeos en la decisión de abandonar Afganistán y en la total desidia por la logística de la retirada.

El caos fue también resultado de un error de las agencias de inteligencia estadunidenses. Bill Burns aceptó después que “nadie imaginó que la situación iba a acelerarse de esta forma tan sólo en julio y agosto”; el periodista Alexander Ward llama este episodio “la gran lección de humildad”.22 El equipo de Biden sobreestimó las capacidades del ejército afgano que había financiado y entrenado durante años. El programa para entregar visas a quienes habían cooperado fue un fracaso, y muchos fueron perseguidos y castigados por los talibanes o, en el mejor de los casos, acabaron en campos de refugiados.

A pesar del desastre y la estrepitosa caída en su aprobación, Biden respaldó su decisión como necesaria: “Así como no iba a extender esta guerra interminable, no iba a extender una salida interminable”.23 Defendió que la evacuación era impostergable por razones geopolíticas y de largo plazo: no era posible atender la nueva prioridad en seguridad nacional, China, si Medio Oriente continuaba consumiendo atención y recursos. A pesar del fracaso, los reflectores en Afganistán se atenuaron con el surgimiento de otra crisis. La invasión rusa a Ucrania redireccionó rápidamente la atención a Europa, y el equipo vio en la guerra una oportunidad para reivindicarse. Sin embargo, los críticos de la administración Biden nunca abandonaron el ataque sobre cómo el error de Afganistán se tradujo en alentar a Putin de invadir Ucrania, o a Irán de convulsionar impunemente Medio Oriente. Para el periodista Alexander Ward, el episodio en Medio Oriente demostró a “un equipo que inició con gran confianza, la perdió durante la retirada de Afganistán, y encontró su personalidad de nueva cuenta con la defensa de Ucrania”.

 

Ucrania (La Reivindicación)

En 2021, en un encuentro en Suiza con Putin, el equipo de Biden estableció las líneas rojas que Estados Unidos ya no permitiría en el futuro, como la continuación de ataques cibernéticos o la interferencia en elecciones.24 La intención fue dar vuelta a la página lo más rápido posible a las diferencias con Putin para atender de lleno la amenaza china. Sin embargo, el equipo de Biden sobreestimó su capacidad para apaciguar las ambiciones de Putin. Poco después del encuentro, Putin publicó un manifiesto de unidad entre Rusia y Ucrania en el que culpaba a Occidente por alejar a Ucrania económica y culturalmente de Rusia.

Desde noviembre de 2021, las agencias de inteligencia estadunidenses conocían de la intención rusa de invadir Ucrania. En estas fechas, Bill Burns, director de la CIA y quien había sido embajador en Moscú, fue enviado para hablar con Putin e informarle que el gobierno americano estaba al tanto de sus planes y advertirle de los costos de llevar a cabo la invasión. El viaje no tuvo éxito. Bill Burns relató que Putin le comunicó que no tenía otra alternativa más que invadir. De acuerdo con Burns, Putin vio una ventana de oportunidad, “pensaba que Occidente se encontraba distraído”.25 Para Putin, el 6 de enero, la competencia contra China, la retirada de Afganistán, y la polarización doméstica, dejaba a Estados Unidos sin capacidad de ocuparse de otro conflicto.

A partir del fracaso por disuadir a Putin, el objetivo fue comunicar al gobierno ucraniano y a los europeos sobre la inminencia de la invasión. A mediados de febrero, durante la Conferencia de Seguridad de Múnich, los europeos aún insistían, a pesar de la inteligencia compartida por Estados Unidos, que la invasión no iba a suceder y que se trataba de otra de las provocaciones del Kremlin; argumentaban que Putin no era capaz de anteponer su ideología a los intereses económicos compartidos con Europa. Los alemanes, por ejemplo, confiaban en la protección que supuestamente daría el gasoducto Nord Stream, ignorando que los motivos del Kremlin no eran sólo económicos. Algunos líderes europeos incluso compararon las advertencias con las que Estados Unidos había utilizado para invadir Irak en 2003. La desesperación de Anthony Blinken al no poder convencer a los aliados de la inminencia de la invasión llevó a la decisión de difundir inteligencia, un esfuerzo organizado principalmente por Sullivan, quien creía que había sido una equivocación no utilizar eficazmente las señales de alerta durante la invasión rusa a Crimea en 2014, y quien argumentó que el error “tuvo un costo en la capacidad para movilizar una respuesta efectiva”.26 Había ahora que dejar constancia del aviso.

Biden siempre fue consistente en su decisión de apoyar militarmente a Ucrania: “Putin no va a parar ahí”27; “las guerras en Europa no se quedan en Europa”.28 Estados Unidos impulsó la coalición en apoyo a Ucrania, liderando a la OTAN, imponiendo sanciones económicas y confiscando activos rusos. Aun así, algunas críticas sostenían que la ayuda permitía al ejército ucraniano mantener la defensa, pero no ganar la guerra. De cualquier forma, el plan original de Putin de deponer al gobierno en Kiev fue un fracaso y la capacidad de defender un frente de más de 1000 kilómetros de frontera depende, hasta la fecha, de la ayuda estadunidense. Además, Biden antepuso su interés por la seguridad de Europa a su mala relación con Zelenski. Antes de que sucediera la invasión, en un esfuerzo por restablecer la alianza con Alemania, particularmente vapuleada por Trump, la administración levantó las sanciones sobre el gasoducto Nord Stream financiado por la empresa rusa Gazprom, sin siquiera informar a Kiev. Zelenski describió el gasoducto como “un arma en manos de Rusia” y la decisión fue descrita por el gobierno ucraniano como “abandono y traición”.29

A pesar del éxito en dirigir la defensa de Ucrania, una de las consecuencias inadvertidas de la guerra fue el apoyo de China a Rusia. Una alianza que rompe con el esquema inteligente y eficaz implementado durante la Guerra Fría de dividir a los adversarios. Con el acercamiento diplomático a China en los setenta, Nixon y Kissinger lograron impedir que se abriera un segundo frente en el conflicto; el objetivo era tener a los adversarios más cerca de Estados Unidos de lo que estaban entre ellos.

Doctrinas e improvisaciones

La respuesta ante distintas crisis y guerras en muchas ocasiones no dejó claro si el objetivo de la administración Biden era ganar, o únicamente no perder. Se critica que, tanto en la presente guerra en Medio Oriente como en el apoyo a Ucrania, la ayuda económica y militar está más bien pensada para contener los conflictos, administrarlos con particular cuidado en no provocar de más. Esta crítica viene usualmente acompañada por el reproche al equipo de Biden de haber formado una imagen de debilidad, de dilapidar el poder de disuasión de EE. UU., generando una percepción de impunidad en el plano internacional. Cuando Putin invadió Ucrania poco después de la retirada de Afganistán, Mitch McConnell —entonces líder de la minoría republicana en el Senado— sostuvo: “Pienso que el abandono precipitado de Afganistán en agosto fue una señal para Putin, y también para Xi Jinping, de que Estados Unidos está en retirada. De que no se podía confiar en nosotros”.30

No obstante, la correlación entre las decisiones de la administración y las crisis internacionales son contrafactuales que no se pueden probar: ¿la invasión a Ucrania o la política de Irán en Medio Oriente de apoyo a grupos terroristas, Hamas, Hezbolá, y las milicias hutíes fue resultado de Afganistán? ¿Limitar el envío de armas a Ucrania es una señal de debilidad suficiente para que China decida invadir a Taiwán? Es cierto que muchas decisiones fueron desacreditando el objetivo original de la administración de proyectar a Estados Unidos como un aliado confiable. Los imprevistos y distintas crisis fueron desdibujando la doctrina original y reduciendo las ambiciones de la administración. Las estrategias de largo plazo fueron involucionando cada vez más en una política reactiva, de manejo de crisis. El equipo de Biden quería “contar una historia inspiradora sobre el liderazgo global de Estados Unidos, pero en algún momento perdieron la trama”.31

Una de las tareas inconclusas de la administración (y una oportunidad en caso de una victoria de Kamala Harris el próximo martes) se encuentra, ya no en el proyecto político de tender un puente entre las prioridades de política exterior y las preocupaciones de las clases medias, sino en comunicar el esfuerzo. No existió una narrativa para justificar la conexión. Las razones para recobrar el liderazgo en el escenario internacional fueron ininteligibles para parte del electorado. Por ejemplo, ¿por qué Estados Unidos debía gastar billones de dólares en apoyo a Ucrania o subir el tono frente a China? De acuerdo con encuestas recientes, alrededor de un tercio de los estadunidenses (31 %) dice que Estados Unidos está brindando demasiado apoyo a Ucrania; aproximadamente la misma proporción sostiene que se está brindando la cantidad adecuada (25 %), o no la suficiente ayuda (24 %), mientras que el 18 % dice que no está seguro. Por otro lado, respecto al manejo de la economía, la desaprobación se encontraba en 67 %, y en 66 % respecto a la política exterior, en encuestas de noviembre de 2023. Es decir, hubo cierta disonancia entre la política exterior y los beneficios del ambicioso proyecto económico nacional. Entre votantes registrados, una mayoría de 43 %, contra 37 %, sostuvo que tenía más confianza en la forma en que Donald Trump manejaba la economía en comparación con Biden.

Adicionalmente, la división binaria del mundo redujo el margen de acción de la administración. Algunos señalaron estas posturas desorientadas como reliquias de la Guerra Fría, anacronismos de un presidente que no comprendía cuánto había cambiado el mundo. Un número importante de países se abstuvo de tomar partido dentro de la división entre autocracias y democracias que Biden propuso, desdeñando la tendencia, ya extendida, por no escoger bandos. Pero quizá, por la misma razón, exista aún más mérito en haber logrado dirigir alianzas y coaliciones en un mundo tan distinto al que lo formó.

Es pronto para juzgar el saldo final de la Doctrina Biden, sobre todo en un año electoral con candidatos tan opuestos. Aun así, con sus limitaciones y desatinos, es probable que, con el tiempo, lo más relevante y trascendente de su gobierno no esté en los grises de su herencia, sino en un legado más involuntario. Donald Trump mostró una cara muy oscura de la política estadunidense y Biden heredará a Occidente, nada menos, que un poco de sensatez, mesura y decencia política. La recuperación del decoro y la defensa de ciertos principios políticos no es algo que deba menospreciarse en política exterior.

 

Emiliano Polo
Abogado especializado en derecho internacional y diplomacia. Maestro en asuntos exteriores y seguridad internacional y asociado en el Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (Comexi).


1 Alexander Ward, The Internationalists, Portfolio, 2024, p. 448.

2 Ibid, pp.19

3 Hal Brands, “The Emerging Biden Doctrine”, Foreign Affairs, 29 de junio de 2021

4 David Sanger, The New Cold Wars, Crown, 2024, p. 127.

5 David Klion, “The Great Humbling”, The Nation, 09 de abril de 2024

6 Ward, ob. cit., p.8.

7 Ibid. 13.

8 Klion, ob. cit.

9 Ward, ob. cit,, p. 106.

10 Sulmaan Khan, The Struggle for Taiwan: A History of America, China, and the Island Caught Between, Basic Books, 2024,  p.7.

11 Sanger, ob. cit,, p.144.

12 Khan, ob. cit, p. 217.

13 Departamento de Estado, “The Indo-Pacific Strategy of the United States”, febrero de 2022.

14  Khan, ob. cit, p. 218

15 Ídem.

16Sanger, ob. cit., p.148.

17 Katherine Gypson, “Biden, Trump hold different views on key foreign policy issues”, VOA News, 08 de abril de 2024

18Sanger, ob. cit., p.148.

19 Charles W. Dunne, “The Past and Future of the American “Pivot to Asia”, Arab Center.

20 George Packer, Our Man: Richard Holbrooke and the End of the American Century, Knopf, 2019, p.531.

21 John Kampfner, “The original sin of Biden foreign policy”, Foreign Affairs, 05 de mayo de 2024

22 Ward, ob. cit., p.186

23 La Casa Blanca, “Remarks by President Biden on the End of the War in Afghanistan”, 31 de agosto de 2021

24 Alexander Ward, ob. cit., p.114

25 David Sanger, ob. cit., p. 213

26 David Sanger, ob. cit., p.214.

27 La Casa Blanca, “Remarks by President Biden on the 75th Anniversary of the North Atlantic Treaty Organization Alliance”, 09 de julio de 2024

28“ Biden-Trump 2024 Debate Transcript”, CNN, 28 de junio de 2024

29 Alexander Ward, ob. cit., p.110.

30 James Holmes, “Does Joe Biden Have a Deterrence Problem?”, The National Interest, 11 de febrero de 2024

31 David Klion, ob. cit.


Un comentario en “La Doctrina Biden

  1. En los 90’s, George Keenan advirtió sobre la reacción de Rusia a la expasión de la OTAN iniciada por Bill Clinton. Nadie le hizo caso, o peor, contaban con dicha reacción.

    En Ucrania, la balacera que inició la revolución del Maidán no fue culpa del gobierno proruso, como quedó claro en una investigación de la BBC. Tampoco fue Rusia la responsable de destruir el Nord Stream 11, dejando a Europa al borde de la catástrofe energética al acercarse el invierno. Europa sigue comprando el petróleo y gas rusos a través de triangulaciones con terceros países, y han regresado al uso del carbón y a la reactivación de sus plantas nucleares. Durante parte de la guerra, Ucrania estuvo cobrando dividendos por el paso del gas ruso por su territorio.

    Por supuesto que Putin ve con recelo que Ucrania se vaya a unir a la OTAN, siendo que hay armas nucleares de EEUU en Alemania, Italia, países bajos y Turquía apuntando a Moscú.

    Fue Trump quien decidió salir de Afganistán y quien fijó la fecha y organizó todo mal. Biden no tuvo margen de maniobra. Recordemos que los talibanes fueron entrenados por EEUU para combatir a la URSS y después de que la URSS saliera de afganistán los dejaron a su suerte, en guerra civil con otras facciones que también habían entrenado, incluyendo a Osama Bin Laden.

    La inacción de Biden ante lo que ocurre en Gaza, Cisjordania y Líbano no lo ha dejado bien parado, ni haber reprimido a su comunidad universitaria.

    La economía estadounidense está estabilizada, la inflación controlada y hay pleno empleo. Pero los empleos son precarios (hay quienes necesitan dos o más empleos para sobrevivir) , los salarios no se han recuperado y los precios siguen subiendo (aunque con mayor lentitud).

    En la guerra fría la lucha fue de capitalismo (keynesiano) contra comunismo, no de autocracias contra democracias. Milton Friedman dijo que prefería las dictaduras capitalistas como el Chile de Pinochet; Corea del sur y Taiwán eran dictaduras. Fue sólo hasta la presidencia de Reagan que se impulsó algunos cambios democráticos en esos países, aunque en centroamérica se siguieron apoyando las dictaduras.

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