
A tres años de la invasión a Ucrania, Putin tiene claro que no puede ganar la guerra solo y que necesita apoyos y concesiones como las que consiguió en Alaska. El resultado de la reunión era lo de menos, la invitación en sí fue una victoria. Le tomó a Putin un día asegurar la no-implementación de sanciones secundarias que tanto advirtió Trump, quien exhibió los riesgos de incumplir sus propias amenazas: la noche del 27 de agosto, apenas diez días después de Alaska, Rusia atacó Kiev con seiscientos drones y treinta misiles, matando a más de veinte personas. Fue el segundo ataque más importante en la capital desde que comenzó la guerra.
La crueldad de las últimas semanas con el aumento de ataques a civiles también es señal de desesperación e impotencia. Rusia apenas ha modificado las fronteras del conflicto después de más de un millón de bajas y un gasto en defensa de más de 6 % del PIB. En este contexto, las recientes capitulaciones de Trump cobran mayor relevancia. La economía va en picada con una inflación autoinfligida y la baja en los precios del petróleo. Tan sólo en julio, los ingresos petroleros cayeron 27 %, en una economía donde las exportaciones de crudo representan un tercio de los ingresos del gobierno. El déficit fiscal, que se anunció en 0.5 % del PIB a principios de año, en junio era ya de 1.8 y hace poco incrementó hasta 2.2.
Entre tantas advertencias, confusión y sumisiones, el saldo es que Rusia no ha modificado sus reclamos y ha ganado margen para consolidar su posición en el territorio ucraniano. Peor aún, las concesiones a Rusia fueron a cambio de nada. Sólo como recompensa por reunirse con Trump se le otorgó a Putin otra oportunidad y plataforma para repetir su versión falsa sobre los motivos de la invasión. La reunión también terminó como una burla a los crímenes de guerra, los secuestros masivos, y el esfuerzo legal de Europa y Ucrania para establecer mecanismos de reparación. Trump recibió en la alfombra roja, en territorio americano, a un criminal de guerra con orden de aprehensión.
Pero las improvisaciones de Trump funcionaron, sobre todo, para reafirmarle a Putin que puede continuar la guerra sin mayores consecuencias. La diplomacia americana (o la falta de) no puede atender las preguntas esenciales como cuáles serán las eventuales garantías de seguridad para Ucrania. Los impulsos se limitan a promocionar la figura de Trump como un negociador que merece el premio Nobel de la Paz. La administración de Trump gasta tanto tiempo tratando de “negociar” que no puede escuchar lo que Putin reitera: el objetivo es dominar la mayor parte de Ucrania y deshacer cualquier ambición de acercamiento con Europa.
La necesidad de reconocimiento de Trump divulga una prisa tan evidente que, a pesar del estado de la economía rusa, del penoso desempeño militar, o del aislamiento diplomático, Putin no ve la necesidad de conceder nada. Desde hace meses, las inconsistencias y pausas en la entrega de armamento e inteligencia militar, lejos de crear la súplica que pretendían generar, encaminan a volver a Estados Unidos un país más prescindible, al obligar a Europa a buscar alternativas. Al forzar a los europeos a comprar el armamento americano para Ucrania, Trump no se percató de que disipaba una de sus mayores cartas de negociación.
Durante las semanas previas a Alaska, Trump subió el tono y prometió sanciones secundarias a países clientes de Rusia si no se negociaba un cese al fuego. La promesa de las “severas consecuencias” fue corta. Y es que las negociaciones no podían llegar a buen puerto porque los incentivos son incompatibles: Trump quiere terminar la guerra para vanagloriarse, mientras que Putin quiere vencer por razones ideológicas. Esto hace que las pretensiones de Rusia sean rígidas, mientras que las de Trump son maleables. Hay otra claridad en Rusia. Konstantin Zatulin, dirigente del partido político de Putin, lo dijo recientemente; “dondequiera que un soldado ruso haya puesto sus pies, sin lugar a dudas será parte de Rusia”.
Según el escritor George Will, “para una nación, lo más peligroso no es el odio de un enemigo, sino su desdén … (Alaska) fue prueba de que, por los siguientes 41 meses, ningún interlocutor puede creer lo que el presidente (Trump) diga”. Putin rechazó el cese al fuego que Trump promovió durante meses y evitó nuevas sanciones económicas. Más aún, planteó la posible entrega de territorios que Rusia no ha logrado conquistar en el Donbás. Los rusos hoy proponen un acuerdo que sería ridículo si no hubiese sido normalizado por Trump: que Ucrania ceda territorios donde ha construido sus principales defensas. Pero la estrategia de Putin consiste en insinuar que, mientras sigan “negociando”, la guerra terminará algún día, y que Trump podrá llevarse el crédito. Y mientras tanto, Ucrania padece otra ofrenda a Putin al promover pláticas sin la participación de Zelenski, en línea con la farsa de la ilegitimidad del gobierno ucraniano como motivo de la invasión.
Putin reformuló las pláticas para que un cese al fuego se planteara como una mera posibilidad y no como un punto de partida, como propusieron Ucrania y Europa. Las condiciones de Moscú siguen sin cambiar: neutralidad política, abandono de los esfuerzos por unirse a la OTAN, desarme y entrega de territorios. Importa resaltar que las demandas rusas se diseñaron para ser rechazadas. Y Rusia ha encontrado poder en exigir condiciones que Ucrania y Europa no pueden cumplir.
El aislamiento diplomático de Rusia no era un capricho, sino uno de los puntos de presión que Occidente necesitaba para mejorar su lugar en la negociación. El ideólogo fascista Alexander Dugin expresó agradecimiento con Trump después de Alaska: “Trump ha restaurado el estatus de Putin como un líder mundial con el que se puede trabajar” escribió en Telegram, “…nosotros no vamos a dejar de pelear en la guerra por esto, pero es un punto de partida”. Putin pasó de paria a invitado de honor en una plataforma que le permitió insistir en la necesidad de eliminar todas las causas originales del conflicto. En la conferencia de prensa, Putin describió a Ucrania como “nación hermana” con “las mismas raíces”, que en realidad significa una licencia para eliminar lo que él no considera propio o “hermano”. Rusia sigue insistiendo en que Ucrania es un país que necesita de una intervención militar para poder ser liberada del error de concebirse como un país independiente.
En realidad, Trump es víctima y rehén de sus propias estrategias. Dentro de su peligroso anhelo de negociarlo todo, las palabras nublan las acciones. La simple promesa de un trato le impide ver lo que sucede en la guerra. Después de Alaska, pocas horas de que Zelenski llegara a la Casa Blanca a reunirse con Trump y líderes europeos, ataques de Rusia mataron a catorce personas, y pocas horas después de que Zelenski terminara su reunión, lanzaron el mayor ataque con misiles y drones en el mes. Algunos historiadores notan que Alaska no fue el comienzo de una nueva etapa de acercamientos y negociaciones, sino el síntoma y conclusión del caos diplomático estadunidense; un ejemplo de extravío moral y diplomático consecuencia del desmantelamiento burocrático del país y su política exterior.
Emiliano Polo
Abogado especializado en derecho internacional y diplomacia. Maestro en asuntos exteriores y seguridad internacional. Asociado del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (Comexi).