La sorpresa no se ausentó de las calles de Barcelona durante los eventos de mayo de 1937. En medio del estruendo de la Guerra Civil Española, George Orwell quedó perplejo frente a un afiche. Al igual que el resto de la propaganda de la época, aquel póster no conocía la timidez en su mensaje; en él se representaba al Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) enmascarado con la hoz y el martillo, ocultando tras de sí un rostro marcado con una cruz gamada. Esta propaganda no provenía de los falangistas o de otros grupos reaccionarios, sino del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), defensor de la causa republicana, pero enemigo jurado de los trotskistas del POUM.
La paranoia por una supuesta quinta columna se expresaba, en un primer momento, por medio de esa dura campaña propagandística entre izquierdas que exigían a sus congéneres un “fuera máscaras, o están con nosotros o están con el fascismo”. Después de los afiches llegaron las balas entre los que habían dejado atrás el “Señor” y el “Don” para sustituirlo por el “Camarada”. Orwell no quería reconocerlo, pero la muerte a manos del PSUC del joven militante británico del POUM, Bob Smillie, le abrió los ojos. Como un uróboro, la izquierda se devoraba a sí misma en el instante en que más necesitaba la unidad.
Pasando los Urales, las cosas eran distintas. Un año antes, en la Francia de la Tercera República, una coalición de izquierdas consolidó con éxito un proyecto electoral único. Detrás de él se enfilaban la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO), el Partido Comunista Francés (PCF), el Partido Radical Socialista, y organizaciones obreras y cívicas como la CGT y el Movimiento contra la Guerra y el Fascismo. Contra todo pronóstico ganaron la mayoría dentro de la Asamblea General.
El terreno donde nació esta alianza “imposible” fue la desgastada Europa de principios del siglo XX: los miles de soldados convertidos en obreros marginales tras la Gran Guerra, la Gran Depresión, y el ascenso del nazismo y el fascismo en Alemania e Italia. La extrema derecha se empezó a esparcir por Francia con muestras de fuerza como la manifestación en París del 6 de febrero de 1934, o con el fortalecimiento de proyectos como el Movimiento Francista de Marcel Bucard, quien recibía financiamiento directo de Mussolini.
Aunque era evidente la necesidad de una alianza para combatir el avance de la derecha, no era una tarea sencilla. La pugna entre estalinistas y trotskistas fracturaba a las izquierdas francesas; entre el SFIO y el PCF no había buena relación y Maurice Thorez, Secretario General del PCF, impulsó una alianza con el SFIO de León Blum y otras organizaciones socialistas para unirse contra el ascenso de la derecha. Consolidando esta alianza, las izquierdas se dieron cita en una manifestación multitudinaria el 14 de julio de 1935. Así, en medio de la fiesta nacional que conmemora la Revolución Francesa, 500 000 personas se unieron detrás del lema “Pan, Paz, y Libertad” sin saber que momentos después lograrían la anhelada victoria.
Ese día, entre las multitudes y las calles, parados sobre el pavimento de la Plaza de las Bastilla, había nacido el Frente Popular.

Un juego llamado Quinta República
El 9 de junio de 2024 era un domingo que debía pasar sin pena ni gloria para la gran mayoría de los franceses. Esa tranquilidad dominical se interrumpió a las 21:00 horas por un mensaje televisado de Emmanuel Macron, que compartía su decisión de disolver la Asamblea Nacional. “He decidido devolver la elección de nuestro futuro parlamentario a través del voto”, sentenciaba Macron, “el Presidente de la República no puede hacer oídos sordos al mensaje enviado por los franceses esta noche” sorprendiendo incluso a su propio gobierno. En ese momento, se convocaban elecciones anticipadas con una primera vuelta el 30 de junio y una segunda el 7 de julio.
Macron tomaba esta decisión momentos después de que se conocieran los resultados de las elecciones europeas que sucedieron ese mismo día. Como en todos los países miembros de la Unión Europea, estos comicios se celebran cada cinco años y permiten que los votantes elijan de manera directa a sus representantes en el Parlamento Europeo. Cada país tiene un número determinado de escaños que se asignan proporcionalmente en función de su población. Los partidos políticos nacionales presentan listas de candidatos y los ciudadanos votan por una de estas listas.
Aunque estas elecciones son prácticamente irrelevantes para la mayoría del electorado nacional en los países europeos, sus resultados son un buen termómetro de la afiliación ideológica de los electorados. En este sentido, los resultados fueron claros; la lista presentada por Rassemblement National (RN) —llamado Front National hasta 2018— fue electa por la mayoría de los franceses con una diferencia enorme frente a los otros grupos políticos. El grupo de Macron, Ensemble (LREM), quedó detrás de RN pero con una distancia de 15 puntos porcentuales entre ambos. Detrás de LREM, las izquierdas divididas: el Partido Socialista (PS) y La Francia Insumisa (LFI).
Las razones detrás de la decisión de Macron fueron motivo de múltiples suposiciones. En un momento de gran vulnerabilidad para su proyecto político exacerbó la posibilidad de ser lacerado por una fuerza opositora creciente. Desde el nacimiento de la Quinta República en 1958, el poder en Francia se encuentra dividido en dos: el presidente se encarga de la política exterior y la defensa, mientras que el primer ministro gestiona las políticas domésticas y coordina las acciones de gobierno por medio de sus ministerios. Si bien el presidente nombra a su primer ministro, éste debe tener el apoyo de una mayoría dentro de la Asamblea General para tomar el cargo y formar un gobierno.
En el escenario de mayor estabilidad política, el primer ministro y el presidente pertenecerían al mismo partido. El presidente delinearía las prioridades políticas nacionales. El primer ministro gestionaría el apoyo en la Asamblea Nacional para aprobar leyes, y en caso de ser aprobadas las ejecutaría. En este escenario el ejercicio del poder se concentra en lo fundamental en lo que el presidente dicte y mande. No obstante, en Francia está previsto que coincidan un presidente y un primer ministro de diferente partido, pero estas circunstancias son raras: sólo ha sucedido tres veces en la historia de la Quinta República.
Desde su elección en 2017, Macron experimenta una pérdida de poder progresiva en lo que se refiere a la presencia de su grupo político en la Asamblea Nacional. En 2022, LREM perdió la mayoría absoluta que le permitió gobernar los primeros años del macronismo, con un primer ministro propio que operó sus principales reformas. Desde su reelección en 2022 hasta la disolución del 9 de junio, Macron mantuvo el control de gobierno con dos primeros ministros —Élisabeth Borne y Gabriel Attal— que cada vez contaban con menos apoyo para aprobar e implementar reformas relevantes. El ejemplo perfecto de esta pérdida de poder fue el uso desmedido de sus poderes ejecutivos para aprobar medidas impopulares sin tener el apoyo de la Asamblea Nacional, como lo fue el aumento de la edad de retiro de 62 a 64 años.
Macron vio en los resultados de las elecciones europeas una tendencia que, de continuar así, lo llevarían a entregar la Presidencia a RN en 2027. En este sentido y muy a pesar del momentum en la popularidad de RN, Macron confió en que llamar a elecciones legislativas anticipadas formaría los bloques políticos necesarios para crear un frente común para contrarrestar el ascenso del RN.
La apuesta era arriesgada. En el peor de los casos, si los bloques políticos no demostraban suficiente éxito electoral, Macron tendría que enfrentar una mayoría absoluta del RN, que impondría un primer ministro y un gabinete compuesto por sus propios miembros. En un escenario igual de adverso para Macron, aunque no el peor, tendría que lidiar con una mayoría absoluta de la izquierda, con la cual tiene diferencias ideológicas profundas, en especial con LFI. El escenario ideal para Macron, como es claro, sería la consolidación de una mayoría absoluta de su partido. En caso de que ningún partido o coalición obtuviera una mayoría absoluta y conforme a tradición, el presidente debería solicitar a la fuerza ganadora (incluso con mayoría relativa), la conformación de un gobierno.
Así, más que un milimétrico cálculo político, Macron consideró que la terapia de choque era la mejor medicina para un escenario político donde el RN no tendría oposición en su camino a la Presidencia en 2027. Sólo un reacomodo de fuerzas en la izquierda, el centro y la derecha podían liberar de su impasse al gobierno de un país que se encontraba a días de hospedar los Juegos Olímpicos.
Desde el mensaje de Macron el 9 de junio hasta el 7 de julio, el sistema político francés se caracterizó por la velocidad de su transformación. Apenas veinte días había entre la convocatoria y la fecha de la primera vuelta, exigiendo a todas las fuerzas políticas una disciplina intensa para no perder ningún momento provechoso en los días de campaña. A lo largo y ancho de la República Francesa —incluyendo no sólo la Francia metropolitana, sino también los territorios de ultramar—se disputaban un total de 577 circunscripciones electorales en donde las candidatas y los candidatos tenían que participar de forma constante en debates, tertulias televisadas y actos públicos.
No pasarán: el Nuevo Frente Popular y el Bloque Republicano
Al momento en que Macron convocó a elecciones el 9 de junio, la izquierda francesa estaba —como en 1935— profundamente dividida en dos polos: LFI y el PS. El contexto de esta división fue el fracaso de la Nueva Unión Popular Ecológica y Social (NUPES), una coalición hecha para las elecciones legislativas de 2022. Sus integrantes eran los mismos; al PS y a la LFI se integraban el PCF y el Partido Ecologista. La alianza evitó una mayoría absoluta del macronismo pero, al mismo tiempo, al llegar a la Asamblea Nacional, los grupos parlamentarios se separaron por partidos.
Poco a poco, el contexto —nacional e internacional— fracturó más a los exintegrantes de NUPES. Acusaciones del PS a la LFI de antisemitismo por oponerse al genocidio en Gaza, la relación del líder del PCF con algunos cuadros de derecha, fueron algunos reproches que ocasionaron una fragmentación que duró hasta la noche del 9 de junio. No pasaron más de un par de horas del comunicado de Macron para que, de todos los partidos de la ex NUPES, salieran varios militantes a exigir un nuevo acuerdo entre izquierdas, sugiriendo que la consecuencia de no lograrlo era la consolidación de un gobierno de RN. Para el día siguiente, parecía que la mesa estaba puesta para un acuerdo; nacía el Nuevo Frente Popular (NFP) ante la expectativa de que separada la izquierda, perderían definitivamente, pero juntos podían ganarlo todo. El proyecto atrajo incluso al expresidente socialista François Hollande, que salía de su retiro para candidatearse bajo la bandera común del NFP.
Dos condiciones fundamentaban la unidad del Nuevo Frente Popular. Primero, se debían adherir a un programa común que contemplaba: aumento del salario mínimo, abrogación de la reforma de retiros, inversión sin precedentes en los servicios públicos, y el reconocimiento de Palestina como Estado. Además, no habría ninguna figura propuesta para el puesto de primer ministro hasta concluidas las elecciones. Esta última condición obligaba a las figuras más célebres de los partidos a mantener una gran disciplina para evitar que se personificara la causa de la coalición. Lo anterior contrastaba con sus contrincantes: RN ponía como candidato a primer ministro al joven Jordan Bardella, y LREM proponía mantener a Gabriel Attal en su puesto.
Contra viento y marea, el NFP llegó a la primera vuelta de las elecciones, donde quedó segundo bajo RN con una diferencia de casi cinco puntos porcentuales. En tercer lugar, LREM con siete puntos menos. Ante tales circunstancias e inmediatamente después de conocer los resultados, Jean-Luc Mélenchon declaró de manera pública que establecía que en los distritos en los que NFP no era competitivo contra RN, retirarían su voto para favorecer a los candidatos de LREM. Por su parte, Gabriel Attal de LREM y actual primer ministro declaró lo mismo en sentido inverso.
Este hecho sin precedentes en la historia de la Quinta República pretendía establecer un Barrage Républicain: una acción electoral que requería al centro y a las múltiples izquierdas bajar las armas para contrarrestar el ascenso de la derecha al poder. Para RN, esta alianza era contra natura, y ponía tras de sí ejemplos concretos: por ejemplo, en el distrito de Élisabeth Borne, responsable de la reforma de retiros de Macron, se retiraría el candidato del NFP para favorecerla. No obstante, para NFP esta estrategia tan pragmática se sostenía en el desesperado y bucólico ¡No pasarán!
Finalmente, para la segunda vuelta que se haría una semana después, se vieron los frutos de esta estrategia: de los 577 escaños, el NFP ganaba la mayoría relativa con 180 diputados, seguido de LREM con 163, y en tercer lugar RN con 143. En la matemática electoral dos cosas destacaron ese 7 de julio. Por un lado, estas elecciones fueron las que mayor participación tuvieron en décadas, con 59.7 % del padrón electoral. En 2022, la participación se mantuvo en 38.1 %. Por otro lado, RN fue el partido que más aumentó su fuerza en la Asamblea Nacional, con 54 diputados más de los que tenían en 2022.
Ante la ausencia de una mayoría absoluta, el presidente promovió un discurso en el cual no había ganadores de la elección. A pesar de que una gran cantidad de actores defendía el derecho del NFP de proponer al primer ministro y la conformación de gobierno, el presidente resistió la presión y se dirigió a la nación, no para declarar un primer ministro, sino para sugerir que toda causa política debía esperar ante la inminente llegada de la flama olímpica a París.
Tregua olímpica
En una evocación a la Guerra del Peloponeso (y en una muestra clara de oportunismo político), Macron no dudó en utilizar las semanas preparatorias y de los Juegos Olímpicos de París 2024 como válvula de escape. En cierta medida, fue un tiempo que las otras fuerzas políticas también aprovecharon, en especial el Nuevo Frente Nacional que aún tenía por desafío nombrar a un candidato a primer ministro desde su coalición.
En un primer momento, LFI sugirió a Huguette Bello, militante comunista y presidenta del consejo regional de la isla de La Reunión. Bello fue apoyada por todas las fuerzas políticas salvo el PS, que la rechazó por considerarla demasiado radical, ocasionando un primer impasse. Después, el PS sugirió a Laurence Tubiana, una economista asociada al gobierno de Hollande y participante en iniciativas macronistas contra el cambio climático. Tubiana recibiría el apoyo de todos los partidos del NFP, salvo por el LFI que la bloqueó por ser demasiado cercana al macronismo y por poner en duda la aplicación del programa electoral acordado por el NFP.
Por último, ante el impasse mutuo de LFI y del PS, el 23 de julio, dos días antes de la Ceremonia de Apertura de los Juegos Olímpicos, el NFP anunció humo blanco: habían logrado consenso sobre a quién nominar como primer ministro. Lucie Castets, quien ha destacado en varios gobiernos como alta funcionaria pública, siempre en la defensa de los servicios públicos. Castets, de 37 años, logró combinar las exigencias del PS y LFI al ser un perfil suficientemente radical para anteponerse a las medidas más neoliberales de Macron y, a la vez, moderada para establecer un diálogo con los centristas e implementar el programa electoral del NFP.
El presidente Macron decidió que los nombramientos tendrían que esperar la conclusión de los Juegos Olímpicos, argumentando la necesidad de escuchar a todas las fuerzas políticas en la Asamblea Nacional. Sin embargo, ese diálogo no se ha concretado hasta la fecha. Macron, en un gesto que algunos interpretan como propio de un monarca autoproclamado, se reserva el derecho de interpretar a su conveniencia la voluntad expresada por los franceses en las urnas. Si se asumía que las elecciones ofrecerían al presidente un termómetro de la filiación ideológica del electorado, lo que en realidad es evidente es un rechazo continuo hacia una derecha en crecimiento exponencial y, a la vez, un desprecio hacia la arrogancia con que se ha gobernado en los últimos años, ignorando las legítimas preocupaciones de la base social.
Esta base ha sido testigo del desmantelamiento de los servicios públicos, del favoritismo hacia las grandes fortunas y de prácticas antidemocráticas como la imposición unilateral de la reforma de pensiones. Quizá el ejemplo más claro de esta desconexión es que, mientras Macron proclamaba “el fin de la abundancia” y pedía a los franceses apretarse el cinturón, los gastos sociales del Palacio del Elíseo alcanzaron un máximo histórico, incluyendo cifras exorbitantes destinadas a ofrecer en el Palacio de Versalles una recepción oficial para el rey Carlos, con empresarios, funcionarios públicos y Mick Jagger.
En este escenario, Macron se distingue por creer que puede seguir sus propias reglas, estirando tiempos e ignorando condiciones. Sin embargo, el sistema político francés será reactivo a las intervenciones del presidente de la República. Los siguientes meses serán decisivos en Francia. Claro está que el riesgo de no respetar ese marco común —en tiempos y formas— en el que todos los actores han jugado de manera justa y abierta, pone en duda la estabilidad de la Quinta República, frente a la audacia y descaro de un líder jupiterino.
Juan Carlos Serio Covarrubias
Analista Político
Gracias, Juan Carlos, muy intresante tu descripción del momento. No pude más que pensar en que Macron no fue tan salvaje como Díaz Ordaz a poco tiempo de las Olimpiadas, éstas en México, éstas en 1968, éstas reprimiendo a estudiantes a sangre y persecusiones.
No hay que olvidar un rechazo cada vez mayor de la población hacia las guerras como factor a tomar en cuenta.