Las casas viejas de Las Lomas

“En ese pueblo, como en todos los pueblos de la provincia de Buenos Aires, había más novedades en un día que en cualquier gran ciudad en una semana y la diferencia entre las noticias de la región y las informaciones nacionales era tan abismal que los habitantes podían tener la ilusión de vivir una vida interesante. […] Las viviendas y las casas se alzan claramente divididas en capas sociales. El territorio parece ordenado por un cartógrafo snob. Los pobladores principales viven en lo alto de las lomas; después […] por fin, al otro lado de las vías de ferrocarril, están los barrios bajos donde muere y vive la mitad más oscura de la población”.
—Ricardo Piglia, Blanco nocturno

En el imaginario de quienes viven en la Ciudad de México es normal asociar Las Lomas con riqueza, opulencia, clase alta. Es común escuchar —y no es del todo falso— que “ahí viven los ricos” o “quién fuera señora de Las Lomas” para tener una vida despreocupada y plácida. Pero decirlo así es un tanto reduccionista.

Las Lomas se construyeron en los años posteriores a la Revolución. En aquella época, el entusiasmo por construir una nueva nación estaba presente en distintos sectores de la sociedad mexicana. Las leyes de planificación de la época buscaban “conseguir el desarrollo material y constructivo del país, a fin de realizarlo en una forma ordenada y armónica, de acuerdo con su topografía, su clima, su población, su historia y tradición, su vida funcional, social y económica, la defensa nacional, la salubridad pública y las necesidades presentes y futuras”1.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Emocionados por el ímpetu posrevolucionario, los arquitectos y urbanistas experimentaban con nuevos estilos arquitectónicos y novedosas maneras de edificar la ciudad creciente. Fue en este contexto que se empezó a construir el fraccionamiento Chapultepec Heights en loque hoy se conoce como Las Lomas de Chapultepec. El diseño del lugar se inspiró en las ciudades jardín, una propuesta de finales del siglo XIX del urbanista inglés Ebenezer Howard. Harto de las ciudades posindustriales inglesas, Howard imaginó qué pasaría si viviéramos en lugares con las posibilidades sociales de la ciudad y la belleza y paz del campo.

El modelo se basaba en un conjunto de círculos concéntricos; al centro habría un parque comunitario rodeado de museos, teatros, hospitales, iglesias y otros servicios urbanos. Alrededor de este primer círculo, habría vialidades ybulevaresque, a su vez, separarían terrenos de mínimo 180 m2 para la construcción de casas con jardín. Más que una propuesta urbana, las ciudades jardín eran un proyecto social que pretendía la autosuficiencia y en el que las relaciones entre sus habitantes (máximo 32 000 personas) se regirían por un sentido de comunidad y de bienestar colectivo.

Publicidad de Garden City

Fuente: Verdaguer, Carlos, “El campo y la ciudad, áreas de reencuentro. Hacia una Nueva Cultura del Territorio”, Hábitat y Sociedad, 2013, pp. 11-40.

En el caso de Chapultepec Heights lo único que se tomó de los preceptos iniciales de Howard fue la idea de construir casas con jardín y vialidades de un trazo orgánico. Sin embargo, la publicidad se encargó de promocionar la nueva colonia como un centro residencial selecto, con aire puro, suelo firme y un elevado espíritu de la belleza colectiva en el que se podía tener una casa campirana con las ventajas de vivir en la ciudad.

Publicidad de Chapultepec Heights

Fuente: Fierro Gossman, Rafael, “Loma del Rey 920, Lomas Chapultepec”, Grandes casas de México, 30 de abril de 2016.

Para quienes podían pagarlo, comprar una propiedad en la zona era una inversión a futuro. Y aunque cuando la colonia comenzó a construirse las propiedades eran más baratas que hoy, el estatus económico de quienes desde entonces vivían ahí era más alto que el del resto de la población. Tanto la vida de la zona como lo que se construía era reflejo de esa bonanza. No era raro escuchar que incluso María Félix había asistido a una fiesta en la casa de algún vecino. Así, el horizonte del poniente de la ciudad comenzó, poco a poco, a llenarse de casas grandes —emplazadas en terrenos aún mayores— con jardines en los que todavía era posible ver venados.

En cuanto a la arquitectura, muchas casas fueron construidas de acuerdo a los estilos en boga: primero el colonial californiano, luego el mid century y después las casas setenteras, pero siempre procurando reflejar el buen gusto de la clase más alta de la ciudad.Con el paso de los años, el estatus de la colonia se convirtió en un sueño que sólo las personas con mayor poder adquisitivo podían alcanzar; incluso quizás para muchos, adquirir una casa en Las Lomas era sinónimo de haberse realizado.

En torno a Las Lomas hay un halo de misterio. Quienes vienen se sorprenden de su tranquilidad y aseguran que parece que no están en la ciudad por el silencio que siempre persiste. Es una colonia poco transitada donde no es muy frecuente ver personas caminando porque no hay mucho que hacer. Para quienes no viven aquí, Las Lomas es un lugar de paso (inaccesible salvo que llegues en coche) al que sólo se va si se tiene algo que hacer.

La imagen de las calles también contribuye a la sensación de calma; se trata de largos camellones arbolados tapizados con pasto que, independientemente de la época del año, siempre se mantienen verdes porque siempre los están regando. De alguna manera es un sitio que parece estar atrapado en el tiempo, incluso a veces da la sensación de que sólo persiste por la memoria de quienes lo habitamos y por la aspiración de aquellos que sueñan con vivir aquí.

Al igual que en el fragmento de Blanco Nocturno no pasa mucho. En realidad se trata de un lugar en el que parece que los problemas del resto de la ciudad no tienen cabida; el calor se siente menos, abundan las áreas verdes y no parece que el agua escasee. La mirada de los vecinos se posa en nimiedades que rompen la calma del día a día: desde detenciones de políticos por comer pato laqueado, hasta la presencia de un vendedor ambulante de comida de quien se quejan porque está haciendo de nuestra colonia otro Bombay.

Aunque muchas de las casas construidas desde un principio han permanecido, en tiempos recientes es cada vez más frecuente ver en sus fachadas letreros de SE VENDE. La tentación por vender puede ser fuerte y no es de extrañarse; tanto el pago del predial como el costo de mantenimiento cada vez son más altos. Además, en ocasiones se trata de casas que ya quedan grandes y se vuelven poco habitables, sobre todo si quienes viven ahí son de edad avanzada.

Al igual que en otras partes de la ciudad, los compradores son parte de inmobiliarias. En su voracidad por adquirir terrenos en Las Lomas, desconocen la historia del lugar y todo se reduce a que es una zona prestigiosa plagada de “casas viejas” cuya demolición permitiría construir vivienda con mayor valor en el mercado. Buscan convencer a sus viejos habitantes de abandonar sus casas —y sus memorias en ellas— con el argumento de que vender sería un gran acierto; podrían quedarse un departamento en el nuevo desarrollo y ganarse unos millones para vivir muy bien. Y aunque probablemente así sería, para algunos propietarios —quizás románticos o soñadores— el valor de las casas y los terrenos va más allá de las ganancias económicas. Las casas (aunque se estén cayendo) valen por lo que son; por el jardín que tenemos, por los árboles que hemos visto crecer, por todo lo que aquí hemos vivido. 

Para quienes hemos decidido permanecer pese a la seductora oferta de los desarrolladores, la demolición de las casas hace sentir que, tal vez un día —probablemente pronto— derrotados ante la especulación o por presión directa o indirecta de los desarrolladores, ya no podremos habitar aquí. Los muros destruidos adquieren proporciones simbólicas y se convierten en una amenaza constante que recuerda que, con ellos, se pierde una parte de la historia de nuestra vida, de nuestros recuerdos y de nuestra ciudad.

Lo anterior ha dado paso a nuevas casas de estilo toscano-tropicalizado que buscan desesperadamente reflejar riqueza y buen gusto.Son impenetrables visual y físicamente, y hacen que incluso quienes hemos vivido aquí toda la vida comencemos a sentirnos fuera de lugar. Aquellas fachadas altísimas están resguardadas por hileras de camionetas blindadas y hombres trajeados que, armados, esperan de pie y despiertan la curiosidad de quien va pasando. No es extraño que se rumore sobre la identidad de los nuevos vecinos; ¿serán influencers o jóvenes empresarios?, ¿acaso habrá algún vecino narco?

Ninguno de estos cambios es relevante para la mayoría de los ciudadanos o para el funcionamiento de la metrópoli. Bien decía el protagonista de Las batallas en el desierto: “…se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia”. Y aunque no se trata de tener nostalgia ciega por el pasado, es inevitable pensar que, al cambiar un lugar, desaparece también el reflejo de su época.

El cambio en las ciudades es inevitable y es parte de su historia. Sin embargo, pareciera que hoy en día el atractivo de los lugares se reduce a su prestigio y a su valor económico. En esta ciudad deslumbrada con lo nuevo, obsesionada con el progreso y el desarrollo, no hay que olvidar que algunos sitios valen sólo por los recuerdos y el pasado que evocan y que preservarlos es importante. Si no lo logramos es triste, pero —como en el texto de José Emilio Pacheco— en realidad no pasa nada.

 

Diana Cordero
Arquitecta y estudiante de maestría de El Colegio de México


1 Sanchez, Gabriela, “Evolución legislativa de la planeación del desarrollo y la planeación urbana en México”, Boletín Mexicano de Derecho Comparado, 2011.

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Publicado en: Economía