Los toros: cuando la muerte es compañera de la vida

Ilustración: David Peón

A la recuperación de José Antonio Morante Camacho

y de todos los enfermos de depresión.

Respeto a quienes no les gusta la tauromaquia. Concedo que les mueven sentimientos de compasión. Pero a quienes no compartimos la iniciativa que prohibe las corridas de toros, y que se votará en el transcurso de esta semana, nos califican de crueles y sádicos. El pluralismo en el que me he formado defiende la discusión pública como pieza esencial de cualquier democracia. Incluidas las ofensas, faltaba más. Pero “una cosa es —como anota Francis Wolff— extraer consecuencias personales de la propia sensibilidad […] y otra muy distinta es convertir esa sensibilidad en un estándar absoluto y hacer de las propias convicciones el criterio de la verdad”.[1] Es lo que hacen los antitaurinos, y eso es lo que los aficionados no debemos tolerar.

Dejo a los especialistas del Derecho la batalla sobre la contraposición de los derechos de los animales y el ejercicio de los derechos culturales de sus ciudadanos (consagrados en los artículos 13 y 2 de la Constitución de la Ciudad de México, respectivamente), así como lo relativo a otros ordenamientos internacionales (ay, la supremacía constitucional). Me concentraré en las razones que no sólo acreditan la tauromaquia como un ejercicio cultural legítimo, sino como algo más: un ejercicio espiritual necesario en el México del siglo XXI. He dicho espiritual y necesario —léase bien.

I

A diferencia del resto de las artes, los toros no son un ejercicio de representación sino más bien de pura presentación. No se representa la realidad sino que la presenciamos sin mediación de por medio. En su forma más mínima, Gregorio Corrochano —uno de los Padres de nuestra Iglesia— asentó que el toreo:

tiene su explicación en el movimiento geométrico de dos líneas: una vertical, que es el torero, y otra horizontal, que es el toro. En tanto la línea vertical gira sobre sí misma sin variar su punto de apoyo en el suelo, la horizontal tiene que trasladarse, hacer un recorrido para ir y otro para volver. En aprovechar todo este tiempo empleado por el toro en embestir y revolverse, que, por rápido que parezca, es lento si se le compara con el giro del torero, está basada la defensa y la posibilidad del toreo. En esta sencilla lección de geometría nace toda la difícil teoría del arte de los toros.[2]

En esa intersección se encuentra su esencia. El artista, que es el torero, opera por medio de la embestida del toro, que es a la vez su adversario y compañero. Estas dos concepciones —la tauromaquia como lidia o como arte— originaron los dos grandes estilos del toreo. Cada uno obedece a sus propios conceptos de belleza, equilibrio y armonía de movimiento que redundarán en distinta hondura, plasticidad y verdad. Son nuestro clasicismo y romanticismo. 

El toreo es presentación por la muerte potencial de sus dos participantes: posible tanto para el animal como para el torero. En este rito, no hay cianuro ni daga que represente la muerte como en Romeo y Julieta; aquí la muerte es muerte porque el estoque es estoque y la sangre es sangre. Muerte que deviene eucaristía por su significado simbólico: la corrida es el relato de la lucha heroica del hombre contra el reino animal. Hasta ese día, ambos han vivido y luchado; ese día, sin embargo, uno de ellos morirá. Contrario a lo que los antitaurinos reclaman, no es ético sustraer este elemento esencial —la suerte suprema— de la corrida. La muerte es el instante de verdad, el acto más arriesgado para el torero que se lanza entre los cuernos del toro y esquiva su embestida para matarlo. Y algo que se olvida: ese torero es el único que, éticamente, tiene derecho a matarlo pues el único que ha arriesgado su vida toreándolo.

Pero ya escucho el argumento: pese a esta rica simbología, matar a un toro bravo es, en términos materiales, un acto de tortura. Falso: es violento —ni cómo negarlo— pero no hay tortura de por medio. Porque la tortura consiste en perpetuar el sufrimiento de un tercero sin que éste pueda defenderse. Acá, hasta las propias asociaciones de animales han de aceptar que el toro no se encuentra en indefensión. Sus pitones se miden a las suertes del torero, quien no detenta sino dos cosas para defenderse: su valentía y sus trastes (capote y muleta). Y el matador deberá estar vestido de luces “como el clown en el circo y el sacerdote revestido para oficiar”.[3] Como en cualquier otro rito que se precie de serlo, el traje es tan indispensable como el escenario. 

Entre aficionados se comenta que el buen torero ha de torear con verdad. ¿A qué me refiero? El toreo consiste en tres conceptos: citar, templar y mandar. Y esto ha de acometerse, como apuntó Amós Salvador, “con exposición constante de la vida”.[4] En extenso: “el torero debe colocarse de forma que el toro quede interpuesto en el terreno del torero y éste en el de aquél”. Así, el torero ha de esperar con la muleta de frente y cogida por el centro, con los pies apuntando a su adversario, el pecho hacia afuera, con la pata’lante, de tal manera que ligue los pases sin salirse de cacho. Ubicarse en la oreja de la res, por ejemplo, es ayunarse de riesgo.

Hay toros —apunta Rafa de Tarragona, el príncipe de los críticos taurinos contemporáneos— que no conocen la femoral de ciertos matadores. Esto se conoce como “aliviarse” y es inaceptable. Porque aliviarse es no respetar el toreo ni al aficionado y, lo más condenable, al toro mismo. Lo vuelve no ético. De ahí que haya un reglamento muy riguroso que cumplir. Porque de nuevo: el ritual es preciso y su ética sólo es admisible en esos estrictos términos. Multiplico los ejemplos.

Durante la suerte de varas, el picador ha de incrustar la puya en el morrillo de la res. Se trata de la parte voluminosa ubicada entre la nuca y la cruz del animal, entre la cuarta y séptima vértebras cervicales. En esa zona hay una gran masa muscular donde no se afecta el aparato locomotor del toro. Y aunque al neófito le cueste verlo, el castigo ahorma su embestida, permitiendo que derrote (baje la cabeza) y libere un poco de sangre que permitirá su mejor desempeño cardiovascular. No realizarlo conforme a estas instrucciones merece la desaprobación del respetable y, en el peor de los casos, un daño inadmisible en el adversario.

El torero cuenta con no más de 15 minutos para matar al toro. De acabarse el tiempo, se contemplan tres avisos: el primero a los diez minutos de comenzar la faena de muleta; el segundo, tres minutos después; el tercero, luego de otros dos minutos. Tras el último, la presidencia ordena el retiro del toro a los corrales. Los avisos manchan la reputación del torero; el regreso del toro es mucho peor: Curro Romero, uno de los más grandes matadores que ha dado Sevilla al mundo, pasó una noche en la cárcel por cargos de alteración del orden público.

Como se trata de una batalla en toda regla, donde se cuidan las condiciones de ambos contendientes, el buen aficionado exige la buena presentación del ganado. De no contar con trapío —propiedades que determinan la buena o mala estampa del animal, como el peso, pelo, la condición de las piernas y articulaciones, la pezuña y el pitón—, el torero gozará de una ventaja inaceptable: no ética. El público tiene derecho de censurar el toro deficiente a fuerza de pitidos y exigir su reemplazo por parte de la presidencia del ruedo. Y por el contrario, el toro “bien presentado” recibirá palmas desde su aparición para regocijo y orgullo del ganadero.

Por eso se asigna al toro un nombre: porque su muerte es parte fundamental del ritual. La tarde del 6 de julio de 1944, en Madrid, no murió un toro; ese día murió Ratón, res de Pinto Barreiros al que Manolete cuajó una faena histórica. Y de él seguimos hoy escribiendo. Por eso también, cuando cae en la lidia, se premia o reprueba su desempeño dentro del ruedo: permitiéndole el “arrastre lento” o la “vuelta al ruedo”, para que se brinde al toro el aplauso agradecido de los asistentes, o el “arrastre rápido”, que reprocha su falta de bravura. Sea cual sea la situación en la plaza, el buen aficionado no siente ningún placer ante el sufrimiento del animal; al contrario, acompaña su salida del ruedo con algo que tiene mucho más de solemne que de festivo.

II

He hablado de torear con verdad. Y por eso aquí deslizo la verdad de los antitaurinos: no les enfada la muerte del animal; más bien, el hecho de que suceda a plena luz del día, fuera del rastro. Durante 2024, se mataron 1,754,402 cabezas de ganado bovino para consumo humano o, dicho en otras palabras, 4,807 al día. Por contraste, en todo ese año, sólo se sacrificaron 2,466 reses en festejos taurinos. Esta cifra es menos del 8 % del total del ganado bravo. El resto, por oposición a las cabezas de explotación que no viven más de un año, lo hará por más de cuatro. Y lo más excepcional: en libertad, un valor humano por lo demás.

Se me espetará: se mata a las reses de consumo como medio, no como un fin en sí mismo. ¡Mentira! Nadie come tacos al pastor por paliar el hambre o para cumplir su ingesta de nutrientes. Más que sensible, este argumento es sentimental (Stalin, como bien se sabe, lloraba escuchando La Traviata). Aunque la corrida implique la muerte del toro, ése no es su fin último. En tal sentido, se parece en mucho a actividades como la caza deportiva, la confección de pieles o —¡ay!— el consumo de carne animal. De cuántas alimañas nos deshacemos a diario por ser portadoras de enfermedades o causantes de las más diversas fobias. ¿O acaso están las arañas, cucarachas y ratas por encima del toro bravo?

Hay quienes sostienen que el toro se encuentra dentro del ruedo por voluntad de los hombres. Por supuesto, ningún animal elige conscientemente una conducta en lugar de otra. Mi perro, que veo caminar por la sala al tiempo que escribo este texto, lo hace por voluntad mía: fui yo quien lo rescató para que tuviera una mejor vida. Y esos parámetros —rescatar, llevar a casa, tener una mejor vida— son tan humanos como el que justifica llevar los toros al coso. Porque —hasta donde sé— son los únicos valores que hay: los humanos. Para bien y para mal.

A diferencia de otros animales, que huyen de manera instintiva al castigo de las puyas o las banderillas, el toro de lidia —fisiológicamente dotado y genéticamente seleccionado para el combate, lejos de huir— redobla sus ataques. Y aquí lo más sorprendente: su espíritu de combate no se basa en la subjetividad de los aficionados de la fiesta: estudios demuestran que la liberación de adrenalina es tal durante la corrida que inhibe cualquier atisbo de dolor aún durante los segundos previos a su muerte.

También está el argumento espiritual. Qué mejor —la izquierda lo sabe bien— que morir luchando (vid. “es mejor morir de pie que vivir de rodillas”). Es el ideal de cualquier ser vivo: por eso es honroso que un toro y un torero salgan al ruedo a luchar y, de ser el caso, morir en el intento. “Que se me refute — reclama de nueva cuenta Wolff—si no hay más dignidad en este acto —rito de violencia o crueldad, claro está— que en la muerte mecanizada e industrial”.

Ya lo había advertido Walter Benjamin: al ser humano moderno le horroriza la muerte. Esta ha desaparecido de todos los pasajes de la vida moderna, como si fuera algo prohibido. Los animales que comemos —arguye Wolff otra vez— reciben “una muerte fría, silenciosa, oculta y, por así decirlo, vergonzosa, que es característica de nuestras sociedades urbanas contemporáneas”. Nosotros la pasamos incluso peor: nos avergüenza tanto la muerte que muchas personas mueren en numerosos hospitales en soledad. La tauromaquia, por el contrario, presenta la muerte con toda su crudeza —y ése es uno de los motivos por los que tenemos que conservarla. Es cierto: a todos nos gusta vivir y esperamos que la muerte nos alcance lo más tarde posible. Pero hay una enorme diferencia entre ese vitalismo y no aceptarla como algo natural que a todos nos alcanzará.

III

El pasado jueves 13 de marzo, la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, anunció un proyecto legislativo que pretende continuar con el espectáculo taurino, al tiempo que impide la muerte de los toros dentro y fuera de la plaza. Esta propuesta se suma a la iniciativa ciudadana presentada semanas atrás en el Congreso local; tras votarse en comisiones, todo indica que se votará el 18 de marzo. Vueltas que da la vida: esto sucede apenas unos días después de que colectivos de personas desaparecidas revelaron la existencia del Rancho Izaguirre en Teuchitlán, Jalisco. Un campo de adiestramiento del crimen organizado, donde a jóvenes reclutados con engaños se les entrenaba en el uso de armas, combate y desaparición de cuerpos.

Elementos de la Guardia Nacional y la Fiscalía General de Jalisco ya habían intervenido el rancho Izaguirre en septiembre de 2024. La prensa reportó que encontraron a 10 presuntos integrantes del grupo delictivo que administraba el predio, junto a varios vehículos y armas de diverso tipo. Se les ingresó al Reclusorio Metropolitano de Guadalajara y vinculó a proceso por desaparición, entre otros delitos. Y luego no pasó nada. Porque meses después, en enero de 2025, en un nuevo operativo conjunto de diversas instituciones policiacas, se aprehendieron 38 personas en el mismo municipio, en el mismo rancho y por los mismos delitos.

Ante la indolencia de las autoridades, el colectivo Guerreros Buscadores de Jalisco decidió continuar con las investigaciones por su propia guisa; los hallazgos son indecibles: han encontrado tres crematorios de cuerpos y restos de dientes y otros restos óseos, junto a pilas de ropa. La comparación es obligada: un moderno Tzompantli. Lo trágico es que, como en los toros, aquí el espectáculo no es representación sino presentación. La sangre es sangre y la muerte es muerte, con la salvedad de que carece de cualquier significado.

Las portadas de los diarios registraron el fatal descubrimiento; y, desde entonces, la indignación ha poblado las redes y algunas manifestaciones públicas ya tuvieron lugar en las principales ciudades del país. Pero —creo— Teuchitlán pasará de largo como lo hicieron San Fernando, Villas de Salvárcar y Ayotzinapa. Pasarán de largo también los desaparecidos que al día de hoy suman más de cien mil. Aquí mismo Fernando Escalante acusó:

Son cientos de miles de muertos no sólo anónimos, sino desaparecidos: privados de la mínima ceremonia de respeto, de un funeral. Los cadáveres de la violencia no están: acaso en una morgue con una etiqueta sin nombre, en una fosa clandestina o en un basurero, no están para los suyos, son miles de familias que no han podido ni siquiera enterrar a sus muertos. […] La muerte humana no es pura pérdida, es también vínculo o puede ser vínculo para una comunidad: eso hacen los rituales, permiten que los muertos nos acompañen. Algo de la condición humana ha cambiado cuando no es posible honrar a los difuntos.

Es una muerte que se llora en silencio, una muerte a la que se ha privado de sentido. La naturalidad casi indolente con que hablan de ello las autoridades, cuando hablan de ello, significa que han decidido trasladarlo todo al reino de la fatalidad —no tiene remedio, no significa nada.

El fiscal de Jalisco, al confirmar que este rancho era el mismo que habían inspeccionado en septiembre pasado y no poder explicar los nuevos descubrimientos, alegó que “en aquel entonces no se alcanzó a revisar bien porque el predio era muy grande”. Un senador de la República, por su lado, cuando se le increpó sobre el tema, justificó: “son presunciones. Hay 200 zapatos, sí, sí, pero quién dice que esos zapatos son de personas desaparecidas”. Que no se preocupe: con certeza habrá un médico y un cartonista que lo secunden en su sevicia.

IV

En su respeto absoluto por la vida, el ser humano, a diferencia del resto de animales, acompaña la muerte de los suyos con un ritual fúnebre. Lo mismo ocurre cuando mata a un animal respetado por medio de una ceremonia expiatoria. La muerte del toro en una plaza es ritual —y sólo en tal caso admisible— en la medida en que nos hace reflexionar sobre la vida misma.

En los siglos XVII y XVIII, Europa vio surgir un género pictórico —el vanitas— que, por medio de la representación de cráneos y esqueletos, insistía en la brevedad, insignificancia y fragilidad de la existencia humana. Se origina en el célebre pasaje del Eclesiastés I, 2 (“Vanitas vanitatum et omnia vanitas”), y busca recordarnos la futilidad de los placeres mundanos frente a la certeza de la muerte. Este género pictórico, sin embargo, no busca hacer de nosotros personas pesimistas, angustiadas por el pensamiento de que estamos en el mundo para sufrir y, en última instancia, morir. La realidad de la muerte es una compañera de la vida que, en vez de oscurecerla con angustiosos nubarrones, la ilumina con una gozosa luz. La muerte nos hace sentir que la vida es gracia, que es un regalo que recibimos día con día, que hay esperanza. 

El único insulto para el toro es la compasión; para los seres humanos, la ausencia de ella. En un país donde el valor de la vida es nada, los toros son hoy más necesarios que nunca: son nuestro vanitas

Antonio Nájera Irigoyen

Ensayista

[1]50 raisons de défendre la corrida, París, Mille et une nuits, 2010, p. 11.

[2]Tauromaquia, Madrid, Espasa Calpe, 1989, p. 50.

[3] José Bergamín, Obra taurina, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2008, p. 22.

[4]Teoría del Toreo, México, Biblioteca Nueva, 2000, p. 1.

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Publicado en: Política, Vida pública

4 comentarios en “Los toros: cuando la muerte es compañera de la vida

  1. Honestamente lo leí intentando encontrar una razón válida de la práctica de la Tauromaquia, porque pues la «pluralidad». Sin embargo, cada razón es más incoherente que la otra, al grado que termina diciendo «hubo más muertos en Teuchitlán y nadie dice nada» y el clásico «pero también matan para comer».

  2. ¡Ah, y me faltó mencionar! Es increíble la cantidad de idioteces escritas por este «periodista» para defender esta aberración y desquiciamiento humano. Y no importa que desde las cavernas se practique o en qué época, simplemente es un crimen por diversión y los toreros unos asesinos y cobardes. A ver, que se enfrenten al toro cuerpo a cuerpo..
    ¡Eso sí sería valentía!. Aprovecho para mencionar que es amañado el que un comentario se deba «moderar» para que sea autorizado y publicado. O qué¿Si no les conviene su contenido porque está en contra de sus intereses no lo publican??? Entonces para qué tanta payasada de permitir una opinión si no va a haber libertad de expresión. ¡No sean…!

  3. Tanto rollo para querer defender «la cultura» que «justifica» o quieren justificar la aberración de atormentar a un animal sólo por diversión, y perversión. Cabezas retorcidas y traumadas esas de los defensores de ese «derecho cultural???». O qué, porque la «cultura» romana acostumbraba divertirse con el suplicio en la arena de «juegos» a muerte entre seres humanos vivos y leones, cristianos, esclavos, presos, etc, o la muerte en la cruz ¿Significa que estaba bien sólo porque era parte de esa cultura, su costumbre? A esos defensores de la crueldad taurina, peleas de perros, de gallos, etc, ya quisiera verlos en ese lugar siendo martirizados para ver qué sienten siendo diversión y carne de cañón para otros desquiciados haciendo uso de su «cultura»!!!

  4. La iglesia en su momento intentó cancelar las corridas de toro pues las consideraba una temeridad inútil rayana en el suicidio. Como no pudo, introdujeron cambios en las corridas para disminuir la probabilidad de muerte del torero.

    En representaciones de la edad de bronce, se ve a jóvenes saltando sobre los toros para evadir la muerte, pero sin espadas.

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