
“Cada cual libraba aquella guerra por su cuenta y riesgo,
sin poder contar más que consigo mismo”.
—Ryszard Kapuscinski, Un día más con vida
En 2025 Angola celebra medio siglo de vida independiente. La nación del África Austral, otrora joya de la corona imperial portuguesa, es una sólida economía de tamaño medio con una riqueza energética considerable. Un Estado plurinacional donde prima el mestizaje cultural, racial, religioso y lingüístico producto de más de 400 años de colonización europea. Un país con una historia política compleja, basada en un régimen de partido único, que enfrenta retos en materia social, educativa, sanitaria, democrática y de derechos humanos. Un aliado diplomático de Cuba y Rusia, pero también de Estados Unidos, China y la Unión Europea. Un destino turístico que atrae a visitantes de toda índole y procedencia. Un lugar del que México más que distante se encuentra cercano y del que, sin duda, nuestro país tiene no pocas cosas que aprender.
En su brillante crónica sobre la génesis del conflicto civil angolano, Un día más con vida, el desaparecido periodista polaco Ryszard Kapuscinski narra lo sucedido entre abril y noviembre de 1975 en el país sudafricano. En tanto corresponsal internacional de la agencia estatal de noticias polaca (PAP), Kapuscinski atestiguó y reporteó algunos de los acontecimientos más relevantes del siglo pasado, desde la revolución que destronó al emperador Haile Selassie en Etiopía hasta la Guerra del Fútbol entre El Salvador y Honduras, pasando por los últimos días del sha iraní en Teherán y la cruenta realidad de la dictadura de Idi Amin Dada en Uganda. Sin embargo, en palabras del propio periodista, fallecido en 2007, fueron sus meses en Luanda, la capital angolana, los que marcaron de forma indeleble su ejercicio periodístico y su visión del mundo.
En el libro, Kapuscinski da cuenta de la rápida evolución de la situación en Angola de una válida y para entonces añeja lucha por lograr la independencia a una guerra entre países vecinos para hacerse con el control y usufructo de las riquezas angolanas, alentados por la salida de Portugal y financiados y apoyados por Washington y Moscú, en el marco de la Guerra Fría, en su infinita sed de politizar e influir los territorios recién descolonizados del continente africano. Kapuscinski describe con precisión la huida estrepitosa de casi medio millón de colonos portugueses en las semanas y meses posteriores a la Revolución de los Claveles y el anuncio de la independencia angolana por parte del régimen que sucedió a Antonio de Oliveira Salazar en Lisboa, el rápido deterioro de las infraestructuras y los servicios en Luanda y las principales capitales de provincia angolanas tras el abandono y saqueo de los colonos partidos, la fragilidad del imberbe presidente angolano Agostinho Neto ante las crecientes tensiones en el territorio con la aparición de fuerzas guerrilleras opuestas a su Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA, por sus siglas en portugués) y dispuestas a disputarle el bastón de mando heredado por los lusitanos, la llegada de contingentes de soldados cubanos en apoyo a Neto, el financiamiento zaireño a unidades paramilitares en el norte de Angola y la imparable invasión de la Sudáfrica del apartheid desde el sur del país. En resumen, las condiciones que provocaron desde el 11 de noviembre de 1975, fecha oficial de la independencia de Angola, la guerra civil más larga y cruenta del continente africano, que no culminó sino hasta el año 2002.
“Junto con todos mis amigos de grado corrí a esconderme varias semanas, hasta que un batallón del ejército vino por nosotros y nos obligó a enlistarnos, no había escapatoria para nadie, todos teníamos que luchar por Angola. Al principio fue difícil, nunca en mi vida había visto un rifle de asalto, pero me habitué rápidamente, me hice adicto al sonido de los disparos. Una vez que empezaba no podía parar”, don José rememora la manera en que fue reclutado por el naciente ejército angolano, creado por el MPLA a partir de desertores del otrora ejército colonial portugués y cuadros jóvenes, en su mayoría inexpertos, provenientes del vasto territorio de sabanas y selvas que compone la geografía angolana. Con poco más de setenta años, don José asegura no saber con precisión su año de nacimiento, “antes la fecha no era lo importante, sino que se tratara de un año de buena o mala cosecha”, confiesa. Terminada la guerra, trabajó durante dos décadas en la boyante industria petrolera del país y se retiró hace unos meses. “Yo corrí con suerte, todavía estoy aquí para contarlo, muchos otros no”, reflexiona antes de santiguarse. A cincuenta años de independencia y del inicio de la guerra civil, una y otra siguen estando muy presentes en la memoria colectiva de los angolanos, sobre todo por sus consecuencias.
De acuerdo con The Halo Trust, organización no gubernamental dedicada a trabajar en países que han experimentado conflictos armados y enfocada en limpieza de minas terrestres, gestión de armas y municiones y enseñanza a la población civil de métodos y técnicas para mantenerse a salvo del peligro que implica vivir en suelo minado, en Angola, como consecuencia de la guerra civil, aún existen más de mil campos minados que cubren un total de 67 km2 en dieciséis de las dieciocho provincias en que se divide políticamente el país. Según estimaciones de The Halo Trust, las innumerables minas sembradas por todos los bandos durante los casi veintisiete años de enfrentamiento armado en la nación africana han generado alrededor de 88 000 accidentes en zonas rurales, aldeas, pueblos y ciudades de todo el territorio angolano, cobrando la vida de muchas personas inocentes y dejando sin extremidades y serios problemas de movilidad a otras tantas.
Quizá la lección más importante que la historia reciente de Angola pueda enseñar a nuestro país, si es que estamos dispuestos a aprenderla, es que las minas antipersonales son un lastre que trasciende, por mucho, la frontera de cualquier conflicto armado. Como indica el Comité Internacional de la Cruz Roja, “las minas antipersonales siguen siendo la causa de amputaciones y muertes incluso después de terminados los conflictos armados, y por lo general son las personas civiles las que sufren sus horrendas consecuencias”. La muerte de Pablo, niño jornalero de la comunidad michoacana de Santa Ana Amatlán, mientras trabajaba un campo limonero como consecuencia de una mina antipersonal el mes de febrero o la de tres campesinos michoacanos en el municipio de Tumbiscatío el pasado 5 de marzo son las primeras de la que podría ser una larga, interminable, lista de víctimas si México no actúa de forma inmediata y contundente contra las distintas organizaciones del crimen organizado que desde hace meses han comenzado a sembrar el campo de nuestro país, de Michoacán a Tamaulipas, de minas antipersonales. Si en ello no se interviene pronto y efectivamente, como bien lo sabe Angola, nos tocará cosechar muerte, no sólo hoy y mañana, sino por años e incluso décadas venideras.
Diego Gómez Pickering
Escritor, periodista y diplomático mexicano basado en Barcelona. Su libro más reciente es África, radiografía de un continente (Taurus, 2023).