La (im)posibilidad de la visibilidad LGBTTTIAQ

El 25 de junio fue la megamarcha del orgullo LGBTTTIAQ —lesbico, gay, bisexual, transexual, transgénero, travesti, intersexual, asexual y queer— en la Ciudad de México. A comparación de la mermada participación presencial del año pasado y su completa virtualidad en 2020, este año la marcha recuperó la afluencia regular de más de 250 000 personas. Hubo todo lo usual. Asistieron familias a la marcha por primera vez con sus hijas, hijes e hijos con mucha alegría, y también gente con carteles para ofrecer abrazos y acompañamiento a quien no tuviera una familia que le apoyara. Hubo personas con atuendos llamativos y miradas retadoras llenas de orgullo, y algunas de ellas tuvieron que soportar miradas de desaprobación y murmullos a lo largo del trayecto de sus casas a su punto de encuentro cerca del Paseo de la Reforma. Risas y gritos llenaban el ambiente. Pudimos ver expresiones de admiración y ternura al lado de expresiones de burla y señalamientos. Participantes a la marcha saltaban y saludaban a las, les y los transeúntes con alguna consigna divertida, mientras otras personas caían por los empujones en los arbustos de las transiciones entre el contingente móvil del centro y el expectante de los lados. El grupo de gente que marchaba bajo el auspicio de las diferentes embajadas en México fue protegido por las fuerzas policiacas, y la gente aprovechó la oportunidad para vender agua, cerveza, banderas y toda clase de accesorios multicolores. Lo de siempre: resistencia, lucha y fiesta.

Esta marcha del orgullo 2022 estuvo dedicada a la visibilidad de las mujeres de la diversidad sexual y sexo-genérica. Dada su magnitud y sus objetivos, la marcha es una buena ocasión para reflexionar sobre qué es exactamente la visibilidad LGBTTTIAQ. Es cierto que la marcha y otros eventos parecidos representan ejemplos del tipo de visibilidad que nos venden los medios de comunicación, los gobiernos y las empresas, buscando demostrar que existe una mejora en la actitud de la sociedad mexicana hacia el respeto y la dignidad de la diversidad sexual y sexo-genérica. Sostengo que, una vez puesta bajo escrutinio, esta visibilidad LGBTTTIAQ genera muchas paradojas, y que la supuesta mejora social frente a la diversidad sexual y sexo-genérica no es del todo clara fuera de un sector LGBTTTIAQ privilegiado.

El objetivo de esta reflexión no es desacreditar tan magno evento, sino mostrar los comportamientos socialmente construidos y ambivalentes en los que participamos todas las personas que acudimos a la marcha o cualquier otro evento de visibilidad LGBTTTIAQ. Al ser socialmente construidos, estos comportamientos pueden ser desaprendidos, cambiados y politizados para responder a la sociedad y a la élite que gestiona los programas sociales con dinero público. Para facilitar el análisis, he dividido mi discusión en dos secciones. La primera versa sobre los condicionantes de la visibilidad LGBTTTIAQ; la segunda, sobre los condicionantes de su invisibilidad. Las conclusiones son claras: por un lado, que la respuesta a la pregunta ¿qué se ve, qué es visible? tiene una gran importancia social y política; por otro, que cómo vemos determina hasta cierto punto lo que vemos y lo que dejamos de ver.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

Los condicionantes de la visibilidad LGBTTTIAQ

En México los actos racistas nos rodean constantemente, pero la población mexicana se resiste a verlos como racismo. Vemos gente indígena y afromexicana sufrir discriminación al entrar a un centro comercial, pero no lo vemos como un blanqueamiento del espacio público mestizo que se caracteriza por valorar “el mejoramiento de la raza”. Vemos gente indígena pidiendo limosna o malbaratando sus productos, pero no lo vemos como parte de una política de desposesión de tierras y de cuerpos que viene desde las invasiones coloniales hasta las concesiones mineras actuales. Estos ejemplos del racismo en México nos muestran cómo la visibilidad social (del racismo) se diferencia de la presencia social (de actos racistas). Esta diferencia estriba en que la visibilidad social del racismo —es decir: la capacidad de la sociedad de identificar actos racistas como racistas— presupone la existencia de ciertos parámetros históricos e interpretativos que nos permitan reconocer, entender y poner atención a la presencia del racismo. Tales son los condicionantes de la visibilidad —condiciones que, en el caso del racismo mexicano, simplemente no existen—.

En el caso de los condicionantes de la visibilidad LGBTTTIAQ, podemos iniciar nuestra reflexión con una de las preguntas que más escuchamos las, les y los activistas LGBTTTIAQ: ¿qué es lo LGBTTTIAQ? Me sorprende que actualmente la respuesta a esta pregunta en las capacitaciones laborales o de derechos humanos suele ser una banalidad enciclopédica que busca acotar al máximo su significado y, al hacerlo, separar el acrónimo de sus contextos históricos y sociales diversos y cambiantes. Es común que nos digan que una lesbiana es una mujer que se siente atraída sexo-afectivamente por mujeres; que un gay es un hombre que se siente atraído sexo-afectivamente por hombres; que una persona bisexual es aquella que se siente atraída sexo-afectivamente por personas sin importar su género; que una persona transexual es alguien que tuvo un proceso hormonal o quirúrgico de afirmación de género; que una persona travesti es aquella a la que le gusta vestirse temporalmente con ropa estereotípicamente asociada a un género distinto al que habita de forma cotidiana; que una persona transgénero es aquella que se encuentra en un espectro amplio de desacuerdo con el sexo asignado al nacer; que una persona intersexual es una persona con variaciones corporales en sus características sexuales (como genitales, gónadas, niveles hormonales, cromosomas) que no corresponden a las características sexuales de un hombre ni a las de una mujer; que una persona asexual es la que difícilmente se siente atraída de forma sexual por otras personas, sin importar su género; y que una persona queer es aquella que no puede o no quiere vivirse en la disyuntiva binaria de género hombre y mujer, ya sea por razones sociales o políticas.

Tales definiciones enciclopédicas raramente se ven cuestionadas. Tampoco solemos nombrar a las estructuras sociales altamente jerárquicas y discriminatorias que las formularon, como la medicina o el aparato legislativo, ni mencionamos a los movimientos sociales que han propuesto, modificado y resistido dichas acepciones. Mucho menos se incluyen en el debate de lo LGBTTTIAQ a las múltiples experiencias que se engloban en cada una de las definiciones taxonómicas (ampliándolas o contradiciéndolas en la práctica). En pocas palabras, se crea la presencia conceptual de lo LGBTTTIAQ; es decir, se introduce en el espacio público la idea de que lo LGBTTTIAQ existe. Sin embargo, esta existencia en el espacio público no implica que se entienda lo que está presente ni que se reconozca su significado histórico y las múltiples experiencias que la vuelven una gama de existencias diversas.

Si mantenemos lo LGBTTTIAQ como presencia conceptual, no creamos visibilidad. Puede que resulte interesante conocer la existencia de cada una de esas identidades, pero ¿por qué le deberíamos dedicar tiempo, esfuerzo y recursos económicos a entenderlas? ¿Qué las diferencia de otras identidades útiles en la sociedad, como los diferentes regímenes fiscales, la edad o el lugar de nacimiento? Para explicar esto necesitamos comprender los condicionantes de la visibilidad y la cisheteronormatividad.

Lo LGBTTTTIAQ necesita visibilidad porque nuestra sociedad se rige por la cisheteronormatividad; es decir, un sistema normativo que busca regular las vidas de las personas a partir de un entendimiento binario y determinante del sexo, el género y la sexualidad. De manera concreta, la cisheteronormatividad es el conjunto de reglas que nos hace pensar que sólo existen dos sexos, macho o hembra, determinados por los órganos sexuales externos (como labios mayores, el clítoris, el pene y los testículos) al momento del nacimiento, que esos dos sexos corresponden univocamente a dos géneros, masculino y femenino, que informan nuestras formas de habitar el mundo y que toda persona debería sentirse atraída unicamente por gente del sexo y género opuesto al que le fue asignado al nacer. Esta cisheteronormatividad distorsiona la diversidad corporal, afectiva y sexual y crea relaciones de poder que condicionan la vida de las personas que no pueden o no quieren seguir los mandamientos de esta hegemonía.

La aceptación social de la cisheteronormatividad explica mucha de la violencia de odio contra las personas LGBT. Si se acepta la cisheteronormatividad, entonces se pueden justificar los intentos de “conversión” o de represión de los deseos de las lesbianas, gays o bisexuales para que se ajusten a la norma heterosexual, como algo deseable y no como un acto de tortura. Del mismo modo, la cisheteronormatividad puede hacernos pensar que es “normal” o “correcto” mutilar a bebés intersexuales para que sus órganos sexuales se asemejen a los estereotípicos de una mujer o, en menor medida, a los de un hombre. La cisheteronormatividad tambien puede justificar violencias que van desde la burla hasta el asesinato contra personas travesti, transgénero o transexual, por considerar que buscan “engañar” o que “son contranaturales”.

Los condicionantes de la visibilidad LGBTTTIAQ, entonces, son todos los parámetros históricos, sociales, culturales y económicos que nos permiten reconocer la presencia de la cisheteronormatividad y lo que hay más allá. Lo que vemos al estar presentes en la marcha del orgullo es nuestra propia relación con la cisheteronormatividad. Una mirada de repulsión o de curiosidad refleja lo mucho que nuestra sociedad ha aceptado la cisheteronormatividad sin cuestionarla. En cambio, un cuerpo LGBTTTIAQ se puede presentar orgulloso por ser evidencia de que las creencias de la cisheteronormatividad simplemente son falsas.

Presenciar eventos de visibilidad LGBTTTIAQ nos permite ver algunos aspectos de la cisheteronormatividad y reflexionar sobre el entramado social, político, económico, religioso y cultural que esta hegemonía nos intenta imponer. Sin embargo, nuestra capacidad para identificar los comportamientos derivados de la cisheteronormatividad y las posibles conclusiones críticas que podríamos extraer de esta identificación se verán limitadas por los aprendizajes socioculturales que hasta el momento hemos aceptado como verdad sin cuestionar. Esos aprendizajes socioculturales incluyen al racismo, al sexismo y al clasismo y, en conjunto, nos impiden ver las complejidades de la historia y los cuerpos de las personas en el espectro LGBTTTIAQ asistentes. Esta paradoja de la visibilidad LGBTTTIAQ debería hacer que cuestionemos qué es lo que vemos de los cuerpos LGBTTTTIAQ que marchan y cómo podríamos ver más allá de la cisheteronormatividad. Aquí presento tres puntos para responder a esta pregunta.

Primero, debemos reconocer que nuestra visión ha sido afectada por el aprendizaje de la cisheteronormatividad que impera desde la infancia en la sociedad mexicana. Esta educación nos hace prestar demasiada atención a lo “raro” y a lo “degenerado” de los cuerpos. Aprendimos de la cisheteronormatividad que hay diferencias sexo-afectivas que no existen, o que deben ser síntomas de una “enfermedad”. Una visibilidad LGBTTTTIAQ que vea más allá de la cisheteronormatividad requiere poner atención a todo lo que es la persona más allá de lo “raro” y lo “enfermo” que nos enseñaron que eran. Más aún, requiere cuestionar qué es lo “raro” y lo “enfermo” socialmente si admite nombrar así a 250 000 personas orgullosas de su vida, sus relaciones sexo-afectivas, su sexo y su identidad de género.

Segundo, es importante reconocer que tenemos sesgos de percepción que nos hacen asumir que todos los cuerpos que vemos son gays o lésbicos, dejando de lado las otras identidades; o que nos hacen prestar más atención a los cuerpos que encajan los cánones de belleza blanqueados, sin entender cómo los cuerpos discapacitados, gordos, racializados o simplemente diferentes han participado históricamente en el proceso de creación de las marchas del orgullo. Ver lo LGBTTTTIAQ más allá de nuestros sesgos sociales de entendimiento requiere estudiar y poner atención a las historias, las necesidades y nuestras relaciones personales. Este año, el eslogan de la marcha fue: “¡Las calles son nuestras! Por una diversidad libre de odio, violencia y machismo”. La consigna resaltaba que uno de esos sesgos sociales es el machismo que nos hace prestar poca atención a las mujeres aun cuando sus cuerpos están presentes. Si hubiera visibilidad, entonces la persona lectora debería poder contestar la siguiente pregunta: ¿cuáles fueron las demandas de las mujeres en el espectro LBTTTTIAQ que estuvieron presentes en la marcha? ¿Cuáles son las historias y contextos socio-económicos que informan sus necesidades de visibilidad?

Tercero, un aspecto característico de lo LGBTTTTIAQ es que nos exige gran humildad. Nos demanda que rompamos con el impulso taxonómico de la cisheteronormatividad, que nos hace querer entender todo lo que es la persona respecto a su sexualidad y deseos afectivos a partir de los pocos atributos que se pueden llegar a percibir o conocer. No todas las personas asistentes a la marcha viven su sexualidad y sus afectos de una manera fija o constreñida a una identidad. Hay gente a la que no le gustan las prácticas sexuales, otras a las que les gusta sólo bajo condiciones particulares, como después de establecer un vinculo afectivo o sin penetración anal o vaginal. En ambos casos estas características identitarias pueden tener excepciones y sus condiciones pueden cambiar. Además, no todas las personas quieren o pueden entender su sexualidad o sus afectos. Algunas prefieren explorar, disfrutar y jugar con su sexualidad y sus afectos sin la limitante de explicar a la sociedad qué es lo que hacen. Al mismo tiempo, otras personas no pueden saber lo que son porque la sociedad construye prácticas violentas de represión a la exploración, placer y juego de la sexualidad y los afectos.

Ver más allá de la cisnormatividad implica romper con el impulso taxonómico que nos lleva a categorizar la sexualidad y los deseos afectivos. Implica aprender a escuchar voces que se expresan en otros tonos, en otros lugares, en otros momentos. Un ejemplo es este poema de Valex Ortiz Aguilar:

a veces me veo andrógino,
otras, masculina
y también puedo verme femenine

a estas aparentes contradicciones yo las abrazo,
a estas, mis contradicciones, como acto de amor, yo las abrazo
[…]
mi ser, se rodea de quienes amen eso de él;
así, mi ser teje redes de amor:
yo genero amor y
yo, género amor

Los condicionantes de la invisibilidad LGBTTTIAQ

Si la visibilidad nos da los parámetros para poner atención a una presencia de manera diferente, la invisibilidad nos habla de las relaciones sociales que hacen que sea difícil percibir la presencia de lo diferente. Los condicionantes de visibilidad nos permiten entender nuestras limitaciones sobre lo que podemos ver de lo LGBTTTTIAQ, y nos obligan a cuestionarnos cómo podríamos ver lo que está presente de forma distinta. En cambio, los condicionantes de invisibilidad hacen que nos interroguemos sobre la diversidad que ni siquiera podemos percibir, y nos exigen que transformemos las relaciones sociales que borran, descalifican, someten y aniquilan ciertas vivencias LGBTTTTIAQ.

Los condicionantes de visibilidad y de invisibilidad se articulan de diversas formas. Esto se vuelve claro cuando pensamos en la gente LGBTTTTIAQ que no pudo asistir a la marcha. Su ausencia distorsiona nuestra visión de cuáles son los lugares y las características de las personas a quienes percibimos como capaces de cuestionar la cisheteronormatividad. Al no verlas, nuestras agendas de políticas públicas pocas veces piensan en las necesidades de la gente LGBTTTTIAQ empobrecida que trabaja, o que no puede pedir permiso en su trabajo para asistir a la marcha en sábado; ya no se diga en la gente que vive lejos de Reforma o del centro del país. Al no estar presentes esas realidades, tampoco vemos que los derechos económicos son derechos LGBTTTTIAQ. Además, al concentrarnos en las, les y los asistentes, podemos olvidarnos de las personas LGBTTTTIAQ que no pueden salir a la calle como ellas quisieran por temor de ser agredidas o de perder su sustento económico. Como consecuencia de este olvido, aún no vemos el fuerte trabajo pendiente de articulación de las identidades que van más allá de las nombradas con el acrónimo LGBTTTTIAQ, incluidas sus necesidades, sus capacidades y sus aportes a la sociedad.

En el contexto mexicano, una de las razones más frecuentes para explicar la invisibilidad LGBTTTTIAQ es la prevalencia de actos de violencia contra las poblaciones que viven fuera de la cisheteronormatividad. Esta violencia es diferente y muchas veces más intensa cuando se dirige a aquellas personas que viven en las intersecciones de múltiples sistemas de opresión, como las mujeres afromexicanas lesbianas, los hombres gay empobrecidos, las mujeres transgénero trabajadoras sexuales o las personas indígenas con identidades de género y sexualidades ancestrales. Esta violencia se trata de un continuo que empieza en bromas y amenazas en comidas familiares y termina en homicidios por odio.

El Contingente Antipride ha documentado algunos de los casos más representativos de este tipo de violencia contra las comunidades LGBTTTTIAQ en lo que va del año. El 1 de enero fue asesinado Javier Herrera, un arquitecto gay de 61 años, dentro de su domicilio en Puebla. El 6 de enero en Tabasco ocurrió el transfeminicidio de Dayana Karrington, una mujer trans y estilista de treinta años. El 11 de enero en el Centro Histórico de Ciudad de México sucedió un ataque contra una pareja de mujeres lesbianas. El 16 de enero en la Ciudad de México hubo un intento de transfeminicidio contra Natalia Lane, una de las activistas más importantes del país y la lectora del pliego petitorio de las mujeres en la marcha. El mismo día atacaron a una pareja gay en la taquería El Vilsito, también en la capital. El 17 de enero fueron encontrados los restos de Nohemí Medina Martínez y de Yulizsa Ramírez, una pareja de lesbianas y madres de dos hijas y un hijo en Chihuahua. El 26 de enero en la CDMX fue asesinada Ximena García, una mujer trans de 24 años. El 24 de marzo el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH) de la UNAM organizó un evento en el que se difundieron mensajes de odio contra la comunidad trans. El 15 de abril discriminaron a dos mujeres trans por utilizar los sanitarios de mujeres en Cinemex. Por último, el 20 de junio se discriminó a dos mujeres lesbianas en la Plaza Reforma 222.

Gracias a múltiples estudios gubernamentales y privados, podemos hablar de manera general de la prevalencia de la violencia física y verbal contra las poblaciones LGBTTTTIAQ, así como de su impacto en la salud, la economía, los derechos y el bienestar de quienes son violentades. Basta con buscar en Google “violencia contra la población LGBT” y encontraremos múltiples estudios, incluidos el Observatorio Nacional de Crímenes de Odio Contra Personas LGBT y la reciente Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género. No obstante, para entender y aproximarse a algunos de los condicionantes de la invisibilidad LGBTTTTIAQ, es necesario hacer un análisis más fino, que tome en cuenta las particularidades de cada persona que elige o es forzada a ausentarse de un espacio por ser LGBTTTTIAQ.

En mi caso, como una persona no binaria autista que debía realizar labores de cuidado de familiares, asistir a la marcha del orgullo requirió mucho esfuerzo. Primero, tenía que presentarme a la marcha. En el caso de las personas no binarias, la ropa que elegimos puede desencadenar violencia. Yo vestí un atuendo compuesto por una blusa rosa bordada por un colectivo de tejedoras indígenas, unos pantalones deportivos muy cortos y una bandera trans amarrada al cuello; todas prendas que usualmente me daría miedo usar en la calle. No me sorprendí cuando mi atuendo desató señalamientos, burlas y murmullos por parte de hombres y mujeres en mi camino a la marcha, sobre todo en el primer tramo del recorrido en el metro. En el segundo tramo la densidad disidente me protegió de cualquier desplante. Si por muchos años esta posibilidad de violencia fue suficiente para no asistir a la marcha, este año sí me atreví a estar presente, y a hacerlo usando la ropa que quería usar, sin importar los riesgos.

Fueron otras las razones por las que mi presencia en la marcha fue muy corta y me vi obligade a dejarla. Por un lado, la desorganización del evento y el poco cuidado entre las, les y los asistentes volvió a esta marcha muy peligrosa por el riesgo de contagio del nuevo coronavirus. Hubo poco respeto a la distancia mínima recomendada entre personas, y el uso de las mascarillas fue poco riguroso. Mis responsabilidades de cuidado me obligaron a irme. Me consta que muchas otras personas compartieron esta limitante social, pues en México las políticas públicas de salud, de trabajo de cuidados y de manejo de las movilizaciones sociales aún obligan a la gente que cuida a otras personas a no marchar por sus derechos humanos. Aquí surge otra paradoja. Por un lado, las personas LGBTTTTIAQ que realizan labores de cuidado son posiblemente las que mejor entienden las necesidades de las diferentes poblaciones en la gama LGBTTTTIAQ. Sin embargo, estas personas son también quienes menos pueden participar en los eventos de visibilidad LGBTTTTIAQ, ya sea por falta de tiempo o por su alta adversidad al riesgo, dado que son la única persona en su familia que realiza cuidados.

Otro reto fue prepararme al alto grado de estímulos auditivos y visuales que hay en un evento tan masivo. Tenía unos audífonos que cancelaban gran parte del sonido externo, y también tenía planeada mi presencia con tres colectivos trans y con personas que marchaban individualmente. Usualmente el ambiente íntimo que se forma en un colectivo me permite marchar sin complicaciones y los, las y les involucrades sabían de mi condición autista. Sin embargo, muchos factores intervinieron para que no pudiera alcanzar a los colectivos y las personas antes de que mi cuerpo se saturara por tantos estímulos externos, de manera que ya no podía estar en público por más tiempo. Estos factores incluyeron la poca señal telefónica durante la marcha que impedía la comunicación entre asistentes, la ausencia de una cultura de tránsito para las personas que deben unirse a ciertos colectivos, la nula organización y cuidado sobre el orden de los grupos y a la falta de interés social por aprender (y por atender a) las necesidades diferenciadas de las personas en el espectro autista para acceder a su derecho humano a la participación en la esfera pública. La marcha no fue un espacio seguro para muchas personas autistas LGBTTTTIAQ, quienes nos vimos obligadas a salirnos.

Si bien los puntos anteriores hablan de la complejidad de los condicionantes sociales y culturales que causan la invisibilidad de lo LGBTTTTIAQ, también hay condicionantes que vuelven a la invisibilidad una estrategia de resistencia. Hay invisibilidades LGBTTTTIAQ escogidas en autonomía, en colectivo y sin afectar al resto de la población que deben ser respetadas. Un caso clásico es cuando el miedo que algunas personas sienten cuando están en espacios públicos con la ropa que desean resulta en el surgimiento de espacios exclusivos para algún conjunto de la gama LGBTTTTIAQ. Las comunidades que crean estos espacios pueden en ocasiones decidir invisibilizarlos estratégicamente (ya sea de forma permanente o por tiempo limitado) con el fin de aminorar el impacto de la presencia de personas ajenas a esos colectivos LGBTTTTIAQ, así como el impacto de lo difícil que es comprobar que las, les y los aliades (incluidas otras personas LGBTTTTIAQ) tengan la suficiente empatía y conocimiento sobre las necesidades del grupo para el cual existe el espacio. Se deben respetar estos espacios porque tenemos el derecho a no tener que ser valientes para existir. En consecuencia, la sociedad debe tener un mínimo de humildad y reconocer que su conocimiento y visión de lo LGBTTTTIAQ son limitados, así como el hecho de que existen factores sociales y culturales que explican por qué está bien y es menos peligroso que algunas comunidades LGBTTTTIAQ decidan restringir su acceso a ciertos espacios.

Para concluir, espero que después de leer este texto les lectores estén más atentes a los límites de lo que ven bajo la bandera LGBTTTIAQ, así como a los límites de cómo lo ven. Por el momento, ¡qué orgullo que me pudieron ver —y ahora leer— LGBTTTIAQ!

 

Julio César Díaz Calderón.
Fundadorx y codirectorx de la organización no-gubernamental transfeminista Security For All. Investigadorx invitadx en el Departamento de Ciencia Política del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y becarix del Instituto de Matemáticas, Unidad Juriquilla de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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Publicado en: Política