Gracias a los oficios de mi colega Humberto Beck, este breve ensayo se publicó en línea en la revista Horizontal en marzo de 2015. En su momento fue replicado por Pablo Piccato, Roberto Breña, Rodrigo Negrete y Alejandro de Coss. Dado que ya no se encuentra disponible, se publica de nueva cuenta, con leves modificaciones, por si acaso resultara aún pertinente la cuestión de si los ricos y famosos deben pergeñar y ejercer públicamente un código de honor
Hay un déficit de honor en la sociedad mexicana —del honor entendido como esa cualidad moral que lleva al cumplimiento de la propia responsabilidad (en buena medida autoimpuesta) y a la salvaguarda de la reputación personal que deriva de su cumplimiento. El honor —un valor que de manera legítima puede considerarse de antiguo régimen, pero vigente en una perspectiva republicana— no ha venido a lubricar y potenciar la vida pública mexicana. Ésta es entonces lenta, estridente, ineficaz. Abundan entre nosotros procesos que no deberían llegar al litigio formal, que no deberían explotar, o que en todo caso deberían resolverse con una decisión personal, clara, inequívoca: no acepto esto; renuncio a un cargo o a algún beneficio a los cuales tendría en principio derecho, pero cuya aceptación marcaría de forma negativa mi integridad personal o la imagen de una institución pública. El honor en la vida republicana es lo que no está en la ley o lo que está antes de la ley pero que aligera, favorece, alimenta su imperio.
La ausencia del honor como valor público tendría en principio una explicación sociocultural: nuestras élites (es decir, los oligarcas de los bienes y el dinero, por un lado, y los oligarcas del poder que emana de las instituciones políticas, por otro) no han producido imágenes ejemplares ni liderazgos éticos, es decir, auténticos valores públicos. En México (con alguna salvedad, diría en aras de la estadística) no hay un verdadero “patriciado” en el sentido de la tradición republicana occidental, esa que va de Roma a los Padres Fundadores estadunidenses y a ciertos republicanos del mundo iberoamericano: una condición de jefatura moral enraizada en servicios a la república, a la libertad o a la democracia. Un ejemplo: en México casi no tenemos ricos que gocen de estima pública, sino nada más ricos famosos porque son ricos. Esta riqueza les sirve exclusivamente a ellos, no a la sociedad —sugiero entonces que hay sociedades donde un rico puede ser, por decirlo así, un “bien público”. En alguna medida es su culpa: no tienen ni imaginan un código para la república; habitan sólo sus propios lenguajes privados, su ideología, su negocio.
Tenemos hoy, insisto, oligarquías sin patriciado. Sugiero que una condición del patriciado es un sistema de valores a la manera de una interfaz para la vida pública. No bastan museos o beneficencias privadas; se extraña algo como la antigua ética del aristócrata (que en su origen fue un guerrero, Norbert Elias dixit) que sabe dónde, cuándo y por qué detenerse —que contribuye al tránsito del privilegio a la ciudadanía. La jerigonza católica de los oligarcas ya no sirve, en especial después de Marcial Maciel y sus correrías financieras. Desde las oligarquías experimentamos a diario lo contrario a una política del honor: la imposición de valores (familiares, empresariales, religiosos, políticos) que no son públicos. Nuestra estratificación social debe explorarse con otras preguntas, quizá con otros ojos. Si ya tuvimos una antropología de la pobreza en Óscar Lewis, ahora necesitamos una antropología (política) de la riqueza.
En particular, debemos identificar otra faceta de ese universo del privilegio: los políticos oligarcas. En este caso, la contradicción es palmaria y sublime: en México hay una especie endógena de políticos privados. Dilucidar cómo procesarían el honor los oligarcas políticos es útil. Si ejerzo o aspiro a un puesto de alta visibilidad pública (ministro de la Corte, dirigente de un partido político) el honor debería funcionar como una forma de autocontención: ¿hay dudas sensatas sobre mi actuación previa? ¿He pecado, aun discretamente, por omisión o comisión? Si dije esto y aquello, ¿soy digno del cargo? Quiebres pequeñísimos en la conciencia de los oligarcas del poder. Quiebres que no están, que no llegan.
¿Qué reúne a los oligarcas del dinero y a los de la política? La acumulación originaria (el imponer cercos privados en los territorios públicos, a la manera de los presupuestos y los recursos naturales) como el modo predilecto del capitalismo mexicano. Ambos expolian con independencia de la productividad y la innovación. Como sabemos, la acumulación originaria no requiere de mercados sino de relaciones, poder legal y político, información. Se acumula en privado (por decirlo así) a partir de relaciones de amistad, de compadrazgo, de favores.

En la cultura oligárquica el honor es débil porque lo que cuenta es la información privilegiada y —de manera concomitante— la secrecía. El honor —la oportunidad que damos a los demás para que nos juzguen según unos valores que nosotros mismos definimos— está subsumido a la acumulación y al privilegio. Sí, en México hay mercado para muchas cosas, excepto para el honor. Este no cotiza ni en bolsa ni en las otras formas de lo público. El juicio de la opinión pública tiende a ser un rumor, sin duda a veces difamatorio, no un acto político. El resultado es negativo para todos, y podría evitarse si de vez en vez los oligarcas se presentaran ante la sociedad para exponer sus razones y decir “no” a alguna ventaja o privilegio (o “sí”, pero mostrando al mismo tiempo la ruta para que se les observe y juzgue).
En fin, que los actos, parafernalias y vocabularios de nuestras élites son, a la fecha, nada más que genuflexiones frente al espejo, y no convocatorias para los otros, para el 99 %. Alguien podría decir que así son las élites, en todas partes y en todo tiempo. No necesariamente. Hay ejemplos de ricos, muy ricos, que pidieron que les subieran los impuestos en Estados Unidos, que abrieron los archivos de sus negocios para una historia empresarial en serio (en Estados Unidos y Europa), que fundaron universidades y centros de investigación para el conocimiento y no para la propaganda religiosa o ideológica. Y no digo que eso no suceda en México, digo que ocurre poco. Sí, hay ricos de ese estilo, ricos públicos. Y el honor es parte de sus activos: “Sí pienso así, hago esto y, por lo tanto, júzguenme”.
Advertencia: si no llega el honor, se intensificará la lucha de clases o en todo caso las formas más ríspidas y duras de la descalificación. Tenemos hombres y mujeres públicos cuyas relaciones e intereses privados sobredeterminan su imagen en la sociedad. Sin casi ningún tipo de visión, siguen adelante en cualquier aventura que implique poder o dinero.
El diseño institucional del poder público, por cierto, no ayuda a que los oligarcas del dinero y del poder recapaciten, ni a que el grueso de la sociedad explote la veta del honor como un arma cívica. Dada la naturaleza mayoritariamente uninominal del régimen político (300 diputados en distritos, por ejemplo), las manzanas podridas se aíslan en otros tantos mundos acotados geográficamente. Si el gobierno nacional o la representación política se eligiera por listas, a la manera parlamentaria, las manzanas podridas podrían contaminar toda la lista, a los vecinos de arriba y de abajo. El honor tendría entonces incentivos: habría candidatos que se avergonzarían de compartir una campaña política con alguien que los deshonra. Por eso los regímenes parlamentarios son más sensibles —que no infalibles— y precisos con respecto a pecados que, sin ser delitos, comprometen la vida pública: una sospecha de sobreprecio en las compras del gobierno, un abuso en el ejercicio del dinero público, etc., llevan con frecuencia a la renuncia o al aislamiento autoimpuesto, un conveniente ostracismo, no dictado por la ley sino por el honor.
Una política del honor es una política de la República. No todo son leyes, aunque estas ayudan a prever y castigar. Pero podría haber algo más, algo subjetivo, sutil, discreto, en el horizonte nacional. No está mal un país poblado por tantos astutos Ulises obsesionados con sobrevivir. Pero nos excedemos, y de qué manera. Se extraña en la vida pública algo de Áyax —un arcaísmo patricio, el honor como una posesión intransferible de los que aspiramos a la ciudadanía, un espíritu de república en el club privado de los oligarcas.
Ariel Rodríguez Kuri
Académico en El Colegio de México
Si algo sabe con certeza la oligarquía del poder y del dinero es la absoluta inviabilidad a mediano plazo del país que esquilman. Por eso su pereza ¿Honor? entre tanto exista este pueblo autodenominado mexicano, solo hallaremos honor en sus prodigiosos boxeadores.