México y el Sahara Occidental

Cuando el próximo primero de enero México ocupe por quinta vez en su historia un asiento no permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el país no sólo tendrá la responsabilidad de echar mano de su habilidad diplomática para fortalecer un sistema multilateral erosionado por la pandemia, y sus consecuencias económicas, sociales y políticas, ante una agenda marcada por un número cada vez mayor de gobiernos que abogan por el nacionalismo aislacionista; sino la oportunidad de recalibrar su peso, objetivos e intereses de política exterior. En este sentido, la irresuelta cuestión del Sahara Occidental y su larga historia con nuestro país, resultan fundamentales.

El anuncio hace un mes del fin del alto al fuego firmado en 1991 por parte del Frente Popular de Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro, mejor conocido, por sus siglas, como Frente Polisario, y el gobierno marroquí; la dimisión en mayo de 2019 del enviado personal del Secretario General de Naciones Unidas para el Sahara Occidental; y el recién anunciado acuerdo por medio del cual Estados Unidos reconoce el reclamo marroquí sobre el territorio saharaui a cambio del establecimiento de relaciones diplomáticas entre Rabat y Tel Aviv, constituyen el marco ideal para que el bienio de México en el Consejo de Seguridad del máximo organismo multilateral coadyuve de manera efectiva a desenmarañar la problemática saharaui.

La génesis del conflicto en este rincón del continente africano depende del cristal con que se mire y puede, incluso, rastrearse hasta la Edad Media, si se siguen las argumentaciones marroquíes sobre la milenaria vinculación de estas tierras desérticas ricas en fosfato y recursos pesqueros con el soberano magrebí, o las saharauis, que subrayan la independencia de los diversos clanes nómadas del Sahara vis-à-vis los intentos perennes de controlarles por parte de los almohades y sus sucesores. En un ejercicio de pragmatismo, la cuestión del Sahara y su complicado presente, están directamente relacionadas con la ocupación colonial europea, particularmente franco-española, que dictó, hasta cierto punto, las aspiraciones como estados nación tanto de Marruecos como del Sahara Occidental, y las de las vecinas y copartícipes del conflicto Argelia y Mauritania, de paso; dibujando en esta parte del mapa africano, como lo hizo en prácticamente todo el continente, fronteras hasta antes inexistentes o muy sutilmente entendidas como tal.

Ilustración: Pablo García

La presencia española en la costa del Sahara data del siglo 15, más allá del paso de galeones y expediciones de exploración y comerciales hispano-lusas, la mayoría de los historiadores coinciden en señalar la construcción de un fuerte en la costa de la actual región marroquí de Ifni en 1476 por parte de Diego García de Herrera, conquistador de las islas Canarias, como punto de partida de la prolongada presencia peninsular entre el Atlas, el Atlántico y el desierto. Tuvieron que pasar más de 400 años para que dicha presencia ibérica adquiriese un carácter de permanencia y se tradujese en un control efectivo sobre el territorio africano. Fue a partir de los años treinta del siglo pasado, con el fin de la Guerra Civil española y, en parte, gracias al bagaje legionario, canario y africano de Francisco Franco, que Madrid logra una ocupación efectiva del interior del Sahara, al cual reclamaba como colonia desde la celebración de la infame Conferencia de Berlín de 1885 en la que Europa se dividió África en zonas de influencia, colonización, explotación y control. Con la independencia de Marruecos en 1956, Francia abandona sus posiciones en esa parte del Magreb mientras que España, con acuerdos y la breve guerra de Ifni de por medio, cede lo que era hasta entonces su protectorado marroquí, limitándose a afianzar su posición en el ya denominado Sahara Español, ante la poco velada intención de Rabat de reclamarlo como propio y las incipientes demandas de la población saharaui por alcanzar su autonomía, cristalizadas una década después con el nacimiento del Movimiento para la Liberación del Sahara, fundado por Mohamed Sidi Brahim Basi, precursor del Polisario, aparecido en 1973.

La acelerada precariedad en la salud del dictador español y su eventual fallecimiento, lo avanzado de los planes sucesorios para que Juan Carlos de Borbón restableciera una monarquía parlamentaria en la península, el antecedente de la independencia de la Guinea Española, las conversaciones mediadas por Naciones Unidas para el proceso de descolonización del Sahara y el muy particular contexto de la Guerra Fría a nivel mundial y en el marco regional africano, fueron algunos de los muchos factores que incidieron en la eventual retirada de las fuerzas españolas de lo que fuera su última colonia entre 1975 y 1976. El abrupto final del domino colonial español en el Sahara, más allá de lo convenido, tras bastidores, entre Marruecos, Mauritania y España; de lo planeado por Argelia, principal fuente de apoyo político y de financiación del Polisario; de lo anhelado por el pueblo saharaui y de lo convenido por la Asamblea General de Naciones Unidos a través de la resolución 3458; trajo como resultado un conflicto armado por el control territorial de la otrora colonia que está próximo a cumplir medio siglo y que no sólo ha provocado pérdidas económicas y embrollos políticos y diplomáticos para todas las partes involucradas sino un alto costo humano, miles de muertos y decenas de miles de desplazados, refugiados y exiliados por el interminable conflicto.

Más allá de las consideraciones esgrimidas en ese entonces, el reconocimiento que en 1979 dio México, en boca de su entonces canciller, Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa, a la República Árabe Saharaui Democrática, nombre con el que el Polisario bautiza al Sahara Occidental al declararse gobierno y autoridad legítima de la otrora colonia en 1976; significó un antes y un después para el movimiento de liberación nacional. En los años subsiguientes, un número no menor de países, en parte, quizá, inspirados por la decisión mexicana, dio también su reconocimiento al Polisario, que vio ensanchada su interlocución en diferentes mecanismos multilaterales hasta lograr, incluso, la incorporación del Sahara Occidental a la Unión Africana. El reconocimiento que hizo la administración Trump hace unos días a las aspiraciones marroquíes sobre el Sahara Occidental debilita, como muchas otras de las decisiones de política exterior de Washington durante los últimos cuatro años, el marco multilateral forjado con no pocos esfuerzos desde el final de las guerras mundiales. Al legitimar la posición de una de las partes en el conflicto, Estados Unidos no solo cierra la puerta a la opinión de los otros involucrados, sino que desestima el trabajo que Naciones Unidas ha hecho por avanzar en una solución de largo aliento para la cuestión saharaui desde los años 60 del siglo pasado. El rompimiento del cese al fuego pactado desde 1991 entre Rabat y el Polisario el mes de noviembre tras enfrentamientos en la frontera entre el Sahara y Mauritania entre el ejército marroquí y las fuerzas del Frente y la ausencia de un representante personal del Secretario General para el Sahara desde mayo de 2019, dan carácter de urgente a la situación en esta parte de África.

La posición de México hoy en día frente a la cuestión del Sahara Occidental no debe socavar lo que a todas luces ha sumado desde hace 40 años en defensa del sistema multilateral como garante de la paz y la seguridad internacionales y en favor del derecho del pueblo saharaui a decidir sobre su futuro y optar por su autodeterminación. De la misma manera, la postura mexicana no debe restar a lo que se ha construido, a lo largo de más de medio siglo, en favor de los intereses nacionales a través de las relaciones bilaterales con Marruecos y con Argelia. La estrategia de México ha de concentrarse en mediar, facilitar y reconducir un diálogo anquilosado, laberíntico y cansado, que demanda, por la coyuntura, llegar a buen puerto. Siempre con base en las resoluciones de la Asamblea General en la materia. México debe aprovechar su renovado paso por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para hacer la diferencia en la cuestión del Sahara Occidental y para, finalmente, cimentar una diplomacia africana en primera persona que se corresponda con sus aspiraciones como actor multilateral y que avance sus intereses en el continente.  

 

Diego Gómez Pickering
Escritor, periodista y diplomático. Su libro más reciente es Cartas de Nueva York, Taurus, 2020.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Internacional