La noche del pasado 13 de abril Irán lanzó la operación “Promesa Verdadera” contra la base aérea de Navatim, Israel, como respuesta a la detonación de su consulado en Damasco. Irán ejecutó un ataque calibrado. Utilizó drones y misiles de tercera generación. Avisó a Estados Unidos y a sus vecinos árabes para evitar daños colaterales. Evitó el daño a infraestructura civil. Y dio por concluida su operación.

Aunque la respuesta de Teherán estuvo diseñada para recuperar su capacidad de disuasión y no para entrar en una guerra directa con Tel Aviv, su desarrollo marcó una nueva ecuación estratégica en la guerra de sombras entre ambas naciones. No tanto por la coreografía del ataque, sino por el riesgo de errores de cálculo que ahora ponen en riesgo la seguridad de todo Oriente Medio.
El fin de la “paciencia estratégica” iraní significa que, a partir de ahora, Teherán se reserva el derecho de responder a Israel cada vez que experimente una baja significativa en su estructura de mando, lo que implica que puede aumentar la tensión en lugares donde Irán tiene intereses muy marcados como Líbano, Irak y Siria. Por lo tanto, un aumento de la actividad militar en dichos países podría ser la primera consecuencia directa de este nuevo equilibrio de fuerzas.
Aunque se anunció con anticipación, el movimiento iraní del 13 de abril es la mayor operación militar realizada con drones de la historia militar moderna. Esto permite a Irán mostrarle al mundo que puede llegar directamente a Tel Aviv sin utilizar armamento sofisticado y que puede forzar la movilización de costosos sistemas antidefensa para evitar un golpe sensible. La defensa de Israel tuvo un costo de alrededor de 2000 millones de dólares frente al costo de 2 millones de dólares de la operación iraní.
Si bien Estados Unidos destruyó la mayor parte de los proyectiles iraníes, las fuerzas militares de Jordania auxiliaron en estas maniobras ante la crítica de la población. Sin duda, esto traerá riesgos a Jordania dado que las fuerzas sociales en este país están altamente politizadas y no han visto con buenos ojos esta decisión de su gobierno, con el añadido de que Jordania también ha permitido el envío de mercancías a Israel vía terrestre como consecuencia del bloqueo hutí en el estrecho de Bab al-Mandeb.
Si nos alejamos de las narrativas que hacen apología de la operación iraní y de aquellas otras que la pintan como “un teatro”, la guerra psicológica que antecedió al ataque del 13 de abril permitió a Israel desviar la atención pública mundial de los crímenes cometidos en Gaza. Este factor es el más preocupante de esta nueva ecuación militar. Dicho con otras palabras: la probabilidad de que una guerra directa entre Irán e Israel se produzca es baja, pero la probabilidad de que Israel utilice “la amenaza iraní” para seguir adelante con el genocidio en Gaza y Cisjordania aumenta dramáticamente.
Al tiempo que se gestaba esta operación, acontecieron seis ataques israelíes en la Franja de Gaza que mataron al menos a diecinueve palestinos e hirieron a otros cientos, todo esto mientras los medios transmitían cómo Israel y sus aliados interceptaban cientos de drones y misiles desde Irán. Además, la tensión actual permite distraer al mundo del hecho de que Israel no ha podido cumplir ningún objetivo estratégico en Gaza, en tanto no ha destruido a Hamás ni ha recuperado a ningún rehén por sí mismo. Todo ante las críticas de la mitad de la población israelí contra Netanyahu, incluyendo los mensajes críticos de personajes influyentes como Chuck Schumer y Ehud Olmert.
A reserva de cualquier falla de cálculo, es probable que Israel recurra a su programa de asesinatos selectivos que ha sido exitoso contra actores no estatales apoyados por Teherán, e incluso libre nuevas operaciones al interior de Irán tal como cuando asesinó a científicos nucleares o cuando expuso las centrifugadoras del programa nuclear iraní con el software Stuxnet. Tampoco se descarta un ciberataque o un ataque limitado sin bajas civiles, tal como Irán implementó hace unas horas. No obstante, es imposible que Israel pueda librar una guerra convencional directa con Irán sin el apoyo de Estados Unidos y en estos momentos Joe Biden, con el frente abierto en el conflicto ruso-ucraniano y unas elecciones en puerta, no lo va a hacer.
De forma paralela, si bien Joe Biden no aspira a una guerra total entre Irán e Israel tampoco tiene la voluntad para llamar a un cese al fuego regional. En primer lugar, porque la situación actual está redituando favorablemente al complejo militar industrial en Estados Unidos. En segundo lugar, porque Joe Biden está maniobrando para complacer al lobby israelí en Washington ante el escenario actual. Y finalmente, porque la administración estadunidense ve en Irán la salida perfecta para justificar su apoyo a Israel ante la duda de la opinión pública estadunidense (la cual comenzaba a reprobar tajantemente cualquier apoyo militar a Israel para seguir adelante con su guerra en Gaza). A partir de ahora, Israel recibirá mayor apoyo económico por parte de Estados Unidos en cuyo congreso ya se libra una fuerte presión para aprobar un paquete adicional de 14 000 millones de dólares más para Tel Aviv debido a las tensiones con Irán.
La amplia respuesta iraní sin duda ha dejado un efecto significativo en la memoria popular israelí y marca una nueva era en términos de equilibrio estratégico regional. Sin embargo, esto no significa de forma necesaria mayores condiciones para la paz, sino mayores riesgos para todos los actores involucrados, lo que hace de la “promesa verdadera” iraní, un mal chiste para el pueblo palestino.
Moisés Garduño García
Profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México, experto en temas de Oriente Próximo