La semana pasada, dos sucesos conmocionaron a la sociedad sinaloense, que ya está acostumbrándose a los jueves de negro asombro. La detención de Ismael “El Mayo” Zambada y Joaquín Guzmán López, además del misterioso homicidio de Héctor Melesio Cuén Ojeda, sacudieron a una población que, más allá de los “culiacanazos”, ha normalizado cierto statu quo de la violencia. Algunos periodistas publicaron en redes sociales que estos eran dos hechos que no pensaron informar en el mismo día.

La expresión “hay mucho que no sabemos” resuena con fuerza en este contexto. Los rumores y mitos que circulan por las calles reflejan la opacidad y el secretismo que rodean estos eventos. Sin embargo, también hay realidades evidentes: las estructuras de poder en Sinaloa operan a través de figuras influyentes, tanto en los ámbitos oficiales como en los informales, que administran la violencia y controlan el territorio. La captura de Zambada y Guzmán López representa más que la simple caída de dos capos del narcotráfico.
En Sinaloa, en los últimos años, hemos observado una transformación profunda en la red que mantiene la interacción entre la delincuencia organizada, el Estado y ciertas instituciones económicas y sociales. Esta interdependencia, descrita por James Creechan como el covert netherworld, ha sido un componente esencial en la dinámica de poder en la región. Este inframundo oculto es una estructura que funciona en la sombra (aunque es bastante conocida), donde los actores criminales, políticos y económicos establecen vínculos simbióticos que les permiten coexistir y prosperar. El narcotráfico en Sinaloa no opera de manera aislada: está íntimamente relacionado con los mecanismos oficiales del Estado y diversas instituciones financieras que facilitan su existencia y expansión. Esta red ha permitido que no sólo subsista, sino que se convierta en una fuerza influyente con la capacidad de afectar decisiones políticas y económicas a nivel regional e incluso nacional. La captura (o entrega) de personajes clave como Zambada y Guzmán López desestabiliza temporalmente estas redes y pone en evidencia la fragilidad de los acuerdos que sostienen este sistema.
Héctor Melesio Cuén Ojeda fue un político que, como muchos en las redes de poder en Sinaloa, desempeñaba un papel importante en la configuración de acuerdos. Reconocido por sus alianzas complejas en una sociedad donde resulta esencial contar con el respaldo de los grupos formales e informales que manejan la violencia, Cuén Ojeda destacaba por su habilidad para moverse en diversas esferas. Para muchos, su fortaleza residía en la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), aunque su base de apoyo se extendía más allá: había creado una estructura mediante el activismo de los universitarios en las comunidades y localidades rurales. Si bien proyectaba una personalidad amable y cercana, en realidad era desconfiado y siempre se acompañaba tanto de su seguridad privada como de la proporcionada por el Estado, la cual denunció días antes de su asesinato que le había sido retirada. Cuén Ojeda se desenvolvía con facilidad tanto en los ámbitos populares como en los empresariales. Esta aptitud para conectar con distintos sectores le permitió consolidar su influencia y desempeñar un papel singular en la política y el poder en Sinaloa. Su asesinato, en coincidencia con otros eventos recientes, es un síntoma indudable de que el orden se está reestructurando.
Por su parte, “El Mayo” Zambada es tanto realidad como mito, como escribió Ismael Bojórquez. En Sinaloa, políticos, empresarios e incluso personajes sociales presumían contar con cierta venia que, se decía, era indispensable para obtener algún favor. La leyenda cuenta que Zambada administraba la violencia, imponía orden y buscaba que se mantuvieran los antiguos códigos del narcotráfico. Sin embargo, también circulaban rumores de que ya vivía de sus negocios lícitos y estaba enfermo en cama. Lo cierto es que el gobierno de Estados Unidos lo tenía en su lista de los criminales más buscados y ofrecía 15 millones de dólares por su captura. “Aquí en Culiacán se sabe muy bien que es Don Ismael quien manda. No hay dos como él, con tanto poder, pues es un rey en la mafia […] Estén tranquilos, no sientan temor si no son malas personas”, dice el corrido Don Ismael, de Hans el Oso y la Receta. Esta dualidad entre su figura pública y los mitos que lo rodean refleja la complejidad de su papel en el crimen organizado y la profunda influencia que ha ejercido en la región.
Los recientes eventos han sacudido el frágil equilibrio. La eliminación de líderes clave crea un vacío de poder que puede ser explotado por otros, llevando a un ciclo de violencia y reconfiguración continua. La política de decapitación, promovida por Estados Unidos, ha demostrado ser insuficiente para desmantelar las organizaciones criminales de manera efectiva. En lugar de ello, ha provocado una mayor fragmentación y un incremento en la violencia. Estas capturas, o entregas, se dan en el contexto de importantes marcos políticos, como las próximas elecciones en Estados Unidos y la necesidad de victorias rápidas por parte de los demócratas, quienes han sido acusados por Donald Trump de ser “tibios”en su lucha contra el crimen. Este escenario político agrega una capa adicional de complejidad a la ya delicada situación en Sinaloa, exacerbando la inestabilidad y dificultando aún más la implementación de soluciones sostenibles.
La historia reciente de Sinaloa nos muestra que estamos en un momento crítico. La red compleja que ha sostenido la interdependencia entre la política y el crimen organizado está siendo desafiada y transformada. En este escenario complejo, es crucial reconocer que las soluciones simplistas no son suficientes. La detención de líderes puede parecer un triunfo, pero sin un enfoque integral y sostenible estas acciones pueden exacerbar la inestabilidad y la violencia en la región.
Iliana del Rocío Padilla Reyes
Profesora en la Escuela Nacional de Estudios Superiores Unidad Juriquilla, UNAM