Las narrativas de la elección

Dicen cotidianamente que, en retrospectiva, la visión siempre es 20/20. No sorprende, pues, que haya tantas voces queriendo explicar los resultados electorales del pasado 2 de junio y anticipando estrategias, tanto para el gobierno entrante como para la oposición.

Me distancio de estas voces, principalmente porque para mí muchas cosas siguen sin ser claras. Desafortunada o afortunadamente no tengo las certezas que algunos sostienen tener. Por lo pronto sólo puedo ofrecer un ángulo que no es suficiente para explicar nada por sí solo, pero es indispensable: las narrativas que han estado en disputa. No en esta elección o este sexenio, sino desde mucho antes, con el nacimiento del sistema político mexicano y el sistema de partidos de la transición, que hoy se reconfigura para parecerse mucho más a lo que motivó su nacimiento que a lo que se decidió ser en los albores del siglo.

Lo primero que diría es, probablemente, la obviedad de que una narrativa que funciona en un contexto puede no funcionar en otro. Lo segundo es algo que extrañamente para muchos sigue siendo una sorpresa difícil de procesar: creo que ni la mejor campaña de la oposición podría haber cerrado la ventaja de la victoria de Claudia Sheinbaum. Tal vez habría generado contrapesos más amplios, pero, dadas las condiciones del país y los personajes en confrontación, me resulta difícil imaginar un resultado diametralmente distinto.

Con ambas reflexiones como punto de partida, creo que vale la pena dividir los elementos narrativos que estuvieron en disputa y los que van a seguir evolucionando durante la Presidencia más poderosa que hayamos visto en el México contemporáneo.

Ilustración: Adrián Pérez

El entorno mundial: redes sociales y los populismos

2006 fue la primera llamada para las fuerzas políticas de la transición. López Obrador se quedó muy cerca de la Presidencia de la República. Tan cerca que pudo presionar por reformas electorales que castigaban la injerencia del presidente en las elecciones. Tan cerca que pudo frenar la toma de protesta pacífica de Felipe Calderón en el Congreso y tan cerca como para hacer un plantón en Reforma, tronar la economía de la zona por meses y declararse “presidente legítimo”. Ese era el momento de entender ese resultado y no de empecinarse en hacer como que no existió.

Por lo menos desde la campaña a la jefatura de Gobierno de Ciudad de México, López Obrador enarboló un discurso claro: “Por el bien de todos, primero los pobres”. Un discurso que sedujo a quienes habían militado en la izquierda, que abanderaban causas progresistas y también a quienes usaron movimientos sociales para adquirir poder político y de movilización clientelar.

En esa primera elección presidencial de López Obrador, las transiciones con crisis económicas todavía estaban muy cercanas. Su estridencia asustó a una clase media que apenas se acomodaba en la estabilidad y que no quería perder el bienestar derivado de ella. Recuerdo que en esos años proliferaron los textos que analizaban la formación de una clase media que había encontrado movilidad social en el manejo responsable de la macroeconomía. El sexenio de Fox y la democracia habían generado expectativas difíciles de cumplir. A la democracia no le toca, porque no depende de ella, generar sistemas de igualdad económica, ni de prosperidad. Sirve, por supuesto, para sentar una base de confianza internacional. Sirve para restringir el poder, pero por sí sola, la democracia sólo es un sistema de decisión que requiere de instituciones, no para garantizar que la voz de la mayoría sea respetada y ejecutada, sino sobre todo para garantizar los derechos de las minorías. De todos modos, el discurso generó decepción. Según encuestas internacionales como Latinobarómetro, el desprestigio avanza con el tiempo: la democracia que se vendió como una gran solución, no goza de la popularidad que empiezan a tener movimientos contrarios a ella.

En 2006 apenas nacían las redes sociales y la estridencia que vino con ellas en la comunicación social y pública. La democracia, que atempera la pasión pública, no pudo regenerar las relaciones económicas, pero sirvió para dar nacimiento a mecanismos de fiscalización del poder que rápidamente castigaron episodios de corrupción y dieron pie a más espacios de periodismo crítico.

En 2012, la exigencia era de eficacia. López Obrador leyó bien que no era su momento. Tras su derrota, se atrincheró en la tierra, recorrió el país, operó en lo local, fue construyendo una base. Dejó al presidente Peña operar sin mucha oposición, sabiendo que tenía que cocinar más lento y con menos visibilidad.

Hoy el mundo es un lugar distinto. Las redes sociales han multiplicado el acceso a la voz y a la audiencia, pero también han intensificado la virulencia del debate. Es difícil razonar con argumentos en 140 o 280 caracteres, o en un video de tiktok, con personajes sin rostro y sin nombre propio; con gente que confundió el número de seguidores con tener la razón y, sobre todo, con la validez que tiene hoy compartir hechos no verificados, estereotipar a los interlocutores y capitalizar la indignación.

Por otro lado, en los últimos años, ha habido una reivindicación internacional de los desprotegidos en contra de los históricamente privilegiados. Los escándalos que dieron paso al movimiento MeToo, las marchas contra la policía que provocó el asesinato de George Floyd en Estados Unidos y hasta las manifestaciones internacionales en favor de Palestina, son testimonio de dos fenómenos. Por un lado, mayor visibilidad a situaciones de desequilibrio de poder y violencias y, paradójicamente, por el otro, el nacimiento de la cultura de la cancelación que, muy lejos de los principios de la democracia liberal, ha cancelado el diálogo como punto de encuentro, reivindicación y justicia.

En este contexto, la estridencia se ha vuelto rentable, de ambos lados del tradicional espectro político de izquierda-derecha. No hay un respeto mínimo, en ninguno de los dos bandos, para escuchar los argumentos del contrario, no por un desacuerdo irreconciliable entre objetivos, sino por la facilidad con la que se descalifica a quien los ostenta.

Es cierto también que las campañas ocuparon este año más espacios que nunca y que en cada burbuja informativa hay una lucha por imponer narrativas. Personas de todas las clases sociales y niveles de educación comparten información claramente falsa: desde “la confirmación” de un familiar de que “Xóchitl no era pobre” hasta el “gabinete de Claudia”. Nadie se salva porque si algo han entendido y rentabilizado las redes sociales es que nos gusta confirmar nuestros sesgos, nos gusta recibir información digerida, y nos gusta más aquello que más pasiones levanta. En este entorno, la verdad no es sexy, no es emocional y no tiene ventaja alguna para asentarse otra vez como el requisito indispensable del diálogo.

López Obrador y las oposiciones: las claras asimetrías en la comunicación

Yo estoy convencida de que en México no tenemos una colección de discursos fundacionales como sí los tienen, por ejemplo, en Estados Unidos —el discurso de Gettysburg, el famosísimo I have a dream, la toma de protesta de Kennedy, su Ich bin ein Berliner, muchos de los discursos de Obama—, porque los setenta años de partido único volvieron el discurso irrelevante como instrumento de persuasión electoral.

El priismo como sistema de partido hegemónico recayó en símbolos, en narrativas de orgullo nacional, reescribió la historia oficial y replanteó a sus héroes. El discurso iba mucho más allá de las intervenciones orales y era poderoso, pero no necesariamente poético. No hay muchos discursos memorables porque la palabra relevante era la que se manifestaba en lo privado, la de los acuerdos cupulares. Los priistas de antaño sabían, sin embargo, engolosinar a sus interlocutores. Cualquiera que haya pasado diez minutos con alguno de ellos sabe a lo que me refiero: la atención plena que no se distrae, el cortejo permanente, la seducción de quien se siente muy cómodo con el poder. Lejos, muy lejos, del PRI de hoy que mantiene la maña, pero no la diplomacia.

Por otro lado, el PAN, acostumbrado a discursos y tribunos elocuentes, dio pie a una generación de pragmáticos que supieron acomodarse en el poder y en el presupuesto, pero que distan mucho de los Gómez Morín o los Castillo Peraza. No son ideólogos, no son filósofos: son administradores.

Hoy en México los discursos han dejado de ser el espacio de encuentro de quienes se debatían en el detalle de la política pública, pero habían acordado ciertas reglas de convivencia. A los partidos de la transición les ha sido difícil encontrar una identidad que represente el país que proponen porque, tal vez desde el año 2000, su razón de nacer y crecer se canceló. No supieron reinventar su propósito una vez que la alternancia se volvió realidad y no supieron vender su triunfo una vez que lo conquistaron. La coalición que llevó a Vicente Fox a la Presidencia les hizo creer que la democracia era un bien ansiado y, por ello, una necesidad permanente, pero es importante recordar que ninguna necesidad es convincente si se percibe satisfecha, inútil o su amenaza no es clara o relevante.

¿Por qué habría incentivos para defender a la Suprema Corte, al INAI o a los partidos de oposición, si no hay oferta clara por parte de ellos? En días recientes hablamos de la necesidad de contrapesos; una necesidad que en teoría es una práctica necesaria en cualquier democracia, pero que, en la realidad, nos remite a personajes que no ofrecieron mucho como contrapesos en el sexenio que termina.

¿Qué representan hoy el PAN, el PRI y el difunto PRD? ¿Qué proyecto de país ofrecieron en esta campaña? ¿Cómo se hubiera visto el país de haber ganado? ¿Vivían del recuerdo de los países que dirigieron? En esta elección pudieron articularse como antagonistas de Morena y para muchos electores eso era más que suficiente. Sin embargo, dudo que para todos esos electores eso significara lo mismo. Mientras que para unos ciertamente era la amenaza de la “venezolanización” del país, para otros no era más que una forma de abordar la política pública, el poder o las negociaciones en el Congreso.

Desde hace muchos años, ni el PRI, ni el PAN, ni el PRD han podido articular un discurso de identidad que ofrezca algo concreto y tal vez es momento de que empiecen por ahí, aunque el regreso al poder se vea poco más que imposible. Hoy no parece existir un reclamo mayoritario al gobierno. Si bien no es suficiente que la gente se sienta atendida para hablar de un Estado de bienestar, es suficiente para ganar una elección. En alianza, a la dificultad de la narrativa individual, se sumaba la complicación de ofrecer una narrativa conjunta, de quienes coincidían en las reglas del juego, pero siempre habían desprestigiado a sus nuevos aliados.

En contraste, estaba la figura de un presidente que no ha cambiado el discurso desde que entró a la vida pública: el complot que no lo deja avanzar, la élite que lo ve con desdén porque él sí defiende a los pobres, el hombre que detesta la corrupción, que conoce el país, que es accesible, le habla todos los días al pueblo, hasta para dar clases de historia, que es un liberal, que odia a los conservadores.

Prácticamente ninguna de estas ideas se corrobora en la realidad, excepto la política pública que multiplicó los apoyos en efectivo, a costa de debilitar las instituciones del Estado.

Por qué, se preguntan algunos, las personas que reciben los programas sociales no ven que a cambio han perdido programas, acceso a la salud. Pues porque también hay que reconocer que no les quitaron el servicio del ABC. El sistema de salud lleva muchos años en declive. Quienes argumentan que la pérdida del Seguro Popular es una tragedia (que lo es), se atienden en hospitales privados, como el gabinete y el propio presidente. Es difícil defender un sistema de salud que, si tienes la posibilidad económica, no usas.

El presidente vendió algo tangible contra las ideas abstractas que los partidos de oposición articularon. Sí, también se cuestionó la seguridad —pero existe la idea de que quien detonó la violencia fue Felipe Calderón—, se cuestionó el fracaso del combate a la corrupción —pero la Casa Blanca y la estafa maestra estaban tan cerca—, la desaparición de las estancias infantiles y las escuelas de tiempo completo —en donde el presidente insistió en que había corrupción—.

La democracia, los contrapesos, la transparencia no fueron banderas suficientes para llamar al voto porque la memoria de lo que significa vivir sin ellos es lejana o desconocida. El 2000 sólo fue posible por el hartazgo acumulado, un contexto nacional e internacional que exigía esa transición. Hoy, no se sienten necesarios, ni en México, ni en el mundo.

Al mismo tiempo, el presidente supo mandar símbolos claros. Cancelar la pensión a los presidentes, me enteré el 3 de junio —vergonzosamente apenas—, es algo que sigue resonando en quienes votaron por López Obrador y dependen de programas sociales, y que para la mayor parte de los analistas fue un símbolo irrelevante. “¿Por qué Fox quiere que trabaje la gente mayor, si él no trabaja?”, me decía mi interlocutora.

López Obrador logró tener el monopolio de la comunicación y del framing. A las 7 de la mañana planteaba los términos de la conversación. Se hablaba de las locuras, las estridencias y hasta de su indolencia, pero no se hablaba del tema. Los críticos argumentaban que no era cierto que los fideicomisos fueran nidos de corrupción y como por arte de magia, ya hablábamos de ellos en términos de corrupción. No había una voz creíble que pudiera contraponerse al discurso centralizado, consistente y omnipresente.

El presidente siguió la intuición de Steve Bannon, que en el documental American Dharma plantea que los regímenes como el de Trump o el de AMLO tienen que ganar por goleada. Plantear diez temas escandalosos al día impide que los medios o las oposiciones puedan seguir uno y confrontarlo exitosamente. López Obrador supo identificar el pastizal seco en donde la gasolina prendiera fuego.

El presidente tiene, además, la enorme ventaja de no ceder a la presión. Puede mentir con facilidad y con convicción, no recula cuando la opinión pública le pide que lo haga, no lo hace ni cuando los mercados se asustan con sus declaraciones. De facto, narrativamente, López Obrador lleva muchos años sin contrapesos. Es un monopolio frente a una oposición que vive en la competencia.

Y sí, todo esto puede ser una desgracia en términos éticos y democráticos, pero el anhelo de que las cosas se restituyan no va a volver estos instrumentos menos eficaces.

¿Qué viene?

El clivaje de la elección fue claro: segundo piso de la transformación contra regreso al pasado. Se confirma que los gobiernos de la transición no son lo que quiere la gente y hay que analizar por qué. Movimiento Ciudadano también pudo posicionar la idea de la nueva política contra la vieja política. Hay la necesidad de un cambio y el cambio es respecto a los partidos tradicionales.

Claudia Sheinbaum lleva pocos días electa y ya demostró que no maneja los símbolos como su mentor. Para tranquilizar a los mercados manda videos con la famosa Altagracia Gómez, que en 30 segundos mina su credibilidad por su incapacidad de explicar un fenómeno tan discutido como el nearshoring,o hace declaraciones subiéndose a su Aveo presidencial, con cara de que ya no puede más de cansancio. Al mismo tiempo trata de cerrar los rumores del distanciamiento con AMLO. Sheinbaum parece ceder a la necesidad de información, cosa que AMLO nunca hizo. Creo que eso se irá “corrigiendo”, como se corrigió su campaña y que ella siguió con disciplina.

Al mismo tiempo vemos que Alito se aferra al barco que se hunde. Creo que el PRI no aguanta otra elección. Los que supieron saltar, se fueron a Morena. Los que quedan, probablemente lo harán en el reparto de Comisiones del Congreso. Al mismo tiempo, Jorge Romero piensa que su liderazgo puede salvar al PAN y empieza a mandar videos y salir en entrevistas. Creo que, después de la derrota de Taboada, ese grupo, engominado y distante por lo menos a la vista, debe replantear si su visibilidad ayuda o perjudica al PAN. Muchos panistas piensan que deben atrincherarse en la extrema derecha porque, según ellos, así fueron en sus orígenes. Creo que no es correcta esa lectura. Sí, se enfrenta un sistema parecido al del partido hegemónico, pero el mundo ha cambiado en sus formas e instrumentos de comunicación, en los valores y en las personalidades que entrona. Atrincherarse en el pasado es, probablemente, el peor error que pueden cometer y el que más traicionan a su historia, aunque sí pudieran aprender de la estrategia implementada.

Movimiento Ciudadano también la tiene complicada. Aunque hablen de la elección y la decisión de ir solos como un triunfo, tienen menos escaños y curules, y perdieron el apoyo en los dos estados que gobiernan. Dante Delgado se acomoda en el Senado por muy poco y, con ello, sigue teniendo un lugar de incidencia desde donde puede opacar a Álvarez Máynez. MC es, probablemente, el partido que estructuralmente más se parece a Morena, pero en una versión que no tiene ni la paciencia ni el dinero para hacer trabajo de tierra. Vale la pena preguntar cuánto más puede dar el liderazgo de su caudillo.

Creo que quienes venden a Sheinbaum como moderada se equivocan, pero ya veremos la evolución de su personaje y su gestión. Lo único que considero que las oposiciones deben tener claro es que regañar a los votantes, sugerirles “disfrutar lo votado” y humillarlos no sirve de nada; que más que ocuparse en debatir el discurso del poder, deben encontrar uno propio y una forma democrática de repartir el poder que les queda; y, si quieren sobrevivir, tienen que entender mejor no sólo a quienes votan con el incentivo de los programas sociales, sino también y tal vez sobre todo, a una clase media y alta educada, que apoyó al gobierno saliente con su voto y que ve en la oferta que hizo Sheinbaum un país más atractivo que en quienes buscaron criticarla.

Para mí ese es el primer paso para la reacción narrativa, sabiendo que ésta estará limitada o impulsada por lo tangible, pero que no es inútil y por eso vale la pena entenderla. Faltará ver cómo funciona un gobierno con un expresidente y mentor al que le cuesta soltar el poder, con sus hijos entrando al gabinete o al partido, un partido sin el liderazgo de la persona que pudo transmitirle toda su aprobación en votos, con un gobierno que no tendrá los fondos de ahorro y fideicomisos para mantener el gasto social y en infraestructura, sobre todo si no puede sortear las presiones externas del mercado. La oposición no tiene fácil recuperar el poder, ni el liderazgo del proyecto de nación, dadas las condiciones materiales que enfrenta, pero, por lo pronto, la primera pregunta es si quiere hacerlo y, en caso afirmativo, quiénes y a qué van a renunciar para hacerlo posible.

 

Jaina Pereyra
Economista y Politóloga. Directora de Discurseros SC

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Publicado en: Política

Un comentario en “Las narrativas de la elección

  1. Las crisis de los años ochenta y noventas destruyeron las pequeñas y medianas empresas, al sector campesino, y varias de las grandes empresas. El mercado interno se colapsó y las únicas empresas que sobrevivieron fueron las que pudieron convertirse en exportadoras.

    El mercado interno no se ha recuperado porque el poder adquisitivo de la población permaneció bajo. En parte, mantener deprimidos los salarios fue apropósito para vender a México como un país de bajos salarios para atraer maquiladoras. Buena parte de la cúpula empresarial se alegró la década pasada porque los salarios en china empezaban a ser mayores que en México. Trump obligó a subir los saliros para que los trabajadores de EEUU no perdieran competitividad con respecto a los de México. Si en una economía los trabajadores no son capaces de adquirir los productos que fabrican (es decir que también sean los consumidores), se cae en la explotación pues se reducen sus salarios para venderles más barato a los clientes finales.

    Del 2000 al 2018 el estado federal brilló por su ineficacia. Del 2000 al 2012 el PRI saboteó sistemáticamente al gobierno como chantaje para recuperar el poder; ni siquiera los dejaron construir la refinería. La federalización provocó que el gobierno central perdiera aún más poder y muchos gobiernos estatales se volvieron corruptos y sin supervisión. Al tratar de resolver sus asuntos, la población quería tener una o dos ventanillas únicas, pero en su lugar se enfrentaron con un laberinto burocrático, lo cual es un incordio si tienes que trabajar de diez a doce horas diarias para sobrevivir y dependes del transporte público.

    Los especialistas y los técnicos saben mucho sobre una pequeña porción de la realidad, lo que provoca visión de túnel, y los hizo insensibles a los reclamos populares, además de confundir meritocracia con elitismo. El gobierno de los técnicos no es democrático, si alguien lo critica lo tildan de populista, que en su mente quiere decir demagogo.

    Las reformas educativas en realidad fueron reformas laborales para reducir el salario de los maestros. Incluso ya no se dan plazas permanentes, sino sólo interinatos. Las reformas «educativas» se enfocan el vigilar y castigar al magisterio pero no hicieron nada por el presupuesto de la educación, por mejorar la condición material de las escuelas, por mejorar los planes de estudio que cada vez contenían menos temas y totalmente desarticuladas; pudieron aprovechar la clase de educación cívica y ética para enseñar a los niños sobre democracia y la importancia de sus instituciones, pero la idea prevaleciente es que eso no les serviría al momento de trabajar, menos si iban a ser obreros en las fábricas. Era un secreto a voces que los gobiernos y empresarios consideraban las escuelas públicas como guarderías para los niños mientras sus padres trabajaban en las fábricas.

    Desde el siglo pasado se veía la necesidad de una reforma fiscal, pero el PRI hegemónico nos e atrevió a hacerla, y menos se hizo con las idea neoclasicas que abogan por el estado mínimo. Obrador redujo el tamaño del estado e implementó una reforma laboral en el sistema de salud para reducir el salario de médicos, enfermeras y personal administrativo.

    Buena parte de la gente que está contra obrador y no votó por sheinbaum admira a Bukele, trump, bolsonaro y Milei. No les importa mucho la democracia. Están en contra de los derechos humanos porque les parece que defienden criminales y están de acuerdo con establecer limitaciones al voto, como que sólo voten los de cierto nivel económico y educativo, o que sólo sean candidatos los de cierto nivel económico y educativo. También están molestos por la parálisis del estado y quieren un gobierno que resuelva.

    A la democracia no le compete dierctamente resolver los problemas económicos, pero se supone que si un gobernante no resuelve, se le cambia por otro que si mejore la vida de la gente. Pero después de tres sexenios la mayoría de la población no veía mejora, y eso también se refleja en las estadísticas.

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