López Obrador: hibris

En la Grecia antigua se conocía el término de error (hamartia) mas no el de pecado. La palabra hibris (hýbris) se usaba para referirse a la arrogancia y presunción desmedida que lleva a alguien a despreciar los límites establecidos a la acción humana por la divinidad. Más tarde indicó orgullo y autoconfianza exacerbadas.

Así, tal término se volvió relevante para entender el momento de líderes políticos que han acumulado gran poder y perdido conciencia de las barreras al mismo, lo que frecuentemente ha resultado catastrófico para la continuación de su dominio. En efecto, la hibris muchas veces ha ido acompañada de su contrario, la némesis, que designó a la diosa griega de “justicia retributiva” y la RAE define como “castigo fatal que restablece un orden anterior”.

La hibris se ha vuelto pertinente para entender la dominación del presidente Andrés Manuel López Obrador. A lo largo de su carrera ha quedado claro que tiene gran aprecio por el poder, el cual ha perseguido con pasión; empero, es cada vez más claro que no se frenará ante ninguna barrera con tal de seguir gobernando después de 2024 (ya sea de forma directa o por interpósita persona).

Ilustración: Kathia Recio
Ilustración: Kathia Recio

En efecto, se trata de un presidente ideológico con influjos marxistas y que, por lo mismo, tiene poco aprecio por la democracia representativa o “burguesa”, que estaría dominada por la oligarquía. Ya declaró que sus adversarios son “traidores a la patria” y que el regreso al poder de estos es “moralmente imposible”. Además, actúa con insolencia en su búsqueda por subyugar al INE.

Dicho esto, algo que pocas veces se menciona es que López Obrador ya no podría dejar el poder aunque quisiera. En efecto, durante los últimos años han aumentado los incentivos para que establezca una especie de Maximato. En particular, ha tomado muchas decisiones controvertidas y hasta ilegales que hacen de su control continuado del país una prioridad existencial para preservar su libertad personal, la de su familia y colaboradores después de 2024.

El momento en que se selló tal camino sucedió en octubre de 2018, con la cancelación del aeropuerto de Texcoco. Para un observador atento, quedó claro que el político tabasqueño había llegado para quedarse y haría todo lo posible por no ceder el control del gobierno. Y es que el escandaloso voluntarismo de desperdiciar 300 000 millones de pesos de fondos públicos sólo para mostrar que “aquí mando yo” develó una arrogancia temeraria. Es obvio que una decisión de tal envergadura en algún momento implicaría demandas legales por daño patrimonial a la Nación difíciles de sobrellevar para López Obrador en un México pos4T.

Desde entonces, el presidente ha tomado otras decisiones controvertidas en las que dejó de lado criterios legales o técnicos en favor de consideraciones políticas. Una de ellas es el manejo de la pandemia. No hay duda de que cuando se registren de manera oficial las muertes reales, México se consolidará como uno de los países que peor enfrentó tal flagelo. Y ello habrá sucedido en gran medida para ahorrar recursos y que el presidente no perdiese popularidad por tomar medidas demasiado drásticas. Lo anterior, junto con la crisis por desabasto de medicamentos, seguramente implicará demandas contra López Obrador y sus allegados, no sólo en México sino en tribunales internacionales. Otro tema que podría darle fuertes dolores de cabeza al presidente si llegase a dejar el poder son demandas en su contra por omisión en perseguir criminales, siendo la liberación de Ovidio Guzmán el caso más emblemático, y el cual se explicaría por los lazos establecidos con el crimen organizado para ganar elecciones. En esencia, las decisiones mencionadas muestran la voluntad de López Obrador de retar al futuro y atraparse en el poder, dinamitando cualquier puente de salida. Es decir: se ha encasillado en sólo dos opciones: éxito o tragedia.

Ante este argumento, se puede esgrimir que López Obrador podría sellar un pacto con un futuro presidente opositor, como el que hizo con Enrique Peña Nieto. Sin embargo, es improbable que un arreglo de tal naturaleza pudiera replicarse y darle tranquilidad. Ello, por la amplitud y profundidad de las violaciones legales que ha cometido y por la escala del daño financiero ocasionado al país. Más aún, recordemos que el presidente ha proseguido una estrategia de polarización (que incluso ha conllevado la persecución judicial de adversarios) la cual se ha radicalizado en los últimos meses. Ello dificultará establecer canales de entendimiento con políticos opositores.

Así, en su momento de hibris López Obrador activamente ha sobrepasado límites legales y políticos haciendo cada vez más difícil cualquier pacto en caso de perder el poder en 2024. Sin duda, en dos años habrá una elección distinta, en la que se jugará la continuidad de la transición democrática del país.

Tal convicción cobra fuerza adicional ante el hecho ineludible de que la única opción para López Obrador si Morena pierde las elecciones presidenciales sería el exilio y la defenestración de su legado, cancelando la posibilidad de que se incorpore al panteón de los héroes de la Nación, algo con lo que siempre ha soñado. A estas alturas tal vez la única posibilidad de mitigar su radicalización sería que su partido tome una sólida ventaja en las encuestas anticipando que el candidato o la candidata morenista triunfe holgadamente en 2024. Sin embargo, ello no parece factible ante la probable consolidación de una coalición opositora y los pésimos resultados de su gobierno. Así, el escenario dominante hacia los próximos años es que López Obrador seguirá instrumentando una estrategia radical de polarización; ello, en su momento más alto de hibris, confiando en que nunca encontrará a su némesis.

 

Alejandro Aurrecoechea Villela
Consultor en asuntos públicos y riesgo político

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Publicado en: Política