
Las enfermedades no transmisibles (ENT) representan una crisis silenciosa con efectos devastadores sobre la salud, la economía y el bienestar social. Estas condiciones crónicas, como las enfermedades cardiovasculares, el cáncer, la diabetes y los trastornos respiratorios crónicos, son el resultado de una interacción compleja entre factores genéticos, ambientales y sociales. Su impacto no sólo se refleja en la morbilidad y mortalidad, sino también en el estrés emocional, la disminución de la calidad de vida, la pérdida de productividad y la creciente presión financiera sobre los sistemas de salud y los hogares.
Este desafío adquiere una dimensión aún más grave cuando se analiza el modo en que el género influye en la experiencia de vivir con una ENT y en la respuesta del sistema de salud. Las mujeres enfrentan barreras específicas en el diagnóstico y tratamiento, lo que las coloca en desventaja frente a los hombres y perpetúa sesgos que ignoran sus necesidades diferenciadas de atención. Al interactuar con otros determinantes sociales de la salud, el género determina también las diferencias en la exposición a factores de riesgo, el acceso a los servicios de salud y la calidad de atención recibida, amplificando desigualdades preexistentes. Por ejemplo, mujeres y hombres se exponen de forma diferenciada al consumo de alcohol, de tabaco, a la inactividad física o a una dieta malsana. A causa de los roles de género, mujeres y hombres tienen también una participación desigual en el mercado de trabajo, lo cual se asocia a un acceso desigual a la seguridad social. Esto genera barreras estructurales y culturales que afectan de manera desproporcionada a las mujeres, quienes enfrentan mayores desventajas económicas, laborales y sociales, cuando se trata de manejar su salud.
Comprender las consecuencias de las ENT, desde una perspectiva de género, consiste en asimilar que es un determinante social de la salud que modula las percepciones, los comportamientos, la exposición a factores de riesgo y las vulnerabilidades sociales, de forma diferente entre niños, niñas, hombres, mujeres y personas de género no binario. El género influye también en la forma en que los individuos se enferman, buscan, acceden y utilizan los servicios de salud; en las actitudes de la comunidad y el personal médico, que se manifiestan con diferencias en el uso de medidas preventivas, las prescripciones terapéuticas, el reembolso del seguro de salud y la derivación o aceptación de terapias quirúrgicas.
Estudios recientes liderados por investigadores del Instituto Nacional de Salud Pública muestran que las mujeres son más propensas a asumir responsabilidades de cuidado, incluso cuando enfrentan su propia enfermedad. Esto limita no sólo su tiempo y recursos para atenderse, sino que perpetúa su exclusión del mercado laboral formal, afectando su capacidad económica para costear servicios médicos o acceder a seguros de salud. Los hombres, por su parte, experimentan las ENT desde su rol tradicional de proveedores. Si bien cuentan con mayores recursos financieros para acceder a atención médica, las masculinidades hegemónicas fundadas en pilares como los de la autosuficiencia, el ser fuerte, los roles de género rígidos, la agresión y control y otros, los hace más propensos a ignorar síntomas, retrasar diagnósticos y tener menor adherencia a los tratamientos. Estas dinámicas no sólo perpetúan desigualdades, sino que subrayan la urgencia de repensar cómo los sistemas de salud abordan las necesidades diferenciadas de género.
Lamentablemente, el análisis de estos hechos, desde una perspectiva de género, ha recibido escasa atención en la literatura científica, lo que contribuye a invisibilizar las múltiples vulnerabilidades y desventajas sociales que viven, sobre todo, las mujeres y las personas no binarias. Tras revisar más 5000 artículos publicados en los últimos veinte años sobre el tema, los autores de estos estudios evidenciaron que menos del 1 % de las investigaciones analizan los impactos sociales y económicos de estas enfermedades desde una perspectiva de género. Los estudios que lo hacen, revelan que las mujeres enfrentan mayores desventajas en términos de calidad de vida, acceso a servicios de salud y carga económica, además, recae sobre ellas una mayor responsabilidad como cuidadoras de otros miembros del hogar. Por su lado, los hombres tienden a experimentar mayores pérdidas de productividad y costos indirectos asociados a su rol laboral, aunque en el caso de las mujeres se documentó un gasto sanitario catastrófico más significativo. La revisión documenta que las mujeres se encuentran en gran desventaja en términos de recursos financieros para cubrir los costos de la atención médica, debido principalmente al patrón laboral femenino, que les asigna la responsabilidad primaria del trabajo del hogar (socialmente devaluado y generalmente no remunerado), con pocas oportunidades de participar en el mercado laboral. Esta situación perjudica no sólo su capacidad de pago para la compra de servicios médicos, sino también la posibilidad de contratar opciones de seguros contributivos, públicos o privados, para atender sus necesidades de salud. La revisión también halló que la literatura enfocada en la salud de los hombres es menor comparada con la literatura que aborda la salud de las mujeres.
Por otro lado, tras realizar un estudio etnográfico en personas con diabetes tipo 2 en comunidades urbanas y rurales de México, los autores mostraron cómo el género configura la experiencia de vivir con esta enfermedad. Las mujeres reportaron mayores dificultades para aceptar su diagnóstico, así como desafíos relacionados con el acceso a la atención médica y la carga de cuidado hacia otros. En contraste, los hombres señalaron el impacto de la enfermedad en su capacidad para trabajar, aunque recibieron más apoyo familiar y enfrentaron menos barreras financieras para tratarse.
Estos hallazgos dejan claro que las políticas de salud deben incorporar la perspectiva de género como un eje central para avanzar hacia una cobertura universal equitativa. Esto implica reconocer que las desigualdades de género no solo afectan la experiencia individual de la enfermedad, sino que también limitan la eficacia de los sistemas de salud.
Para garantizar un acceso equitativo a los servicios, es fundamental diseñar intervenciones específicas que aborden las necesidades diferenciadas de mujeres, hombres y personas de género no binario. Ello incluye promover la investigación centrada en género, capacitar al personal de salud en enfoques sensibles al género y asegurar la protección financiera para los más vulnerables. En concreto:
- Asignación presupuestaria efectiva. Asegurar fondos exclusivos para programas y servicios con perspectiva de género, incluyendo campañas de prevención y tratamiento de ENT adaptadas a las necesidades diferenciadas de los distintos géneros.
- Capacitación al personal de salud. Diseñar e implementar programas de formación en enfoques sensibles al género, que permitan identificar y abordar las barreras específicas que enfrentan diferentes grupos.
- Investigación con perspectiva de género. Promover estudios que analicen las diferencias de género en el diagnóstico, tratamiento y manejo de las ENT, para generar evidencia sólida que guíe políticas públicas.
- Cobertura financiera y acceso universal. Fortalecer mecanismos de protección financiera, con especial énfasis en mujeres en situación de vulnerabilidad, para garantizar su acceso a servicios de salud de calidad.
- Monitoreo y evaluación constante. Establecer indicadores de género en los sistemas de monitoreo y evaluación de políticas de salud, para medir avances y ajustar estrategias.
No implementar estas medidas sería una omisión histórica con consecuencias graves. Perderíamos la oportunidad de transformar las vidas de millones, de reducir la carga económica del sistema de salud y de avanzar hacia una sociedad más equitativa. La llegada de la primera presidenta al gobierno mexicano ofrece una oportunidad única para posicionar al género como un determinante clave en la planificación y ejecución de políticas públicas. El eje transversal previsto para el Plan Nacional de Desarrollo “igualdad sustantiva y derechos de las mujeres” parte de esta intención y debería reflejarse en el posterior Programa Sectorial de Salud ¡Veamos a dónde nos lleva en este camino el gobierno de la primera presidenta de México!
Ileana Heredia-Pi y Edson Serván-Mori
Profesores-Investigadores del Instituto Nacional de Salud Pública
Carlos M. Guerrero-López
Investigador-colaborador del Instituto Nacional de Salud Pública
Este artículo expresa los puntos de vista personales de los autores y no refleja la posición de las instituciones donde trabajan.