La Rosalía: entre la tierra y el cielo

I

Durante octubre, la artista catalana, Rosalía, insinuó en sus redes sociales la llegada de su nuevo álbum. Aparecieron crucifijos, destellos de luz, una partitura sin explicación, un breve video al piano y, en X, una fórmula enigmática: Lux = amor. Luego, el 20 de octubre, TikTok e Instagram se convirtieron en la ventana desde la cual Rosalía compartió su intimidad: se probó ropa, encendió un cigarro y se decoloró el cabello hasta dibujar un aro rubio alrededor de su cabeza.

De pronto, en Nueva York y Madrid, el mundo recibió un anuncio celestial, pues enormes pantallas anunciaron el álbum Lux. En la portada, Rosalía aparece con un velo blanco y los brazos ocultos dentro del vestido, como si llevara una camisa de fuerza. Ojos cerrados, figura erguida, fondo azul; una mezcla de clausura y revelación, de pureza y tormento. Mientras miles miraban las pantallas y las redes estallaban con la noticia, la cantante irrumpió en pleno centro de Madrid. Aparcó un Cupra en mitad de la avenida y corrió hacia el Hotel Vincci rodeada de fans, flashes y guardaespaldas. El lanzamiento de Lux fue un rito de canonización: fue cuerpo, espectáculo y tránsito.

El 27 de octubre apareció el videoclip de Berghain, una de las piezas centrales del álbum —compuesta junto a Björk, Yves Tumor y la London Symphony— y de inmediato agitó a sus seguidores y a los intérpretes. En él, Rosalía recurrió al barroco y a la ópera para mostrar a una mujer triste, ensimismada, rodeada de sombras, pero atravesada por lo sublime. A lo largo de los tres minutos con veintiséis segundos que dura el video, el espacio doméstico —su apartamento, su cotidianidad— se convierte en escenario de un desdoblamiento emocional: de él emerge un lamento, sí, pero también una afirmación rotunda: en lo más íntimo está la salvación.

Así, la letra de Berghain anuncia con claridad conocimiento y destino: “Yo sé muy bien lo que soy […] La única manera de salvarnos es con intervención divina.” ¿Y qué es lo divino? “La perfección”, respondió la cantante en una entrevista. Y añadió, casi con ternura: “Yo no soy perfecta.” ¿Cómo salvarnos, entonces, si no podemos alcanzar la perfección? Lux sugiere buscarla en el acto de reunirse con uno mismo, en la reconciliación con aquello que somos y que, pese a todo, insiste en iluminar.

II

Explica el filósofo húngaro, Béla Hamvas[1], que los ateos son pobres de espíritu, pero no irreligiosos. Su religión —porque la tienen, aunque no lo admitan— se funda en la fe en sí mismos y en lo que logren realizar antes de que su propia tríada los consuma: si el alma no existe y los humanos son sólo animales, entonces la muerte es aniquilación. Así, el ateísmo es una fe sin espíritu, esto es, una religión que exalta al individuo y su materialidad, sin un principio que lo enlace de manera armónica con el resto de lo existente.

Sigmund Freud, quien consagró buena parte de su obra a demostrar que la religión es una ilusión y que la historia humana se ha organizado, en realidad, alrededor del asesinato del padre, confesó respetar a los creyentes. Entendía, con absoluta claridad, por qué era tan poderosa la idea de que la humanidad —siempre incompleta, siempre buscando— pudiera fundirse en la eternidad con una totalidad trascendente; y sabía que esa creencia, aun siendo para él ilusoria, pudiera otorgar cierta paz en un mundo donde el placer absoluto y constante no es posible.

Hasta donde sé, Hamvas nunca llegó a conocer a Freud, aunque lo leyó con atención y fue un crítico del psicoanálisis. Por eso no sorprende que, desde su propio horizonte filosófico, resuene Freud. Según el húngaro, los ateos envidian de los creyentes su capacidad para asentarse en un sentido; y temen, en cambio, que tengan razón, que al final sí haya una totalidad con la cuál encontrarse y que la cólera divina los alcance.

Jamás alcanzaremos un acuerdo definitivo sobre la existencia de Dios. No hay prueba que lo confirme ni evidencia que lo anule. Pero sí podemos reconocer —porque nos atraviesa— la búsqueda incesante de pertenencia y trascendencia. Lo que palpita en cada uno de nosotros es el deseo de sentido: ese impulso interior que nos sostiene, que nos orienta y nos permite habitar un lugar en el mundo sin desvanecernos.

Ese anhelo adopta formas diversas. A veces se expresa como una necesidad silenciosa; otras, como una pregunta que vuelve una y otra vez. Y en muchas ocasiones se vuelve materia sensible: gesto, símbolo, música. En el álbum de la Rosalía se advierte ese esfuerzo por asir lo que da sentido a la vida, por encontrar un hilo que nos una con nosotros mismos y con todo lo demás. En Magnolias, Rosalía dice:

Dios desciende

Y yo asciendo

Nos encontramos

En el medio

La palabra espiritualidad deriva del latín spiritus, “soplo” o “aliento vital”, aquello que sostiene la vida desde dentro, la impulsa y le da dirección. En un muy interesante libro que está por publicarse, la historiadora de las emociones, Estela Roselló, estudia a la espiritualidad como una experiencia que surge del vínculo profundo con uno mismo, con la Otredad —sea esta Dios, la naturaleza o las demás personas— y con la conciencia de la interdependencia que sostiene la vida.

Roselló analiza la espiritualidad, primero, de Hildegarda de Bingen, quien sorprende por su capacidad de contemplar la naturaleza y percibir en ella la maravilla de los ciclos, los elementos y las formas de vida que la rodean. Para Hildegarda, la unión con lo sagrado se realizaba mediante el asombro, la emoción y la atención amorosa a la creación. Después, Roselló explica que Teresa de Ávila experimentó la vida espiritual como un camino de autoconocimiento, cuidado interior y trascendencia que le permite afirmarse en un mundo hostil para las mujeres de su tiempo. Su espiritualidad era una práctica de introspección profunda y un ejercicio continuo de regulación emocional y corporal que la autora describe como una metodología interior y exterior destinada a preservar el yo, sostenerlo y fortalecerlo.

A partir de estas dos figuras, la historiadora define la espiritualidad como un camino que articula resonancia, cuidado y una relación significativa con el mundo, y que se expresa a través del cuerpo, la sensibilidad y las prácticas cotidianas que permiten habitar la vida con mayor plenitud.

En Lux, Rosalía no se presenta como una atea, pero tampoco como una creyente en el sentido católico tradicional. Se muestra, más bien, como una mujer espiritual, alguien que busca el sentido en esa articulación de la que habla Roselló: en el cuerpo, el cuidado, la sensibilidad artística y la exaltación de lo cotidiano. En distintos espacios, Rosalía ha afirmado que su disco “está inspirado en la mística femenina”, y en Reliquia, la segunda canción del álbum, sentenció: “no soy una santa, pero estoy blessed.”

III

Todo Lux está tejido por contradicciones y por el anhelo de conciliarlas. Allí donde aparece una pieza que aspira a lo operístico, a lo celestial, como Mio Cristo, irrumpe también La Perla: una “tiradera” impecable, urbana, afilada, escrita desde el despecho con rima, ironía y una dosis de insolencia. Ese contraste no es un accidente; es, más bien, la declaración de principios del disco.

Lux encarna el deseo imposible de que lo opuesto coexista: lo luminoso con lo oscuro, lo divino con lo infernal, lo humano con lo santo, lo efímero con lo eterno. En ese choque —y en ese diálogo fugaz entre extremos— se despliega su potencia. En la primera canción del álbum, Sexo, violencia y llantas, lo anuncia con total claridad: “Quién pudiera vivir entre los dos. Primero amar el mundo y luego amar a Dios”.

Motomami, el álbum individual anterior de la cantante catalana, es radicalmente distinto a Lux. Como ha señalado Marta Salicrú —acaso la periodista que con mayor rigor ha analizado la obra de Rosalía—, Motomami fue una experimentación de ritmos que se deslizaron entre el dembow, la bachata y el reguetón; un disco alimentado, por un lado, por la sacudida del enamoramiento y, por el otro, por el deseo de destacar en la viralidad de las redes sociales en los inicios de la pospandemia. Esa doble pulsión, riesgo artístico y potencia algorítmica, se percibe en la arquitectura misma del álbum: canciones en su mayoría breves, ganchos fulminantes, ritmos que se quiebran sin previo aviso, bases que mutan, samples destinados a fijarse en la memoria auditiva en cuestión de segundos. Todo ello diseñado para circular, fragmentarse y renacer una y otra vez en TikTok y otras plataformas.

Lux, en cambio, exige otra disposición; pide ser escuchado con atención e invita a quien lo hace a descifrar capas, símbolos y tensiones. Es, en ese sentido, un disco que sólo podía surgir de Rosalía; no porque sus influencias musicales sean exclusivas, sino porque sólo una artista con su trayectoria y su autoridad creativa podría permitirse un gesto así: arriesgarse a construir un álbum conceptual —heredero de aquellos que existían antes del dominio de Spotify— aun sabiendo que su apuesta no encaja del todo con la velocidad, la ironía fugaz y el “chacoteo” que marcan el pulso del algoritmo.

Si Motomami celebraba el amor, la sensibilidad del cuerpo y la fiesta del deseo, Lux se desplaza hacia la búsqueda de una realización que no se agota en el placer, que mira más lejos, más hondo. Pero, esto no significa que Lux sea mejor que Motomami, sólo muestra que está enfocado en otra sensación, en otro momento de la vida. Y por eso, la artista se duele de no poseer lo mejor de los dos mundos:

En el primero, sexo, violencia y llantas

Deportes de sangre, monedas en gargantas

En el segundo, destellos, palomas y santas

La gracia y el fruto, y el peso de la balanza

Quién pudiera vivir entre los dos

Primero amar el mundo y luego amarle a Dios

IV

En el Libro de los Hechos de los Apóstoles se relata que, en el día de Pentecostés, el Espíritu Santo se manifestó ante los discípulos como un viento impetuoso y lenguas de fuego que descendieron sobre ellos. Aquel soplo divino los llenó de valor y de la capacidad de hablar en distintos idiomas para anunciar las maravillas de Dios al mundo entero.

Quizás por ello Rosalía recurrió a trece idiomas distintos en Lux. “Me faltaron todos los demás. Si hubiera podido, habría puesto el mundo entero en este disco”, confesó en la entrevista ya citada, subrayando la importancia simbólica de esta decisión. Luego, en una declaración que sorprende por tratarse de una artista cuya carrera ha estado marcada por la innovación sonora, explicó que “la música en este disco está al servicio de las palabras”.

Para Béla Hamvas, el mundo de la boca es más inmediato que el de los ojos o el de los oídos; y, por lo mismo, más religioso, porque está más cerca de la realidad primera. Los bebés lo saben de manera instintiva y nosotros lo olvidamos con la adultez: para conocer el mundo hay que probarlo. La boca, dice el húngaro, es el órgano que nos mantiene unidos a la existencia; a través de ella damos, tomamos, o damos y tomamos al mismo tiempo.

Con la palabra orientamos nuestro impulso, revelamos la forma íntima de nuestro ser. Con el beso damos y tomamos: ahí nos nutrimos, nos reconocemos, nos enseñamos mutuamente. Y tomamos, cuando comemos o bebemos, incorporando aquello que elegimos y que se vuelve, de manera literal, parte de nosotros. De ahí que en el catolicismo la eucaristía posea un lugar tan central, pues sólo al comer y beber el cuerpo y la sangre de Cristo, el creyente se apropia de él, lo integra en su interior, lo vuelve carne propia.

Hamvas distingue así tres operaciones fundamentales: el habla, actividad específica del espíritu; el engullir, acto material de apropiación del mundo; y el beso, forma en la que se expresan las almas, donde la entrega y la recepción se confunden. Desde esta perspectiva, no sorprende que Rosalía, en su búsqueda espiritual —sea deliberada o fruto natural de su impulso artístico— otorgue un peso decisivo a la palabra. Aunque su obra se despliega en múltiples registros musicales y visuales, es en la palabra donde deposita el espíritu del proyecto: ahí se articula el sentido, ahí vibra lo que intenta decir, ahí se condensa la espiritualidad que recorre Lux.

V

Quizás lo que mejor define a nuestra época es la soledad. Frente a ella lo hemos intentado casi todo. Hay quienes deambulan entre el coaching y las constelaciones familiares; quienes se reparten entre el wellness, el yoga, la psicoterapia y los antidepresivos. Otros, no tienen tiempo de sentir su soledad, pues la vida les exige presencia continua, sin pausa. Y aun así, la depresión y la ansiedad se han vuelto un lenguaje común, un murmullo que atraviesa generaciones, clases y geografías, como si todos conversáramos —en voz baja— sobre un mismo dolor.

En esa soledad anidan varias paradojas. Ocurre en un tiempo saturado de conexiones virtuales, donde basta un clic para rozar la presencia del otro. Y, a la vez, vivimos en sociedades que oscilan entre un libertarismo del cuerpo —la exaltación de lo erótico, el reguetón omnipresente, el baile sinuoso de TikTok— y un puritanismo vigilante que proscribe al otro, censura vocabularios, regula deseos, expulsa disidencias. Que si prohibimos los toros, que si desterramos el “lenguaje incorrecto”, que si restringimos derechos trans, que si ya no se puede hacer un chiste, que si no se puede vapear, que si todo es woke. La pulsión de libertad y la pulsión de proscripción coexisten, chocan, se contaminan. Y nos dejan —otra vez— solos frente al vaivén de nuestro tiempo.

A ello se suma que la búsqueda de trascendencia se sostiene hoy en métodos nacidos de lo efímero. Trascender no es nuevo; quizá sea la aspiración más antigua de la especie. Pero en esta época regida por el like, la viralidad que muere apenas nace y la fama que se disipa al ritmo del algoritmo, ese deseo adopta un matiz inquietante: nadie quiere dejar de ser visto. Para no estar solos queremos aparecer. Y para aparecer debemos mostrarnos en la pantalla del celular del otro, esa puerta contemporánea hacia la alteridad. Pero mostrarse exige velocidad. Hay que condensar el mundo en un post de X, en unos segundos de TikTok, en decenas de stories destinadas a durar apenas un parpadeo.

En medio de este vértigo ha resurgido un interés por el sentido, por vivir más allá de lo inmediato aun cuando permanezcamos sujetos a la velocidad del mundo. Encuestas en distintos países muestran que quienes han superado los treinta y quienes apenas comienzan sus veinte frecuentan poco las iglesias o no se sienten parte de una religión. Pero esto no implica que hayan renunciado a creer. En Estados Unidos, por ejemplo, siete de cada diez adultos se declaran “espirituales en algún sentido”; dos de cada diez se identifican como “espirituales pero no religiosos”; y ocho de cada diez aseguran creer en algo como “Dios, el alma o el espíritu”.

América Latina atraviesa un proceso similar, acompañado del auge de otras formas de espiritualidad, como el tarot. A ello se suma la proliferación de terapias de todo tipo y el creciente uso de sustancias psicoactivas para “encontrarse con uno mismo”. En síntesis: que la gente crea menos en las instituciones religiosas no significa que haya renunciado a la búsqueda del sentido de la vida, ni supone una entrega al vacío del ateísmo más sombrío.

Lux es fruto de este tiempo. En él, este sentir contemporáneo —hecho de soledad, deseo de trascendencia y búsqueda espiritual— encuentra un eco nítido. Rosalía ambiciona una vida donde el deseo no se consume de manera rápida y donde la trascendencia no depende del brillo efímero de una pantalla, sino de esa vibración sublime que algunos alcanzan a través del arte: un destello interior capaz de sostener, aunque sea por un momento, el peso del mundo.

Pero, al final, lo importante no es el desenlace, sino la búsqueda misma. El final lo conocemos de antemano; lo que nos salva, si algo lo hace, es el camino que recorremos hacia él. En Magnolias, la canción que cierra el disco, Rosalía lo expresa con una claridad de quien flota entre la tierra y el cielo:

A mí y a mi nombre en mi ausencia

Yo que vengo de las estrellas

Hoy me convierto en polvo

Pa’ volver con ellas

Nota del autor: Este es mi último texto del año. Agradezco profundamente a quienes acompañaron este espacio. Si la vida nos lo permite, volveremos a encontrarnos en 2026. Les deseo un buen feliz cierre de año y un próspero año venidero.

Hugo Garciamarín

Doctor en Ciencias Políticas por la UNAM y director de la Revista Presente

[1] A lo largo de este texto estaré haciendo referencia al siguiente libro: Béla Hamvas, “La filosofía del vino”. Traducción de Adan Kovascics. Barcelona: Acantilado, 2024.

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Publicado en: Vida pública