México tan lindo y tan querido, tan violento

Ilustración: Víctor Solís

Antes de ir a México, donde pasaré mes y medio, entrevisté en Madrid a uno de sus mejores conocedores, y uno de los mejores periodistas de esta lengua, Javier Moreno. Fue director de El País en dos etapas. Fue alumno (y director) de la fértil escuela del periódico y ha sido corresponsal en México y en Alemania. Ha escrito ahora un libro, ¿Quién manda aquí? (Debate), que explica no sólo la relación de México con la violencia, y con la vida, sino la de muchos países de América Latina (Colombia, Guatemala, Perú, Brasil…) en los que se padece, de un modo u otro, esa realidad terrible de la maldad hecha violencia. Es tan lindo México, tan querido, y es tan violento. Las respuestas de Moreno son una guía para entender el país de Octavio Paz, la tierra de Chavela Vargas.

—Es un libro muy personal, dices en seguida.

—Salió así. Más personal que lo que hubiera deseado. Me senté a escribir un ensayo, tratando de poner el foco en otra parte. Porque hay muchos libros, de grandes periodistas, sobre las organizaciones criminales, los muertos, los desaparecidos, sobre las madres que buscan a sus hijos… Así que, como no soy un reportero de calle, la vida profesional me ha permitido acceso a secretarios de seguridad, a presidentes, muchos de los cuales forman parte de las preguntas cuyas respuestas busco. De modo que sentí que el libro, más que explicar cómo funcionan estas organizaciones y cuál es su impacto en la sociedad, debía poner el foco en la razón por la que aquellos que elegimos para que nos protejan sean incapaces de hacerlo.

—Es el libro de un mexicano, en cierto modo…

—Es el libro de un mexicano, así es. Hay muchos países de América Latina, pero sin duda este es el principal protagonista. Trata de las plagas de la violencia en América Latina y en México, pero en realidad es un libro sobre México… Mucho de lo que escribo de los otros países sirve para iluminar lo que ahí sucede, lo que se ha hecho y lo que no se ha podido hacer. Así que los paseos intelectuales por las otras geografías son para ilustrar algún aspecto conflictivo de la propia sociedad mexicana.

—¿Qué no deja ver la violencia en México?

—La continuidad, la permanencia. Uno acaba perdiendo la sensibilidad ante tanta atrocidad permanente. Eso produce un cierto embotamiento de las terminales del dolor… Originalmente este libro no era sólo sobre la violencia, era sobre la impotencia de muchos otros campos, como la reforma fiscal… Pero la segunda vez que tuve que viajar a México y regresé a España, y pude tomar una cierta distancia, llegué a la conclusión de que era imposible escribir una enciclopedia sobre la ingobernabilidad de América Latina. Había que reducir aquello. Valoré los hechos hasta decidir que la violencia era el asunto.

—¿Qué surgió de ese giro?

—Esa permanencia de la violencia no es una lluvia fina sobre México, no es ni fina ni es lluvia: es sangre, son muertos, y es brutal, pero las sensibilidades se van abotargando… Hay expresiones de condena institucionales y de las autoridades. Pero cuando rascas, cuando te sientas con la gente, sí encuentras que la gente lo vive con angustia… Hay manifestaciones contra las muertes, muros de silencio, se dice que todo se va a aclarar, pero luego otra atrocidad tapa la anterior.

—¿Todo eso, Javier, conforma un carácter violento?

—México y, al final, todas las naciones latinoamericanas, no son sociedades históricamente violentas. Mira el siglo XX: aquí, en este continente, se mataron decenas de millones de personas, ha habido guerras mundiales, se produjeron las atrocidades de Stalin contra su propio pueblo. Y si descontamos la propia revolución mexicana, en ese país no hubo tanta violencia si se compara con los millones de muertos que hubo en Europa, donde el siglo XX fue un siglo de horror.

—Hablamos también para Argentina, que también sale en tu libro…

—Sale de vez en cuando, sí… Y es que Argentina no tiene el problema de esa violencia, no lo ha tenido y no lo tiene. Por razones geográficas, básicamente. No es posible allí el cultivo de la droga, no reúne las condiciones que tienen para ello México o Colombia… El gran problema de México, y de otros países del norte de América, son las grandes organizaciones criminales que se enriquecen con el tráfico de droga, de la zona andina hasta Estados Unidos, que es el mayor consumidor del mundo. La droga genera una administración paralela de recarga de impuestos, de extorsión, como la mafia italiana. Te ofrece protección hasta que observas lo desprotegido que estás. Y Argentina está al sur, no produce y no es un sitio de paso. Nadie pasa a la Argentina para ir al otro lado. No vienes del Polo Sur o de la Antártida. Ni es tránsito ni es cabeza de producción. Por tanto, se ha ahorrado el problema. Pero, claro, tiene los demás problemas. Y el libro, claro, aborda el problema de las drogas.

—Entrevistas a muchos presidentes latinoamericanos cuyos mandatos sufrieron el problema de las drogas. Pero a Chile lo incluyes para hablar con la presidenta Michelle Bachelet…

—Podría haber utilizado a Argentina… Fue ministra de Defensa primero y luego presidenta dos veces… Me interesaba su reflexión acerca de la interacción con los ejércitos para iluminar lo que en otros lugares, como en México, ni se ha intentado ni se ha logrado y que ella sí se propuso.

—En algún momento del libro dices que este no es realmente un libro de periodista, pero de inmediato eres periodista al cual los países le parecen personas…

—No quise escribir un libro académico, porque no lo soy. Y creo que lo más periodístico que tiene el libro es la voluntad de aproximación a los problemas. En algún momento digo que soy periodista y que especialidad es la queja. Sí, como periodista esa es mi especialidad, quejarme. Aquí no deben esperarse soluciones, no tengo capacidad para proponerlas, pero creo en la política, en la sociedad organizada de forma política, y han de ser los políticos los que deben exigirse las soluciones. Mi trabajo es contar lo que veo, las consecuencias de lo que sucede, intentar explicar las causas y los orígenes. Los periodistas haríamos mal en arrogarnos la capacidad de las soluciones. En ese sentido sí es muy periodístico el libro, no sólo en las descripciones, sino en la voluntad de no ir más allá de lo que deontológicamente nos corresponde, que es quejarme.

—Ahora México tiene un nuevo vecino, que no es Obama, sino que es Trump. ¿Cómo ves el porvenir de ese nuevo encuentro?

—No pinta bien y llega en el peor momento posible. Yo cuento en el libro cómo Colombia salió de las peores épocas de la violencia, de las peores cifras, en parte por un esfuerzo propio, por unos liderazgos capaces y por la ayuda de los Estados Unidos. México tiene esta última parte muy complicada por el recelo histórico tan comprensible y que viene de antes de la guerra por la que Estados Unidos le arrebató el 55% del territorio al país del sur. A partir de ahí es difícil construir una relación de confianza con el vecino del Norte. Eso sucedió en el siglo XIX… Entiendo los recelos y las heridas históricas, pero se podría volver a empezar. Pero con Trump este no es el momento de empezar. Es más: es imposible empezar lo que no se pudo en los últimos veinte o treinta años. Hasta en eso ha tenido México mala suerte, encontrarse con Trump ahora.

Texto publicado originalmente en El Clarín. Se reproduce con autorización del autor.

Juan Cruz

Periodista.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Vida pública