Me enmarcaban la arena blanca, el sol naciente y el agua tranquila y clara de Playa del Carmen. Subía los tanques a la embarcación con la que saldríamos a bucear, de dos en dos. Los capitanes y marineros hacían sus labores diarias; se saludaban y hablaban de las cosas que habla la gente que pasa la mayor parte de su vida en el mar.
—¿A quien sacas? —escuché que uno le preguntaba a otro. Es común que los capitanes alquilen sus barcos a diferentes grupos de buzos para ir a diversos arrecifes.
—A Pepe —respondió el segundo marinero Como hay varios Pepes en el medio del buceo, a cada uno se le distingue con un adjetivo, un apodo redactado con reputación.
—¿Pepe Loco? —dijo el primer marinero. Pepe Loco es un amigo que adoro y que, en efecto, está más loco que yo.
—No, —dijo el segundo. —Pepe Tiburón.
Siguieron platicando pero yo ya no escuchaba. ¿Había oído bien? ¿Se refirieron a mí como Pepe Tiburón? ¿Podría decirle a mi hijo que me decían Pepe Tiburón?
Las diversas especies de tiburones que viven cerca del Caribe Mexicano —tiburón gata, de arrecife, martillo, toro e incluso mako y tigre— han sido pescados con tal voracidad que prácticamente han desaparecido de nuestros arrecifes. Sin embargo, en invierno las hembras de tiburones toro, en su mayoría preñadas, se acercan a la costa en busca de manglares dónde tener a sus crías. Los buzos sabemos esto empíricamente, y cada invierno salimos al mar con la esperanza de verlas. De esa esperanza nació una actividad de turismo sustentable y responsable que hoy en día ha hecho de la costa de Quintana la Meca mundial del buceo con tiburones.
Llegar allí no fue fácil. Los buzos de la región organizamos infinitas juntas para ponernos de acuerdo sobre la mejor manera de compartir nuestra pasión por los tiburones. Invitamos especialistas. Desarrollamos protocolos. Capacitamos a los guías. Pusimos nuestros conocimientos y tiempo al servicio de la ciencia. Difundimos información fidedigna sobre los tiburones para que sean aceptados como un recurso que vale mucho más vivo que muerto. Colaboramos en la creación de la Reserva de la Biósfera del Caribe y logramos incluir en ella un polígono para las tiburones, así como que la Comisión Nacional de Áreas Protegidas (Conanp) revisara y aprobara el Manual de Buenas Prácticas de buceo con tiburones. La comunidad de buzos de Playa del Carmen, junto con la organización ambientalista Saving our Sharks, se convirtió en un ejemplo de éxito en la conservación de la naturaleza. Tuve la oportunidad de participar directamente en todo el proceso, una gran responsabilidad que terminó por definirme. Por eso me honró tanto que la gente del mar me identificara como Pepe Tiburón. El apodo sonaba a reconocimiento. Ahora tendría que asegurarme de merecerlo todos los días.
Los tiburones viven en el mar, pero la salud de su hogar comienza en nuestras casas: en ser conscientes de lo que hacemos con nuestra basura; en plantar árboles y proteger la selva y los cenotes. La conservación es parte de la vida de casi cualquier buzo de la Riviera Maya. Nos enfrentamos continuamente a proyectos de desarrollo y de negocios que amenazan la salud del ecosistema. A veces logramos detenerlos, pero la mayor parte de las veces nos aplastan junto a la selva o los arrecifes. Algunos descorazonados se abandonan a la apatía; otros encontramos en el fracaso una razón aún más fuerte para proteger lo que nos queda. De allí que la noticia del cambio de la ruta del Tren Maya —que originalmente iba a correr junto a la carretera entre Cancún y Tulúm pero ahora iba a pasar a través de la selva— nos sacudió tanto. Estábamos acostumbrados a luchar por el medio ambiente, pero la magnitud de este proyecto era mucho más grande de lo que habíamos visto hasta entonces. El daño sería terrible. Debíamos reaccionar de inmediato.
En ese estado de ánimo estaba cuando recibí la llamada de una amiga quien, recordando mi trabajo con los tiburones, me sugirió que me pusiera en contacto con Defendiendo el Derecho a un Medio Ambiente Sano (DMAS), una organización no gubernamental que planeaba montar una defensa legal de la selva frente al Tren Maya.
—Se van a llevar bien —me dijo mi amiga de las abogadas de la organización. —Te necesitan y tú las necesitas a ellas.
Después de vivir en Playa del Carmén por casi dos décadas, tiendo a desconfiar de mi natal Ciudad de México, así como desconfío de los políticos y de los abogados. Pero mi amiga me dijo que las abogadas de DMAS habían ayudado a detener las destrucción de manglares causada por las obras en el Malecón Tajamar de Cancún. Y eso me convenció. Llamé al número de la organización y pasé más de una hora hablando con una de las abogadas, quien me explicó cómo podíamos defender a la selva del tren que le querían pasar encima. A petición suya, le entregué a DMAS toda la información que tenía sobre los ríos subterráneos de la región: detalles sobre las especies endémicas y protegidas que habitan en las cuevas, datos arqueológicos, paleontológicos, hidrológicos… Las abogadas hicieron un gran trabajo a la hora de traducir todo aquello al idioma que hablan los juristas. Presentaron un amparo alegando que el Tren Maya había violentado nuestro derecho a un medio ambiente sano. El juez resolvió que teníamos razón y ordenó la suspensión de las obras. En Playa del Carmén festejamos: ¡habíamos detenido provisionalmente la destrucción de la selva virgen!

La noticia nos dio vigor y nos unió. Más gente se acercó a preguntar qué estaba pasando. Mi nombre comenzó a aparecer en la prensa; me hacían preguntas que buscaba responder con responsabilidad, con la seguridad que dan los conocimientos y sin la volatilidad que dan las posturas políticas. Estaba muy lejos del show mediático de los videos contra el tren donde aparecían celebridades y especialistas: nunca conocí a Kate del Castillo, y la única vez que crucé palabra con Eugenio Derbez fue en 1998, afuera del estadio de fútbol donde México jugaría contra Corea, y estoy seguro de que el comediante no se acuerda de mí. Aún así, cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador invitó a los artistas y especialistas del video a Palacio Nacional, yo también fui convocado. La idea era dialogar y poner nuestros conocimientos al servicio del presidente para encontrar una solución al peligro que corrían tanto la selva como el Tren Maya.
Créanme, yo he estado rodeado de decenas de tiburones —les he quitado anzuelos; los he fotografiado a centímetros de distancia; he estado con ellos de noche— y nada de eso se parece a decidir ir a ver a un presidente. Nos preparamos para ser concretos, contundentes y respetuosos. Pero para lo que no estábamos preparados era para llegar al Zócalo y enterarnos de que al final no nos iban a recibir. Peor aún: fuimos descalificados burdamente. El rechazo nos subió el volumen: de pronto teníamos la oportunidad de comunicarle a todo México que es lo que protegemos y porqué lo hacemos. Aparecimos en los programas de televisión más reconocidos y en prácticamente todos los periódicos; y en las redes sociales fuimos abordados desde todos los ángulos. Nunca había recibido tantas demostraciones de apoyo, pero tampoco tantos ataques. Las palabras de los atacantes eran siempre vacías; nunca se referían a nuestros argumentos y nos descalificaban, como hasta el día de hoy, con embustes.
Más adelante fui invitado a hablar al Senado. Allí expliqué qué es un buzo de cuevas, el tremendo entrenamiento necesario para introducirte en un río subterráneo, alejarte de la luz natural y depender del aire que llevas contigo. Expliqué que no vencemos el miedo con valor, sino con conocimientos, y que veníamos a compartir precisamente esos conocimientos.
—Necesitamos que nos escuchen —le dije a los senadores. —Conocemos los tesoros arqueológicos, paleontológicos y bióticos que hay bajo la selva. Entendemos lo que está en riesgo: la conexión del agua virgen con el manglar y los arrecifes. Y sabemos que el cambio de ruta obedece a cuestiones económicas demandadas por un grupo de hoteleros sin considerar el impacto ambiental y el riesgo de construir sobre un suelo tan particular.
Dentro del Senado de la República entregamos este mensaje a representantes de todos los partidos políticos, menos los de Morena, quienes huían de nuestra presencia, como si darse por enterados de lo que teníamos que decir los convirtiera en cómplices de la catástrofe que buscábamos prevenir. A pesar de ello, solicitamos audiencias con dos de sus representantes más visibles. Hasta la fecha, sin embargo, seguimos esperando a que nos reciban, como seguimos esperando ser recibidos en Palacio Nacional. A pesar de que hemos sido descalificados con fanatismo —a pesar de que la palabra “ambientalista” se ha convertido en un insulto y en un sinónimo de “obstáculo”— de nuestro lado seguimos abiertos al diálogo.
Regresamos a Playa del Carmen con una misión clara: informar a todo el país y a la comunidad internacional de lo que estaba en riesgo. La suspensión que el juez nos concedió en el juicio de amparo nos había dado tiempo para hacer precisamente eso. Nos abocamos a documentar lo que encontrábamos en el trazo selvático del Tramo 5 del Tren Maya. Nuestros hallazgos no fueron bien recibidos por todos. Entre otras cosas, por ejemplo, encontramos vestigios arqueológicos en las cuevas debajo de la ruta del tren. ¿Cómo podía un Estado tan orgulloso de su herencia cultural estar dispuesto a pasarle por encima? El gobierno respondió que investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) trabajan para asegurarse de salvaguardar los monumentos del pasado, pero lo cierto es que una verdadera investigación arqueológica —en especial si es subacuática— toma mucho más tiempo del que concede una máquina tirando árboles. Fue así, investigando con calma y sin prisas, que hace veinte años se descubrieron en una cueva de Quintana Roo fósiles humanos de más de 13 500 años de antigüedad. Esta es una región única en el mundo, y el proyecto del Tren Maya la convertiría en un patio trasero.
La obra del Tramo 5 comenzó ilegalmente, antes de que se presentaran los estudios de impacto ambiental requeridos por la ley. Las autoridades parecen haber creído que no nos importaría lo suficiente como para movilizarnos, o quizá confiaron en que nadie nos escucharía, como tantas veces antes había sucedido.
—¿Dónde está la MIA? —preguntábamos sobre la manifestación de impacto ambiental.
—¡Aquí la tenemos! —respondían con soberbia.
—¡Hacer un documento decente sobre esta zona llevaría al menos meses! —revirábamos. —Si la tienen, ¿por qué no la enseñan?
Entonces las autoridades recurrían otra vez a la descalificación, preguntándonos dónde estábamos cuando tal o cual hotel, mina o parque temático había destruido el manglar. Como si nosotros hubiésemos sido los que autorizamos los ecocidios a diestra y siniestra. Como si no hubiéramos estado allí, defendiendo a la selva y a los manglares.
Mi amigo Roberto Rojo y yo acabábamos de salir de una cueva debajo del Tramo 5 cuando nos enteramos de que el juez encargado de nuestro amparo había resuelto que la suspensión que nos había otorgado era definitiva. Llenos de alegría, nos fundimos en un abrazo. La ley confirmaba estar de nuestro lado. Sabíamos que “definitiva” es un término legal y que aún hay mucho por hacer, pero la defensa había dado un gran paso.
Tras la decisión del juez, y con la misma altivez con la que antes insistía en que sí la tenía, el Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur), la agencia encargada del Tren Maya, finalmente reconoció que no tenía la Manifestación de Impacto Ambiental para el Tramo 5. El Fonatur decidió entonces manufacturar un simulacro de MIA hecha con recortes tomados de aquí y de allá, introduciendo una gran cantidad de errores forzados por la rapidez con la que se redactó el documento. Después de leer el Resumen Ejecutivo quedó claro que el texto había sido elaborado también con una franca falta de interés y un déspota sentido del humor.
La Secretaria del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), la dependencia encargada de revisar y aprobar o rechazar la MIA, convocó entonces una reunión informativa que estuvo llena de irregularidades. En primer lugar, la convocatoría fue publicada un jueves, apenas seis días antes de la reunión, que sería un martes. En segundo lugar, la reunión no tuvo lugar en un edificio gubernamental neutral, sino en la casa ejidal de una comunidad a la que el gobierno pagó 150 millones a cambio de tierras sobre las que se construirá el Tren Maya, y que desde entonces ha sido utilizada como un arma de propaganda por parte de la administración (es importante aclarar que la responsabilidad por el daño ambiental del proyecto no es de los ejidatarios, sino del gobierno). En tercer lugar, aquellas personas que quisieran hacer una de las veinte ponencias contempladas en el orden del día de la reunión tenían que inscribirse en las oficinas de Semarnat, las cuales cierran de viernes a lunes, así que la única alternativa era enviar un correo electrónico. Sobra decir que ninguno de nosotros logró inscribirse exitosamente.
Así pues, acudimos a la reunión bajo protesta, pues si bien el documento generado por Fonatur es ilegal en tanto que debió haber sido presentado antes de impactar a la selva, el evento era una oportunidad para escuchar y ser escuchados. Los representantes del Fonatur desperdiciaron esta oportunidad para impresionarnos con sus conocimientos: su presentación demostró que no conocen la zona. Entre otros detalles preocupantes, los funcionarios no reconocen que el Tren Maya tendrá un impacto en el subsuelo, al grado de que no tienen un plan de mitigación para proteger el manto acuífero. Más adelante, durante la sesión de preguntas y respuestas, miembros de la audiencia que no venían con nosotros hicieron fuertes cuestionamientos a las autoridades. En nuestro caso, las preguntas que hicimos ocasionaron gran confusión entre los funcionarios, quienes se vieron forzados a admitir que no conocen a muchas de las especies protegidas de la zona. Fueron incapaces de responder a preguntas sobre temas hidrológicos y geológicos, los aspectos más importantes para la construcción. Finalmente, reconocieron abiertamente que la decisión de mover el trazo de la carretera a la selva respondió a razones económicas.
Pocos días después de la reunión informativa, organizamos una conferencia de prensa para comunicarle al público las conclusiones de la evaluación de la MIA que hicieron varios especialistas reconocidos, y que ya le habíamos hecho llegar a la Semarnat. Los especialistas coinciden en que los Tramos 5, 6 y 7 del Tren Maya representan una agresión a una zona muy delicada y al ecosistema de la selva de la península de Yucatán, único en el mundo. La riqueza natural que está en riesgo es demasiado valiosa como para tomarse el tema a la ligera, menos aún hacerlo para cumplir con las fechas de un calendario político. Mientras tanto, Fonatur continúa con acostumbrada falta de transparencia, reclamando al juez que levante la suspensión definitiva a pesar de que la Semarnat aún no ha publicado su resolutivo indicando que la MIA ha sido aceptada.
Las mentiras de Fonatur nos han unido: muchos que no sabían que eran ambientalistas ahora lo son. Estoy orgulloso de mis colegas y de ser parte de este movimiento que se enfrenta sin miedo a lo que sea que amenace el pasado de estas tierras y el futuro de nuestros hijos. La información que hemos difundido le ha enseñado a mucha gente lo especial y valioso que es nuestro hogar colectivo. No se trata de detener un tren; se trata de que, de ahora en adelante, tendremos la información, la fortaleza y el enfoque necesario para detener cualquier proyecto que agreda nuestro derecho a un medio ambiente sano. Si el gobierno entiende que tiene en nosotros aliados, juntos corregiremos los errores del pasado y, en vez de beneficiar a un grupo de hoteleros, desarrollaremos un estado que garantice el bienestar de toda la comunidad, desde los inversionistas hasta los pueblos indígenas. Y a los tiburones también. Créanme: todo está conectado.
José Urbina
Buzo y activista ambiental