
I
El pasado 18 de octubre, el PAN celebró su tan anunciado “relanzamiento”. En el escenario, entre los personajes de siempre y la tradicional cuota juvenil —encargada de presentar una aplicación móvil que facilita la afiliación al partido—la mayor novedad estuvo en la pantalla: un video producido con inteligencia artificial que aspiraba a sintetizar, en unos minutos y con efectos de película de acción, la continuidad entre lo viejo y lo nuevo, entre la doctrina histórica y la modernidad que por fin alcanzó al partido.
El video comienza con los retratos solemnes de Manuel Gómez Morin, Luis H. Álvarez y Manuel Clouthier Carrillo, figuras tutelares que ceden el paso a Jorge Romero, Kenia López Rabadán y Ricardo Anaya, supuestos herederos naturales del legado. Una voz en off, grave y paternal, recita una exhortación entre plegaria y mandato: “No se rindan”. Acto seguido, la pantalla se oscurece y surge un país en ruinas: automóviles en llamas, casas perforadas por las balas, madres llorando, criminales riendo, comercios cerrados.
Por si esto no fuera suficiente, la pobre gente del lugar presencia cómo emergen criaturas sombrías —una alegoría algo tosca de los males nacionales—, observadas desde lejos por dos figuras perversas inconfundibles: una mujer y un hombre que evocan a la presidenta Claudia Sheinbaum y al expresidente Andrés Manuel López Obrador. Aunque todo parece perdido, de la nada surgen hombres, mujeres y jóvenes vestidos de blanco, puros y decididos —quizá recién afiliados mediante la flamante aplicación— que se lanzan al combate contra las sombras. La música sube de intensidad, la alegría parece desbordarse y finalmente la ciudadanía vence. El sol sale mientras se ondean banderas del PAN junto con un nuevo emblema que promete un mejor futuro.
Según Jorge Romero, ese fue es el inicio de una nueva era para el partido. Frente al mal que emergió en 2018 y tras el fracaso de 2024, ahora hay un PAN más abierto, moderno y ciudadano: por la patria, la familia y la libertad; por la esperanza y los principios perdidos.
II
Manuel Gómez Morín fue, en toda la extensión del término, un hombre de su tiempo. Para él, la Revolución no fue una suerte de apocalipsis ni sus protagonistas seres perversos. Aunque disentía del rumbo que el país tomó bajo los gobiernos posrevolucionarios, comprendía que la Revolución era una idea viva, una pulsión de cambio que marcaba el pulso moral y espiritual de su época. Negarla habría sido desconocer el alma misma de la nación, ese empeño persistente por consolidarse y reinventarse. En una carta fechada en 1924 y dirigida a Simona Tapia, escribió:
“La Revolución significa para mí una acción espiritual. Cierta forma de espiritualidad, de anhelo que desde la época colonial ha pugnado por triunfar en México y que se manifiesta en los tres grandes movimientos ocurridos en el país: la Independencia, la Reforma y la Revolución. La lucha profunda está en lo más íntimo de la nación. No es una lucha de colores ni de razas, sino una lucha de valores morales o culturales. La Revolución triunfará si de anhelo pasa a la realidad.”
Aquella idea de las “tres revoluciones” —Independencia, Reforma y Revolución— formaba parte del horizonte intelectual compartido por los pensadores y políticos de la generación de Gómez Morín. Como señaló Gastón García Cantú[1], su origen puede rastrearse hasta 1907, en los planteamientos del obrero textil Abraham Trujillo y, después, en los escritos de Luis Cabrera, quienes concibieron a México como una nación movida por tres grandes impulsos transformadores que, a su vez, intentaron reconciliar justicia, libertad y soberanía.
Sin embargo, fue Vicente Lombardo Toledano quien, al polemizar con Gómez Morín sobre el sentido profundo de la nación, daría a esta interpretación su forma definitiva: la historia de México entendida como una secuencia de revoluciones progresistas enfrentadas a sus inevitables reacciones regresivas. Aquella lectura dialéctica del pasado nacional —revolución contra reacción, progreso contra estancamiento— se convertiría, con el tiempo, en el relato fundacional del régimen posrevolucionario, adoptado por el PRI como la justificación histórica de su propia legitimidad.
Para Lombardo, el error de Gómez Morín y de los suyos residía en una concepción idealista de la historia. Para él la “reacción” confundía la unidad nacional con un espíritu anterior a las revoluciones, cuando en realidad dicha unidad era producto de ellas. No había, como sugería Gómez Morín, un anhelo espiritual que se expresara cíclicamente en distintos momentos históricos; había, más bien, una lucha material e ideológica entre fuerzas con intereses irreconciliables.
Más allá del contraste entre ambos, lo significativo es que Gómez Morín comprendía que la Revolución instauró una nueva sensibilidad nacional: el anhelo de que México podía y debía transformarse. Aunque creía que ese anhelo se había desviado, que el impulso moral que animó la Revolución se extravió en la burocracia, la violencia y la corrupción, su propósito nunca fue restaurar el viejo régimen, sino ofrecer un cauce distinto al deseo de cambio.
Por ello, la nación ocupa el primer punto en los Principios de Doctrina de Acción Nacional de 1939: “La Nación es una realidad viva, con tradición propia varias veces secular, con unidad que supera toda división en parcialidades, clases o grupos, y con un claro destino. El interés nacional es preeminente; todos los intereses parciales derivan de él o en él concurren. No pueden subsistir ni perfeccionarse los valores humanos si se agota o decae la colectividad, ni ésta puede vivir si se niegan los valores personales”.
III
El discurso de Jorge Romero estuvo lejos de reivindicar los principios enarbolados por Manuel Gómez Morín. Antes bien, pareció rendir homenaje a aquellos que desde hace décadas acusan al panismo de ser una fuerza reaccionaria. Desde el inicio, y durante buena parte de su intervención, el dirigente se la pasó reaccionando ante las acciones de Morena y del gobierno de Claudia Sheinbaum. No hubo novedad alguna: habló del “pulso autoritario”, del “asalto a la Suprema Corte”, de la “desaparición de los organismos autónomos” y “la fraudulenta mayoría en la Cámara de Diputados”. La crítica, previsible y sin matices, sonó al libreto de siempre sin mayor renovación.
Luego, la retórica descendió aún más. Romero explicó que la nueva misión del PAN sería “abrirle los ojos a los mexicanos” y —he aquí la gran revelación— anunció que su nueva estrategia política consistirá en apropiarse del lenguaje de López Obrador para atacar a su partido. La imaginación de la dirigencia alcanzó entonces un momento sublime: Romero proclamó con emoción que “¡ellos son la mafia del poder!”.
A partir de ahí el discurso se diluyó en un torrente de lugares comunes: la familia, el bien común, la patria, la libertad, “diosito”, y la defensa de México. Palabras grandotas vaciadas de sentido por el abuso y falta de contexto. Así, el “nuevo PAN” —¿no fue el PRI quien habló en 2012 de renovación?— se presentó al país sin ideas claras, pero con acciones concretas: abrir la afiliación y ponerse “al servicio de la ciudadanía”. ¿Para qué? Nadie lo explicó. Tal vez, como en las campañas de marketing que tanto parecen inspirar a la dirigencia, la respuesta se posponga hasta la siguiente temporada: 2027, y luego, quizá, 2030.
IV
Como explica Soledad Loaeza[2], la encíclica Rerum Novarum fue la inspiración más profunda de Manuel Gómez Morín al concebir la doctrina fundacional del Partido Acción Nacional. Publicada por el papa León XIII en 1891, la encíclica vio la luz en una Europa convulsionada por la Revolución Industrial, donde la concentración del capital engendró una nueva desigualdad: una clase obrera sometida a la precariedad, la explotación y la ausencia de protección jurídica. Mientras los Estados liberales persistían en su fe ciega en el mercado como regulador natural de la vida social, el socialismo emergía como su antagonista, ofreciendo la abolición de la propiedad privada y la colectivización del trabajo como respuesta al abuso del capital.
En ese contexto, León XIII se alzó contra los dos extremos: el individualismo liberal y el colectivismo socialista. Frente al primero, denunció la indiferencia del Estado y la codicia de los empresarios que degradaron el trabajo humano a simple mercancía, condenando al obrero a la miseria moral y material. Frente al segundo, rechazó la supresión de la propiedad privada, al considerar que atentaba contra el derecho natural y anulaba el sentido de responsabilidad personal.
Con ello, propuso una “tercera vía”: una economía regida por principios cristianos, donde el trabajo se reconociera como expresión de dignidad y no como instrumento de acumulación; donde la propiedad privada estuviera orientada al bien común y no al lucro; y donde el Estado, sin devenir un tutor omnipotente, interviniera para proteger a los débiles, garantizar derechos y preservar el equilibrio social. En ese orden ético, la Rerum Novarum colocaba a la justicia y a la caridad como fundamentos inseparables de la convivencia humana e inauguraba una nueva forma de pensar la política y la economía desde el valor espiritual del trabajo y la centralidad de la persona.
Gómez Morín aspiraba, en efecto, a trascender el binomio Revolución-contrarrevolución —o progresismo y reacción— para delinear una tercera vía que reconciliara el espíritu transformador con la estabilidad moral y política. En su pensamiento, la modernidad mexicana necesitaba superar el dilema entre el liberalismo individualista, que desembocaba en la anomia social, y el estatismo revolucionario, que sofocaba la libertad bajo el pretexto del orden. Por ello, su proyecto doctrinal buscó articular un nuevo equilibrio: una relación orgánica y armónica entre el individuo, el Estado y la libertad.
En los Principios de Doctrina de Acción Nacional de 1939, estos tres conceptos —persona, Estado y libertad— conforman el núcleo ético y filosófico del pensamiento humanista. La persona se erige como el centro y fin de toda organización social. Su dignidad es intrínseca, anterior y superior a cualquier poder político o económico, pues deriva de su condición espiritual y moral. No es el Estado quien otorga los derechos, sino la propia naturaleza humana quien los reclama. De ahí que la política no pueda limitarse a administrar el poder o los recursos, sino que deba orientarse al desarrollo integral de cada individuo —material, moral y espiritual— como expresión del bien común.
Desde esta perspectiva, el Estado es una institución subsidiaria, es decir, al servicio de la persona y de la comunidad. Su autoridad no proviene de la fuerza ni del consenso mayoritario, sino de su función de garante del bien común. De ahí se desprende su crítica dual: al individualismo liberal, que reduce la vida social a una suma de intereses privados y erosiona la solidaridad, y al colectivismo totalitario, que convierte al ciudadano en instrumento del Estado. Frente a ambos extremos, Gómez Morín propuso un Estado que interveniera en la medida en que las personas o asociaciones no puedan alcanzar por sí mismas los fines necesarios para su perfeccionamiento.
La libertad, en esta síntesis doctrinal, no es nada más ausencia de coacción, sino una virtud moral: la capacidad de elegir el bien. Supone responsabilidad y discernimiento, no arbitrariedad ni capricho. Sólo en una comunidad que respeta la dignidad de la persona y en un Estado que orienta su acción al bien común, la libertad puede desplegarse plenamente. Así entendida, la libertad es inseparable de la justicia y de la verdad; no es el punto de partida del orden social, sino su culminación ética.
V
El PAN, incluso con su relanzamiento, atraviesa una crisis existencial profunda. Ha dejado de saber quién es, de dónde viene y, sobre todo, hacia dónde quiere ir. ¿Qué de su pasado debe recuperarse? ¿Qué de su pasado más reciente facilitó que el país catastrófico que vislumbra surgiera? La desconexión con el pasado es tal que el vínculo con su propia tradición parece hoy posible sólo mediante artificios digitales: un video de inteligencia artificial que intenta unir, en la pantalla, lo que se separó hace mucho tiempo.
Si el PAN no conoce su pasado, tampoco parece tener claridad sobre su presente. En el discurso de Jorge Romero no hubo doctrina, ni programa, ni visión, sólo la repetición cansina de ser antagónicos al obradorismo, como si la oposición bastara para definirse. El mundo ha cambiado y el partido parece extraviado en él. Oscila entre la nostalgia de sus orígenes y la tentación de plegarse a la nueva derecha global. ¿Defiende un modelo antiestatista o busca revitalizar al Estado bajo un sentido social? ¿Se inspira en el nacionalismo empresarial de Donald Trump o en el ultraliberalismo de Javier Milei? Y si así fuera, ¿por qué y para qué? ¿Pretende articular un proyecto de clase media y pequeñas empresas o continuar su alianza con las élites corporativas?
Lo más preocupante es la ausencia absoluta de futuro. El PAN vive atrapado en la inmediatez del siguiente proceso electoral, como si competir fuera un fin en sí mismo y no un medio para transformar la realidad. Ya no imagina el país que quiere construir, ni ofrece una idea de nación que convoque más allá de su propio desencanto. Si de verdad aspirara a “volver a sus orígenes”, tendría que recuperar lo que le permitió perdurar a lo largo del siglo XX, hasta llegar al poder. Porque el partido nació para transformar un México que aún no existía, y hoy, paradójicamente, se extingue porque ya no es capaz de imaginar uno nuevo.
VI
Apenas a inicios de octubre, el papa León XIV firmó la Exhortación Apostólica Dilexi te. El documento emerge en un tiempo de crisis que, aunque transformado por la globalización y la tecnología, conserva resonancias profundas del mundo convulso en el que León XIII dio a conocer la Rerum Novarum. Si entonces el drama histórico era la Revolución Industrial y la irrupción de una clase obrera sometida por el naciente capitalismo, hoy asistimos a los efectos corrosivos de un neoliberalismo globalizado que amplió las brechas sociales, deshechó los vínculos comunitarios y redujo la existencia humana a una ecuación de productividad y consumo.
Dilex te., además de poner la desigualdad y la marginación como los problemas centrales de nuestro tiempo, hace hincapié en que cada renovación de la Iglesia “ha tenido siempre como prioridad la atención preferencial por los pobres[3]”. León XIV encarna, al menos simbólicamente, una introspección: la necesidad de revisar la propia historia, de dialogar con las semejanzas entre épocas distantes, de reconocer en el sufrimiento humano un elemento central de los conflictos sociales.
Gómez Morin supo mirar en la Rerum Novarum una inspiración, una forma de pensar los problemas del país con sentido histórico y con mirada de futuro. Comprendió que toda doctrina viva debe dialogar con su tiempo, que la tradición no consiste en repetir lo heredado, sino en interpretarlo a la luz de las urgencias presentes. Su genio político residió en saber leer la coyuntura sin perder el horizonte: discernir qué debía conservarse por su valor moral y qué debía desecharse por su inutilidad práctica. En esa síntesis —entre principios y realismo, entre fe y reforma— fundó la posibilidad de una tercera vía que dio origen al PAN.
Hoy, esa capacidad de introspección, que surge hasta en la Iglesia, parece haber desaparecido del panorama político nacional. Anunciar “relanzamientos” es sencillo; basta un eslogan y una producción audiovisual. Incorporar estrategias importadas de otras derechas o de las consultorías globales es casi un reflejo: se compra la forma, sin entender el fondo. Todo eso es sencillo —y rentable— porque no exige pensar. Gómez Morin, aunque esté en el discurso del panismo, representa algo que el PAN perdió: la convicción de que la política es un ejercicio intelectual y moral antes que la inmediatez sin fondo. En sus palabras, Acción Nacional debía dedicarse a:
“aplaudir todo lo que signifique auténtico servicio al bien común y a la unidad nacional, y a atacar y combatir cuanto vaya en contra de estas dos cosas. No es un problema de régimen, es un problema de actuación […] Acción Nacional nunca se casará con un régimen, ni con el que pudieran llegar a formar hombres suyos llegados al poder. Cree que el poder no es título, sino que hay que estar mereciéndolo y ganándolo de momento a momento”.
Hugo Garciamarín
Doctor en Ciencias Políticas por la UNAM y director de la Revista Presente
[1]Cfr. Gastón García Cantú, “Presentación”, en Marcela Lombardo (comp.), Vicente Lombardo Toledano. Ideólogo de la Revolución Mexicana, vol. I, México, Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales, Vicente Lombardo Toledano, 2009, pp. XVI-L.
[2]Cfr. Soledad Loaeza, El Partido Acción Nacional: la larga marcha, 1939-1994. Oposición leal y partido de protesta, México D.F: FCE, 1999.
[3]Cfr. Dilexi Te, n. 103.