Las dos izquierdas

Presentamos un fragmento de Las dos Izquierdas (Debate), de Jorge G. Castañeda y Joel Ortega Juárez. Los autores presentarán el libro con Maruán Soto Antaki el sábado 24 de febrero en la Librería Porrúa del Bosque de Chapultepec.


A partir de la Revolución Mexicana, la historia de la izquierda en México es la historia de dos corrientes: la que se reclamaba de la gesta de 1910-1917, y la que buscó deslindarse de la misma y de los gobiernos que de ella emanaron. La primera la denominaremos la izquierda de la Revolución Mexicana (RM), que comúnmente también ha sido la llamada del nacionalismo revolucionario; la segunda, la izquierda independiente. Como veremos, ninguna de las dos categorías es pura. Dentro de cada una existieron subcorrientes de una izquierda que se acercaba en distintos momentos a la otra izquierda; personajes, partidos y movimientos de una izquierda se reubicaban en la otra y de vuelta. Asimismo, el pensamiento y la acción de múltiples actores de una izquierda se vieron imbuidos por muchas de las ideas de la otra. Los socialistas, comunistas, trotskistas, maoístas, castristas, cristianos de base y simples guerrilleros de la izquierda independiente siempre tuvieron como referente la Revolución Mexicana, aunque no se reclamaran de ella. Muchos de los grandes intelectuales, artistas, activistas y políticos de la RM, dentro y fuera del gobierno, se reconocían en el marxismo, por lo menos conceptualmente. Por ello, como sostendremos, conviene distinguir entre el nacionalismo revolucionario de la izquierda de la RM, de aquel que a partir de los años veinte del siglo pasado, y sobre todo a partir de 1940, pasó a ser la ideología oficial del estado mexicano, sin que imperara mayor correspondencia entre dichos postulados y las políticas públicas concretas aplicadas en la realidad, con la excepción del periodo cardenista. Muchos integrantes de la izquierda de la RM eran sinceros en sus divergencias con sucesivos gobiernos del Partido de la Revolución Mexicana-Partido Revolucionario Institucional (PRM-PRI), y esas divergencias eran sustantivas.

Asimismo, no argumentamos que esta constituya la única dicotomía posible de la izquierda mexicana. Existen, por supuesto, otras, que en un momento determinado, o para un grupo de organizaciones o movimientos determinados, o para ciertos individuos en ciertas coyunturas, podrían utilizarse adecuadamente. Entre ellas destaca la división entre izquierda revolucionaria e izquierda reformista; entre izquierda pacífica e izquierda armada; entre izquierda comunistas e izquierda socialdemócrata, o entre izquierda institucional e izquierda extraparlamentaria. Todas estas categorías pueden haber sido, o ser aún, apropiadas, pero se subsumen, en nuestra opinión, a la que aquí hemos esbozado.

Por izquierda aquí entendemos aquellas posiciones políticas e ideológicas —de personas, agrupaciones, partidos, sindicatos, universidades, publicaciones, gobiernos extranjeros— que se han empeñado a lo largo del último siglo y medio en México por cambiar el estado de las cosas vigente hacia otro, menos desigual, más próspero, más nacionalista, más solidario, más democrático, sin necesariamente tomar en cuenta las consecuencias imprevistas o no deseadas de sus acciones, ni la incompatibilidad de unas metas con otras. En última instancia, toda acepción de la palabra izquierda es autodefinitoria o de alteridades: es de izquierda quien así se define, y quien así es definido por otros. Conviene insistir en el carcácter multifacético del término izquierda: no se limita a la izquierda partidista o electoral, sino que abarca muchas más expresiones: social, intelectual, cultural, ambientalista, religiosa, etcétera.

Hemos privilegiado las relaciones de las distintas izquierdas consigo mismas, con distintos sectores sociales y movimientos, con el resto del mundo, en lugar de centrarnos en sus aspectos programáticos. Por dos razones: primero, el examen de las diferentes propuestas de izquierda, desde 1920 en todo caso, se ha llevado a cabo por múltiples autores o protagonistas. Segundo, porque con la excepción parcial del periodo cardenista, hasta 2018 la izquierda no había gobernado en México. Por lo tanto, escudriñar y desmenuzar sus infinitos y en ocasiones bizantinos debates sobre “¿Qué hacer?” (Lenin) puede dar lugar a un ejercicio hasta cierto punto ocioso. No suprimimos la discusión programática, pero no le hemos asignado la prioridad que ha podido revestir en otros empeños semejantes.

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Las dos corrientes en la izquierda mexicana desde el principio de la Revolución se separarán claramente a partir de 1919. La muerte de Zapata, la neutralización política de Villa y el creciente giro conservador del bloque en el poder abrirán un espacio para una tendencia de izquierda dentro del mismo. Pero provocaron también un alejamiento de quienes creían con más fervor en los compromisos de la Constitución en materia agraria, laboral, educativa y de soberanía nacional. Una corriente de la izquierda anterior se integrará paulatina pero continuamente a los sucesivos gobiernos a partir de Obregón; la otra, la radical e independiente, se alejará de dichos gobiernos, aunque en distintos momentos se aproximará a ellos coyunturalmente. El acontecimiento decisivo para la creciente separación de ambas tendencias será la creación, a finales de 1919, del Partido Comunista Mexicano.

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La 4T es la izquierda de la Revolución Mexicana en el poder en el siglo XXI; no es el nacionalismo revolucionario del PRI al mando. Huelga decir que no proliferan las semajanzas entre la izquierda de la RM y el priismo, manifiestas en la práctica y en el discurso de López Obrador —hasta las guayaberas y las aguas frescas de Palacio—, pero son analogías secundarias. De la misma manera que surgieron y desaparecieron el lombardismo, el henriquismo, el MLN, el PMT, y muchos otros grupos que hemos descrito a lo largo de los años y de estas páginas, sí existió y subsiste —ahora en el poder— una izquierda de la RM distinta al priismo incrustado en el aparato de Estado mexicano a partir de 1940 (aunque se llamara inicialmente PNR y PRM).

Persisten igualmente diferencias entre lo que queda de la izquierda independiente y, sobre todo, entre López Obrador y los grupos nuevos surgidos a lo largo de los últimos 30 años a la izquierda del PRD y de Morena. Los desencuentros entre los grupos feministas y el gobierno lopezobradorista son bien conocidos; las críticas al feminismo por parte del propio presidente sorprendieron inicialmente, pero al profundizarse se han vuelto parte del paisaje político nacional. Las activistas del pañuelo verde siguen esperando una iniciativa de ley que autorice la interrupción del embarazo en todo el país. Quienes se esperanzaron con el hipotético apoyo del régimen morenista a la legalización de la marihuana, o incluso de otras drogas, rápidamente se desilusionaron, aunque no todos hayan verbalizado su desencanto. El fallo de la Suprema Corte no ha desembocado en iniciativas legislativas propuestas o aprobadas por Morena. Lo mismo ha sucedido con las comunidades LGBTQ+, que se han visto obligadas a resignarse con los fallos de la Corte y algunos estados sobre el matrimonio igualitario, de nuevo esperando más o menos parcialmente la legislación federal al respecto.

Ni qué decir de los ambientalistas o grupos organizados de combate al cambio climático. Entre la obsesión presidencial con el petróleo y el gas; su desprecio por las energías no renovables, y en particular la eólica, uno de cuyos primeros impulsores fue Arturo Whaley, fallecido tras una larga hemiplejia por un accidente automovilístico; su veneración por la CFE tradicional; el Tren Maya, y el incumplimiento de las metas de los acuerdos de París, resulta palmaria la distancia entre el gobierno mexicano de 2018-2024 y uno de los frentes más visibles, militantes y progresistas del mundo. Con otra comunidad independiente que forma parte de este embrión de nueva izquierda —la de derechos humanos— la reacción visceral de López Obrador es particularmente notoria. Guarda un profundo desprecio hacia las organizaciones no gubernamentales e intragubernamentales dedicadas a estas causas, y simultáneamente un respeto reverencial a algunos violadores de derechos humanos en el mundo, empezando por Cuba. En cuanto a los pueblos originarios, más allá de la nostalgia folclórica de López Obrador, sus berrinches con el rey de España y sus constantes recursos al epíteto de racista para denostar a sus adversarios, el presupuesto del INPI ha descendido brutalmente, las comunidades del sur-sureste se han movilizado contra el Tren Maya, y los residuos del zapatismo en Chiapas han sido virulentos en sus críticas a la 4T.

La explicación de ambos fenómenos —la indiferencia de López Obrador y el alejamiento de las comunidades pertenecientes a los herederos de la izquierda independiente— yace en lo que hemos descrito en estas páginas. Todas las tesis de Morena-gobierno forman parte del glosario de la izquierda de la Revolución Mexicana, que nunca abrazó las causas citadas. Algunas quizá no existían —la liberación gay, la legalización de las drogas—, pero la lucha por el aborto, o la defensa del medio ambiente, son cruzadas que se remontan a los años setenta del siglo pasado, por lo menos. Nunca recibieron respaldo o solidaridad de la izquierda de la RM, en cualquiera de sus acepciones o manifestaciones. Hasta cierto punto, con razón: ante las gloriosas insignias del cardenismo de los años treinta, de Lombardo Toledano, del MLN, e incluso del cardenismo post 1988, estas banderas no ocupaban un lugar prominente en el orden del día. Algunas debían en realidad desterrarse de la misma. No nos referimos a los escandalosos excesos de Lombardo frente al movimiento estudiantil de 1968, ni a la clásica admonición estalinista de que todos estos desafíos —sobre todo el de las mujeres o razas— se superarían con el advenimiento del socialismo en automático.

El priismo puro, a pesar de un cierto conservadurismo cultural, profesaba actitudes y apoyos más flexibles. Nunca enarboló causas de esta naturaleza, pero no las rechazaba. En la época de Echeverría, México fue sede de la primera Conferencia de la ONU sobre Mujeres, desempeñó un papel destacado en la primera Conferencia sobre Medio Ambiente en 1972, se introdujo la contracepción masiva en México. López Portillo nombró a la primera mujer secretaria de Estado —no por las mejores razones— y a la primera gobernadora; Salinas comenzó a entender la lógica del cambio climático y creó la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) —de nuevo, no por las mejores razones—. Zedillo no se entusiasmaba por ninguna de estas luchas, pero tampoco las despreciaba. La ortodoxia priista, justamente por no ser presa nunca de la izquierda de la RM, salvo en parte durante el cardenismo, no se alineó con estas causas ni las enajenó. Incluso la juventud y las revueltas culturales del 68, una vez clausurada la era de la represión, fueron incorpordadas de alguna manera por los sexenios priistas siguientes.

Todo esto es lo que el lopezobradorismo no es, y que lo disitingue de la izquierda independiente, guardando el debido respeto a los tiempos y evitando los anacronismos. Lo que es radica en la materialización de los sueños de la izquierda de la RM, y que el priismo-nacionalismo revolucionario en el poder nunca aterrizó, salvo entre 1936 y 1940. Si vemos rubro por rubro las viejas tesis de la izquierda de la Revolución Mexicana, y las políticas públicas o intenciones concretas de la 4T, las similitudes se antojan extraordinarias. Mientras que la gestión realmente existente de Morena en el poder se aparta de manera significativa tanto del priismo de toda la vida como de los anhelos de la izquierda pendiente.

 

Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Entre sus libros: Las dos izquierdas y Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia.

Joel Ortega Juárez
Fue profesor de la UNAM (1975-2013) y militante del Partido Comunista Mexicano (1963-1981). Activista en el movimiento de 1968 y sobreviviente de las masacres de Tlatelolco y del 10 de junio de 1971. Ha sido analista en Excélsior, La Jornada, Milenio y actualmente colabora en la revista Siempre. Es autor de Adiós al 68, publicado en Grijalbo.

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Publicado en: Política

Un comentario en “Las dos izquierdas

  1. Un excelente análisis, sin duda la izquierda ya no puede identificarse con un modelo económico anacrónico de la segunda mitad de la década de los años treinta, tampoco se trata de encasillarla en los movimientos que desembocaron en violencia y represión en las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta. Tiene más que ver con el ejercicio de la libertad y la intervención del Estado para su control; en las decisiones del aparato de gobierno que afectan derechos intangibles pero tan esenciales como el medio ambiente, la salud o derechos de inclusión y equidad; en el fondo, es conocer y limitar el ejercicio del poder a través de sus políticas públicas en estos temas, o incluso, en la improvisación de acciones que más parece autoritarismo que actos de buena fe.

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