La Ibero en la encrucijada: apuntes para construir el diálogo

No cabe duda de que la Universidad Iberoamericana siempre sorprende. Contra el estereotipo que generalmente le endosan una parte de la sociedad y de la burocracia mexicana —el de ser una universidad elitista a la que acuden personas con escasa conciencia social—, la Ibero sorprendió, desde tiempos lejanos, con los comprometidos artículos en los que el profesor Ángel Palerm se solidarizaba con el Movimiento Estudiantil de 1968; con una cohesión comunitaria que sobrevivió al derrumbe de sus instalaciones tras el sismo de 1979, y con la huelga de su personal sindicalizado en 1999 contra la instrumentación de políticas neoliberales que precarizaban a un sector de su personal. Ya en el nuevo milenio, la Ibero siguió sorprendiendo al tender una mano solidaria a la UAM Cuajimalpa, ofreciendo un espacio a su comunidad durante el periodo en el que no podía edificar su campus; al ser el origen del Movimiento YoSoy132 ante las declaraciones que hizo en sus instalaciones el entonces candidato presidencial Enrique Peña Nieto, justificando sus acciones represivas en Atenco; al acompañar el esclarecimiento del caso de los 43 de Ayotzinapa. Además, entre las instituciones de educación superior, la Ibero fue pionera en impulsar los estudios y políticas de género.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

Más recientemente, en la semana del 24 al 30 de abril, la comunidad estudiantil sorprendió a propios y extraños al plantear una serie de demandas para revertir diversas medidas administrativas instituidas por el actual rector, el Dr. Luis Arriaga Valenzuela. El alumnado expresó preocupación por una aparente reconducción de los fondos universitarios hacia inversiones de diversa índole en detrimento de la generosa política de becas; un alza de las colegiaturas y de los costos de los servicios universitarios; la merma de apoyos hacia las humanidades; la situación de ciertos grupos vulnerables —precariedad económica de profesores de asignatura, instalaciones reformadas sin atender a las necesidades de personas con discapacidad, estancamiento en las políticas de género—; la reubicación de las carreras técnicas en el Tecnológico Universitario del Valle de Chalco —lo cual es leído como un viraje elitista—, y la pérdida de poder de órganos colegiados de gobierno, en los que se suprime la representación estudiantil, en favor de instancias que los estudiantes entienden como externas al acontecer cotidiano de la Universidad.1

Cuando el Dr. Luis Arriaga asumió la rectoría de la Ibero en 2022, el contexto de la institución era complejo, a diferencia de periodos de mayor bonanza, como los que vivió la Universidad entre 2014 y 2015. El nuevo rector llegó después de casi dos años de políticas de aislamiento por la pandemia, que en el caso de la Ibero alcanzó cotas particularmente trágicas con el fallecimiento del anterior rector, el Dr. Saúl Cuautle Quechol. También debe mencionarse la crisis generalizada de la educación privada en México, especialmente aguda en el área de las humanidades. Y el contexto más amplio: la instauración de un modelo educativo tecnificado que privilegia criterios económicos y financieros como los de eficiencia y utilidad. Este esquema se contrapone a la formación humanística y pluralista promovida por la Compañía de Jesús, que ha caracterizado a la Ibero. En ese sentido, las circunstancias actuales distan de ser las más favorables.

Aunque pueda resultar un lugar común, me atrevo a sugerir que la única posible solución constructiva a esta problemática coyuntura es el diálogo. Como punto de partida, las autoridades académicas debemos asumir nuestra responsabilidad de escuchar a la comunidad estudiantil. Una responsabilidad a la que desgraciadamente, en este caso, hemos llegado tarde. Debo añadir también una consideración personal, teniendo en cuenta las abismales diferencias entre ambas circunstancias: provengo de una comunidad en conflicto (la del País Vasco en los años noventa). En aquel contexto, que hoy parece lejano, jamás hubo una verdadera pretensión de dialogar para superar el conflicto. Pese al éxito económico que experimentó posteriormente la comunidad, muchos salimos de todo aquello con un irreparable trauma interior que acompaña todas nuestras acciones y pensamientos.

En este sentido, entiendo que dialogar significa sentarse a debatir renunciando de antemano a cualquier axioma inamovible, esa inmovilidad siempre dinamitó y destruyó las posibles soluciones del conflicto en mi comunidad de origen. Sugeriría entonces asumir una apertura absoluta hacia la posición del otro. Sin perder de vista que existe una amenaza externa para nuestro modelo diferenciado de formación, es importante no antagonizar a ambas partes dialogantes con la figura del enemigo interno. En esta dirección van mis consideraciones finales, con el propósito de contribuir a allanar el camino hacia la concordia.

Por un lado, el Dr. Luis Arriaga no es un “Peña Nieto” que nos visita una década después: se trata de un sacerdote jesuita, integrante de nuestra comunidad, que, como todos los jesuitas, está obligado a mantener una vida austera, en perpetua obediencia a las encomiendas que le asignan sus superiores. No omito recordar que la Compañía de Jesús, desde los tiempos de la Teología de la Liberación, ha adoptado posiciones históricas que la sitúan del lado de los más desfavorecidos; y que, en América Latina, esas posiciones la han forzado a transitar en más de una ocasión por la senda del martirologio. Recientemente, con el lamentable asesinato de dos jesuitas en nuestro país: el padre Javier Campos y el padre Joaquín Mora, quienes dieron su vida protegiendo a otro ser humano. Si bien él ya lo recordó, y algunas de las consignas de nuestros estudiantes también, traigo a colación que el rector comparte con la orden a la que pertenece un pasado militante al frente del Centro Prodh, defendiendo los derechos humanos; con un papel destacado, precisamente, en la liberación de los presos de Atenco. Ahora la Compañía le encomienda una rectoría que tiene que afrontar la tesitura crítica descrita párrafos arriba. La tarea es difícil porque se ha de salvar un modelo de formación que vale la pena pero al que la modernidad le diagnostica una inapelable muerte temprana. Es difícil porque implica reinscribir las humanidades y su modelo de formación —la columna vertebral de la Ibero— en un código de lo real que, a todas luces, anuncia su desaparición. Que esta tarea de reinscripción supone muchos riesgos ha quedado claro: puede ser leída como un sometimiento del modelo humanístico de formación a los criterios de la eficacia y de lo útil; es más, si se pierde un ápice el rumbo, esta tarea podría desembocar —por qué no aceptarlo— en una rendición total frente a la tecnocracia de la que somos tan poco partidarios en esta comunidad.

Por otro lado, en virtud de las insuficiencias en los procesos de escucha, a las que habría que añadir una evidente falla por parte de las autoridades —entre las que me incluyo— en los procesos de comunicación, es absolutamente comprensible y legítimo que los estudiantes a los que durante largos años hemos formado en el modelo humanístico ya mencionado —un modelo que se expande, en tiempos recientes, hacia la teoría crítica, el posestructuralismo, la búsqueda de la autenticidad ontológica, la ecocrítica y los estudios de género— reaccionen proclamándose defraudados ante una construcción del relato y una orientación de los recursos que podrían parecer tecnocráticas. Porque la propia estructura jurídica de la universidad (sin fines de lucro) desterraría todo lenguaje que pudiera remitir a la jerga empresarial, aunque no se debe perder de vista el “principio de realidad”: en cuanto institución privada, la Ibero sufraga su vida comunitaria con las colegiaturas, y las necesidades de esa vida comunitaria se ven afectadas por los vaivenes económicos de una recesión. Porque la estrategia de comunicación respecto de la política de becas y la orientación de los recursos debe transparentar en qué rubros beneficiará a la comunidad universitaria. Porque la inquietud por el destino de las humanidades puede surgir legítimamente si se observan medidas (justificables o no por razones económicas) que alteran severamente los planes de estudio y que discriminan a la hora de distribuir los espacios ante carreras más “rentables”. Porque el compromiso con los grupos vulnerables debe ser una misión visiblemente prioritaria para una institución humanista y crítica. Porque el estudiantado debe estar representado en las decisiones de los órganos colegiados de gobierno y porque es deseable que dichos órganos de gobierno con capacidad de decisión emanen, en la medida de lo posible, del seno de la Universidad y no de grupos y fuerzas que puedan ser leídos, al interior de la comunidad, como injerencia externa.

Nuevamente, la Universidad Iberoamericana nos sorprende; la intervención del alumnado nos sorprende. Aunque en verdad no debería sorprendernos. Es lo que les hemos enseñado (y aprendido con ellas y ellos): a ser críticos y humanos frente a los procesos crueles e injustos de acumulación que ha empujado la tecnocracia en la modernidad existente. Qué otra cosa cabría esperar: deberíamos sentirnos orgullosos. A título personal, yo sí me siento orgulloso de nuestras y nuestros estudiantes. Y casi me atrevería a afirmar que el Dr. Luis Arriaga también aplaude su conciencia crítica. Tengo confianza en que el diálogo, el intercambio de razones y la disposición a escuchar de ambas partes, así como las concesiones que cada una deba hacer, ofrecerán como resultado un modelo de formación académico más robustecido y una comunidad más cohesionada.

 

Joseba Buj
Director del Departamento de Letras de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México


1 Hay que aclarar que esta pérdida de poder se viene empujando desde finales de los noventa y no es algo atribuible, en exclusiva, a esta gestión.

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Publicado en: Política

Un comentario en “La Ibero en la encrucijada: apuntes para construir el diálogo

  1. De verdad me parece increíble que el texto compare la situación que prevalece en la Ibero, con una negociación que se hizo con una banda terrorista en el País Vasco. Más allá de la falta de sensibilidad hacia las víctimas del conflicto, las consecuencias que tuvo en familias, ciudades y el pueblo vasco en general, la falta de seriedad que deja ver el autor me dejan atónita. Por un lado, lo que está pasando en una universidad que se precia de un espíritu humanista y garante de derechos, no debería descalificarse de manera tan superficial. Y por el otro, distraer con comparaciones poco serias y fuera de lugar, lo único que hace, es incrementar la desinformación y justamente la falta de disposición a la escucha y diálogo, que tanto defiende el autor del texto. Ojalá Nexos tenga más cuidado en las publicaciones, y no se convierta únicamente en un espacio de opiniones sin demasiado fundamento.

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