¿La iberosfera? Dos observaciones sobre la cultura política en la 4T

Leyendo un texto de William H. Sewell Jr. encontré un par de premisas que pueden servir para desentrañar el melodrama político de hoy en día. Sewell, distinguido profesor de historia cultural en la universidad de Chicago, pretendía realizar algunas anotaciones sobre los usos y sinrazones de la noción de cultura sin mayor intención que la académica. No obstante, al leer algunas de sus líneas a la luz de los acontecimientos acaecidos en los últimos tiempos, me pareció más que adecuado rescatar dos de sus reflexiones sobre las intrincadas relaciones entre la cultura y el poder. Las presentaré a juego con dos escenas de la tragicomedia de las que somos juez y parte.

Ilustración: Ricardo Figueroa

La estrategia del protagonista

Tenemos una primera escena. Es el 16 de diciembre de 2018 en Palenque, Chiapas. Entre el elenco se encuentran los gobernadores de Chiapas, Rutilio Escandón; de Tabasco, Arturo Núñez; de Campeche, Alejandro Moreno; de Yucatán, Mauricio Vila, y de Quintana Roo, Carlos Joaquín González. A manera casi ornamental también se vislumbran representantes de una serie de comunidades indígenas: tseltal, tsotsil, ch’ol, zoque, tojolabal, mam, mochó, kaqchikel, jakalteco, chuj, q’anjobal y lacandón según consignan las crónicas del magno evento. Sin embargo, todos ellos eran poco más que el acompañamiento de un protagonista que por fin tenía su papel estelar. El presidente Andrés Manuel López Obrador alzaba el telón de una obra muy bien montada.

En este primer acto se percibía una función manifiesta y otra latente. La primera era escenificar el “Ritual de los pueblos originarios a la Madre Tierra para la anuencia del Tren Maya” con la intención de sentar las bases para la introducción del colosal megaproyecto al sur de la República. Un ritual de esta naturaleza permitiría esquivar los siempre incómodos reclamos sobre la participación de los afectados en la gestión de los grandes proyectos de infraestructura. Como si se pudiera afirmar: “¿Para qué hacer consultas si ya se había pedido permiso, así, con incienso y todo?”.

No obstante, la escena tenía una intención más sutil y de efectos duraderos. La creación de una narrativa a partir de la reivindicación de una identidad indigenista-revolucionaria empezaba a gestarse. Es ahí donde la primer cita de Sewell me pareció reveladora:

Incluso en los estados más poderosos, y quizá también en los totalitarios, los actores que ocupan la posición central nunca pueden imponer algo parecido a la uniformidad cultural. Y de hecho, rara veces lo intentan. La típica estrategia cultural de los actores e instituciones dominantes no es tanto establecer la unidad, como organizar la diferencia.1

¿No es esto lo que el afamado protagonista nos propone a lo largo de la obra? No quiero implicar que todo sea su culpa. México es, por sí mismo, un país sumamente desigual, donde las oportunidades se concentran en pocos grupos y la pobreza alcanza a la mitad de la población. Polarización había, para qué negarlo, pero la forma de refuncionalizarla es digna de un tratado de estrategia política moderna. Mientras sus logros reales han sido más bien modestos, la transformación cultural que ha iniciado tiene visos de ser de gran calado. Un proyecto sumamente tecnocrático como el Tren Maya, bajo los auspicios inescrutables del Ejército, se ha barnizado de indigenismo. Pemex vuelve a ser bandera nacional, aunque en su defensa nos aventemos de cabeza al vacío.

En esta narrativa todas las personas encuentran acomodo. Donde unos se reivindican fifís otros se saben chairos. ¿Eres conservador o cuatrotero? La sociedad vuelve a ser legible a partir de las diferencias simples que se plantean. Existe el pueblo, que normalmente es bueno salvo que se oponga a algún proyecto del gobierno (como el Proyecto Integral Morelos), y las élites, que normalmente son malas, salvo que cooperen en alguna empresa del gobierno (como Grupo Carso en el Tren Maya). Sean como sean las excepciones, la narrativa tiene cierto encanto, vuelve a la sociedad nuevamente comprensible y ordenable, los referentes claros, la nueva moral incontestable.

El ritual de anuencia al Tren Maya, volviendo a la escena en la que habíamos reparado, es elocuente por su expresividad. Ahí está el profeta rodeado del pueblo siendo uno con ellos. El acto puede ser sólo una parodia, pero el sentimiento está presente. ¿A poco un actor puede mentir cuando representa un papel?

La torpeza del antagonista

No hay obra que transcurra sin un antagonista, sea cual sea la tónica. En el relato presente no pocos quisieran colgarse la casaca y salir al quite. Al hacerlo, en muchas ocasiones le prestan mayor servicio al protagonista que a su propia causa. Tomemos otra escena de esta larga tragicomedia para mayor detalle. El público se ha enterado a través de unas cuantas instantáneas filtradas en las redes sociales de los implicados. Entre ellas hay un personaje que recién aparece en el cuento, aunque ya es famoso por sus andanzas. De nombre Santiago ha ganado relevancia en la escena política española por su discurso encendido y su poco recato para expresar opiniones polémicas. Se encuentra cómodo siendo el “malo” de la película mientras pregona que los verdaderos rufianes son todos los demás, políticos corruptos, progresistas pervertidos, comunistas sacrílegos e inmigrantes peligrosos.

El problema es que no se trata de su cuento. Llega a tierras de ultramar en una cruzada contra el comunismo donde algunos pocos locales lo reciben como español que carga espejos (y nada más detrás de ellos). Se permite, incluso, arremeter contra el protagonista. Luego firma una carta llena de intenciones rimbombantes, aborda un avión y regresa a su tierra dejando a sus correligionarios mexicanos deslumbrados pero igual de perdidos que antes. En este punto quisiera regresar a las palabras de Sewell para aclarar el punto:

Los grupos dominantes y los de oposición interactúan constantemente, de tal modo que cada uno de ellos emprende sus iniciativas teniendo en vista a los otros. Incluso cuando intentan superar o socavar el uno al otro, se modelan mutuamente entre sí en virtud de su danza dialéctica.2

En esta “danza dialéctica” le han dejado al protagonista la vuelta servida. Sin apercibirse, al arremeter contra el monstruo del armario (un comunismo que nadie encuentra pero que todos temen) han cerrado el círculo de la narrativa que tan trabajosamente ha construido el presidente. En las calles se escucha decir: “Si hay transformación, hasta los malos lo reconocen”. Esa suerte de publicidad, con invitado extranjero y todo, es de un valor inconmensurable. Si uno habla bien de sí mismo se ve mal, pero si sale de boca del adversario tiene todas las luces de ser verdad.

El melodrama se acerca vertiginosamente al momento crucial. ¿Refrendará el protagonista su cruzada en la consulta de revocación de mandato? ¿Doblegarán los altos encargados de la salud la dantesca pandemia? ¿Llegarán a buen puerto el Tren en la península y la refinería en el istmo? ¿Seguirá Pemex consumiendo un alto porcentaje de los recursos del Estado? Mientras la trama se vuelve sombría y escabrosa, la oposición juega a embestir molinos con el Quijote Abascal.

En fin, la iberosfera.

 

Alejandro Aguilar
Estudiante de doctorado en Estudios del Desarrollo en el Instituto Mora, maestro en Ciencia Política por El Colegio de México y profesor en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM.


1 Sewell Jr. W. H. “The Concept(s) of Culture” en Victoria E. Bonnell, Lynn Hunt. Beyond the Cultural Turn. New Directions in the Study of Society and Culture, University of California Press, 1999, pp. 56

2 Ibíd., pp. 57.

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Publicado en: Política