México frente al espejo electoral

Las elecciones del 2 de junio vienen acompañadas de lo que suele pasar tras los comicios en nuestro país: alegatos de fraude; llamados más o menos épicos a impedir dicho fraude; impugnaciones; mea culpa; ejercicios de “profunda reflexión y análisis”. Desde luego, no pueden faltar tampoco las decenas de artículos, ensayos y columnas que buscan luz en la oscuridad de los resultados, claridad en medio de la confusión. En este sentido, podríamos decir que sobran reflexiones al interior del país; es decir, disertaciones sobre la calidad de la oferta política en México, sobre el papel que desempeñó tal o cual partido, sobre la interferencia presidencial y los programas sociales, sobre las razones del voto clasemediero y muchas más.

Sin embargo, destaca la ausencia del escenario internacional en estos análisis: en 2024, el “super año electoral” para varios medios, se celebraron o celebrarán elecciones en Estados Unidos, Reino Unido, Francia, India, Rusia, Sudáfrica, Israel, entre otros países. ¿De verdad el proceso mexicano es tan particular que el resto de las votaciones nos pueden pasar desapercibidas? En ese sentido, México puede colocarse frente al espejo electoral del mundo para poder comprender mejor su propio panorama.

Las elecciones mexicanas de 2024 están inmersas en un conjunto de patrones o tendencias internacionales que ciertamente pueden condicionar el curso de los asuntos internos. Las decisiones de los electores mexicanos tienen un efecto más allá de nuestras fronteras, pero los procesos democráticos extranjeros también afectan nuestras campañas, programas de acción y decisiones frente a las urnas.

Ilustración: Pablo García

La batalla por las reglas

En varios de estos comicios, incluyendo el nuestro, ha habido una batalla por las reglas electorales que sirven precisamente para administrar el conflicto político.

No es necesario repetir aquí las iniciativas de reforma al sistema electoral propuestas por el oficialismo (elección de consejeros electorales por voto popular, desaparición de la representación proporcional, prohibición de reelección legislativa y de presidencias municipales, mayor laxitud para que personas funcionarias hagan propaganda oficial, etc.), pero sí vale la pena señalar que otros países también experimentan fuertes discusiones sobre las reglas e instituciones que deberían guiar los procesos electorales.

Estas discusiones también suceden en Estados Unidos y Reino Unido. En el primer caso, que tendrá elecciones presidenciales en noviembre, el Partido Republicano ha empujado reformas electorales en estados considerados estratégicos para maximizar su votación. Tales reformas incluyen modificar los criterios para integrarse al padrón de electores; prohibir el financiamiento privado a las campañas —ahí donde los donantes de peso son demócratas, desde luego— o cambiar sustancialmente las reglas del voto por correo —que, recordemos, fue un presunto factor de la derrota republicana en 2020—.

En Reino Unido, con una elección parlamentaria que sucederá el 4 de julio, la discusión gira en torno a la Ley Electoral que la mayoría conservadora aprobó en 2022 e introdujo la obligatoriedad de presentar una identificación con fotografía en el centro de votación. Además, incrementó las facultades del gobierno para supervisar el trabajo de la Comisión Electoral, que anteriormente rendía mayores cuentas al Parlamento. Finalmente, cambió el sistema de votación de funcionarios locales, pasando de un sistema de transferencia de votos a uno de mayoría simple. La oposición británica acusa una intención de desincentivar la participación electoral y de aventajar al partido conservador no sólo en la búsqueda de mantener su posición en el Parlamento, sino también de ganar más espacios locales mediante un cambio de reglas.

En India, entre abril y junio, cientos de millones de votantes acudieron a las casillas con unas reglas diseñadas a petición del Partido Popular Indio, cuya mayoría legislativa aprobó para facilitar la ciudadanización de minorías religiosas fuera del país, pero entorpeció ese proceso para las comunidades musulmanas.

El punto que me interesa señalar es la falta de consenso en las reformas o las iniciativas: pareciera que las mayorías políticas olfatean una especie de momentum para poner la mesa según sus preferencias.

Grandes mayorías

En segundo lugar, vale la pena señalar que muchos electores en el mundo están votando por mayorías contundentes. En febrero, 80 % del electorado ruso respaldó a Vladimir Putin y su partido; en India, el BJP logró un histórico tercer mandato consecutivo, con mayoría absoluta en el parlamento; en Sudáfrica, el Congreso Nacional Africano obtuvo 57 % del voto en la elección presidencial (febrero de 2024); para el Parlamento Europeo el resultado electoral podría interpretarse como un voto por una alianza europeísta (que suma al menos 55 % de las curules) y que probablemente encabezará el actual grupo titular de la Comisión Europea, que es el Partido Popular Europeo; en la elección municipal de Jerusalén, el vencedor obtuvo ocho de cada diez votos. Parece que estamos entrando a una etapa de gobiernos mayoritarios, de concentración democrática del poder en detrimento de minorías y derechos ganados.

La crisis de los partidos

El tercer tema es la crisis político-electoral que viven los partidos tradicionales de las democracias occidentales, viejos colosos de la representación hoy son apenas un remedo de lo que un día fueron. Es tiempo de organizaciones nuevas para muchas democracias: la extinción del PRD o la raquítica votación del PRI y el PAN no son algo sorprendente cuando se mira a otras latitudes.

En las elecciones indias, el partido de Nehru y Gandhi, el Congreso Nacional Indio, reafirmó que no pasa por su mejor momento. En Portugal (elecciones legislativas en marzo de 2024), el Partido Socialista tuvo un descalabro histórico al perder 42 de sus 120 asientos parlamentarios; y ya ni hablar del Partido Comunista, que pasó de ser una fuerza con una presencia razonable en los años ochenta del siglo pasado ―con cerca del 20 % del Parlamento― a una fuerza poco más que testimonial en 2024. En Reino Unido, las encuestas apuntan a una derrota severa del Partido Conservador y al fortalecimiento, al menos en voto popular, de la derecha más extrema.

Estos datos y proyecciones hacen pensar que los partidos tradicionales, en varios casos, están dejando de funcionar como dispositivos de representación y acción política. ¿Hasta qué punto estas organizaciones son vehículos de viejas élites y hasta qué punto son semillero de nuevas? El gremio politológico del mundo tiene quizá una renovación pendiente de sus investigaciones sobre partidos y sistemas de partidos.

Lemas vacíos

La cuestión de los partidos tradicionales es buen preludio para el cuarto punto de este artículo: la cuestión programática de las elecciones. Revisemos las campañas presidenciales mexicanas de 2024: “Nueva política”; “Vida, verdad y libertad”; “Segundo piso de la cuarta transformación”. Para muchas personas, eslóganes vacíos, pero quizá también sean reflejo de una nueva tendencia en las democracias del mundo.

Las campañas electorales se orientan más hacia grandes propósitos, fácilmente identificables y asimilables entre la población sobre el país que se visualiza para el futuro. El trabajo del político y del candidato ya no es ofrecer políticas públicas o acciones precisas tanto como proponer “proyectos”, “narrativas”. Hay un replanteamiento casi experimental de las instituciones y las políticas públicas.

La campaña presidencial mexicana es un buen ejemplo de lo anterior: experimentemos con la militarización, el Poder Judicial y el Instituto Nacional Electoral; experimentemos con la edad y los montos para pensionarse; experimentemos con megacárceles; experimentemos con la legalización de las drogas y el modelo educativo.

En Reino Unido, el Partido Laborista ha basado su plataforma de campaña en cinco grandes misiones: “Impulsar el crecimiento económico para garantizar el mayor crecimiento sostenido del G7; convertir a Gran Bretaña en una superpotencia de energía limpia; recuperar las calles reduciendo a la mitad los delitos violentos graves y aumentando la confianza en la policía y en el sistema de justicia penal; romper las barreras a las oportunidades reformando sistemas educativos y de atención a la infancia, para garantizar que las ambiciones de los jóvenes británicos no se vean limitadas por la clase social; construir un NHS (sistema nacional de salud —National Health Service) preparado para el futuro que esté ahí cuando la gente lo necesite; con menos vidas perdidas por las principales causas de muerte”.

En Estados Unidos, las misiones de “Make America Great Again” y “Finish the Job for the American People” tienen un papel similar.

Macron hizo campaña con la misión de una Francia “unida y de pie”, y surge la pregunta de cómo pretende lograr eso, pero quizá esa no sea la pregunta importante, sino si las francesas y los franceses coinciden con ese objetivo.

El término experimentación puede connotar entonces las ocurrencias del demagogo populista, pero también se refiere a lo que percibo como un cambio en la cultura política de los liderazgos: la gestión pública como medio de la política, más que la política como medio de la gestión pública. Esto parece la nueva realidad de las democracias liberales. Frente a los niveles crecientes de desconfianza institucional y desilusión con el sistema actual, el gobierno orientado por misiones parece ser la respuesta disponible de muchas clases políticas.

México: errores y lecciones

Para el último punto, me gustaría invertir el reflejo del espejo electoral y señalar una cuestión que el resto de las democracias puede observar en el caso mexicano: la necesidad de refrescar el estudio y el análisis de la política. Uno de los grandes temas después de la elección mexicana fue el papel que desempeñaron los académicos y los analistas, sobre todo después de tantos pronósticos tan distantes de los resultados reales.

El caso mexicano de 2024 presentó esos errores analíticos porque, en muchos casos, observamos la realidad con lentes conceptuales y teóricos que ya no le quedan tan bien: supimos, de repente, que el ejercicio del gobierno no necesariamente trae un desgaste natural, que la popularidad del presidente sí puede traducirse en votos para su partido, que es necesario discutir las encuestas, que el comportamiento del votante puede cambiar drásticamente de una elección a otra.

Así, la politología de México, como buena parte de los actores políticos derrotados, tiene por delante un largo camino de reinvención y de cuestionamiento a sus métodos y teorizaciones habituales. Valiosa lección para el resto del mundo democrático.

Pugnar por cambiar favorablemente las reglas electorales; electores que pueden votar mayorías contundentes; tiempos recios para partidos tradicionales; gobiernos orientados por misiones; la necesaria renovación de la politología mexicana (y posiblemente de muchos otros países). Son, me parece, el reflejo que México puede ver en el careo con sus pares estatales, algunas coordenadas para navegar en la democracia del siglo XXI, sin duda cambiante e incierta.

 

Mauricio Rodríguez Lara
Internacionalista y politólogo (El Colegio de México, CIDE)

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Publicado en: Internacional, Política