La maleabilidad del sentido

Ilustraciones: Estelí Meza

Tanto por vocación como por condición, Rafael Rojas ha dedicado su obra al estudio, la preservación y la recreación de la memoria. En sus libros traza una línea de continuidad cuyo sustrato es la memoria como objeto, pero aún más, como objeto del poder, ya sea en calidad de patrimonio o de instrumento. A final de cuentas, como Rojas lo demuestra en cada una de sus obras, la memoria y el olvido históricos adquieren su sentido ligado al poder del cual son un arma. Es en esa circunstancia en la que todos los registros se encuentran: el artístico, ideológico, jurídico, económico y todas las variantes que conforman la cultura, por definición, política.

Rafael Rojas nació en el corazón de la Guerra Fría ; en el momento (1965) y en el lugar de la utopía más inspiradora, de corte político y cultural, que el mundo hispánico haya vivido desde la expansión castellana. En consecuencia, Rojas pertenece a la generación latinoamericana del gran desencanto, ha dedicado la mayor parte de su obra a hacer inteligible la relación de la cultura cubana con la deriva de uno de los fenómenos clave de la confrontación bipolar, la Revolución de 1959. En la compleja trama de circunstancias, percepciones e interpretaciones de la geografía histórica en la que se mueve, su hilo de Ariadna ha sido la figura del intelectual. Así, en la obra de Rafael, los intelectuales son la referencia sintética que indican el rumbo de sus enfoques y sus hallazgos. La diversidad de esa fauna, sus relaciones y sus conflictos con el poder y, en particular, con la noción de la revolución en su sentidos local y universal, constituyen la sustancia de su fina y erudita arquitectura ensayística.

El ámbito de la América hispano lusitana es el que el autor ha privilegiado en su análisis. A lo largo de su extensa obra, da la impresión que la Guerra Fría ha sido el continente natural de sus reflexiones, es decir, la atmósfera que su respiración ha dado por sentada. Acaso en este sentido un parteaguas sea la aparición de La polis literaria en 2018, donde su atención se centra en la dinámica de fascinación y paulatino escepticismo de la generación del llamado “boom latinoamericano”, con relación a la evolución de la utopía revolucionaria cubana en el contexto de las determinantes concretas de la confrontación bipolar. Antes de 2018, la Guerra Fría había sido un personaje más bien eludido en su literatura. De este modo, la mención protagónica del ordenamiento bipolar confiere a su libro más reciente una significación particular.

En La máquina del olvido (2012), Rojas se había referido a la instrumentación de la memoria histórica como arma política en el contexto de la construcción de la mitología revolucionaria cubana. En La historia como arma vuelve a aludir a lo que él llama la “maleabilidad del sentido”, pero esta vez amplía la disputa por el pasado al nivel continental y referida al fenómeno bipolar en su sentido general. Se trata de un ejercicio ensayístico múltiple en el que son perceptibles los ecos de obras precedentes como El árbol de las revoluciones (2021) y La epopeya del sentido (2022).

Como el subtítulo lo manifiesta, la figura del intelectual en el contexto de la Guerra Fría es su objeto de estudio, pero ahora no son los creadores latinoamericanos, como en La polis literaria, sino los articulistas y ensayistas académicos. Otro aspecto que vale la pena resaltar es la gama internacional de los autores abordados, pues además de la extensa diversidad latinoamericana, Rojas entreteje la no menos numerosa presencia y contribuciones de sus pares europeos y norteamericanos en diversas circunstancias a lo largo de las décadas entre 1945 y 1989.

La historia como arma no es un proyecto exhaustivo, concebido sobre un aspecto específico y bien diferenciado, sino más bien es un conjunto de ensayos cuyo denominador común es su sincronía con la Guerra Fría. En ese sentido, la obra ofrece un impresionante abanico de referencias que ayudan al lector interesado en el tema, a establecer una enorme multiplicidad de vínculos en el tiempo y en el espacio, de manifiesto provecho para dar sentido a las sucesivas expresiones y polémicas intelectuales que han moldeado nuestra percepción del fenómeno bipolar desde y sobre nuestro subcontinente.

El registro del libro inicia colocando en el marco bipolar la cuestión latinoamericana como continuidad del proceso identitario de la región, en el cual conviven la aspiración soberanista nacional y la nostalgia de la completitud transatlántica traducida en la ilusión de la integración regional. En los inicios del siglo XX, los desencuentros internacionales favorecieron la construcción de una experiencia cultural de la región que reivindicó y rechazó el vínculo ibérico, lo que se reflejó en lo que el autor denomina “la geopolítica del prefijo”. Las partículas que han antecedido a la calidad americana de la subregión (ibero, hispano, latino, indo, afro) buscaban un significado genealógico, lo que conllevó una actitud de resistencia a los embates del panamericanismo y del panhispanismo en la la explosión de los nacionalismos. El exilio español repúblicano de los años treinta habría de matizar esta reticencia; de forma reciente, las diásporas políticas sudamericanas de la década de 1970 y, en especial, las necesidades estratégicas de los países ibéricos y americanos al momento de la integración de bloques geoeconómicos a finales de los ochenta, habrían de dar un nuevo aliento al iberoamericanismo.

Otro aspecto que Rojas explora es la recepción del revolucionarismo iberoamericano del siglo XX en las dos vertientes fundamentales de la izquierda mundial, el marxismo occidental y el soviético. Además, son dos los fenómenos revolucionarios que ocupan la atención del autor, el mexicano de 1910 y el cubano de 1959. Junto con el examen de los diversos enfoques que cada uno de ellos ha merecido por parte de la izquierda intelectual occidental y la izquierda intelectual filo soviética, también trata la diversidad de enfoques con los que ambas han alimentado el discurso de la izquierda americana.

En el universo de la izquierda europea y norteamericana destaca la New Left Review, aparecida en Londres en 1960. En sus páginas se desarrolló un polémico diálogo teórico intercontinental sobre las diversas modalidades de acción revolucionaria desde las perspectivas de las izquierdas nacionalistas y socialistas. La polémica ocurrió a propósito de los movimientos guerrilleros en el contexto de los conflictos regionales poscoloniales y del impacto de la Revolución cubana. El proceso cubano fue capital para la inserción de América Latina en el debate de la Guerra Fría en el mundo desarrollado y, en consecuencia, para la intensificación del diálogo entre los teóricos de una y otra orilla del océano Atlántico.

En ese diálogo apareció la contraposición entre la revolución como producto de la lucha armada y la concepción de la vía democrática al socialismo. “El reto”, dice Rojas, “ya no era la toma del poder por la vía armada, ni siquiera el asalto allendista al Estado capitalista, sino la negociación de un cambio gradual con los actores del antiguo régimen”. La noción de la transición democrática golpeó con fuerza la perspectiva revolucionaria latinoamericana al momento de la caída del muro de Berlín y la descomposición de la URSS a ojos de la izquierda occidental. De tal suerte, durante la Guerra Fría, la New Left Review registró en sus páginas el tránsito de una posición favorable a los movimientos guerrilleros en el subcontinente a los procesos de desarrollo promovidos por la Cepal y sobre la base de la Teoría de la Dependencia.

Rafael Rojas hace perceptible la confrontación entre los latinoamericanistas estadunidenses y soviéticos, así como la manera en que sus formulaciones influyeron y fueron influidas por la reflexión de sus pares latinoamericanos. De nueva cuenta, la Revolución cubana fue central pues su radicalización catalizó la proyección de la academia soviética en traducciones, la cual ya había registrado presencia en México desde la década de los cincuenta. Con todo, a partir de 1960 Cuba se convertiría en una poderosa plataforma para la intensificación de los intercambios intelectuales. El lugar de privilegio que en los inicios de la Guerra Fría los soviéticos habían otorgado a la Revolución mexicana como vector de las transformaciones sociales en el continente, se desplazó a Cuba, cuyo proceso fue considerado el paradigma de un verdadero cambio socialista. La reacción del lado americano se dio a través de revistas como la Hispanic American Historical Review, Historia Mexicana y Cuadernos Americanos. En tanto los soviéticos despreciaban a Daniel Cosío Villegas, valoraban en alto grado la obra del conservador porfirista Carlos Pereyra, quien había optado por establecer su residencia en la España del general Franco.

Los latinoamericanistas soviéticos incorporaron a su visión maniquea el México posrevolucionario durante la década de 1970, sobre todo el “progresismo democrático burgués” de Lázaro Cárdenas. Al mismo tiempo, los cubanistas de Moscú abandonaron su formulación sobre el tránsito de la Revolución de una fase “democrática, burguesa, agraria y antimperialista” de la década anterior y pasaron a afirmar que Castro y sus discípulos habían sido marxistas desde el asalto al cuartel Moncada en 1953. Durante la última etapa de la Guerra Fría, en la academia soviética se impuso la reconsideración de corrientes antes rechazadas por “idealistas y democrático burguesas”. El nacionalismo revolucionario, el populismo reformista y el militarismo progresista, se dijo entonces, debidamente orientado contra el imperialismo podría conducir al socialismo.

La confrontación del maniqueísmo propio de la visión soviética sobre América Latina con la perspectiva liberal registró un fuerte impacto en el debate al interior de la intelectualidad latinoamericana. Un terreno donde ello fue palpable fue el de la literatura y sus teorizaciones. A la consabida preocupación ontológica del pensamiento latinoamericano se integró la cuestión sobre la existencia de una identidad cultural propia materializada en la literatura, tal cuestionamiento pronto se tiñó con la disputa ideológica entre marxistas y no marxistas. Y es que la academia soviética postuló el ingreso del subcontinente a una fase revolucionaria a partir de la toma del poder por Fidel Castro en Cuba, que habría de reconfigurar la identidad de la región. La polémica no tardó en desatarse, de nueva cuenta contraponiendo los procesos revolucionarios cubano y mexicano, entre quienes, como Ángel Rama, sostenían que la reconfiguración identitaria había iniciado con la Revolución mexicana y quienes, como Roberto Fernández Retamar, opinaban lo contrario. Al paso del tiempo, el esquematismo sovietizante llevaría a los teóricos simpatizantes del socialismo real a reducir la literatura del boom a la condición de una reproducción del modelo de la narrativa burguesa del siglo XX y a reivindicar que la expresión literaria propia de la subregión debía ser aquella que antepusiera la función social a la función estética del texto.

Rafael Rojas dedica el último tercio del libro a figuras específicas de la intelectualidad latinoamericana. Alejo Carpentier es la primera personalidad aludida pues, en opinión del autor, es posible constatar el concepto de revolución como constante en la obra del novelista. Así, Rojas traza un itinerario político-intelectual que va de la amplitud de una perspectiva cosmopolita a la estrechez en la órbita soviética propia de la Cuba socialista. De una visión entusiasta y destituyente del orden social moderno, Carpentier pasa a una melancolía de izquierda que plasma en el proyecto novelístico más oficioso, La consagración de la primavera (1978), y en los ensayos del periodo posterior a 1959. A pesar de sí mismo, dice Rojas citando a Eduardo Becerra, en la ensayística y en el periodismo de Carpentier no es legible un posicionamiento estalinista y prosoviético, y ello hace del novelista una especie de Oswald Spengler del socialismo.

Además, son dos mujeres en particular las que aparecen en La historia como arma, ambas académicas casi de la misma edad y las dos marxistas, pero no necesariamente coincidentes: la chilena Martha Harnecker y la brasileña Vânia Bambirra. En tanto la brasileña mantuvo su encuadramiento en el marxismo crítico y muy apegado a la teoría de la dependencia, la chilena terminaría circunscrita a la figura y formulaciones de Fidel Castro, primero, y de Hugo Chávez, después. Para Bambirra, las dictaduras militares sudamericanas no eran una reacción a la ola revolucionaria sino al contrario.

De tal suerte, la brasileña se contraponía con quienes, como Régis Debray, estimaban que la Revolución cubana había sido el punto de partida de lo que entonces se estimó una renovación de la izquierda en la América hispano lusitana. Por si esto no bastara, para ella el que las guerrillas fuesen una reacción a las dictaduras, encerraba una significación mayor cifrada en su idea de un “descenso pronunciado del movimiento insurreccional latinoamericano”, causado entre otras cosas porque los movimientos guerrilleros no hubiesen logrado trascender el nacionalismo populista y se quedaran a la zaga de la historia. Su desencuentro con los castristas profundizó su certeza sobre la importancia decisiva de las clases medias urbanas en detrimento del protagonismo de la montaña y la impertinencia de una dócil integración al bloque soviético.

Por su parte, Harnecker se entregó a justificar la sovietización de la Revolución cubana y su renuncia al esquema democrático. A diferencia de la compleja reflexión de Bambirra, a la chilena le fue suficiente con argumentar que, en virtud de que por primera vez un partido comunista había aceptado una dirigencia exógena, el dilema dictadura/democracia quedaba resuelto en Cuba, país que había logrado una democracia popular verdadera y profunda.

Rafael Rojas cierra con sendos ensayos dedicados a dos ensayistas uruguayos emblemáticos de la América Latina de la Guerra Fría, Eduardo Galeano y Ángel Rama. En cuanto a Galeano, la atención del autor se enfoca en el importante ensayo Las venas abiertas de América Latina, publicado en 1971, al inicio de la década más cruda de la confrontación bipolar. Nutrido en la obra de historiadores marxistas y dependentistas, el ensayo de Galeano se sitúa en el momento de inflexión entre el marxismo regional y las tesis de la Teoría de la Dependencia y del estructuralismo, e incorpora líneas heterodoxas ajenas al marxismo institucional, así como una desusada receptividad ideológica hacia obras y autores republicanos liberales e, incluso, conservadores como Lucas Alamán. Con relación a la Revolución mexicana, Galeano señala la incapacidad del cardenismo para acceder al socialismo. Sin embargo, con relación a la Revolución cubana, Rojas detecta las limitaciones del examen de Galeano a partir de los pronunciados sesgos históricos y económicos en los que el escritor incurre en los complicados debates al interior de la izquierda.

Con base en su lectura de La ciudad letrada (1984), Rojas hace una revisión de las consideraciones de Ángel Rama sobre la Revolución cubana, los movimientos guerrilleros y la izquierda latinoamericana de la Guerra Fría. Como su paisano Galeano, Rama parece concebir la región latinoamericana como un sujeto unívoco, pero anulando la diferencia conceptual entre reforma y revolución, a la manera del filósofo mexicano Abelardo Villegas. Por otro lado, la crítica de Rama a los movimientos guerrilleros parte de su mirada sobre la experiencia cubana. En concreto, Rojas detecta como puntos referenciales de esa crítica dos textos que contribuyeron a lo que el uruguayo llamó la “mistificación de los núcleos militarizados”: El libro de los doce (1966) de Carlos Franqui y Revolución en la revolución (1967) de Régis Debray. En virtud de la teorización justificativa e injusta con la amplitud de los sectores urbanos en la realidad del movimiento revolucionario contenida en los textos de Franqui y de Debray, Rama presenta las guerrillas como una variante del “antiguo régimen de logias”. La cada vez mayor distancia de Rama con la institucionalidad cultural cubana es consistente con el contenido de La ciudad letrada que, dice el autor de La historia como arma, deja en el lector un regusto de obra inacabada.

Ya lo decíamos, La historia como arma es un conjunto de ensayos cuyo denominador común es su sincronía con la Guerra Fría. En un autor del nivel de Rafael Rojas, el interés, la pertinencia y la calidad de sus reflexiones hay que darlas por un hecho. Es por ello que extraña en una casa con el prestigio y tradición de Siglo XXI el descuido de la edición donde las erratas incluyen renglones quebrados (p. 49), palabras fusionadas (p. 50) o repetidas (p. 108) y obras citadas en el texto que no aparecen en la bibliografía (p. 103). Como quiera que sea, debemos insistir, la calidad sustantiva de La historia como arma. Los intelectuales latinoamericanos y la Guerra Fría de Rafael Rojas es incuestionable.

Rojas, Rafael. La historia como arma. Los intelectuales latinoamericanos y la Guerra Fría, Siglo XXI, 2025.

Andrés Ordóñez

Diplomático y escritor mexicano, fue embajador en Marruecos.

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Publicado en: Política