
La reforma judicial fue una mentira. La mentira, según el diccionario de la Real Academia, es una declaración que se opone a lo que se sabe, se cree o se siente. Sé, creo y siento, como ciudadano, como abogado, como profesor de derecho y como representante de la Nación, que esa reforma judicial es un engaño brutal, y la elección venidera una impostura.
La reforma es una estafa social que institucionaliza, ya, la compra-venta de la judicatura. Y sólo estará orientada a satisfacer las exigencias de los mercados donde se cotiza el conflicto de interés, como sugiere en su estudio Tercero en discordia, Perfecto Andrés Ibáñez. Además, normalizará la extorsión; revivirá los aranceles judiciales clandestinos que estarán dispuestos al mejor postor. Los pobres tendrán que seguir esperando, y los que tienen para la coima estárán más cerca de la ‘justicia del bienestar’.
Nadie dice que no se se necesitaba una reforma judicial. Mi crítica es a la reforma vigente y su elección amaestrada, como fiera de circo. Me opuse contundente: porque la promovieron los rencores del expresidente López Obrador, aderezados con odios del expresidente de la Suprema Corte, Arturo Zaldívar, desde que no se le permitió ampliar inconstitucionalmente su mandato por dos años; porque está mezclada con ambiciones de una ministra presuntamente plagiaria, porque Yasmín Esquivel no ha terminado su litigio jurisdiccional, no es “cosa juzgada” su tesis; y porque nuestra justicia no puede sustituir a Manuel Crescencio García Rejón, padre del juicio de Amparo, por la sin-juicio Lenia Batres.
Tenía razón López Obrador en decir que había mexicanos “ambiciosos vulgares”, pues bien, esos permitieron ese simulacro electoral que deteriora nuestra democracia. Destacan: los dos senadores de Tabasco y Michoacán electos por las siglas mortuorias del PRD, Miguel Yunes del PAN, la graciosa huida del senador de Campeche, Daniel Barreda de Movimiento Ciudadano y, en la sede judicial, la congruente cobardía del ministro Pérez Dayán, que no permitió discutir la reforma, aunque todos conociamos su posición de fondo. Además de muchos abogados, rábulas, y aprendices del cohecho que se frotan las manos por ver a sus jueces impartiendo “disfraces” jurisprudenciales a modo, para usar la expresión de Karl Loewenstein.
La palabra mentira no está en nuestra Constitución vigente, salvo algún sinónimo en artículo 19, “falsos comprobantes fiscales” –para la prision preventiva antigarantista, por cierto– y en el artículo 95 cuando habla de los requisitos para ser ministro, en su fracción IV: “gozar de buena reputación”. Esa condena a la mentira, estipulada en ley mosaica desde el Éxodo y que condena, como las leyes de Estados Unidos de Norteamérica, el perjurio. Algo tiene en su sentido etimológico el mendaz (mendacium), con el mendigo (mendicus). Ambos siguen al antigüo espíritu griego de la falsedad y del engaño, el Apaté. Esa apatía por la convivencia en paz, esa indiferencia al dolor, al sentimiento, incluso por la enfermedad. El parlamentario y novelista británico Jeffrey Archer, autor del best-sellerCaín y Abel, o Bernie Madoff, expresidente de NASDAQ, fueron encontrados culpables de perjurio. No recuerdo a algún mexicano condenado por esa patraña.
La reforma judicial prostituyó la palabra. La columna vertebral de la vida civilizada está en la obediencia que nace de la comunicación. Obedecer es sujetarse al mandato de las palabras, es parlar, es intercambiar dicciones. Es escuchar y tejer con “el otro” y para “el otro”, según Emmanuel Lévinas. Allí nace el derecho. Obediencia hablada en libertad. La incomunicación, la soledad, el ostracismo, son pena. Las derrotas acarreaban al ostracismo en la vieja Grecia.
La reforma buscó alterar la comunicación, estallar la conversación pública y reventar la división de poderes de una República. El derecho es una proposición que puede tener una “textura abierta” como diría H.L.A. Hart, en El concepto de Derecho, y esa es la riqueza del mundo de los abogados a los que López Obrador siempre “ninguneó” o envidió, y al perder las primeras supspensiones en juicios de amparo, llamó traidores.
No hay verdad absoluta en política. Y la verdad más proxima a lo definitivo la emite un Tribunal Constitucional, no el presidente de la República. Quien afirme lo contrario, miente y busca conducir al mesianismo, caudillaje, o imposición. En política, y por lo tanto en derecho, sólo hay “verdad probable”, proposición abierta.
Ahora con las redes digitales, la inteligencia artificial, los tik-toks, ChatGPT, conviene decir que la verdad no es la que más se repite, sino la que mejor se argumenta. Aletheia significa “verdad” en griego. Le hemos dato a internet, y a muchas máquinas, una potencia aletheíca, como dice Eric Sadin. Ante ello debemos evitar caer en la tentación que tiene el obradorismo en su primer y segundo piso: carretera de doble moral y doble mentira.
El tiempo que nos tocó vivir es absurdo. No lo puedo calificar de otra manera. Prueba de ello son algunas campañas mendaces de los candidatos a jueces. Lo absurdo es que nuestra desdicha se entrecruza con la esperanza. Nuestra lucha consiste en impedir que México se deshaga. Que la República viva. Un México heredero de una historia corrupta donde se mezclan transiciones inacabadas, revoluciones fratricidas, técnicas inconclusas, dioses muertos, simulaciones vivas, ideologías extenuadas, donde unos mediocres son capaces de destruirlo todo, donde la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en servidora del odio y la opresión…tenemos que restaurar un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Sobrevivir al absurdo.
Nos contentamos con una democracia epidérmica, no cardiológica. Nos contentamos con confundir democracia con votar. No leimos nuestra Carta Magna, donde prescribe, (ahora que todo contempla la Ley Fundamental, hasta los vapeadores), que la democracia “no solamente es una estructura jurídica y un régimen político, sino un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento ecónomico, social y cultural del pueblo”. Democracia no es un padrón, una casilla electoral, tinta indeleble, credencial con foto, boletas, mamparas y un crayón para cruzar el partido de nuestra preferencia. En la renovación del poder judicial los electores tendran nombre, los elegidos un número.
Democracia es paz en las calles, concordia en las plazas públicas. La democracia no es consumo en plazas privadas llenas de tiendas, sin lugares para convivir sin tarjetas bancarias. Democracia es escuelas públicas, donde rescaten a los niños de la ignorancia, y los preparen, no en el arte de la servidumbre sino en la riqueza del mérito y la solidaridad. Democracia es hospitales públicos, que literalmente arranquen personas de la muerte y el dolor.
Creo que la calidad de la democracia debería medirse por cuánto miedo tiene un mexicano al estar en una plaza, escuela u hospital público. Ese nivel democrático de fondo lo perdimos. Por eso es fácil hoy la opereta judicial. Pastorela fuera de Navidad. Nos perdimos en creer que la democracia se agotaba con la capacidad de meter a personas a los Palacios de Gobierno, y no en meter a personas a hospitales y escuelas de calidad.
¿Qué otra soberanía buscamos? La soberanía es, lo aprendimos del viejo libro de León Duguit, Soberanía y Libertad: “una voluntad que tiene en sí el carácter propio y exclusivo de no ser impulsada más que por sí misma”. ¿Es soberana nuestra sociedad que depende de una tarjeta del banco del bienestar? ¿Es soberana nuestra nación que tiene territorios dominados por el crimen? ¿Es soberano un niño que sale de la escuela pública de Tzintzuntzan, Michoacán, la antigua capital purépecha?
“Matar la libertad para hacer reinar la justicia –dice Albert Camus en El hombre rebelde– equivale a rehabilitar la noción de la gracia” del rey, del déspota, del patrón, del dueño. Es lo que quiere el lopezobradorismo. Para ser fecundas ambas, libertad y justicia deben hallar sus límites de manera mutua. Los sueños personalistas de un PRI con mayorías en las Cámaras y con subordinados en la Suprema Corte, igual que ahora, se estamparon con un presidente de la República que se creía Quetzalcóatl, terminó su sexenio llorando, pidiendo perdón, en un lodazal de un petróleo despilfarrado. Nacionalizó los bancos y nos endeudó, descarrió con un gasto incontrolado en obras faraónicas las finazas públicas. Como Morena hoy.
La Republica es el imperio de la libertad, y esta, diría Antonio Escohotado: “es el derecho a equivocarse, no a ser protegido de las consecuencias de nuestros errores”. La próxima elección es una engañifa: no se respetan ni las reglas que se dieron los propios gobernantes; los militantes del oficialismo no se contienen en su proselitismo electoral; el INE gastó su credibilidad y confianza en está elección; y además una mayoría de jueces, literalmente “comprados” con la prórroga de su mandato, sancionará lo que quiera y ordene Morena.
Es también una treta porque en el fondo no se escogerá con libertad a los jueces. Ya hubo tómbolas y preselección como comités de favoritos, y ellos cribaron a los que estarán en la boleta. Y vean con claridad, si, como dice el dicho, el que paga, manda; no se votará por el comité administrativo que entregará el dinero al poder judicial. Ese órgano encargado de pagar y suscribir contratos de obras y servicios lo dominará la nueva Suprema Corte con tres miembros, además de un miembro del poder Legislativo y otro del Ejecutivo. ¿Alguién creerá en la nueva independencia judicial después de controlar, sin tómbola, ni preselección o simulada elección al que paga? Tienen el control del dinero, presupuesto básico del profesionalismo, independencia e imparcialidad de la judicatura, que ahora tendrá dueños. Y serán los que lleven a los más grandes rebaños a votar con listas de número a las casillas.
Si al principio era la palabra, también al final. No importa la victoria o derrota en la próxima elección judicial. La lucha está abierta, así nacionalizó el sistema bancario López Portillo, para luego privatizarlo; así destruyeron el sistema de salud los neolopezportillistas, y crearon el INSABI, para en el mismo sexenio finiquitarlo. El ciclo de quimera pronto llegará a su fin. Ganará quien sea fiel a la palabra, a la verdad probable, a la proposición honesta.
Como Miguel de Unamuno, que exclamó a los patanes autoritarios del franquismo español: “vencieron, pero no convencieron”, ochenta días antes de su muerte, justo el día que lo defenestraron de su Universidad de Salamanca. Esta mentira judicial la desmontarán los que hoy estudian derecho en las escuelas públicas y privadas. Para ellos es el desafío de la rebelión camusiana, en ellos la esperanza, ellos sí tendrán la “última palabra”. Ellos harán historia.
Germán Martínez Cázares
Abogado. Profesor de derecho y diputado federal