La singularidad de un psicoanálisis

Ilustración: David Peón

En el campo de las psicoterapias hay posicionamientos que reprochan al psicoanálisis su carácter “pseudocientífico”, pues se dice que carece de evidencia científica que demuestre su efectividad. Como parte de esta crítica se erige la “psicología basada en evidencia” como un modelo que integra la experiencia clínica, la investigación científica y otros elementos para lograr el mejor resultado posible para el paciente. Así, quienes practican desde esta corriente sostienen que su clínica está basada en evidencia empírica, lo que difiere del psicoanálisis, cuyo método se considera obsoleto y poco riguroso.

De ahí surgen algunas preguntas: ¿cuáles son esos estudios que reportan que el psicoanálisis no es efectivo?, ¿qué se entiende por “efectividad” en ellos?, ¿desde qué perspectivas teóricas, marcos interpretativos, diseños metodológicos y paradigmas epistemológicos se llevan a cabo estas investigaciones? Estas preguntas podrían ayudar a comprender la complejidad que encierra una afirmación del tipo “el psicoanálisis no tiene evidencia científica”. Así, pensar a nivel epistemológico, teórico, conceptual y metodológico permite ubicar por qué la cuestión sobre la eficacia del psicoanálisis no es una pregunta fácil de zanjar. Por el contrario, requiere una mirada crítica sobre el tipo de investigaciones que respaldan esta afirmación.

Ahora bien, las afirmaciones sobre la efectividad o inefectividad de las psicoterapias parten de hallazgos anclados en un paradigma científico positivista. Sin embargo, habría que cuestionar si los efectos de un análisis podrían ser medibles; acaso ¿no habrá otras formas de aproximarnos al fenómeno de qué se produce en un psicoanálisis? Quizá se requieren otros andamiajes epistemológicos, por ejemplo, el paradigma comprensivo-interpretativo, que nos ayudaría más que a medir la eficacia, a comprender la experiencia de quienes han vivido o atravesado un análisis. Y quizá aquí lo relevante no sería tanto “medir la eficacia o efectividad” sino comprender cuáles son los movimientos subjetivos que se producen en un análisis, los modos de vida que se han visto conmovidos, trastocados o transformados como consecuencia de este recorrido. Aquí, el énfasis no está en explicar –con pretensiones de universalidad y generalidad– sino en interpretar, desde una perspectiva singular, localizada y parcial.

¿El psicoanálisis es una ciencia? ¿Es un arte?

Ante la pregunta de si el psicoanálisis es una ciencia, hay quienes responden que no lo es, y que es una práctica mucho más cercana a las artes que al ámbito científico y en esta posición sostienen que el quehacer del analista se parece mucho al del poeta. Por supuesto, hay quienes responden afirmando lo contrario, que el psicoanálisis sí es una ciencia, con un método y un set de técnicas “a seguir”. Si analizamos el origen del psicoanálisis y hacemos un recorrido sobre la obra de Freud nos daremos cuenta que sus intenciones fueron científicas. Sin embargo, Freud también anticipó las limitaciones del método de las ciencias naturales para tratar el inconsciente.

Frente a la denominada disputa de los métodos (ciencias naturales vs ciencias del espíritu) Freud se mantuvo firme en la afirmación de que el psicoanálisis pertenece a las ciencias naturales (Naturwissenschaften), pero que a su vez contribuía a las llamadas ciencias humanas o del espíritu (Human Geisteswissenschaften). ¿Por qué el psicoanálisis se consideraba una ciencia natural? Porque era la racionalidad imperante en aquella época, y porque para Freud la ciencia psicoanalítica no era de naturaleza comprensiva o hermenéutica sino explicativa. A pesar de que en el psicoanálisis la interpretación es una actividad central, no se trata de una hermenéutica, sino que la interpretación cumple la función de explicar.

Que Freud haya procedido con espíritu científico no significa que en la actualidad el psicoanálisis sea considerado una ciencia. ¿Por qué queremos que el psicoanálisis sea considerado una ciencia?, ¿se trata de una búsqueda de legitimidad? Frente a este debate sostenemos que el hecho de que el psicoanálisis no sea una ciencia no significa que sea poesía.

La tendencia de medirlo todo

Una acepción del positivismo considera que el único camino al conocimiento verdadero es a través de la medición, la contabilización y la estandarización de procesos. Todo lo que se encuentre fuera de estos criterios es ilegítimo e inválido. En el marco de las intervenciones psicológicas, se pretende establecer una única vía de efectividad; por ende, hay también sólo una forma de resolver los problemas psíquicos. Esto requiere modelos determinados que describan u “operacionalicen” los síntomas, sus causas específicas y las intervenciones precisas en cada caso. Para producir una generalización de “las enfermedades” y de “sus curas”, son pertinentes instrumentos de medición y replicabilidad. El paradigma que aquí se forma obtiene su credibilidad en el número de resultados exitosos.

Hay en la actualidad una intención de medir y contarlo todo, que todo cuente, en tres sentidos: que valga la pena, que se pueda contar (de forma aritmética) y que se pueda compartir con otros. “Cuántos libros leí al año, cuántos kilómetros puedo correr, la calidad del sueño”, todas mediciones que permiten conocer acerca de qué tan saludable, qué tan informado, y qué tan productivo soy. Apelamos a estas mediciones porque dan certeza y seguridad sobre nuestro rendimiento, por ello, no sorprende que en las prácticas psicoterapéuticas también se busque un respaldo científico que garantice que esta experiencia dará resultados. Parece una forma de evitar la incertidumbre que produce hablar. Hay mucho del modelo económico en que vivimos en este deseo de evidencia empírica,

En la reducción de los criterios de validez de las intervenciones psicológicas se produce un fenómeno de exclusión: aquellas personas que no quieren o pueden resolver sus conflictos psíquicos bajo estos modelos quedan en los márgenes, reforzando visiones de la enfermedad que se relacionan más con la discriminación que con la intención de cura o auxilio. Para no caer en reduccionismos, vale la pena emprender nuevos análisis de las perspectivas psicológicas, fuera de lo cuantificable y replicable. Aquí vienen a cuento un par de ideas de la filósofa de la ciencia Isabelle Stengers, en el primer tomo de Cosmopolítica. Pensar que el discurso racional, que se convertirá en científico, se origina en un quiebre con el mito y el sofisma implica que este discurso designará a sus “contrarios” por medio de categorías polémicas o conflictivas. Así, esos otros discursos son evasores de la verificación y desafiantes del argumento, perdiendo su oportunidad en legitimar el saber “verdadero”. En el coliseo de las intervenciones terapéuticas, la perspectiva basada en evidencia tiene a la medición, uno de los criterios legitimadores por excelencia, de su lado.

Además, permite darle la vuelta a la ansiedad e intolerancia occidentales frente a cualquier ambigüedad o desvío. Apostamos por un punto fijo, una garantía infalible. Una cosa así requiere distinciones absolutas entre, por ejemplo, lo funcional y lo inútil, la razón y la opinión, la medicina y la droga, la verdad y la mentira. De aquí se derivan una serie de lógicas aplastantes de la otredad, muy presentes en dinámicas opresivas a las que nos enfrentamos a diario. Pero a la par de que el sofisma cobra fuerza en nuestras sociedades, vale la pena preguntarnos si esta relación entre quehaceres es la única disponible. También surge la cuestión de si el coliseo de las intervenciones terapéuticas bajo el paradigma positivista es un espacio donde el psicoanálisis puede discutir.

Si aludimos al análisis de Stengers, responderíamos que ese coliseo no tiene las condiciones para que el psicoanálisis dialogue. Si bien las ideas de esta autora no hacen referencia directa al psicoanálisis, es posible usarlas para cuestionarnos qué tipo de quehacer es éste y cómo podemos tratarlo. Su apuesta se relaciona con las identidades de las prácticas, antes que en su legitimidad frente a un discurso que se muestra como total y único. En un análisis ecológico más que de legitimidad, la identidad de una práctica no se responde con un diagnóstico estático, sino con otra pregunta: ¿qué “cuenta” y qué “podría contar” en esta práctica? Es decir, cuáles son los elementos que pone en juego dicho quehacer y qué efectos o relaciones le podrían ser útiles en su actuar.

La noción de paradigma recupera un significado olvidado: no sólo es una “visión del mundo”, como si el mundo estuviera quieto e indiferente, esperando a que lo interpretemos según las ideas de una época; se refiere a cómo miembros de una disciplina aprenden a reconocer y tratar problemas. El psicoanálisis se las arregla bajo otro paradigma. Uno de sus puntos clave es la transferencia, es decir, la relación entre analizante y analista que produce un discurso que permite ubicar recuerdos, escenas, palabras, frases, lapsus y otros elementos requeridos en una cura analítica. La transferencia sucede en la singularidad de cada caso; no hay una fórmula general que aplique a todos porque es un juego semántico irrepetible que responde a las circunstancias particulares de cada analizante. Si bien la teoría psicoanalítica ha logrado formalizar sus elaboraciones, su práctica se resiste a la universalidad y a la replicabilidad. Por lo tanto, en la transferencia, no hay medición posible. ¿Cómo un hallazgo como el inconsciente puede ser capturado por las herramientas que se utilizan para medir los fenómenos de la conciencia?

¿Qué hace posible un análisis?

Un movimiento subjetivo, un cambio de posición, un poder decir de otro modo, una forma nueva de reescribir la propia historia, la apertura a nuevos sentidos, otras miradas respecto a los mismos o nuevos problemas. Todas ellas son experiencias que no pueden enmarcarse en los límites de la evidencia empírica porque cuando el sujeto se mueve, no alude a una noción de observación inmediata: habrá personas que puedan decir “a mí el psicoanálisis no me funcionó” y quizá, años después, comiencen a caer las fichas. Esto es claro para quienes practican el psicoanálisis: los efectos de las intervenciones no son rastreables y escapan al control y vigilancia del analista; no se pueden predecir y no hay modo de que alguien sepa cómo van a caer las fichas. Esta experiencia tan singular es imposible de replicar, rebasa los criterios de las investigaciones empíricas de corte positivista.

Aquí surge la pregunta: ¿cómo es posible que algo de esa experiencia escape al control del analista? Comprobar una hipótesis también supone una suerte de control sobre lo teorizado. De ahí la replicabilidad y su sostén en el único tipo de lógica admitida. Entonces el lugar del analista no es el del científico. Atender a la especificidad de cada caso es un revés de la universalidad: lo acontecido en el consultorio no se puede colocar en la tradición de los cuidados de sí prescritos por la filosofía occidental, que establecen normas generales para conseguir la cura, la felicidad o la normalidad y adherirse a ellas. El psicoanálisis es de otra índole.

En el psicoanálisis lacaniano se subvierten los términos de locura y cordura. Esa es una de las condiciones para que suceda un análisis: dar un paso a lado de los criterios polémicos de lo demente y lo mentalmente saludable para que la transferencia se efectúe y se sostenga. Se trastoca, de igual forma, la noción de cura. Un ejemplo es su abordaje del síntoma o aquello que aqueja al analizante no como un problema a erradicar, sino como una pregunta a elaborar.

El psicoanálisis mismo tiene algo de locura. El francés Jean Allouch, siguiendo a Lacan, escribe que es análogo a una locura de “a dos”. El malestar en la cultura sugiere que en el mundo no existen los no-locos. La ausencia de cordura se entiende como la imposibilidad de una normalidad estandarizada donde no hay malestar, desviándose de la promesa de algunas intervenciones terapéuticas. Pero de “los locos” que hay, algunos tienen otra locura que los mueve a hablar de eso en consulta. Bajo esta premisa, Allouch critica la pretensión de algunos analistas de estandarizar la clínica bajo las tres estructuras propuestas por Freud (neurosis, psicosis y perversión); aboga por prestar atención a lo subversivo de la escucha psicoanalítica y al reconocimiento de que “la realidad en la que vivimos” tiene un dejo de delirio. Bajo esta lógica, ayudados de Stengers, los elementos puestos en juego en el psicoanálisis y las relaciones que produce, no son reductibles a categorías prescriptivas y replicables. Y tampoco es el objetivo.

No es la finalidad de este ensayo afirmar que el psicoanálisis es la mejor vía para ¿curarse? O que las perspectivas recargadas en la replicabilidad y estandarización tienen un defecto epistémico o moral. Eso sería caer en la lógica polémica con la que la ciencia se estableció como “el único discurso”. Resulta más subversivo un estudio de la identidad de la práctica porque permite adentrarse en la lógica del quehacer, prescindiendo de los elementos conocidos para hacer una comparación. Por tanto, los movimientos subjetivos en un análisis son incomparables y singulares. Decir de otro modo, una forma nueva de reescribir la propia historia, la apertura a nuevos sentidos y otras miradas respecto a los mismos problemas, son movimientos que adquieren un sentido íntimo cuando lo que está en juego es la propia historia y los deseos que la habitan.

Marian Torres

Practica el psicoanálisis, es especialista en estudios de género y doctorante en Estudios Feministas.

Montserrat Fernández de Bergia

Filósofa por la Universidad Panamericana, estudió la maestría en Teoría Psicoanalítica en el Colegio de Psicoanálisis Lacaniano.

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Publicado en: Salud, Vida pública

Un comentario en “La singularidad de un psicoanálisis

  1. Daniel Kanheman en su libro «pensar rápido, pensar despacio», habló de un sesgo cognitivo llamado «heurística de disponibilidad», es decir sustituir una pregunta difícil por una de menor dificultad. Y casi siempre que se quiere crear un índice sobre algo, se comete ese error pues se cambian las preguntas cualitativas por otras que puedan responderse numéricamente. Por ejemplo, en lugar de preguntarse qué tan bien educado está una población, se preguntan cuantos libros leen al año ( y aún así esa pregunta está mal planteada y fomenta el consumismo, sería más exacto medir el tiempo dedicado a la lectura y a la reflexión sobe la misma).

    Será que en EEUU dominó el conductismo, y cambiaron la pregunta de la mente «sana» (lo que sea que eso signifique) por la conducta «sana». Así que consideraron que mientras la gente se mantenga «productiva» no habría problema. Dos psicólogos conductistas terminan de hacer el amor, y el hombre dice; «veo que fue genial para tí, pero dime, ¿cómo fué para mi?».

    Otro problema es que en EEUU siempre buscaron «la bala mágica» la medicina o tratamiento que permitieran mantener la productividad. Y así han sacado el prozac para la depresión, el ritalín para los niños hiperactivos, o los opiáceos para que los dolores de espalda no impidieran a la gente volver al trabajo. Es una situación similar a cómo la población en «Un mundo feliz » (a brave new worl) consumían el soma. La psicoterapia induce a la gente a cambiar su vida para sanar su mente (procesos largos y difíciles), mientras que los psicofármacos cambian la mente para adaptarse a su vida.

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