México: vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Escribir sobre los que se van es, en cierto modo, escribir también sobre los que se quedan, los que sobreviven. Olvidamos con frecuencia que hay algo más que las palabras y las cosas presentes. La vida es reconocerse como parte de una migración que nos trasciende, encontrando presencia y sentido en las pérdidas. Dependerá de uno mismo, como se lee en Pedro Páramo, guardar nuestro dolor en un lugar seguro. Y no dejar que nunca se nos apague el corazón.

El 2 de noviembre celebramos en México a todos los difuntos y rememoramos el amor de muchas personas que un día decidieron acompañarse a pesar del tiempo. Padres, madres, abuelos, abuelas, bisabuelos y bisabuelas. Gente que un día migró, se asentó y, en medio del polvo, del cansancio y la incertidumbre, con todas las condiciones adversas, levantó hogares y tejió raíces.

Entonces no había certezas, ni palabras ni cosas. Sólo existía el silencio, y en el silencio la voluntad. Nuestros antepasados se pusieron de acuerdo y con arrojo fundaron tribus, generaciones, estirpes, familias. Lo hicieron sabiendo que algún día, otra vez, partirían, pero también con la certeza de que seguirían presentes incluso en la distancia.

Por eso hoy vale la pena evocar a los que ya se adelantaron. A los que resisten en la memoria, reflejados en los apellidos que llevamos, en los gestos que repetimos sin darnos cuenta, en las historias que se siguen contando. Porque de la ausencia surge el recuerdo más resistente.

Quizá por eso en México la muerte no se teme ni se oculta. La idolatramos como quien reconoce en ella la otra mitad de la vida: una ambivalente, compleja, que refleja lo que intentamos ser. Hemos aprendido a convivir con su sombra y a resignarnos ante su gravedad. Si el más grande poeta que ha visto nacer este país advirtió que “la vida no vale nada, comienza siempre llorando y así llorando se acaba”, quizá sea porque aquí vivir se desprecia con la misma intensidad con que se celebra el morir.

De esa tensión nace nuestra manera de contar un entorno que en algún momento se confundió y ya nunca pudo distinguir con nitidez entre los que se van y los que se quedan.

Publicado en 1953, el primer libro de Juan Rulfo reunió una serie de relatos donde México aparece como un territorio suspendido entre la vida y la muerte. El Llano en llamas no describe sólo un paisaje físico, sino una forma de desolación que históricamente nos conforma. Es un país que se quema sin apagarse, que se alimenta de su propia ceniza. Un México que sobrevive a su propio espejismo.

Los personajes de Rulfo caminan entre lo que fue y lo que apenas queda, como si todos pertenecieran ya al reino de los muertos. Al conmemorar el centenario del escritor jalisciense, Héctor Abad Faciolince dijo que “cuando no hay un punto de apoyo en la realidad para explicar el horror de lo real, no queda otro camino que recostarse en los hábitos de la imaginación, es decir, en la fantasía”. Allí, en ese no-lugar, en lo irreal, en lo efímero, es donde el llano sigue en llamas, donde México sigue siendo México.

Entre los relatos que integran su primer libro, “Paso del Norte” condensa la tragedia del desplazamiento, de la migración no sólo en sentido geográfico sino íntimo, porque quien parte puede regresar, pero nunca vuelve siendo el mismo. Sus protagonistas se sitúan en un contexto desolador, en palabras del propio Rulfo, en “zonas agrícolas que padecieron, más que otras, la atropellada transición política y económica de la República tras la Revolución mexicana. Lugares en los cuales la tierra difícilmente pudo dar fruto al no ser cultivada debido a que los hombres eran reclutados para luchar, estuvieran o no de acuerdo”.[1]

De ahí que en el centro de dicho cuento se sitúa un diálogo entre un padre y un hijo que, en dos tiempos distintos, encarna el drama de los que se van. Primero, por medio de la decisión desgarradora de abandonar la tierra propia; una renuncia, un despojo de los suyos, de las raíces y del presente. Luego, mediante el retorno que, aunque frustrado y violento, reivindica la condición ambigua del migrante perenemente suspendido entre dos mundos.

Por eso, en Había mucha neblina o humo o no sé qué, Cristina Rivera Garza afirma que “los textos rulfianos son, sobre todo, textos en proceso de migración… Escudriñan el territorio mientras lo fundan”.[2] La paradoja como forma de vida; moverse para permanecer, irse para entender de dónde se viene.

En esa ambivalencia hay algo que nos atraviesa a quienes vivimos entre lo que se deja y lo que insiste en quedarse. En los años setenta se escribió “Jacinto Cenobio”, una canción popular mexicana que rara vez aparece en el repertorio de los mariachis o en las celebraciones más estridentes de nuestra patria. Yo la conocí por mi mejor amigo, que alguna vez me contó cómo su padre solía cantarla con esa mezcla de nostalgia y melancolía por un pasado que no regresa, por ser alguien que tuvo que irse y dejar su hogar, por su familia. Porque, aunque nunca hayamos migrado, tarde que temprano lo haremos, yéndonos de este mundo.

La canción es muy conmovedora, y acaso tristísima por su descarnado realismo de corte rulfiano, pues en ella se relata la historia de un hombre que ha perdido lo que amaba y deja su pacífica tierra por el infierno de la ciudad. Cargando bultos y lutos, Jacinto no representa la nostalgia de quien añora el pasado, sino la más digna expresión del futuro. Pues él ya no es sólo él, ahora también es el monte mismo, la mancha de garzas rumbo al palmar. En su cuerpo viaja su tierra, en sus palabras aguarda la posteridad. Donde vaya Jacinto Cenobio, va también su mundo, su paisaje, su familia.

Así como los que nos quedamos llevamos con nosotros a los que se van, también los que se van nos cargan a cuestas. Aunque uno esté solo, uno nunca existe en soledad. Vida y muerte antes que oponerse, se buscan, se confunden, se reconocen. En México aprendimos que una sólo tiene sentido a la luz de la otra. Escribió Sabines:

Alguien me habló todos los días de mi vida
al oído, despacio, lentamente.
Me dijo: ¡vive, vive, vive!
Era la muerte.

Juan Jesús Garza Onofre

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor en El Colegio de México y el ITAM.

[1] Juan Rulfo, “Juan Rulfo examina su narrativa” (diálogo con estudiantes acerca de su obra, 13 de marzo de 1974, transcripción de María Helena Ascanio), en Escritura, 2, Universidad Central de Venezuela, junio – diciembre, 1976, p. 309.

[2] Cristina Rivera Garza, Había mucha neblina o humo o no sé qué, Literatura Random House, México, 2016, p. 69.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Vida pública