“Monero” es una expresión que sólo pudo haberse originado y consolidado en un espacio ambiguo, prejuicioso y humorísticamente mediocre. A diferencia de otras latitudes en que las actividades referidas a los humoristas gráficos son agrupadas bajo nociones un tanto más autorizadas como “historietista”, “cartonista”, o “viñetista”, en México se prefiere apelar al mismísimo mono para identificar a quienes esbozan animaciones de forma cotidiana.
Esto, en absoluto por una identificación de los moneros con el animal del suborden de los simios que suele caracterizarse por sus primitivas conductas y sus acciones incivilizadas, sino porque en territorio nacional los monitos son sinónimo de dibujitos animados y, por ende, quien diseña monos es un monero.
Por eso mismo, no debe confundirse a los monos con aquellos que dibujan monos. Porque mientras los primeros carecen de ciertas capacidades de razonamiento e inteligencia, los segundos no; sus acciones siempre serán intencionadas y nunca podrán encontrar justificación en dar rienda suelta a sus instintos más básicos.
Sin embargo, de un tiempo para acá, los moneros se han sumado a esa interesante tendencia que cada vez pone más en entredicho si los humanos son los únicos animales racionales, pues haciendo gala de sus actitudes más arcaicas y violentas, estos personajes se encargan de propagar ideas tan vulgares que ya resultan repugnantes.
Aunque la sátira política en México data de tiempo atrás —quizá El Hijo del Ahuizote es el mejor ejemplo histórico de cómo la caricatura puede y debe tener una función social como contrapeso contestatario en un régimen hegemónico—, lo cierto es que la tradición de denuncia por parte de los medios de comunicación resulta algo más bien excepcional y en gran medida dependerá de la relación que sus dueños entablen con el poder político en turno.

De ahí que en los años recientes el papel de los moneros haya envejecido tan mal, no sólo porque la crítica y disidencia se desfondó ante las dádivas de un gobierno populista capaz de tergiversar verdades a conveniencia, sino también porque la sátira de sus dibujos dejó de provocar las pocas risas que provocaba, convirtiéndose en un grosero reflejo de las pulsiones más intolerables de la sociedad mexicana.
Así, en cuestión de meses —y de unos cuantos contratos gubernamentales que les beneficiaron con varios millones de pesos—,1 algunos moneros transicionaron de subversivos y agudos observadores de la realidad a descarados propagandistas del régimen, certificando que lo último que les importaba era el ingenio y una mínima capacidad analítica para distinguir entre sus propias filias y fobias.
Si antes la militarización era un reproche, hoy es una alternativa. Cuando el partido dominante no gobernaba a su agrado éramos autoritarios, pero ahora que les favorece no hay nada más democrático. Si en el pasado estar cerca del presidente era mal visto, en el presente es todo un privilegio militar a su lado.
De manera paradójica los moneros se han convertido en una grotesca parodia de ellos mismos. Esta burda mutación de su identidad es lo poco que todavía crea algunas risas involuntarias.
Y es que su falsedad y majaderías no hacen otra cosa más que dejar constancia de su desfase profesional en un entorno que ya cambió, uno en el que su trabajo es algo anacrónico.
Porque, hace años, en contextos en los que la gente en el poder guardaba las formas y evitaba exhibirse, el propósito de la sátira política era mostrar sin tapujos lo que otros se esforzaban en maquillar o decir con eufemismos.2 Sin embargo, cuando lo políticamente incorrecto dejó de ser políticamente incorrecto, generando el ascenso de líderes que mientras sean más majaderos y estridentes mayor será su popularidad, el que los moneros acompañen y celebren esos fenómenos, además de restarles cualquier atisbo de credibilidad, los evidencia como seguidores de un discurso estéril y virulento que poco sirve para una mejor convivencia colectiva.
Como una pandilla de bullys en la secundaria que se limita a molestar sin algún recato, los moneros repiten prejuicios y ocurrencias que ayudan a que las personas en el poder no asuman sus responsabilidades y puedan seguir viviendo en esa realidad construida a modo.
Visto así, el oficio de monero pierde su chiste, ya que la caricatura antes que contar con algún contenido crítico se vuelve una mera herramienta de golpeteo, una actividad que bien podría encomendársele a reventadores o porros que más o menos sepan dibujar.
No hay que ir muy lejos para comprobar lo dicho. Hace unas semanas, en el centro de la capital de Guerrero, apareció la cabeza de un alcalde colocada encima de un automóvil y su cuerpo en el asiento del copiloto. Con tan sólo siete días de haber asumido el cargo, ganando democráticamente una elección, Alejandro Arcos de la alianza opositora fue víctima del crimen organizado. La escalofriante imagen cimbra a una sociedad que no termina de acostumbrarse a la violencia que determina sus vidas.
Pero, como si el hecho noticioso y las imágenes explícitas que se filtran en distintos medios no fueran suficientes, tan sólo dos días después de lo sucedido, el monero Rafael Pineda —que se hace llamar “Rapé”—, publica en el periódico Milenio un cartón donde se ve una estatua de la justicia sin cabeza y justo enfrente de ella aparece la ministra presidenta de la Suprema Corte con un hacha diciendo “¿No entienden el mensaje?”; su obra se llama “Otra decapitación” y explicarla es un despropósito.
Tanto que cuestionar y este monero elige la insensatez y la imbecilidad como motor para dibujar viñetas de mal gusto y abiertamente misóginas. No por nada entre el gremio de los moneros es difícil encontrar mujeres: todos machitos rancios, señores trasnochados que actúan desde la prepotencia y la bravuconería para defender lo que sea con tal de mantenerse cerca del poder.
Sería extraordinario si este tipo de hechos fueran aislados o acaso exclusivos de esos a quienes ahora se le conoce como “moneros del bienestar”, los mismos cuya supuesta superioridad moral se diluye entre programas de televisión, candidaturas plurinominales y revistas subvencionadas por el Gobierno, pero la verdad es que la incorrección del oficio trasciende ideologías y afinidades políticas. De la mano de estereotipos y prejuicios de género, raza o clase, día tras día, los moneros agotan su creatividad entre el insulto fácil y la polémica barata; disfrazando sus obcecaciones de vistosos colores y frases pegajosas conciben ideas que ante la polarización y la inmediatez a cualquiera pueden resultar atractivas.
No se trata de alzar la bandera de la corrección moral, unir a la generación de cristal e iniciar una cruzada que prohíba finalmente a los moneros. Basta con señalarlos para que su credibilidad quede por los suelos y su hipocresía para la posteridad. Exigirles independencia y rigor profesional en estos contextos es un imperativo, es una de las escasas maneras de hacerles entender que la función tan tóxica que desempeñan, tarde que temprano, desaparecerá y no será sino consecuencia de ellos mismos.
En el sexenio de Peña Nieto, el monero Antonio Helguera —que se hacía llamar “Helguera”—, afirmó en un foro que, como simples humoristas y caricaturistas, los estaban dejando sin trabajo al ya no poder dar cuenta de la realidad ante los ridículos y los absurdos del gobierno… Cuánto se equivocaba, sospecho que nunca imaginó que un sexenio después algunos de sus colegas tendrían más trabajo que nunca, aunque no como críticos de la realidad, sino como serviles simuladores de la misma.
Habrá que insistir en la paradoja: quienes dedicaron su vida a dibujar terminaron siendo una caricatura de sí mismos… Moneros son y en monos se convertirán. Allá ellos.
Juan Jesús Garza Onofre
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor de Filosofía del Derecho en el ITAM.
1 Cabe mencionar que desde el año pasado diversos medios han hecho explícito cómo mientras Claudia Sheinbaum gobernó la CDMX otorgó, por adjudicación directa, más de 8 millones de pesos a una empresa que pertenece a diversos moneros del periódico La Jornada.
2 Agradezco a María Guillén Garza Ramos por la ayuda para formular algunas de las reflexiones respecto a los párrafos subsecuentes.
La generalización es equivocada. La inmensa mayoría de los “moneros” mexicanos se mantienen críticos al poder. Realmente son pocos los que ahora se volvieron propagandistas.