Lieja 7: el despojo de un emblema

La palabra que mejor define lo sucedido en materia de salud durante la administración del presidente López Obrador es “despojo”. En los últimos seis años, con la desaparición del Seguro Popular y su sustitución primero por el Insabi y después por el IMSS-Bienestar (IMSS-B), se despojó a 30 millones de mexicanos del acceso a servicios de salud. La desaparición de aquel seguro implicó también el despojo del acceso a servicios de especialidad a toda la población sin seguridad social, que ahora recibe del IMSS-B solamente servicios ambulatorios y de hospitalización general. La creación de esta última institución supuso, además, la transferencia de casi todos los recursos para la prestación de servicios curativos para la población no asalariada de la Secretaría de Salud federal al IMSS-B y el despojo de diversas funciones cruciales de rectoría. Ahora la Secretaría de Salud se limitará a la coordinación de las actividades de salud pública y algunas funciones de gobernanza. Esto implica, de facto, la entrega del poder del sector salud al IMSS, que no está sectorizado, y el consiguiente debilitamiento de los órganos centrales del Estado.

Ilustración: Izak Peón

A la usurpación de diversas funciones que está sufriendo la Secretaría de Salud, se suma, como agravio final, el despojo de su emblemática sede, ubicada en la calle de Lieja número siete en Ciudad de México. En respuesta a la extravagante ocurrencia presidencial de descentralizar toda la administración pública federal, el equipo de salud de la 4T trasladó las oficinas del titular de dicha Secretaría y del subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, y las oficinas de las Unidades de Análisis Económico, y Administración y Finanzas al puerto de Acapulco a principios de 2022, y su histórico edificio se cerró para supuestamente convertirlo en museo. Pero todo fue una onerosa simulación. El equipo directivo de dicha Secretaría siguió trabajando en diversas oficinas de Ciudad de México, visitando sólo ocasionalmente las nuevas instalaciones ubicadas en la Costera Miguel Aleman del puerto guerrerense. Al poco tiempo dejaron de visitarlas y ahora la nueva sede opera prácticamente vacía y con enormes dificultades debido a los daños provocados por el huracán Otis.

El saldo de los errores de la 4T es una Secretaría de Salud no solo errática sino también errante, despojada no sólo de autoridad sino también del espacio físico que la había albergado durante casi un siglo. Ese espacio no es un sitio cualquiera, sino uno de los edificios gubernamentales con mayor tradición de la capital del país. En su construcción convergieron tres nobles intenciones: darle al pueblo de México una mejor salud, establecer estructuras modernas de gobierno y fortalecer el patrimonio cultural de la nación.

Terminada la fase armada de la Revolución Mexicana, los diversos gobiernos posrevolucionarios mostraron un gran interés por la salud y sus instituciones. En la segunda mitad de la década de los veinte, México estaba listo para desplegar un vasto plan de salud pública que contribuyera a la rehabilitación e integración del país. Los pasos iniciales en esta dirección incluyeron la creación de las delegaciones federales de salubridad —que más tarde se convirtieron en los servicios sanitarios coordinados— y la construcción de la moderna sede del Departamento de Salubridad Pública (DSP), obra cumbre del arquitecto mexicano Carlos Obregón Santacilia. Su construcción inició en octubre de 1925, bajo la presidencia de Plutarco Elías Calles, y concluyó en noviembre de 1929, bajo la presidencia de Emilio Portes Gil, siendo jefe del DSP el doctor Aquilino Villanueva.

En el discurso de inauguración de esta magna obra, Villanueva puso de relieve las limitaciones de la atención exclusivamente curativa y la enorme importancia que se le concedería a la salud pública. En dicho discurso señaló:

Queremos abatir nuestra mortalidad infantil; queremos rescatar para el país esos veintiocho niños que mueren de cada cien que nacen […] Mas no es curando a los niños que enferman ni dando ayuda económica a los hogares indigentes como pensamos lograrlo. Nuestros higienistas nos dicen que la enorme mayoría de esas víctimas mueren de padecimientos evitables […] Y es contra esas causas capaces de evitarse contra las que va nuestro esfuerzo […] Limitarlo al establecimiento de consultorios o de hospitales para niños enfermos, a la provisión de alimentos o de ropas para niños indigentes, es hacer obra útil, quien lo duda, pero incapaz, absolutamente incapaz de resolver el problema.

Este edificio fue el primero que erigió el Estado posrevolucionario con el fin específico de albergar una sede de gobierno, en este caso, el DSP. Fue una clara expresión de la institucionalización del proceso revolucionario y una muestra de la importancia que la salud jugaría en la reconstrucción del país. Se ubicó en un lugar privilegiado, buscando descentralizar las tareas administrativas, concentradas hasta entonces en el Centro Histórico de la capital: entre avenida Chapultepec, la calle de Lieja y Paseo de la Reforma, a un lado de la Puerta de los Leones del Bosque de Chapultepec, cuando el Castillo todavía era la residencia oficial del presidente de México.

La construcción de este inmueble constituyó, además, un esfuerzo de integración plástica excepcional en el que colaboraron, además de Obregón Santacilia, Diego Rivera, los escultores Hans Philling y Manuel Centurión, y el orfebre William Spratling. Rivera ejecutó los murales del salón del Consejo de Salubridad General y el vestíbulo del laboratorio, y los vitrales de los cubos de las escaleras, dedicados a los cuatro elementos. Philling fue responsable de todos los bajorrelieves, mientras que Centurión esculpió las figuras de los doctores Eduardo Liceaga y Angel Gaviño, y del antílope y el caballo marino del edificio principal. Finalmente, Spratling diseñó los recubrimientos en cobre de los puentes que comunican los módulos del edificio y los macetones del vestíbulo del elevador de la planta principal, y forjó los finísimos barandales del primer piso, diseñados también por Philling. Había en ese proyecto un anhelo de innovación y modernidad. En un texto publicado en 1927 por Obregón Santacilia se lee lo siguiente:

[…] existe un espíritu nuevo, nuestra época tiene necesidades nuevas, francamente distintas a todas las que han existido antes, que exigen formas emanadas de ellas.

Pero lo más sorprendente, como bien señala Mauricio Ortiz en su extraordinario libro La Salud: México en su Bicentenario, es que el edificio de Lieja resume de manera por demás notable, en múltiples detalles arquitectónicos, el espíritu de la institución que albergaba:

En lo alto de la fachada principal se leía, en grandes letras grabadas en cantera, el lema “Salubridad e Higiene”, mismo que se repetía más discretamente en las puertas laterales. No era el nombre de la institución, era el sentido que la animaba: las dos raíces intelectuales de la salud pública; la francesa, salubrité, que es el uso de la ley para promover la salud, y la alemana, hygiene, que es el uso de la ciencia para el mismo objetivo. Del vestíbulo principal se desprenden dos escaleras. La de la izquierda está coronada por una estatua en cantera de Eduardo Liceaga con un libro en la mano, en referencia al primer Código Sanitario; esa es la salubridad: la ley al servicio de la salud. La escalera del lado derecho, en espejo, culmina en una escultura, también en cantera, de Ángel Gaviño con un microscopio en la mano, en referencia al papel que desempeñó en el Instituto Bacteriológico Nacional; ésa es la higiene: la ciencia al servicio de la salud.

En 1943 este edificio se convirtió en la sede de la naciente Secretaría de Salubridad y Asistencia. Por vez primera en la historia del país, una sola institución pública se encargaba de coordinar las actividades de salubridad para toda la población y de prestar servicios personales de salud a la población no asalariada. En 1984 dicho ministerio cambió su nombre a Secretaría de Salud.

En abril de 1993, a 64 años de haberse construido, el edificio de Lieja fue declarado, a través de un decreto presidencial, monumento artístico, ya “[…] que representa una de las mejores realizaciones del estilo arquitectónico de la década 1920-1930”.

Es este legendario monumento el que abandonó y descuidó la 4T en el proceso de simulación de la descentralización de la Secretaría de Salud al puerto de Acapulco. Pero no todo está dicho. El cambio de gobierno federal ofrece la oportunidad de recobrar aquella emblemática sede, todavía muy funcional, sobre todo tomando en cuenta que la Secretaría de Salud ya sólo se encargará de algunas tareas de rectoría y de la coordinación del Sistema Nacional de Salud Pública.

El equipo de salud del gobierno de Claudia Sheimbaum deberá dedicarse en lo inmediato a reparar los enormes daños ocasionados por la actual administración. Dentro de las medidas urgentes destacan la reparación del sistema de compra consolidada de medicamentos, el establecimiento de un plan de emergencia para rescatar los Programas de Vacunación Universal y Salud Materna, y el rediseño del Sistema de Vigilancia Epidemiológica, aprovechando las lecciones que dejó la pandemia de covid-19. El nuevo gobierno deberá también, frente al creciente poder del IMSS, reafirmar el papel que como ente rector federal jugará la Secretaría de Salud. El restablecimiento de su sede en el histórico edificio de Lieja constituye un gesto que mucho puede ayudar a cohesionar la hoy dispersa secretaría y a reforzar su papel como autoridad del sector. El rescate de Lieja 7 puede además prevenir el deterioro de uno de los inmuebles art decó más bellos de Ciudad de México.

 

Octavio Gómez Dantés
Investigador del Instituto Nacional de Salud Pública

Este artículo expresa sus puntos de vista personales y no refleja la posición
de la institución donde trabaja.

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Publicado en: Política, Salud