Lenin: contexto, revolución y legado

A todo hombre, sea quien fuere, es indispensable inclinarse ante lo que constituye la Gran Idea. Aún al hombre más estúpido le es indispensable que haya algo grande…

—Dostoievski, Demonios

En los años noventa todo indicaba que teníamos un veredicto definitivo sobre el fracaso del experimento soviético; su violenta incomprensión de lo que mueve a individuos y sociedades traducida en asfixia de la sociedad civil hasta gangrenarse como sistema y colapsar bajo su propio ambiente anaeróbico. Quedaba claro que la verdadera respuesta de la modernidad son las sociedades abiertas. Occidente podía sentirse satisfecho de sí mismo y la autoindulgencia daba hasta para pensar que la historia ya no era motivo de desvelos.

Esa seguridad arrogante recibió una secuencia de reveses que van desde la sacudida del sistema económico global en 2008 y la puesta en entredicho de la Unión Europea, a la fatídica crisis político-cultural que arranca en 2016 con la renuncia angloamericana al credo neoliberal que, en buena medida, fue una exaltación de su capitalismo: de un sistema económico de producción en retirada, sistemas financieros hipertrofiados e incremento de brechas sociales. Pero a 33 años, el colapso de la Unión Soviética comienza a comprenderse como el primer acto de una crisis mayor del legado de la modernidad; el segundo acto apenas se ha estado desplegando en tiempo real con el grotesco reality show que la era Trump le está brindando al mundo. En cuanto al tercer acto… no queremos siquiera pensar en él.

No hay que caer en las tentaciones de ver el triste espectáculo de hoy como mera secuela de la crisis del capitalismo. Es una crisis de carácter civilizatorio. No se entenderá el punto si se sigue incurriendo en los tics del aparato conceptual marxista que todo lo reduce a sistemas económicos. De hecho, marxismo y neoliberalismo son, en buena medida, dos expresiones de una metafísica de la modernidad que insiste en ver a los órdenes humanos como mecanismos, sean eficientes o defectuosos, de donde una y otra vertiente de pensamiento derivan sus respectivas agendas y visiones de ingeniería social.

Tanto el marxismo como el neoliberalismo no dejan de ser dos nietos de la Ilustración: de ese optimismo en las capacidades del hombre para crear su propia realidad cimentado en un conocimiento que supuestamente libera del pasado, el cual sólo puede ser mirado como lastre o estorbo. De lo que se trata es de hacer lo más racional posible las instituciones humanas rompiendo ataduras. No en balde la ilustración ha sido vista por comentaristas, de ayer y de hoy, como un movimiento puesto en marcha por hombres carentes de perspicacia antropológica y, ciertamente, de entre su descendencia los neoliberales muestran una total ausencia de agudeza en ese sentido; de algún barrunto de conciencia con respecto a la psique profunda que lo mismo moldea órdenes sociales que detona acontecimientos históricos.

En el marxismo se encuentran esas mismas falencias, pero siendo más viejo que el neoliberalismo aún trató de responder a preguntas mayores sobre el destino humano que no dejan de vincularlo con la teología, aunque sea de manera involuntaria. El marxismo-leninismo, específicamente, fue una respuesta inconsciente a la crisis ocasionada por el proceso de secularización en sociedades atrasadas: una respuesta espantosa sin duda, pero con conexiones más profundas de lo que se le concede con las ansiedades propias de sociedades que experimentaban cambios fuera de su control y comprensión.

Por más que pretendiera ser una superación de la filosofía especulativa alemana, el marxismo no dejó de ser su producto y responder a su proyecto. El idealismo alemán tomó la estafeta de la vieja teología al proponerse una visión, una perspectiva total-unificadora sobre la historia y el orden social humano bajo la convicción de que hay un significado que es posible escuchar entre todo el caos y tumulto del paso del hombre por este mundo. Nada de furia y ruido como se concluye en Macbeth, sino sentido oculto y profundo, ahora revelado no mediante la gracia de la Fe, pero sí por la fuerza del intelecto y sus facultades críticas. Hegel parte de tal convicción que Marx hace suya íntegramente. La Historia conforme avanza despliega su sentido —lo que le da a la modernidad una suerte de ventaja epistémica.

Esa confianza total en semejante proyecto, en el poder del pensamiento abstracto para desentrañar realidades y verdades últimas, es lo que Rüdiger Safranski ha llamado “los años salvajes de la filosofía” de los cuales Marx es el más feral de sus criaturas. El materialismo filosófico no deja de ser una metafísica. Nada que ver con el pensamiento científico que reúne evidencias a partir de prueba y error para juntar las piezas del rompecabezas y hacerse una idea de una visión del conjunto sin prejuzgar cómo éste será. En el marxismo, como en toda filosofía especulativa, ya se sabe de antemano cómo luce esa totalidad y a dónde conduce. De la epifanía del Manifiesto Comunista a El Capital, veinte años después, hay mucho trabajo de biblioteca, pero no la disposición a reconsiderar una tesis inicial que en realidad es una visión, nunca una conclusión.

Realidades empíricas como la clase obrera no son en el marxismo más que un constructo filosófico. Nada que ver con sus aspiraciones mundanas, creencias, hábitos, costumbres, vínculos generacionales, o familiares, formas de socialización y diversión. Nada, en suma, que recuerde su ser social: sólo su posición en un momento dado del drama histórico en la que la explotación del hombre por el hombre será abolida de una vez por todas.

La clase obrera tiene un rol asignado: alguien le debe avisar de ello y tal aviso viene de fuera, de quienes han captado las verdaderas leyes del devenir histórico. Al mismo tiempo el marxismo se concibe como un desenmascaramiento de todos los mecanismos ideológicos e institucionales que ocultan la verdadera naturaleza de dominio y explotación entre los grupos humanos. Si ello fuera evidente, el arribar a la verdadera conciencia de clase no requeriría de un trabajo teórico. Al proclamarse como una ciencia por develar que los discursos dominantes son falsa conciencia, se establece que no cualquiera puede comprender semejantes revelaciones y traducirlas en una praxis. Muchos marxistas han pretendido consolarse con que Lenin pervirtió a la doctrina instituyendo una élite revolucionaria para realizar una función vicaria de la clase obrera en la historia, pero la perspectiva privilegiada que el marxismo supone dejó abierta esa veta.

El primer receptor del mensaje clarividente es el intelectual y quienes guardan rasgos afines (Intelligentsia). Un fenómeno que se le escapó al análisis ortodoxo de la lucha de clases —tendría que llegar Gramsci para tomar nota de ello— es hasta qué punto el trabajo intelectual y los que a él aspiran fueron novedad en el paisaje. La expansión de los servicios educativos, las imprentas y las editoriales, la multiplicación de espacios que van desde la oficina, el aula, el cubículo, el café y la bohemia le dan a la modernidad fin de siècle uno de sus rasgos característicos.

Los intelectuales fueron los contendientes más viables para disputar influencia a las estructuras de poder del zarismo, ello con un discurso de la emancipación universal que todo lo desenmascara salvo sus propias motivaciones en las que se funden los deseos de justicia y cambio, por un lado, con los de resentimiento y ambición sin límites por el otro. El marxismo se convierte de este modo en la ideología última, pues no puede haber mejor coartada del interés propio que presentarse como la crítica de todas las ideologías que subliman egoísmos: devela y oculta al mismo tiempo. Esta será una constante a lo largo del siglo XX con su punto más evidente en el mayo francés, cuando el estudiantado prácticamente se asume como sucesor de la clase obrera en la batalla por la historia. Por contraste, queda el movimiento Solidaridad en Polonia como la única revolución genuinamente proletaria del siglo XX y un sello inequívocamente anticomunista.

Es así como el rasgo distintivo de la revolución rusa —a diferencia de la muy plebeya revolución mexicana— fue el peso específico de la Intelligentsia y ello no se refiere exclusivamente a la dirigencia bolchevique, sino a muchos otros actores y organizaciones que configuran entorno y códigos de actuación. La pasión revolucionaria y hasta terrorista de los segmentos radicalizados de la Intelligentsia antecedió a su conversión al marxismo, dándole a éste un sello conspirativo particular que no se encuentra en sus versiones occidentales. Las primeras lecciones políticas de Lenin provienen de la literatura de Chernychevsky1 y de círculos como la “Voluntad del Pueblo” de Tkachev antes de toparse con los textos canónicos de Marx y Engels. De acuerdo con el historiador británico Orlando Figes, no fue el marxismo el que hizo revolucionario a Lenin sino éste quien inoculó de revolución al marxismo.2 Sin la cultura política específica de la Intelligentsia rusa no se puede entender la mutación del marxismo en bolchevismo ni las acerbas diatribas de Lenin contra las grandes figuras socialdemócratas de la época.

En perspectiva la Intelligentsia rusa es un caso de mal procesamiento de la oleada de secularización que llega desde Occidente. Las obsesiones políticas comienzan a reemplazar a las de carácter místico religioso o más bien a reformularlas. No se cuestiona la promesa de la redención, de parusía o advenimiento de un nuevo mesianismo, con sus bienaventurados y condenados, que marque el final de los tiempos. Todo aquello se retraduce a un lenguaje y una retórica política con su propia escatología. Nace así la idea de la Revolución como un engendro místico, hermético a todo cuestionamiento: código común de toda la diversidad de discursos que ensayará esa Intelligentsia como salida al desconcierto de su mundo perplejo ante los retos que le plantea Occidente. Es esta visión de la revolución mesiánica y la posibilidad de recomenzar y ordenarlo todo bajo parámetros de justicia la Gran Idea que gobierna y pierde a la Intelligentsia, dispuesta a renunciar a cualquier cosa menos a su sagrada “revolución” aún y confinada en el Gulag, como bien observara Nadezhda Mandelshtam.

Ilustración: Estelí Meza

Otros, por el contrario, no le niegan agudeza de aptitudes, pero junto a un perfecto desconocimiento de la realidad, a una abstracción feroz, a una monstruosa evolución en un solo sentido…

—Dostoievski, Demonios

El partido bolchevique y los eventos que conducen a lo largo de 1917 al coup d’ etat del 25 de octubre de ese año (calendario juliano; 7 de noviembre en nuestro calendario gregoriano) son indisociables de la personalidad de Lenin. Quizás en la actualidad sea fácil burlarse de él como un pensador de tercera. No se exagera si se le señala como el autor del peor libro en la historia de la filosofía (Materialismo y Empiriocriticismo); sus textos sobre análisis económico y social son indignos de un estudiante que lucha por graduarse (Robert Service). Posicionó eso sí este monomaníaco de la revolución, una letanía de epítetos y abusos verbales destinados a las izquierdas dispuestas a negociaciones políticas que en su momento fueron profundamente siniestros, aunque repetirlos hoy en día tienen un efecto más bien humorístico. Pero no deja de ser un error el juzgar las capacidades de hombres de acción meramente por la calidad de sus textos. Lenin, nacido Vladimir Ilich Ulianov (Simbirsk, 1870) y con su nom de guerre aludiendo al río Lena de la Siberia de su deportación en 1895 fue, sin lugar a duda, un táctico y estratega de primera.

Lenin era un maestro para leer una coyuntura, en extraer lecciones de la experiencia y detectar los puntos débiles del enemigo. Sabía cuándo avanzar o retroceder; cuándo y cómo dar un viraje con timing perfecto. Se habla menos de su genio para la persuasión en corto, esencial en un conspirador. Lo hizo en cuatro ocasiones decisivas: en su arribo a San Petersburgo un mes después de la abdicación del Zar cuando los bolcheviques —Stalin incluido— creían que la orden del día era colaborar con una coalición de izquierdas pero Lenin con sus famosas “tesis de abril” los lleva a una ruptura; la encerrona decisiva con su comité central durante catorce horas entre el 10 y el 11 de octubre para persuadirlos, ante el pánico de más de uno de sus camaradas, de dar el golpe que les daría el poder semanas después; ya instalado en el poder vuelve a convencer a su círculo a principios de 1918 de aceptar, para ganar tiempo, los términos de los tratados de Brest-Litovsk, una capitulación de facto frente a los alemanes y, por último, cuando vuelve a persuadir al comité central de abandonar el llamado Comunismo de Guerra adoptando —por el momento— una política de mercado y así frenar una rebelión campesina generalizada que los pudo haber barrido en 1921. Trotski podría ser un mejor agitador de masas, un orador fuera de serie, un divo de la revolución, mientras que Lenin en la plaza pública se prestaba a la parodia por su corta figura, voz cascada y dificultad para pronunciar las erres, pero otra cosa es la capacidad para convencer a un grupo de hombres discutidores a tomar altos riesgos y seguir un curso de acción preciso. Y es que Lenin tenía la clarividencia del que sabe lo que quiere: un activo invaluable en situaciones confusas y cambiantes.

La complejidad y vértigo de los acontecimientos de 1917 en el marco de la Primera Guerra Mundial difícilmente puede sintetizarse en unos párrafos. Básicamente hay tres momentos nodales. Las extraordinarias jornadas de febrero que culminan con la abdicación del zar una semana después, resultado de una verdadera movilización espontánea de las masas que toma a todos por sorpresa, comenzando por los partidos de izquierda (bolcheviques, mencheviques y social-revolucionarios). Posteriormente los acontecimientos de julio-septiembre en donde el segundo gobierno provisional (Kerensky) le apuesta a una contraofensiva contra el ejército alemán, fracasando estrepitosamente en el intento, lo que desemboca en un amague de golpe militar para imponer disciplina en el ejército (Kornilov), seguido de un fallido motín liderado por los bolcheviques, quienes en vano tratan de replicar las movilizaciones callejeras de febrero. Finalmente, el cambio de metodología bolchevique y su toma del poder en la mal denominada Revolución de Octubre, ya que en realidad fue un coup d’ etat logrado con la complicidad de la guarnición de Petrogrado (amotinada contra el gobierno porque iba ser enviada al frente) y piquetes armados en puntos estratégicos de la ciudad, todo al más puro estilo putsch que inspiraría la imaginación de más de un fascista en los años veinte.

El efímero paréntesis de gobiernos en libertad que experimenta Rusia hasta antes del golpe bolchevique estaba destinado al fracaso por diversas razones. Su primer gobierno provisional encabezado por el príncipe Lvov confundía gobernar con legislar, lo que no ayudaba bajo la enorme presión de una guerra que se estaba perdiendo. Uno de sus primeros decretos fue sencillamente suicida: institucionalizar los comités de soldados en el ejército, quebrantando de inmediato las cadenas de mando. La disciplina se perdió para siempre y de allí irradió una crisis de autoridad que se extendió a las zonas rurales y a la textura misma de la vida por toda la Rusia europea.

La imposible tarea que se marcan los dos sucesivos gobiernos provisionales (Lvov primero, Kerensky después) es consolidar las instituciones democráticas sin emanar ellos mismos de un proceso democrático (algo similar a lo que experimentaría Gorbachov setenta años más tarde) y aplazando las dos decisiones más candentes (la cuestión de la tierra y la guerra o la paz) a la instauración de una Asamblea Constituyente, con toda la complejidad de organizar un proceso electoral en un territorio como el imperio ruso.

Lenin explotó perfectamente todas las debilidades y vacíos de dos gobiernos consecutivos con enormes limitaciones para regular o incidir en el comportamiento de grupos y actores colectivos. Su golpe de Estado fue un tres en uno: contra el gobierno provisional propiamente dicho y la Duma del que emanaba; contra el comité ejecutivo del Soviet (Ispolkom) y por último contra la Asamblea Constituyente a la que sólo permite su sesión inaugural (en enero) para clausurarla en la madrugada al no obtener de ella, como era de esperarse, el reconocimiento del golpe.

No deja de ser significativo que el resto de la izquierda e Intelligentsia no bolchevique, si bien protestó airadamente la manifiesta ilegalidad y usurpación detrás de la estrategia fait accompli de los golpistas, nunca los percibieron como una verdadera amenaza pese a que claramente estaban destruyendo las instituciones de representatividad y autogobierno emanadas de la Revolución de Febrero. Lo que más temían era un golpe de Estado de la reacción pues, después de todo, veían a los bolcheviques como de los suyos: desaprobaban sus métodos, pero consideraban que el objetivo final era el mismo y que, a su manera, se estaban haciendo cargo de las demandas de las masas. No se les ocurría que los métodos bolcheviques terminarían fijando sus propios objetivos y trayectoria; que el uso de la violencia puede ser adictivo y, en la impunidad, tan sistemático como corruptor entre quienes así la ejercen. El credo de la revolución y sus objetivos finales no los habían preparado para tales consideraciones ni para sospechar que los procesos históricos se configuran a sí mismos, pues el camino tiene la última palabra, no la meta.

Y el camino fue atroz. Historiadores como E. H. Carr encabezaron la indulgencia académica hacia los bolcheviques insistiendo que su violencia y autoritarismo fueron en realidad producto de la guerra civil (1918-21) que les fue impuesta por generales reaccionarios y ejércitos extranjeros (la legión checoslovaca y la ocupación norteamericana del puerto de Arcángel en 1918; la presencia británica y francesa asimismo en el Mar Negro y Crimea o la japonesa en la Siberia oriental). Pero la guerra civil ya estaba en el script bolchevique y era inevitable una vez que se optó por la ruta golpista, sobre todo al suprimirse la Asamblea Constituyente. Por iniciativa de Lenin en diciembre de 1917, antes de que se organizaran los ejércitos blancos o intervención extranjera alguna, se instruye la formación de la Comisión Extraordinaria para la Lucha contra la Contrarrevolución y el Sabotaje (Cheka por su acrónimo ruso: antecesora de la GPU, luego NKVD y finalmente KGB) con la directiva de perseguir, aprisionar, torturar y realizar ejecuciones.3 En diciembre de 1917 también inicia la clausura de la prensa antibolchevique.

Pero lo más sintomático es que desde marzo de 1918, cuando el partido bolchevique cambia de denominación a partido comunista, en las directrices emitidas por el Comité central aparece el término “expersonas” para designar a los segmentos sociales presuntamente ligados al zarismo o al gobierno provisional derrocado. Las tarjetas de racionamiento repartidas asignan gramajes según la condición social. Dirigentes como Zinóviev anuncian que un 10 % de la población rusa puede ir esperando lo peor y, por lo pronto su tarjeta de racionamiento sólo “les recordará el olor del pan”.4 Por primera vez en la historia moderna la culpabilidad de alguien frente al Estado se define no por lo que hace, sino por lo que es: la revolución bolchevique comienza a presentarse menos como camino a la utopía y más como una “solución final”.

No era eso, no era eso; no era nada de eso…

—Dostoievski, Demonios

La contradicción de crear una élite cuya misión era imponer la igualdad no se le escapó a más de uno en las disputas al seno de la socialdemocracia rusa en 1902, Trotski incluido, quien quince años después, ante la posibilidad de la toma del poder con la franquicia bolchevique, olvidó convenientemente sus objeciones. Si bien el terror desatado como política central y la guerra civil fueron elecciones deliberadas, cabe concederle a Carr que fueron asimismo eventos decisivos en la conformación de la psique colectiva bolchevique y del curso que tomaría el régimen. Ya Dostoievski advertía que los crímenes orquestados por camarillas, más que su ideología dura, las cohesionan: una disciplina creciente se fue ganando cada vez que se rebasaban umbrales y puntos de no retorno (por ejemplo el asesinato de la familia real en julio de 1918 marca una escalada en la implementación del terror); seguirían las ejecuciones sumarias de Kulaks (campesinos prósperos) y la confiscación de alimentos de las aldeas —especialmente en la provincia de Tambov, región del Volga— precipitando una hambruna con todo y episodios documentados de canibalismo; también la institución de campos de concentración con un uso cada vez más generalizado del trabajo forzado5 y, finalmente, la represión de Kronstadt a los mismos marinos que colaboraron en el putsch de 1917.

No hay una contabilización confiable de cuántas vidas se perdieron en la guerra civil (las estimaciones varían entre tres y nueve millones), y sin duda fue una catástrofe mayor para Rusia que su naufragio en la gran guerra europea, pero ese era el proyecto de Lenin: hacer de la guerra imperialista una guerra civil que barriera no sólo a Rusia sino a Europa toda. Que no sorprenda el progresivo aislamiento de los bolcheviques una vez que para el resto de Europa quedara bien ilustrado su mensaje.

Es ridículo que Trotski denunciara el curso ulterior que tomaría el régimen, atrapado en su dinámica violenta, como una desviación del Octubre Rojo. Quizás la desviación y su caída en desgracia eran asuntos indisociables para él. Pero Lenin y Trotski habían abierto la vereda hacia el totalitarismo: la eliminación de las libertades políticas y civiles, el terror policiaco, la supeditación de la sociedad al Estado, del Estado al partido y éste a un comité central, haciendo imposible que fuera una instancia supervisada por cualquier otra. La Intelligentsia bolchevique había mutado en ideocracia. Pero, por encima de todo, su novedad fue hacer de la ideología omnipresente un arma de destrucción masiva lista para ser utilizada. Todos esos elementos los perfeccionaría Stalin.

Finalmente sería Stalin quien terminara de implementar la destrucción de la vida campesina, suprimir toda forma de propiedad privada, hacer los ciudadanos propiedad del estado y conformar un régimen tal en el que los mismos carceleros fueran prisioneros. La cereza en el pastel: volver la violencia del partido hacia la sociedad, en violencia hacia el propio partido para recomponerlo a la medida. Captó las debilidades de la ideocracia o vieja guardia bolchevique en tanto élite, no sólo por su origen de clase ajeno al de los nuevos cuadros del partido sino porque en su dirigencia estaban sobrerrepresentadas minorías que fácilmente suscitaban resentimiento (armenios, judíos, letones y georgianos, como él). Stalin decidió encabezar la nueva composición social del partido y del régimen para transformarlo en la burocracia militante del homo sovieticus, dando un viraje hacia el gran nacionalismo ruso, a manera de estrella polar que guiara sus decisiones estratégicas al frente del imperio geopolítico e ideológico. El terror desde arriba sería la única fuerza para dinamizar un régimen así dado a la estratificación y el estancamiento: Stalin lo comprendió todo a la perfección.

El colapso del muro de Berlín y la Unión Soviética invitaban a una celebración, pero hasta hoy comenzamos a comprender que somos los huérfanos de la modernidad y además hemos derrochado la herencia. No más llamados universales (marxismo y neoliberalismo lo fueron); no más auroras. La prédica de los derechos humanos, pálido sucedáneo de lo sagrado es psicológicamente inverosímil. A diferencia de los comienzos de la Ilustración, se ha perdido demasiada fe en la humanidad. Imposible ignorar ya lo que somos capaces de hacernos, a los animales, al planeta. En este punto de la aventura humana ¿de quién o de dónde podríamos obtener absolución?

Tendremos que encontrar la manera de vivir sin ella.

 

Rodrigo Negrete
Economista y ensayista

Una versión de este artículo fue publicada como “Moscú: El sonido y la furia” en la edición de octubre de 2017 de la revista nexos.


1 “¿Qué hacer?” uno de los textos fundacionales del leninismo toma su título de una de las novelas de este autor, en donde se esboza el perfil del revolucionario como un profesional duro y disciplinado.

2 Figes, Orlando, A People’s Tragedy: The Russian Revolution 1891-1924, 1996.Penguin Books,

3 Las directivas de Lenin fueron descubiertas en 1991, cuando se abren algunos archivos del período. Destaca la frase “consigan trúhanes duros”. Se habla también de ejecuciones ejemplares a la vista de todos en las aldeas rurales (ver Jonathan Brent, NYT, mayo 22, 2017).

4 Zinoviev fue el primer miembro del Comité Central en proferir un discurso público manifestando abiertamente intenciones genocidas en septiembre de 1919: “Nosotros debemos ocuparnos de 90 millones de rusos. En cuanto a los 10 millones restantes no tenemos nada que decirles. Deben ser aniquilados” Pipes, Op. cit pp. 224, Tr. En cuanto al inolvidable discurso de Zinoviev sobre “el olor del pan” ver pp. 206.

5 En agosto de 1918 Lenin ordenó la construcción de campos de concentración. A finales de 1920, es decir, al concluir la guerra civil, había ya 84 campos sumando aproximadamente 50 000 prisioneros. Pero tres años después se contaban hasta 315 lo que acumulaba 70 000. Richard Pipes, op. cit. pp. 227. El régimen definitivamente había desarrollado una adicción a ese recurso que culminaría en el sistema Gulag.

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Publicado en: Internacional, Política