La generación Z al Zócalo

Todo empezó con un manga. One Piece, la obra escrita e ilustrada por el japonés Eiichiro Oda, tuvo tal éxito que saltó del papel a la pantalla como serie de anime. Lo interesante es cómo este lenguaje japonés terminó echando raíces en un país como México. Sus primeros destellos llegaron en 1963, con la caricatura de Astro Boy de Osamu Tezuka. No obstante, el boom auténtico llegó en los noventa, con series como Pokémon o Dragon Ball Z.

Para muchos, el anime fue algo más que entretenimiento, se convirtió en una red de apoyo para los jóvenes en un mundo que sentían ajeno. Así surgieron comunidades de fanáticos que organizaban eventos casi clandestinos. Tanto así que, para 2003, en pleno Eje Central, se abrió un punto de reunión que marcaría a una generación: la Frikiplaza, donde—hasta la fecha—se intercambian cómics, se compran videojuegos y se forman los futuros gamers del país.

La recepción de este nuevo lenguaje pop, se desbordó hacia la movilización política. Y no sólo en México, en países como Nepal, miembros de la generación Z se organizaron inspirados en estos referentes para desafiar a sus gobiernos. El emblema fue Luffy, el pirata desgarbado de Eiichiro Oda que, a los 17 años, se lanzó a buscar el legendario tesoro conocido como One Piece. En el caso mexicano, a partir del reciente y doloroso asesinato de Carlos Manzo, un grupo de jóvenes tomó la figura de Luffy y su sombrero de paja —en claro guiño al sombrero de Manzo—, junto con su banda pirata, como emblema de protesta. Desde Tik Tok y X comenzaron a coordinarse para convocar a una marcha el pasado 15 de noviembre tanto en el Zócalo de la Ciudad de México como en varios estados del país. Ahí, entre gases lacrimógenos, policías violentos, se ondeaba la tradicional bandera de “Jolly Roger”.

Días antes de la marcha, la paranoia —alimentada en parte desde Palacio Nacional— se respiraba en cada columna de opinión y en cada conversación: ¿quiénes van a salir a protestar?, ¿serán los mismos de siempre?, ¿quién convoca? El miedo y la confusión se sumaron a un ambiente de desconfianza ya atizado por otras movilizaciones, como la de la CNTE, que obligó a varios comerciantes del Centro Histórico, entre ellos los joyeros del Pasaje Majestic, a bajar sus cortinas. Mientras tanto, los grupos de WhatsApp estaban a reventar, muchos contingentes estudiantiles que se organizaban para sumarse a la marcha temían posibles represalias. Un día antes, hablé con un estudiante de la Universidad Panamericana que, con mezcla de miedo y suspicacia, me dijo “se va a repetir el 68”.

El morbo y la curiosidad de muchos que no pensaban ir a la marcha, pero seguían con preocupación lo que pudiera ocurrir, enrarecieron el ambiente. De camino al Centro Histórico, en el metro, una mujer —quizá una empleada de banco, por el uniforme impecable y las chapas muy marcadas, casi voluminosas— hablaba por teléfono con su marido. Con voz angustiada le explicaba que había salido más temprano de lo normal para que la marcha no la agarrara en el trayecto. Bellas Artes estaba cerrado y no fue hasta la estación Pino Suárez que las cosas se normalizaron.

Alrededor de las 10 de la mañana el Zócalo aún se encontraba vacío y sólo se lograba ver un pequeño círculo frente a Palacio Nacional que coreaba: “No somos uno, no somos dos, somos un pueblo con la ayuda de Dios”. Poco a poco personas de diferentes edades comenzaron a rodear el Zócalo. Algunos muy jóvenes, otros no tanto. En ese sentido podría decirse que a la marcha no sólo fue la generación Z, sino que había grupos heterogéneos, con diversas motivaciones y estéticas. 

Junto a las vallas que resguardaban el Palacio Nacional, Denzel, un joven de 16 años, con el rostro cubierto, pelo largo y unos pantalones cholos, me dijo: “yo la neta estoy hasta la madre de las pendejadas que dice el gobierno. Quieren ponerle impuestos a los videojuegos dizque para sus programas del bienestar, cuál bienestar. Estoy harto de vivir en un país en el que no sé si voy a llegar a mi casa”. Para mediodía una buena parte del Zócalo estaba rodeada por varios contingentes: desde la marea rosa, grupos universitarios, el contingente que denunciaba a los narcopolíticos y los jóvenes del “bloque negro”. Esa heterogeneidad dejaba claro algo: no hubo una convocatoria unificada, cada quién llegó y se organizó como pudo. Algunos partieron del Ángel de la Independencia, otros prefirieron irse directo al Zócalo.

Unas horas antes de la movilización, en la página oficial de “Movimiento Generación Z México” se abrió un nuevo servidor de Discord para dar instrucciones a quienes pensaban asistir. Uno de los puntos que más llamó la atención fue la indicación de vestir de negro y llevar paliacates para cubrirse el rostro. Así, muchos de los jóvenes que estaban en la primera línea, frente a las vallas metálicas del Zócalo, eran los convocados desde TikTok y X. Entre ellos había un grupo de estudiantes de Arquitectura de la UNAM que cargaban un escudo improvisado y la bandera de Luffy que, como ellos señalaban, era un “emblema de libertad”. Uno de los integrantes, que prefirió no dar su nombre, me dijo después de haber sido gaseado: “A mí me molesta tener que levantarme a las cinco de la mañana para ir a un trabajo en el que estoy dos horas. No somos bots ni estamos comprados”.

Al unísono de la consigna “Instituciones narcas” y de las descalificaciones a la presidenta, la tensión comenzó a volverse más violenta. Entre bombas molotov y gases lanzados para contener la protesta, hubo un momento en que la valla que protegía el Zócalo se vino abajo. Quienes estaban atrás se quedaron estupefactos, era una mezcla extraña de miedo y entusiasmo. La confrontación se agudizaba y, a lo lejos, se escuchaban explosiones, pero junto al asta bandera el ánimo no cedía. Tanto así que un grupo de banda, ataviado con vistosas lentejuelas, entonaba con tuba Cielito lindo. El escenario era contrastante, una cacofonía que exhibía, al mismo tiempo, la diversidad de sentidos de la protesta y el ánimo de los manifestantes. En medio de ese caos, entre sombreros que podían leerse lo mismo como respaldo a Carlos Manzo que a Luffy, unos jóvenes muy altos, vestidos de astronautas, se acercaron a la zona de conflicto y desaparecieron entre el gas que esparcían los granaderos.

A las dos de la tarde el miedo empezó a propagarse entre los manifestantes, el nivel de violencia aumentó de forma clara. Quienes estaban en la primera línea eran provocados por el cuerpo de policías que, al recibir piedras casi del tamaño de un tabique, se las devolvían a los jóvenes con aire retador. Algunos de los más golpeados sangraban de la cabeza y salían corriendo. El pánico terminó por vaciar el Zócalo y la marcha se disolvió con la sensación amarga de haber quedado marcada como un intento fallido de asalto a Palacio Nacional.

Cuando el gas se disipó y el Zócalo estuvo vacío, quedó una que otra calcomanía de Luffy pegada en las vallas. Nada que parezca histórico a primera vista, apenas restos de un naufragio. Pero ahí está la estampa: por unas horas, la generación que creció entre consolas, que se socializó en la Frikiplaza y en servidores de Discord se atrevió a sacar sus referencias a la luz y ponerlas frente al Palacio Nacional.

Albrecht Mohrhardt Doger

Estudiante de Ciencia Política y Administración Pública en El Colegio de México

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Publicado en: Política, Vida pública