Mi pesimismo con el régimen

Hace unos días mi profesor Ariel Rodríguez Kuri escribió un artículo muy interesante sobre el cambio político en México. Aunque coincido con su apreciación general de que México parece entrar a un cambio de régimen, no puedo coincidir con sus énfasis, sus silencios y, sobre todo, su optimismo. Efectivamente, tampoco soy un adepto de las listas de características para clasificar sistemas políticos. Y sin duda la presidencia de Andrés Manuel López Obrador y las victorias electorales del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) son fenómenos que requieren una revisión mucho más compleja.

Ilustración: Estelí Meza

El surgimiento y reciente dominancia de un partido nacionalista, ecléctico y cacha-todo1 (es decir, una organización ideológicamente indefinida que captura posiciones y personajes de todo el espectro político) marca un parteaguas en el sistema de partidos. Desde 1997 no teníamos un Congreso con mayorías (simples). Y los partidos que protagonizaron lo que Rodríguez Kuri llama purgatorio de la transición están en declive.

Sin embargo, no concuerdo que el reflejo principal de este parteaguas sea la propuesta de representación proporcional pura del presidente. De hecho, en sus nuevas reformas propone precisamente lo contrario: eliminar a los plurinominales. Esta propuesta fue un señuelo legislativo, muy similar a las propuestas de eliminación de plurinominales que Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto hicieron en su momento. Lo único que sobrevivió de la reforma electoral del presidente López Obrador fue la propuesta de desmantelar administrativamente al Instituto Nacional Electoral (INE), ahora revivida con otra propuesta de eliminar los órganos autónomos y reformar el Poder Judicial.

Las propuestas de Morena sobre el régimen político están consistentemente en la lógica de reducir los contrapesos del Ejecutivo. La intención de deshacerse de los órganos autónomos, de capturar la Suprema Corte y reducir al INE son consistentes con la intención de hacer de Morena un partido dominante o incluso hegemónico.2

Entiendo que hay resistencia a ver a Morena como una reproducción del Partido Revolucionario Institucional (PRI), y que es una comparación demasiado fácil. El problema es que el comportamiento del presidente y Morena no es ambiguo. Ahora bien, entiendo que hay dos objeciones razonables: efectivamente, es importante repensar el sistema de órganos autónomos y sus funciones. Claramente, el Poder Judicial merece escrutinio después de los efectos de la reforma judicial de 1994. Y el presidente actual dista mucho de otros líderes latinoamericanos que buscaron cambiar la Constitución para reelegirse. Aunque parece que hay intención de que regrese la práctica de designar un nuevo presidente del mismo partido cada seis años.

Discrepo de Rodríguez Kuri cuando dice que el presidente o Morena están buscando disminuir el presidencialismo, y que ellos sólo son actores atrapados en el diseño constitucional. Los intentos de cambio del sistema político, con la mengua de la capacidad profesional de la administración pública en México a través de la austeridad, y la reasignación de facultades civiles al Ejército hablan más de un reforzamiento del Poder Ejecutivo. Podemos coincidir o no en si este diseño o si la funcionalidad de los autónomos y la administración pública obstaculizan la capacidad de implementar políticas y proyectos de infraestructura. Si bien Rodríguez Kuri enfatiza la importancia de que el presidente ha cambiado la agenda pública con sus habilidades comunicacionales, es ineludible que este no ha sido un proyecto político que navega exclusivamente en las prácticas discursivas de López Obrador y su relación con otros actores políticos

De hecho, aunado a la tendencia en la que nos acercamos a un sistema de partido dominante, hay dos aspectos que me parecen significativos. El primero es que el Estado sí ha recuperado muy tenuemente una especie de tendencia redistributiva y coordinadora del desarrollo nacional, en particular en infraestructura, política energética, y política laboral. Pero no es un cambio total del modelo económico: no ha habido una reforma fiscal, la política social ha sido una reorganización en los márgenes del presupuesto, y seguimos siendo una economía orientada al exterior. En buena medida, parece que estamos reviviendo muy gradualmente el papel del Estado como solía ser en los años setenta del siglo pasado, pero con tonos de democracia cristiana.

Es decir, un gobierno subsidiario —pero donde el mercado y sus actores siguen siendo dominantes. No es menor, es una redistribución que urgía después del ciclo neoliberal, pero tampoco creo que sea un cambio de economía política revolucionario, más bien un regreso (necesario) al Estado que México tenía antes.

El segundo aspecto es la degradación de la relación entre civiles y militares. Esto no es un proceso exclusivo de este sexenio, y en ello los partidos de la transición también han sido actores relevantes porque aprobaron la creación de la Guardia Nacional y fueron ellos quienes expandieron en primer lugar el rol de las Fuerzas Armadas en la vida pública. Lo inaudito es la acelerada expansión de la presencia militar en lo público. Esta sí es una diferencia radical frente al régimen revolucionario que, al final, sacó a los militares de las tareas políticas y civiles.

Sin duda el declive de los partidos de la transición y la transferencia de muchos de sus liderazgos a Morena es muestra de que se está configurando un sistema de partido dominante, entendido como un partido que influye más que los demás, sin que necesariamente obstruya del todo que otros partidos puedan ganar elecciones.3 Si se desmantela el INE, estaríamos dirigidos al sistema hegemónico porque sí habría obstrucciones reales a la competencia electoral.

En este sentido, estamos viendo la erosión tanto del PRI como partido cacha-todo y del Partido de la Revolución Democrática (PRD), otrora partido nacionalista de izquierda. Morena ya ocupa esos espacios en la discusión pública. El único partido que parece una sólida oposición a Morena, como alguna vez lo fue con el PRI, es el Partido Acción Nacional (PAN) como la fuerza conservadora (católica) del país. La posición electoral del PAN está consolidada: es el partido de oposición que gobierna más estados, tiene votos suficientes para estar en segundo lugar, y sus votantes están claramente alineados con el programa conservador. Ahora bien, que el PAN haya postulado a una política como Xóchitl Gálvez, que tiene un discurso más tendiente a la democracia cristiana (un Estado subsidiario), demuestra que sí hay un cambio ligero en la economía política del país.

Cierro mi réplica con mi caso por el pesimismo. En 2015 escribí que votaría por Morena porque eran la mejor oposición al PRI, y que el PRD había perdido el camino. Y voté por Morena en 2018, pero comencé a anular en 2021. Como escribí en esa ocasión, objeté el anulismo basado en el contexto del momento. El contexto ya cambió, y ahora que Morena es mayoría, creo que no tiene en su agenda respuestas a los problemas nacionales. Efectivamente, el régimen está cambiando, pero no creo que haya sido tan profundo como los otros cambios con los que López Obrador pretende compararse, y peor todavía, un cambio esencialmente ciego a la bomba de tiempo que son el cambio demográfico y la crisis climática. Ojalá tanto Morena como el PAN repiensen sus agendas, porque el reto es enorme. Quisiera que después de un proceso de reflexión, los partidos me puedan dar motivo de tener el optimismo con el cambio político que mi profesor sugirió.

 

Raúl Zepeda Gil
Académico


Término adoptado por Otto Kirchheimer para describir a este tipo de partidos.

Recomiendo el clásico artículo de Joy Langston donde comparó al Partido Liberal Democrático de Japón con el PRI. Langston, J., “Japón y México: dos casos de ruptura del partido dominante”, Política y gobierno, 1994, 139-153.

Sugiero revisar la definición de Pempel en el artículo citado de Langston arriba.

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Publicado en: Política