Las relaciones México-España

Claudia Sheinbaum ha decidido mantener una suave pero constante tensión en las relaciones México-España al hacer suyo un supuesto agravio que circula ya por las venas de los dos cuerpos nacionales. El agravio no los enferma, pero provoca un malestar que, si no se diluye pronto, introducirá una creciente distancia entre dos gobiernos que estaban llamados a llevarse bien (aunque algunos socios de Pedro Sánchez se han esmerado en atizar el fogón) y tenderá a aislar a México de sus socios europeos. Sheinbaum reclama el reconocimiento por parte de España “de los abusos registrados durante la Conquista” y concluye que eso podría fortalecer las relaciones entre los dos países. Insiste que hasta ahora no ha habido una respuesta formal de Madrid al planteamiento.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco

Las razones de esta decisión no provienen, pues, de una disputa territorial, tampoco de una incursión indebida de las fuerzas de seguridad españolas en suelo patrio y mucho menos de un reclamo de deuda o la expulsión de mexicanos de tierras peninsulares. No hay un agravio al país, tampoco merma de la soberanía. La disputa se centra en una carta enviada por AMLO en 2019 en la que planteó el asunto de la disculpa al monarca español. En una monarquía constitucional la política exterior la conduce el gobierno. El Rey no puede pronunciarse sobre esas materias. Por tanto, más allá de la muy trillada retórica antimonárquica, la negativa salió del gobierno socialista de Pedro Sánchez, como se los dijo, sin paños calientes, Borrell —entonces ministro de Relaciones Exteriores— tras su visita a México en octubre de 2024.

Es más fácil para los caricaturistas y polemistas de redes lanzar dardos antiborbónicos buscando el aplauso “facilón”, que reconocer que los socialistas no quisieron meterse en una polémica historiográfica y ser comparsas de AMLO, que decidió que la historia patria se concentraba en él y, por tanto, todos los agravios de la historia tenían que purificarse en su sexenio. En su desmesura, López Obrador era el titular de todos los derechos y el acreedor de todos los agravios —y por tanto el papa y el rey debían disculparse ante nuestro “amado líder”. El iba a deshacer todos los entuertos y traer todos los penachos y despojos del patrimonio nacional, porque asumía, en su infinita vanidad, que México era él; que nadie en la historia había tenido la legitimidad para redimir a la Corona y a la nación española de sus pecados históricos e invitarlas a confesar públicamente su perfidia. Su “generosa” iniciativa, movida por un humanismo desprendido y altruista, sólo quería reconducir a las descarriadas ovejas hispanas a arrepentirse. Un émulo de Savonarola en versión 2.0. Al líder “del mejor pueblo del mundo” sólo lo movían impulsos de humildad, de contrición purificadora y transido de amor trasatlántico hizo el llamado a don Felipe (como en “La fuerza del destino”) para inclinarse ante don Andrés, el depositario de todos los dolores. El cuadro imaginario de este perdón bien podría decorar un Salón de los reinos en Palacio Nacional.

Pero en la Moncloa tanta generosidad purificadora les pareció improcedente y recurrieron al diplomático silencio, que como ocurre con las peticiones de beneplácito y otros requerimientos, se usa para no provocar fricciones suplementarias con explicaciones que pueden avinagrar todavía más las relaciones. Madrid no se mostró sensible a ser un extra de la telenovela obradorista. Las razones son conocidas. Desde el Tratado de paz y amistad de 1837 (que es fácil consultar en el boletín digital del Archivo Nacional) se establece en su segundo artículo: “Habrá total olvido del pasado y una amnistía”. La narrativa forjada en 1991 en la Cumbre Iberoamericana de Guadalajara y después en Veracruz en 2014, proponía una relación que dejaba atrás la instrumentación política de los agravios pasados y construía una nueva pista en donde todos miraran al futuro.

Tiene algo de artificial retomar en 2024 la no respuesta del 2019, pues el 21 de junio del 2024 se emitió un comunicado de la SRE en el que se enfatizaba “la cercanía e importancia de los vínculos entre México y España, así como la coincidencia en los ámbitos iberoamericano, birregional y multilateral”. El embajador Duarte celebró el Día Nacional de este año apostando por una relación fuerte. El tema de la epístola había quedado (en teoría) saldado en una mañanera, el 13 de junio de 2019, con la presencia de la secretaria de Estado, Irene Lozano. Pero la palabra (especialmente la de las mañaneras) se la llevó el viento. y el ánimo de reconstruir se fue al fondo del pozo cuando AMLO, en un acto de arrogancia impropio de la tradición mexicana, decidió desairar los trabajos de la XIII Comisión binacional de diciembre del 2022 y a la comitiva de varios ministros encabezada por el ministro Albares y desdecirse de su palabra. El asunto no estaba superado y volvió a poner “en pausa” la relación, y así quedó hasta que Sheinbaum reactivó el tema al negar la invitación al monarca a su toma de posesión.

Para el común de los mexicanos la sensación de orgullo mancillado se expresa con dificultad. El argumento para tensar las relaciones se limita a que SM Felipe VI no atendió de manera directa la carta de AMLO. Sheinbaum señala que persistirá en su postura hasta que España “recapacite”. ¿Por qué tendría que hacerlo? Y si lo hiciera y reconsiderara su lectura del pasado, ¿lo debería hacer ante la altivez de la Presidencia mexicana?

El prisma del interés nacional es el filtro para formular la política exterior y en especial con un socio tan relevante como España. Si revisamos los fundamentos de la relación, se puede comprobar que sus componentes gozan de cabal salud. Entre 2018 y 2021, la inversión se ubicaba en magnitudes cercanas a los 5000 millones de dólares, y en 2023 se ubicó en 3700  millones. El comercio también. En 2023 importamos 6250 millones de dólares y exportamos 1612 millones. Hay 38 vuelos a la semana que unen las dos capitales, además de vuelos desde Guadalajara y Monterrey y otros a Barcelona. 170 000 españoles viven en México y 30 000 mexicanos en España.

Miles de estudiantes mexicanos pasan temporadas muy formativas y divertidas en universidades españolas y cada vez más mexicanos están más pendientes de la programación de las cadenas de televisión españolas y por supuesto de la liga de futbol, de la que se habla con naturalidad en todas las tertulias. España proyecta mucho poder suave sobre México y en general es un país apreciado. Es el país invitado a la FIL de este año y es nuestra puerta de entrada a Europa. Nos ha ayudado con temas coyunturales como la evacuación de mexicanos de Israel.
Supongo que la sensatez se impondrá, pues la política identitaria como un elemento de la política exterior es quebradizo y riesgoso. La historia está llena de esos ejemplos. Margaret MacMillan demostró que a la Primera Guerra Mundial se llegó por una combinación de agravios y orgullos que los sistemas educativos inculcaron en la gente, y esas predisposiciones (que algún fundamento tendrían) se combinaron con una retórica patriótica que los periódicos y los políticos llevaron a niveles de delirios colectivos. Cuando esa combinación de orgullo y victimismo llegó a los estados mayores, estalló el conflicto. En fechas más recientes la retórica de la gran Serbia, enarbolada por Milošević, utilizaba agravios seculares para sostener su limpieza étnica.

No llegaremos a tanto, claro está; pero perturba que en pleno siglo XXI México condicione su política exterior por los hechos de sangre de Cholula y el Templo Mayor. La petición de disculpa no la formula un colectivo agraviado, sino un gobierno que cada vez concentra más poder. La petición es, además, arbitraria porque usa la historia como arma política y refuerza un nativismo elemental. Tampoco invita a una nueva lectura de la historia y mucho menos a una reconfiguración de la memoria. Importa recordar en temas como éste que una cosa es lo que ocurrió (la caída de Tenochtitlán a manos de una coalición tlaxcalteca y castellana) y otra es la memoria colectiva que se ha construido probablemente desde el patriotismo criollo y la amplia circulación de la “leyenda negra” (Joseph Pérez) que asume la caída del imperio azteca como la gran derrota de México, la que explica nuestra sociedad desigual y racista, el atraso de los pueblos originarios y un resabio de inferioridad que todavía paraliza a algunos ante la voz castellana. Muchos compatriotas todavía se aterran cuando oyen a una azafata de Iberia.

Una relectura del pasado tendría que reconfigurar la forma en que se construye la memoria y no poner a nadie en el banquillo de los acusados y menos asumir el monopolio del victimismo para provecho político. No es fácil salir de ese relato victimista que asume que en nuestra piel están todos los pecados de la historia y darnos la oportunidad de tener otro menos atribulado y castrante, más cercano a la verdad. El relato vigente (acicateado por el gobierno) es que la historia de México es la del paraíso perdido, el mito de la armonía original rota para siempre por la llegada de los europeos y esa herida cicatrizará si confiesan sus abusos y se disculpan ante los modernos tlatoanis. El órden cósmico regresará al Valle de Anáhuac y así seguirá por los siglos de los siglos. A este país le hace falta una reconciliación pero con él mismo. Un relato de sí mismo que no condicione la política exterior con episodios del 1500 y nos proyecte como un país seguro, orgulloso y vibrante.

 

Leonardo Curzio
Investigador, Centro de Investigaciones sobre América del Norte, UNAM


2 comentarios en “Las relaciones México-España

  1. El texto tiene varios puntos que valdría la pena leer con lupa y dedicarles algunas horas. Algo que debió haber hecho Leonardo también. No gozo de tanto tiempo pero me gustaría, en todo caso, hacer algunos apuntes. Los primeros tres párrafos básicamente se dedicó a decir lo que ha dicho toda la derecha sobre el expresidente. Nada que no haya leído, pero no en el sexenio de AMLO, sino desde el 2006. Eso me hizo recordar que tengo la percepción de que buena parte de los críticos de AMLO, particularmente quienes atacaban su terquedad han sido tan obstinados como él o más, pero en sus respectivas áreas, las cuales claramente no son «tan» visibles-relevantes como la presidencia de la república: desde Salinas Pliego hasta Loret de Mola, pasando por Krauze. Figuras que se han perpetuado, casi-dictatorialmente, en sus respectivos puestos sin concebirse a sí mismos como problemáticos para los diferentes ecosistemas, que por una u otra razón, encabezan.

    Ahora, cuando Leonardo dice: «en un acto de arrogancia impropio de la tradición mexicana», ¿de qué me perdí? La asunción de que no somos arrogantes es una ENORME EQUIVOCACIÓN. Los mexicanos, júzguese conveniente o inconveniente, nos hemos dedicado a generar un tipo de publicidad a la que llamo RETÓRICA DEL ORGULLO. Abanderada por la esperpéntica Selección Nacional, pero seguida de cerca por las marcas de cervezas, los productos lácteos, los huevos, de Grupo Carso, las papas fritas, las leguminosas y las salsas y así, hasta la lotería nacional. Todos son «orgullosos patrocinadores». La sociedad mexicana lleva más de treinta años construyendo, tal cual, una atroz retórica del orgullo, al grado que tanto a Curzio como a una buena parte de la sociedad nacional, ese juicio le parece tan objetivo como verdadero. Y disiento mucho. Me hizo más gracia la frase: «Muchos compatriotas todavía se aterran cuando oyen a una azafata de Iberia”. Ahí, en cambio, hay mucho de cierto, un insight que valdría la pena diseccionar. Pero ahí ni se mete.

    Por lo demás, la relación México-España no es cualquier cosa. El argumento de las ganancias económicas como fulcro para suponer que por eso nos tenemos que llevar armoniosamente me parece no básico, sino pedestre, sobre todo porque Curzio suele ser acertivo. Estados Unidos tiene AÑOS con una política exterior de menos hostil para con México, y el intercambio comercial es pujante, sin embargo.

    Y esto… «La petición es, además, arbitraria porque usa la historia como arma política y refuerza un nativismo elemental. Tampoco invita a una nueva lectura de la historia y mucho menos a una reconfiguración de la memoria”. Perdón, ¿quién no emplea la historia como arma en el terreno político? Si hasta aquellos que lo hacen sin ese afán (o pensando que lo hacen sin ése afán), terminan haciendo política. Eso, lo siento por Curzio, es una cuestión de la condición humana. Ningún líder social desde Julio César hasta el más «noble» que se nos pueda ocurrir, pienso yo en José Mujica, puede escapar a este entuerto vital. La lectura políticia de la historia y viceversa, tienen ese reto inoculado. Yo más bien diría, ¡claro que hay una nueva lectura de la historia y una reconfiguración de la memoria! Y eso, afortunadamente, pida o no pida perdón España. Opinión personal: quien saldría mayormente beneficiado de esas disculpas, sería España. Pero normalmente los gobiernos hispanos son obtusos y engreídos. Mucho más que los mexicanos —y eso ya es de preocupar.

    Después afirma que «España es nuestra puerta a Europa» Caray… Por alguna razón esa frase en el siglo XXI, además de aspiracional, huele a rancio. O sea, el ángulo desde donde está viendo el fenómenos me parece, sin exagerar, que apesta a geriátrico. Pero para terminar, Curzio obsequia este disparate: «A este país le hace falta una reconciliación pero con él mismo. Un relato de sí mismo que no condicione la política exterior con episodios del 1500 y nos proyecte como un país seguro, orgulloso y vibrante». Eso y no haber escrito el texto es lo mismo. Los intelectuales de derecha mexicanos se quejan del «abrazos no balazos» y culmina así… Honestamente, así terminan los ensayos los preparatorianos que sólo leyeron un capítulo del Laberinto de la Soledad, repleto de cabos sueltos y deseos. No bromeo, ¡termina con un deseo de café: México requiere una reconciliación consigo mismo! Verdades de perogrullo nivel experto o pensamiento crítico de preescolar.

    Pero…, ojo con el tema de la palabra «ORGULLO». Ahí está de nueva cuenta y a modo de coronación de un ensayo que seguramente, como suele pasar en esos cículos, es bienvenido sin crítica alguna. No me desvío más: «orgullo» es la palabra TOP del mexicano, para mi infortunio, lo mismo ignorante que estudiado, de derecha, centro o de izqueirda, del Norte o del Sur y también, en apariencia, del pasado y del presente. Cada vez que los mexicanos se quieren poner filosóficos, descuelgan de su pared de trofeos falsos (pienso en el mapa de la Nueva España que se extendía bien entrado el actual territorio norteamericano), la palabra orgullo. Acuérdense de mí: retírenle la palabra ORGULLO al vocublario de los mexicanos y se quedan, no sin madre patria, sino sin la capacidad de respirar.

  2. Obrador revivió el debate para sacar raja política, pero no está equivocado. Los purepechas se aliaron con los españoles pero fueron traicionados y su rebelión reprimida. Los mayas fueron reducidos por la violencia. Las leyes de indias reconocieron muchos derechos a los pueblos indígenas pero también los excluyeron de la educación formal y de los puestos públicos. Sin olvidar el de obedece pero no se cumple

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