Molotov vs la cuarta transformación

En este 2025 Molotov cumplió treinta años de carrera musical. Su álbum debut, ¿Dónde jugarán las niñas?, marcó un hito en la música contemporánea de la región no sólo por su gran éxito comercial, sino por las implicaciones culturales y generacionales que detonó desde su aparición en 1997.

Para aquellos que fuimos jóvenes en el México del siglo pasado, ese disco fue menos un objeto de culto y más una señal de época. Coincidió con un país en vísperas de la alternancia democrática, con medios concentrados y con una generación expuesta a nuevos códigos. Molotov supo condensar ese momento por medio de la confrontación, el lenguaje explícito y la crítica abierta al poder.

Desde la primera canción de aquel álbum, “Que no te haga bobo Jacobo” –una crítica directa a la alianza entre Televisa y el PRI– quedó claro que Molotov no sería una banda de rock nacional más, pues su propuesta se articulaba alrededor de temas políticos y fastidiosos para quienes ostentaban el poder en la nación. Por mencionar algunas otras melodías: “Voto Latino” expuso la discriminación que enfrentaban los migrantes mexicanos en Estados Unidos y cuestionó la edulcorada narrativa del sueño americano; “Chinga tu madre” desbordó los estándares semánticos de la época y, aun así, fue útil para nombrar una rabia que no encontraba espacios legítimos; “Gimme the Power” apuntó a todo el sistema gubernamental en su conjunto y terminó convertido en un himno transgeneracional, al capturar el hartazgo frente a un país administrado por corruptos y cínicos.

En aquel contexto la vigorosidad de Molotov parecía sempiterna, la fuerza de sus melodías invitaba a una revolución sin fin. Pero no hay nada que pueda contra la historia, que resista el paso del tiempo. Todo envejece, incluso lo que en su momento parecía un quiebre definitivo.

Por eso Molotov ha quedado en un sitio ambiguo, más como un símbolo de irreverencia anacrónica que un actor vigente de crítica social. La energía iniciática, sostenida en el enojo y el desparpajo, hoy convive con sus propias limitaciones, con una estética que no siempre dialoga con los problemas modernos y con la dificultad de sostener el papel del “incómodo”. Su lugar en la cultura pop mexicana se ha vuelto más patrimonial que disruptivo, Molotov es ya más una referencia histórica que motor de incomodidad presente.

Las tensiones que esto genera se ven con claridad cuando se revisan algunas de sus acciones y música a la luz de la actualidad. De hecho, Hugo García Michel, incluyó “Puto” dentro de las 50 canciones de pena ajena del rock nacional, justificando que:

Vista con la perspectiva que permiten los años, esta mala imitación de los Beastie Boys muestra que el éxito que tuvo en su momento se basó sobre todo en la connotación anti gay de su título y su letra, la cual encontró amplio eco entre los “machines” que gustaron de ella y de su incitación a la violencia contra los homosexuales. Sin embargo, más que juzgarla desde la corrección política habría que calificarla por su mal gusto.

La crítica sintetiza el punto inevitable de cómo lo que antes se celebraba o pasaba por normal hoy enfrenta una interpretación distinta. No se trata de moralizar en retrospectiva, se trata de aceptar que ciertos gestos que funcionaron en otro contexto caducan de manera desigual. En ese proceso, Molotov está atrapado entre el reconocimiento de su papel fundacional y las limitaciones que hoy exhibe una parte de su repertorio, incapaz de sostener la potencia disruptiva que tuvo en el pasado.

Por eso mismo creo que no hay que meterse con Molotov. Nos ha dado tanto, nos ha acompañado en muchísimos momentos, que exigirle coherencias absolutas o vigencias permanentes sería desconocer su propia naturaleza. Bien por aquellas personas que siguen a la banda, también bien por quienes ya no la encuentran relevante o que miran su obra con distancia crítica. Lo que creo que no se vale es la hipocresía, esa que se indigna de manera selectiva, que tolera la confrontación mientras conviene y la condena cuando deja de resultar útil.

El reciente altercado que tuvo el hijo del expresidente López Obrador, José Ramón López Beltrán, a raíz de una crítica en redes sociales hacia la banda, es ilustrativo. Más que un debate sobre música o política, exhibió una reacción desproporcionada que terminó diciendo más del clima público y de la fragilidad de ciertas figuras que de Molotov. Al final la polémica no giró en torno a ellos, sino a la incomodidad que aparece cuando su irreverencia deja de servir a determinadas narrativas.

Por eso, antes que defender a Molotov, o a alguno de sus integrantes que de forma incorrecta respondió insultando el físico de López Beltrán, conviene subrayar la facilidad con la que cualquier crítica se convierte en un pretexto para pelear y cualquier respuesta se usa para reducir debates complejos a simples bandos.

Queda clarísimo que el populismo ha destruido la mínima posibilidad de entablar un debate sensato; lo que antes era funcional al poder, ahora se utiliza para fabricar indignaciones de ocasión. Si la crítica viene de un grupo incómodo, se descalifica; si el mismo grupo sirve para apuntalar un relato, se festeja sin reservas. Esa lógica volátil convierte toda discusión cultural en un simple instrumento político y distorsiona el sentido original de las obras, los gestos y hasta los errores.

Ver a todo el aparato del oficialismo, con su canal de televisión pública, sus aplaudidores y corifeos, emprender una campaña de desprestigio y burla contra Molotov es, sencillamente, risible. No sólo porque hace unos años el propio López Obrador citaba una de sus canciones en la mañanera para criticar al comunicador Jacobo Zabludovsky, sino porque me parece que, antes de convertir a una banda de rock en el enemigo de la semana, hay miles de asuntos más pertinentes que atender.

La insistencia en fijarse en una polémica menor, amplificada de manera artificial, solo muestra que una parte del poder vive más cómoda gestionando agravios imaginarios que resolviendo problemas reales. Mientras Morena discute si Molotov es todavía relevante, conviene tomar distancia y reconocer que la reacción oficial no habla del impacto actual de la banda, sino de la necesidad permanente de producir distractores y antagonistas que mantengan viva la narrativa del conflicto.

No es la primera ni la última vez que esta agrupación musical se ve inmiscuida en una polémica. Si molesta tanto que Molotov siga incomodando treinta años después, el problema, tal vez, no es la banda. El problema es el país. Amateur, amateur. Oh-oh-oh, amateur.

Juan Jesús Garza Onofre

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor en El Colegio de México y el ITAM.

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Publicado en: Vida pública