Las tradwives y el problema sin nombre

“It is easier to live through someone else than to become completely yourself. The freedom to lead and plan your own life is more frightening if you have never faced it before. Is it frightening when a woman finally realizes that there is no answer to the question ‘Who am I?’ except the voice inside herself”.
—Betty Friedan, The feminine mystique

Nara Smith, Hannah Neeleman o “Roro” preparan platillos desde cero: pan de masa madre, pasta fresca o queso con leche proveniente de sus propias vacas. Casi siempre se les ve utilizando electrodomésticos de alta gama, con hornos o batidoras que cuestan miles de dólares en cocinas perfectamente limpias y arregladas. Mientras cocinan o cuidan de sus hijos, Nara por ejemplo, trae Chanel, Rodarte y Miu Miu; Hannah camina descalza en un vestido suelto por huertos y graneros en su rancho, recolectando frutos y huevos. Aunque los videos que publican narran paso a paso lo que están haciendo, el objetivo real no parece ser compartir recetas o crear una comunidad de amas de casa comunes. Es más bien un esfuerzo por mostrar la mejor versión del cuidado del hogar: un contenido que descansa entre un orden aspiracional y normativo. Poco a poco, para muchas mujeres de clase media —sin cuestionar qué tan real y posible es un estilo de vida así— estos videos se han convertido en un marco de referencia sobre cómo desean y esperan que se vea su futuro.

Las redes sociales están plagadas de videos en los que se documenta la rutina y vida cotidiana de mujeres dedicadas enteramente al hogar y a sus hijos. A este tipo de creadora de contenido se le ha denominado tradwife, aunque existen variaciones dentro del género como pilates mom y otros subgrupos. Las principales exponentes de este género han ganado una popularidad excepcional y acumulan millones de seguidores en redes sociales.

Ilustración: Raquel Moreno

Idealmente, una tradwife reivindica los valores femeninos tradicionales: se dedica únicamente al hogar y a sus hijos; es guapa y delgada, y tiene una casa que evidencia buen gusto y limpieza. Nunca se va a molestar con sus hijos ni va a perder la compostura. Va a preparar platillos muy elaborados y jamás se va a despeinar mientras lo hace. Va a priorizar los deseos de sus hijos y de su esposo y va a sonreír en todo momento. Su popularidad en redes sociales funciona como un espectro: no todas las mujeres están listas para abandonar su empleo y su vida para dedicarse a la familia, pero sí más abiertas a una vida lejos del mundo laboral o más cómodas con cambiarse a sí mismas y su cuerpo para encajar en este modelo.

Hay muchas contradicciones que pueden encontrarse en las tradwives virtuales, quizá la más llamativa sea que, si bien predican un estilo de vida con una clara división de los roles de género —los hombres se dedican al campo laboral, y las mujeres al hogar—, muchas de ellas son empresarias y reciben dinero por su contenido, por los patrocinios asociados y por los productos que venden. Otra no menos importante es la contraposición entre un estilo de vida tradicional, “de antes”, con el ejercicio de grabarse y documentarse frente a cámaras en un montaje muy lejos de lo natural y lo familiar. Pero más allá de las contradicciones, la promoción de este estilo de vida alimenta un discurso que apoya estándares imposibles para las mujeres y las obliga a transformar su identidad para caber dentro de un molde muy estrecho.

Podría parecer que la aparición de la tradwives se trata de una tendencia más: videos que serán populares por un tiempo y después se olvidarán con la llegada de una propuesta más llamativa. Sin embargo, las tradwives han despertado un interés que constituye un fenómeno en sí mismo, pues ha revelado preocupaciones, deseos y aspiraciones de un sector de mujeres jóvenes que se habían ignorado o pasado por alto. ¿Por qué tras varias décadas de feminismo y empoderamiento las mujeres se verían seducidas por este mundo? Por otro lado, más que ser una tendencia viral, este boom se inserta perfectamente en la tradición de crear modelos de consumo para imponerlos en las mujeres, obligándolas a comprar productos y ropa; pero, en este caso, además, comprar la idea de que ser una esposa devota es la clave de la felicidad.

El modelo de las tradwives no es nuevo. En películas ambientadas en los cincuenta y sesenta como La sonrisa de Mona Lisa (2003), Las horas (2002), o The Help (2011) se puede observar que la presión por imponer ese molde particular en la vida de las mujeres es una tradición de más de cincuenta años. Sin embargo, con el crecimiento de este contenido en TikTok su popularidad ha resurgido. Ahora parece que se ignora la connotación negativa que había ganado hace algunas décadas y el enfoque se dirige a lo estético. Es cierto que el contenido puede ser atractivo en una forma de fantasía. Ver a mujeres con ropa de lujo, casas hermosas y con el tiempo para preparar platillos complicados —sin necesariamente hacer un análisis de los roles de género asociados detrás— es una buena forma de entretenimiento. Sin embargo, la imposición subrepticia de ideas normativas sobre cómo debe ser una mujer y su vida son de las más grandes amenazas para la libertad de las mujeres. No es que un movimiento en Tiktok vaya a revolucionar la vida de las mujeres, pero sí puede abonar a ideas regresivas y generar nuevas y costosas inseguridades.

Paradójicamente, el resurgimiento de las tradwives llega tras el auge del girlboss feminism, cuya popularidad ha disminuido en tiempos recientes y que predicaba todo lo contrario. Bajo el esquema del feminismo liberal, se promocionaba la idea de ser una girlboss, entregarte a tu trabajo, “conquistar” el mundo dominado por los hombres, y aceptar tu cuerpo tal y como es. Se trataba de un discurso de “empoderamiento” que permitía a las mujeres evitar el reto de elegir qué tipo de vida deseaban: podían tenerlo todo. Este fenómeno se retrató en campañas como “Sé lo que quieras ser” de Barbie, o películas como Joy (2015).

Aunque las bases de este feminismo tiene aspectos irrenunciables, que se han integrado a la vida social y política como la premisa de igualdad entre hombres y mujeres en el campo laboral, la independencia económica, el rechazo a estereotipos físicos a los que las mujeres deben atenerse, pronto fue evidente que esta propuesta ignoraba a muchas mujeres sin los privilegios necesarios para integrarse al mercado laboral, o para abandonar tareas de cuidado del hogar que se adjudicaban casi exclusivamente a ellas. El resurgimiento de la popularidad de la esposa tradicional o la tradwife podría ser respuesta a lo que el feminismo liberal prometió y no cumplió. La promesa era la posibilidad de tenerlo todo. Las mujeres podrían ser parte del mercado laboral, estudiar, superarse, y también planear una familia bajo las condiciones que desearan. Muchas mujeres formaron una familia, estudiaron y trabajaron jornadas completas para después regresar a cuidar a sus hijos, preparar comida y hacer todo de nuevo al día siguiente. Sin un sistema robusto de cuidados y sin la cooperación de sus parejas, se volvió evidente que no era posible tenerlo todo.

En cierta medida, la popularidad del modelo de la esposa tradicional puede verse como una consecuencia a las fallas del feminismo liberal y las estructuras sociales asociadas a él. Si hay una promesa incumplida por tenerlo todo, es natural que a gran escala se comiencen a promover modelos que lidien con ese descontento. Aunque no se trata de un fenómeno absoluto y las razones por las que una mujer decide acercarse a un modelo u otro también responde a factores culturales y económicos individuales, la presencia mainstream de cualquiera de los dos modelos habla sobre las condiciones en las que se encuentran un sector particular de mujeres. También habla de que comúnmente se promueven modelos o arquetipos de la mujer ideal y que casi siempre son modelos imposibles de seguir. Al respecto, la lucha de algunas mujeres años atrás puede ofrecer algunas lecciones.

Betty Friedan y el problema sin nombre

Después de la Segunda Guerra Mundial, especialmente en Estados Unidos, el modelo de la esposa tradicional perfecta era publicitado en todos lados. Las tasas de natalidad eran altas y el porcentaje de mujeres blancas de clase media que no eran parte del mercado laboral también. Las mujeres de ese sector estaban enfocadas en bajar de peso, verse bien, y cocinar los mejores platillos. Lo popular era buscar la perfección. A pesar de que muchas mujeres lograron adherirse a este modelo casi al pie de la letra, los casos de depresión y ansiedad en mujeres eran comunes sin que pudiera explicarse el por qué. Betty Friedan, en su libro La mística de la feminidad analizó este fenómeno y encontró lo que llamó el “problema sin nombre”. La autora argumentaba que el discurso sobre el rol “correcto” que deberían adoptar las mujeres las convirtió en prisioneras profundamente solitarias. Debían ser femeninas, atractivas y encontrar la verdadera felicidad en ser madres y esposas devotas. La identidad de las mujeres se creaba a partir del discurso social y las mujeres debían verlo e interiorizarlo. Para muchas mujeres moldear su identidad conforme a las voces de afuera no funcionaba. Encontraban sus vidas poco satisfactorias sin saber la razón, y como el discurso general les seguía diciendo que esa era la clave para la felicidad, pensaban que ellas eran el problema. Este “problema sin nombre” podía rastrearse en la educación, la publicidad, y en el discurso de sus esposos y figuras paternas y de autoridad. No había mucho espacio dentro de las estructuras sociales para hablar del problema y mucho menos para salir de él.

Resulta interesante que la infelicidad de la que hablaba Friedan haya sido una consecuencia directa al modelo que se promociona ahora, y que muchas personas encuentran interesante o atractivo. Pero las similitudes entre lo que Friedan describe y la actualidad van más allá de lo evidente. En el fondo, se trata de una estructura dentro de la sociedad que promociona la forma correcta de vivir la vida para las mujeres. A veces puede promover más valores tradicionales, a veces promueve valores más estéticos, pero el objetivo es el mismo: mostrar cómo se debe vivir. Encajonar a las personas en categorías muy limitadas. Restarle complejidad a la vida. Ya mencionaba que es poco realista pensar que la popularidad de contenido en TikTok cambie a una generación completa, pero sí es posible que alimente a ideas muy viejas que nunca se han ido del todo.

Después de investigar y criticar distintas estructuras que llevaron a la existencia de esta infelicidad de la cual no se podía hablar, Betty Friedan escribió sobre la posibilidad de tener otra historia. Friedan reconocía lo difícil que era abandonar la mística de la feminidad y volcarse a sí misma para encontrar un camino. Abandonar las voces de fuera para darse cuenta que la identidad puede estar solamente determinada por una misma es uno de los caminos más difíciles, pero ignorar el problema y atenerse al discurso predominante sólo podía traer más infelicidad.

Muchos años después de la publicación de ese libro las mujeres tenemos más oportunidades y más derechos. Las reglas de cómo vivir son más flexibles, hay más caminos disponibles para elegir. Muy probablemente el movimiento de las tradwives no tiene ni va a tener la misma fuerza que tuvo el fenómeno que analizó Friedan hace más de cincuenta años. Pero el espectro se va moviendo poco a poco hacia una idea de libertad completamente distinta. Es normal que exista descontento sobre muchas dinámicas que ponen a las mujeres en desventaja al momento de tomar decisiones, es normal que resulte frustrante darse cuenta de que la promesa del todo es falsa, pero volver a un modelo que ya provocó serios problemas para mujeres hace muchos años difícilmente es la respuesta.

En estas discusiones es común que la idea de la libertad se utilice como una respuesta inmediata. ¿Por qué no elegir algo sólo porque a algunas personas no les funcionó? La realidad es que este es un problema mucho menos individual que lo que algunos cuestionamientos sugieren. Cuando la identidad ideal de las mujeres se construye como un discurso que poco a poco va formalizando y acaparando estructuras es importante considerar el pasado y cómo podría afectar no sólo el presente, sino también el futuro de muchas mujeres.

 

María José Padilla Soberón
Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México

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Publicado en: Política

Un comentario en “Las tradwives y el problema sin nombre

  1. También convendría revisar argumentos antiguos sobre si las mujeres debían estar fuera de casa. Por ejemplo en el siglo XIX la flexibilidad laboral era tan buena que hasta los niños tenían trabajo, en las fábricas y en el campo, en jornadas de mínimo 16 horas. Tanto hombres como mujeres y niños tenían trabajos en las fábricas y en el campo. ¿es un avance o un retroceso que se prohibiera el trabajo de mujeres y niños en las fábricas?

    También habría que ver que si todas las personas en edad de laborar entraran al mercado de trabajo, entonces los costos laborales de las empresas disminuirían bastante.

    Hay habido cambios culturales. Antes se tenía la idea de que el fuerte no debía usar su fuerza para oprimir al débil. Específicamente, a los hombres se les decía que no usaran su fuerza física para golpear a mujeres y niños, pero esta situación ideal no impidió que mujeres y niños recibieran golpizas en una sociedad donde el uso de la violencia estaba normalizado. La idea actual es dar a las mujeres el apoyo social necesario para salir de situaciones de maltrato, lo cuál es un avance. Aún así, creo que se debería retomar la idea de la contención en el uso de la fuerza (poder) no solo física sino de otra índole.

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