La memoria en disputa y el rostro de la desaparición

“Busco a mi papá porque es mi papá” se lee en la suela de un par de botas pequeñas que pertenecían a un niño en busca de su padre, y que ahora son parte de la exposición Huellas de la Memoria. Esta exposición recupera cientos de zapatos, desgastados y consumidos, de familias que buscan a sus desaparecidos en México. Desde el inicio de la llamada “guerra contra el narco” en 2006 se registran más de 110 000 personas desaparecidas y 300 000 asesinatos, además de 4000 fosas clandestinas a lo largo del país, aunque la cifra negra indica que estos números podrían ser mucho mayores. En mayo de 2022, varios colectivos de búsqueda de personas desaparecidas tomaron la glorieta de la Palma en Ciudad de México y la renombraron Glorieta de las y los Desaparecidos. Poco tiempo después el gobierno retiró del lugar mantas y carteles colocados con los rostros y nombres de personas desaparecidas. La disputa por la memoria en los espacios públicos se ha vuelto costumbre. Ante la violencia generalizada en el país y la política de ocultamiento por parte del gobierno se torna preciso responder las siguientes preguntas: ¿qué implican las acciones de memoria en el contexto mexicano? ¿Quién construye los objetos de memoria y cuándo se vuelven necesarios?

Las luchas por la memoria contra las violencias en México es un libro publicado por El Colegio de México y editado por Alexandra Délano Alonso, Benjamin Nienass, Alicia de los Ríos Merino y María De Vecchi Gerli. Al libro lo componen veinte ensayos que, por un lado, observan, piensan, documentan y examinan las diversas luchas sociales y manifestaciones de memoria en México desde la llamada “guerra sucia” hasta el actual contexto de violencia. Por otro lado, algunos autores trazan un sendero de procesos históricos que han desafiado las narrativas de memoria en México desde perspectivas estatales, nacionales y en diálogo con el ámbito internacional. El libro presenta las voces de familiares de personas desaparecidas, investigadoras, activistas y artistas que contribuyen a crear memoria colectiva en México. Asimismo, los autores y autoras presentan cómo estas luchas influyen en la construcción de la verdad, justicia, reparación y no repetición de las violencias en el país.

En su capítulo “Activismo de la memoria y la ‘guerra contra el narco’”, Alexandra Délano y Benjamin Nienassexaminan y contrastan tres sitios de memoria: el dedicado a las Víctimas de la Violencia del Estado en Ciudad de México, el Memorial New’s Divine “Nunca Más” y el de los Desaparecidos en Baja California. Los autores comparan las prácticas de conmemoración utilizadas para crear estos sitios de memoria. No es trivial, la lucha por los símbolos para marcar la historia se concibe como una lucha de narrativas sancionadas por el Estado. Los autores observan que la memorialización en México, a diferencia de otros países, responde a una necesidad de reconfigurar la forma en que se concibe el presente, es decir, una “autohistorización del presente inmediato”. El hallazgo apunta a que el trabajo conmemorativo, cuando se hace junto a las necesidades de las víctimas, no sólo resguarda y reivindica quién puede contar las historias del pasado, sino que dirige la mirada hacia el presente y el futuro. De esta forma, los memoriales empujan a recordar que las condiciones de violencia requieren de respuestas urgentes y son una “herramienta para resolver problemas que acerque la narrativa del ‘nunca más’ a las realidades cotidianas”.

¿Cómo difundir la memoria de las familias buscadoras al resto de la sociedad que desconoce o es indiferente al conflicto? Alicia de los Ríos Merino, homónima de su madre detenida y desaparecida en 1978, responde historizando el proyecto Huellas de la Memoria. Se trata de una iniciativa artística y militante del artista tapatío Alfredo López Casanova que convoca a que familiares de distintos colectivos y estados de la República donen un par de zapatos con los cuales han salido a buscar a su familiar desaparecido. Como describí, en las suelas se inscribe el nombre de la persona desaparecida, el de la persona que busca, algunos datos de su desaparición y algún mensaje de amor y resistencia. Al final, insistir en no olvidar necesita de algo más que el archivo, quizá es también obligatorio que la historia se anuncie en términos sensibles. La autora compone su investigación con entrevistas hechas a los familiares que colaboran en esta exposición, dejando claro que este es un acto de justicia posible para el esfuerzo de búsqueda, ya que sin ellos la memoria no existe. Merino concluye que “la tragedia no se puede entender sin ambas figuras, la del ausente que no quiso marcharse y la de quien hace lo posible e imposible por encontrarlo”.

En la última sección del libro, Jorge Verástegui González presenta una propuesta teórica para entender la experiencia del familiar como actor político y sujeto afectado por la relación directa con la persona desaparecida: el ritual de espera. Éste se entiende como una serie de acciones de los familiares a nivel personal (individual o familiar), colectivo o social. El ritual de espera no es algo pasivo, sino que evoca las acciones permanentes que se realizan para localizar a la persona desaparecida y tenerle de nuevo en casa.

Verástegui ilustra el camino que recorre el familiar a partir de la desaparición. En cinco fases exhibe que la desaparición conlleva la ruptura de una norma, ya que la historia y existencia de la persona desaparecida no sólo están en peligro de desvanecerse, sino que dejaron de pertenecerle. Es decir, se extienden uno por uno los pliegues del recuerdo y ahora la historia la desdoblan las personas que le conocieron en vida. En una fase posterior el familiar vaga por un camino de culpa y crisis familiares; al final todo es una cuestión de cómo dolerse. Las últimas etapas recaen en mecanismos de ajuste (como la organización colectiva) y el reconocimiento común de la desaparición. Sobre este pesado bagaje de los familiares es donde descansan las acciones del ritual de espera: hay quienes miran la foto de su familiar y le hablan a diario, quienes celebran cada año su cumpleaños con su pastel favorito, construyen altares, colocan los nombres de las personas desaparecidas al aire libre o realizan manifestaciones y antimonumentos. Lo simbólico está presente en cada momento y la memoria es plural. El ritual, sea hecho en público o en privado, es la lucha cotidiana y la acción permanente de quien busca.

Este libro escudriña las posibilidades de crear memoria en un contexto como el mexicano, en el que la violencia parece evadir cualquier posibilidad de control. Anne Huffschmid se pregunta cómo situar la memoria en un presente donde no es posible relatar lo que pasó, sino lo que está pasando, lo que sigue pasando. ¿Cómo fue y sigue siendo posible? Memoriales como el de las Víctimas de la Violencia del Estado en la Ciudad de México o el Sitio de Memoria Circular de Morelia (en el capítulo de Rubén Ortiz Rosas) dejan entrever que, para muchos sectores, llevar a cabo un proceso de justicia transicional aún no es posible ni deseable. Ambos memoriales gestionados por el Estado mexicano nacieron en medio de disputas y parecen un intento prematuro de cerrar procesos y demandas de justicia del pasado.

“Quizá la memoria sólo consiste en mirar las cosas hasta el final”. Como lector, acceder a la experiencia disponible de los familiares es imperativo para quienes no compartimos el terror de la desaparición. Comprender la búsqueda en sus manifestaciones cotidianas es apenas el inicio de la responsabilidad ciudadana de mantener la mirada y el dedo bien puesto en los terrores que aún no tienen justicia ni resolución. A lo largo del libro, los distintos autores y autoras dialogan con una verdad: la memoria en México está en disputa y es una herramienta para buscar justicia. Relatar la memoria no es un proceso sencillo, consiste en una negociación constante entre conflictos y voces. Las voces nunca están unificadas, por lo que este libro enfatiza la importancia y fuerza del testimonio de quienes lo han sufrido. Leerlos a ellos supone acortar la distancia que se le critica a la academia.

Recupero a Teresa Margolles y pregunto: ¿de qué otra cosa podríamos estar hablando? Al final, las acciones de memoria también buscan interpelar al ciudadano común. Quizá habría que preguntar por qué el dolor no se ha socializado aún, por qué aún no estamos mirando todos. O quizá, ante un Estado negligente e institucionalmente incapaz, sería preciso preguntar por qué no estamos acompañando con nuestras propias botas a ese niño que hoy todavía busca a su papá.

 

Emilia Noemi Amezcua Bernal
Egresada de la licenciatura en Relaciones Internacionales de El Colegio de México

  • Alexandra Délano Alonso, y coautores (eds.), Las luchas por la memoria contra las violencias en México, México, El Colegio de México, 2023, 596 pp.

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Publicado en: Justicia, Política