
El 25 de febrero de 2025 será considerado histórico para las luchas kurdas ante el llamado de Abdullah Öcalan para que el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) abandone las armas y se disuelva. Aunque no está claro si ocurrirá, el llamado de Öcalan coincide con un momento de cambio mundial que se caracteriza por el surgimiento de populismos, demagogias y una fuerte crisis del liberalismo internacional, así como por la llegada de un capitalismo digital cada vez más violento que intenta apoderarse de cada ángulo de la vida cotidiana y que es administrado por los nuevos barones del algoritmo.
Llama la atención que el anuncio kurdo coincida con el debilitamiento de otros movimientos armados en el mundo árabe que, en el marco de la crisis de Gaza de 2023, experimentaron fuertes bajas como las de Hassan Nasrallah o Yahya Synwar. A pesar de que la dinámica política y los proyectos de gobierno de los partidos islamistas y el PKK son muy distintos, no se debe olvidar la significativa relación que tuvieron las milicias libanesas, kurdas y palestinas desde que entrenaban juntas en el valle de Bekaa, en Líbano, donde las milicias del PKK residieron después de su expulsión de Turquía, estableciendo una potente base anti israelí que sembró las bases de la guerrilla kurda. No está de más recordar que el mismo Öcalan fue capturado en Nairobi por los Servicios Secretos Turcos con ayuda plena del Mossad israelí en febrero de 1999, llevándolo a la prisión de la isla de Imrali, en Chipre, en la que se encuentra hoy.
Así, ante los resultados preliminares de la crisis en Gaza, se debe decir que Israel y Turquía han aumentado su capacidad de disuasión en el Mediterráneo Oriental encontrando un campo común en el cambio de régimen en Siria. Ahora que Turquía ha logrado controlar una vasta zona en el norte de Siria, Israel ha invadido tierras más allá del Golán encontrándose apenas a veinte kilómetros de Damasco ante un régimen de Ahmad Al-Shahra que es incapaz de defender sus fronteras dada la destrucción de las armas estratégicas nacionales a manos de Israel desde diciembre de 2024.
Con Donald Trump declarando su intención de “poseer Gaza”, de cobrarle a Ucrania su asistencia bélica con el 50 % de sus tierras raras, de negociar territorios ucranianos con Rusia marginando a Europa, o de recuperar el Canal de Panamá y comprar Groenlandia, Turquía ahora está en condiciones de anexarse la mitad de Chipre que ocupa desde 1974, mientras Israel apostará por construir más asentamientos en Cisjordania y llamar a la “migración voluntaria” en Gaza a reserva de iniciar hostilidades tras la liberación de los rehenes por parte de Hamás. Esta fue la tónica que siguió, por ejemplo, la relación entre Israel y Marruecos cuando éste se unió a los Acuerdos de Abraham a cambio de que el primero reconociera el Sáhara Occidental como “Sáhara marroquí”, algo que ocurrió en julio de 2023. Entonces, aunque de manera pública Israel y Turquía se atacan, en los hechos son los grandes beneficiados de la crisis en Gaza con un amplio conocimiento de Estados Unidos.
Es evidente que los más afectados de este (des)orden mundial son los pueblos que han dependido de ayuda extranjera para financiar sus luchas armadas y han sido humillados con videos como el publicado por Trump en sus redes sociales donde, con ayuda de Inteligencia Artificial, muestra su idea de “la Riviera de Gaza” a sabiendas del rechazo mundial y del sufrimiento de las grandes mayorías en la franja.
Irán, por su parte, debe elegir entre una política de represalia en respuesta al asesinato de líderes como Qassem Soleimani o Ismail Haniyeh u optar por un acuerdo de seguridad estratégico con el presidente estadunidense siguiendo la ruta que ha tomado Rusia en Ucrania. A pesar de haber reinstaurado la “estrategia de máxima presión contra Irán”, Trump también ha expresado su oposición a una política de “cambio de régimen” en Teherán y, mientras mantiene su apoyo a las políticas de anexión de Israel en Gaza y Cisjordania, también reconoce que la estabilidad regional es necesaria para asegurar el éxito de cualquier proyecto económico que implique a Israel con los países árabes del golfo Pérsico. En otras palabras, las élites políticas de Irán se enfrentan a un dilema, ya que cualquier acuerdo con Estados Unidos significa aceptar la reducción al máximo del apoyo a grupos como Hezbolá, Hamás y los hutíes, permitiendo a Irán el sostenimiento de su programa de misiles y sus alianzas estratégicas en Asia Occidental, sobre todo con China.
A pesar de las circunstancias adversas para los actores no estatales, en las profundidades sociales de naciones como Estados Unidos, Israel o Turquía, aún priva la fantasía donde las grandes mayorías precarizadas confían en que sus líderes populistas traerán tiempos mejores. Y aunque las luchas armadas que buscan hogar en Palestina, Kurdistán o el Líbano se encuentren amenazadas y en alerta permanente, muchos saben que un sistema que santifica la violencia, la explotación y el racismo a gran escala —como hacen Estados Unidos, Turquía e Israel— no es sólo moralmente reprensible, sino también insostenible a largo plazo. En el caso particular de Estados Unidos e Israel, ambos países tienen fuertes problemas en términos de racismo, uso de armas, consumo de drogas, clasismo, deuda y otros problemas al interior que, en lugar de reflexionar y resolver, prefieren ignorar para dar paso a una teatralidad política que no sólo es perversa, sino que además contagia a sus bases sociales con una bomba de tiempo que tarde o temprano estallará.
La pregunta crucial es saber si la izquierda global seguirá perdida lamentando el desarme de los kurdos o si resurgirán nuevas formas de conectarla con las clases trabajadoras y populares. Si bien respondió al fascismo del siglo XX, la gran incógnita ahora es saber si está lista para librar la batalla contra el populismo en el imaginario de las clases trabajadoras.
Moisés Garduño García
Profesor de tiempo completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, experto en temas de Oriente Medio.