Mi carnaval

Yo no sé qué sigue. Nadie, en realidad. Soy incrédulo de todo ese despliegue de juicios y análisis que se publicitan asumiendo que existe, y es obvio para todos, un modelo de interpretación e intervención para encarar la pandemia y sus consecuencias. Y si bien la enfermedad no ha infligido ni mucho menos las bajas humanas de las conflagraciones globales del siglo XX, hay no obstante una diferencia radical con las experiencias de la primera y segunda guerra mundiales: hoy no tenemos santuarios como lo fueron Estados Unidos, el resto de América y aún países europeos como Suecia o Suiza. La pandemia ha hecho del mundo uno solo.

La pandemia ha ejecutado una labor de pinzas: de un lado está la realidad de la enfermedad y la muerte, y de sus consecuencias socioeconómicas; de la otra, el desgaste cotidiano de nuestra psique, la de cada uno, y la colectiva, esa cosa a la que con frecuencia negamos existencia objetiva. Ignoro si en toda la historia humana tantas personas han estado tan preocupadas, al grado de la obsesión y la psicosis, por una misma causa y en sincronía inaudita. Hay un exceso de energía concentrada en un solo punto y en un instante colectivo (como en las cadenas de oración, pero ahora sí en serio). Este es un hecho distintivo de nuestra circunstancia, en el cual se entreveran angustias tales (la vida, el trabajo, la convivencia, el futuro) que su arte combinatoria debe acabar en un constructo inédito, potente, prometedor y ominoso. Otra vez todo junto y de manera simultánea. 

Ilustración: Raquel Moreno

El carnaval es la suspensión temporal de los roles sociales y de autoridad —o su inversión. A la luz de lo que nos sucede, reparo en que es probable que el carnaval tenga otra función (y esto los antropólogos lo saben desde hace mucho): un enrutamiento distinto y una objetivación de las energías de la psique colectiva para que estas no se difuminen en chispazos y estallidos patológicos, al costo de la violencia y la agresión entre vecinos, compañeros, familiares, detractores. Imagino entonces que el carnaval es una medida de higiene del alma, de profilaxis de las culturas comunitarias, nacionales y globales, hoy sitiadas y al mismo tiempo volcadas hacia todas partes, sin brújula y sin un signo que las estabilice. 

Hemos estandarizado a los carnavales como esas celebraciones tumultuarias, muy codificados por el turismo y la sed de divisas a la manera de Rio de Janeiro, Venecia, Nueva Orleans, Veracruz. Pero debemos pensar ahora en los carnavales fuera de temporada, esos que surgen desde las entrañas de la ausencia, el sufrimiento y la escasez; no en aquellos que anticipan, sino en los que suceden a las cuaresmas decretadas por nuestras calamidades bélicas, políticas y epidémicas. Los carnavales son también celebraciones profanas ante las libertades extraviadas o suprimidas (y algo de eso sufrimos, pero está bien). Y no son rituales cívicos sino esencialmente tribales que buscan equilibrar las energías concentradas (o difuminadas) en nuevas comuniones colectivas.

Esos carnavales de segundo tipo se han documentado en los tiempos modernos, por ejemplo en Europa. Los 12 o 18 meses luego del cese de las hostilidades en mayo de 1945 (en Francia, y en concreto en Paris, desde agosto de 1944) fueron sin duda carnavalescos en los distintos escenarios. En Francia el fin de la guerra significó además el fin de un Estado, el de la III República y de esa horrorosa adenda que fue el régimen de Vichy (en Italia los ciudadanos sepultaron en referéndum la monarquía). Los franceses se encontraron no ante un vacío total de poder —ahí estaban las fuerzas aliadas y las formas militares de resistencia local como los maquis— sino en un escenario en que las reglas anteriores ya no operaban, las nuevas no se habían elaborado, y el magma incandescente del estrés colectivo, de las responsabilidades y de las culpas era enorme. Ese carnaval francés se originó en un cúmulo de agravios y privaciones y en la consciencia absoluta de que su tiempo como nación fue intervenido y usurpado.

Agosto de 1944, los días de la liberación de Paris de la ocupación nazi, ha sido recreado por Antony Beevor y Artemis Cooper. Las barricadas simbolizan el entusiasmo popular de la liberación al tiempo que recordaban a los franceses una genealogía libertaria. Los impulsos autogestionarios de 1944 se expresarán en la insurrección y en el ajusticiamiento de colaboradores de los nazis, a veces sin formalidades, y una confraternización en las cual el vino y el sexo se combinaron en un banquete de libertad personal y comunitaria. La intensidad de la catarsis llevaría al general de Gaulle a advertir que el punto nodal de toda autoridad en la Francia liberada era, apenas a unos días de la emancipación del nazismo, el restablecimiento del orden público.1 Ian Buruma, en su historia de 1945 (al que llama el año cero) se detiene en los fenómenos ya percibidos por Beevor y Cooper en Paris, pero esta vez con una mirada de conjunto que repasa los Países Bajos, Berlín, Moscú, Tokio; ese primer capítulo lo intitula “Exultación”. Buruma da cuenta de ese desarreglo momentáneo de las convenciones de autoridad y obediencia, de las celebraciones y confraternización entre los soldados aliados y los habitantes locales, del sexo consentido y, en un número descomunal, de las violaciones de mujeres en Alemania por los soldados soviéticos, pero también en los Países Bajos y Alemania occidental por estadunidenses y canadienses (y en mucho menor medida por los británicos).2

El carnaval es un arma caliente pero necesaria. Tengo para mi que las protestas en Estados Unidos por el asesinato de Georg Floyd tienen la marca del hartazgo y la furia, pero carecen del tono (en apariencia) menor y burlón de un reto pueril (en apariencia, otra vez) a la autoridad. Quizá me equivoque por efectos de la distancia y la aburrida codificación de los medios para comunicar los acontecimientos, pero las protestas allá me parecen demasiado solemnes. Se extraña un desmadre catártico. (Insisto: la ausencia de una mirada a ras de suelo, como la de los antropólogos, es un asunto grave en estas circunstancias.)

La civilización existe y se expresa espasmódicamente en el carnaval; éste deberá ser político en los meses que vienen para dispersar los enconos. La caricatura y ridiculización de gobiernos, medios de comunicación, lenguajes públicos, poderes fácticos, liderazgos religiosos deberán estar en la picota de la calle. Sería un ejercicio magnífico para una nueva politicidad post pandemia (y muy peligroso, sin duda). De lo contrario un rencor torvo y un odio difuso a tantas cosas (o a todas) se apoderará de la mente y los corazones de los ciudadanos del mundo. Hay demasiadas muertes, demasiados heridos, demasiados dolientes, miedo a raudales. Yo voto por el carnaval.

 

Ariel Rodríguez Kuri
Historiador. Profesor-investigador de El Colegio de México. Entre sus libros: Historia del desasosiego. La revolución en la ciudad de México 1911-1922 y La experiencia olvidada. El ayuntamiento de México: política y gobierno, 1876-1912.


1  Antony Beevor y Artemis Cooper, Paris después de la liberación, 1944-1949, Crítica, 2003, 28-81.

2 Ian Buruma. Año cero. Historia de 1945, Barcelona, Pasado y presente, 2014, 23-63; útil asimismo Giles MacDonogh, After the Reich. The Brutal History of the Allied Occupation, Nueva York, Basic Books, 2007, aunque quizá demasiado preocupado por contar “otra” historia. 

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Publicado en: Internacional, Política