La marca de un padre

En una de sus primeras novelas, La Moustache (1986), Emmanuel Carrère narra la historia de un hombre que una mañana decide rasurarse el bigote después de muchos años con esa apariencia, sólo para descubrir que nadie a su alrededor parece recordar que lo tenía. Así, lo que inicia como un gesto trivial abre una grieta en la percepción de sí mismo y en la forma en que otros lo reconocen.

Papá vivió 64 años. Jamás se afeitó el bigote. No supe por qué, tampoco le pregunté. Cambió varias veces de vida, modificó una y otra vez sus intereses; desconozco qué lo hacía feliz, pero en ningún momento perdió esa marca. Ahora sospecho que en ese gesto residía una extraña noción de persistencia. Como si su bigote fuera una declaración de identidad, una forma de no extraviarse mientras naufragaba.

Estudió enfermería en los años setenta. Una profesión de cuidados y paciencia infinita; que exige establecer un delicado tándem de cercanía y distancia con los pacientes. Se trata de una labor discreta, muchas veces subestimada, erigida sobre la escucha y la reserva. Quizá, por eso, conmigo fue una persona poco expresiva, más bien tímida, dedicada a quererme como pudo.

Recuerdo su foto de generación de la Universidad colgada en casa de mi abuela. Un séquito de mujeres con un inmaculado uniforme blanco y coronadas con cofia, cientos de ellas. Y él, la excepción. Solo, destacando en una esquina, sin nada en la cabeza y con su oscuro y tupido bigote que lo hacía aún más visible e identificable. Era el único hombre que rompía la uniformidad de ese tradicional paisaje femenino.

Había algo entrañable y al mismo tiempo desconcertante en esa imagen, sobre todo teniendo en cuenta un contexto regiomontano tan machista en aquellos años. Su diferencia era evidente, pero sin estridencias, pues papá nunca pretendió nada, imagino que le bastaba hacerse cargo de las responsabilidades que le correspondían por ser el hermano mayor en una numerosa familia de nueve.

Aunque de moral firme, rehuía las complejidades y se guiaba por un fuerte pragmatismo, de ese que sólo otorga la vida de rancho. Y es que mi familia paterna es originaria de Doctor González. Un pequeño municipio rural al noreste de Nuevo León, de clima árido y tierra reseca, donde la prisa y opulencia no tienen cabida, como resistiendo a lo que la ciudad nos va expropiando.

Bajo el sol radiante, entre gallos, gallinas, becerros y chivos, papá creció y pudo, tal vez, a veces, ser feliz en ese entorno sin reglas y escasas limitaciones. Si entre semana sólo usaba su uniforme de enfermero, los fines vestía jeans, camisa de manga larga y, a veces, sombrero vaquero, como encarnando el estereotipo de lo que se espera de un norteño de verdad.

Su paso por este mundo no conjuga la épica que dejan los héroes, ni la huella de los protagonistas que alteran el rumbo de la historia. No tuvo una vida extraordinaria, ni mucho menos increíble; fue como la de la mayoría de personas: común e inadvertida. Sin embargo, es gracias a vidas como la suya que el mundo se mantiene en pie, permitiendo que otros intenten cambiarlo, incluso si fracasan.

Papá era un hombre desinteresado. Pocas veces lo vi leyendo, creyendo en algo, escuchando música o apasionándose por lo que fuera. Temo que se dedicaba, sencillamente, a observar, a mirar con sus ojos verdes cómo iba pasando el tiempo. Fumador clandestino y bebedor empedernido, cuidó tanto a los otros que terminó por descuidarse a sí mismo. Tosco, valiente, franco y también prudente: esas eran sus principales cualidades. Alguien hecho más a fuerza de silencios que de discursos.

Por eso disfrutaba muchísimo de cocinar y dar de comer a los demás. Una actividad que realizaba consigo mismo, callado, improvisando, combinando sabores, convencido de que la sazón requiere más de intuición y ánimo de experimentar que de instrucciones concretas. No por nada una vez ganó un concurso de salsas organizado por Soriana, aunque su creación no fue bien recibida por nuestros rudimentarios y timoratos paladares que no supieron apreciar la combinación de la menta y el chile jalapeño.

Díaz después de su fallecimiento, fueron varios de mis mejores amigos y amigas quienes me escribieron para darme el pésame y de pasada compartirme gratos recuerdos de platillos que les preparó mi padre. Me hizo gracia. Desde platillos norestenses como fritada, cortadillo, asado, cabrito en salsa, o unas simples miguitas con huevo, hasta comida china o extravagantes caldos y potajes. Durante mi infancia, fue papá quien me preparó a diario el lonche para ir a la escuela, madrugando, antes de irse a trabajar al Hospital Metropolitano. La manera más nítida que tuvo de demostrarme su cariño.

A lo largo de los años, la figura del padre ha sido objeto de innumerables reflexiones desde la literatura. Recientemente he pasado por Kafka, Auster, Murillo, Gutiérrez, Villoro. Cada una de esas obras que he leído refleja esa compleja relación que se reinterpreta por medio de las emociones de quien lo narra. Un ejercicio justificativo y profundamente subjetivo donde los padres se construyen a partir de recuerdos a la medida y vivencias tamizadas por nuestras realidades.

La escritura, entonces, se convierte en un campo en que la memoria es mediada por el amor, un espacio en el que como hijo se busca comprender, reconfigurar y, en ocasiones, sanar la imagen del padre. Por eso hay tanto escrito al respecto, porque me queda clarísimo que al final es más sencillo ejercer la hijitud que la paternidad.

Decía Bobbio que para los que nos dedicamos a pensar sobre la justicia, la muerte es la cosa peor repartida de este mundo. Tiene toda la razón. No se entiende, no se explica. De repente, en un día en que se reconoce la figura paterna y su influencia en la vida social, el mundo pierde sentido y resulta difícil seguir adelante ante tanta confusión. Imagino, como todo, que será cuestión de tiempo retomar y continuar. Quizá, un primer paso sea tomar pequeñas decisiones que me hagan recuperar un poco de control sobre este simulacro que han sido las últimas semanas desde que falleció papá. No sé, se me ocurre por hoy no cortarme el bigote.

Juan Jesús Garza Onofre

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor en El Colegio de México y el ITAM.

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Publicado en: Vida pública

6 comentarios en “La marca de un padre

  1. Extraordinario relato, excelentes recuerdos que nos marcan. La gratitud encierra siempre el recuerdo de pequeños grandes detalles. Amor a los padre. El amor paterno el mas difícil y el mas juzgado.

  2. Una semblanza del padre narrada a flor de piel de los mejores sentimientos y las mejores palabras, sensible y a la vez honesta y objetiva. «La marca del padre» de Juan Jesús Garza Onofre, la mejor y más permanente es la que dejó en el propio «Tito» Onofre, al hacer posible su trayectoria como investigador, profesor y comentarista en el campo jurídico de nuestro país. La semblanza está muy bien escrita y narrada, me gustó. Una cualidad más que evidencia la noble huella dejada en el hijo. Excelente labor hecha por el padre.

  3. Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
    El que agradece que en la tierra haya música.
    El que descubre con placer una etimología.
    Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
    El ceramista que premedita un color y una forma.
    Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
    Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
    El que acaricia a un animal dormido.
    El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
    El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
    El que prefiere que los otros tengan razón.
    Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

    Jorge Luis Borges, «Los Justos»

  4. Grandiosa reflexión, amorosa y sensible. Un abrazo desde el corazón, a ud., a su padre agradecimiento por haber sido lo que fue.

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