I
De confirmarse lo que dicen las encuestas, el Partido Conservador concluirá su gobierno en Reino Unido el 4 de julio, después de catorce años en el poder. Mucho hay que decir. En lo que va del siglo, este partido ha ganado cuatro de seis elecciones generales y cinco de sus militantes: David Cameron (2010-2016); Theresa May (2016-2019); Boris Johnson (2019-2022); Liss Truss (septiembre 2022-octubre 2022); Rishi Sunak (2022-) han ocupado el cargo de primer ministro. George Osborne no fue uno de esos cinco, pero él es, sin lugar a dudas, el político conservador más importante de las últimas dos décadas y la próxima elección no puede entenderse sin entenderlo a él.
Osborne es una de esas personas que parece tener algo así como un “derecho para gobernar”. Nacido en Londres en 1971, en el seno de una familia cosmopolita de clase alta, estudió en la misma escuela que el poeta John Milton; que John Churchill, Duque de Marlborough, y posteriormente se graduó como historiador de Magdalen College, Oxford. Al terminar la universidad, Osborne trabajó como investigador para el Partido Conservador y también como discursero de varios líderes de su partido. Era 1994 y los Conservadores —o Tories, como también se les conoce— estaban por perder una elección por primera vez en 18 años.
Osborne cuenta que fue enviado a cubrir la conferencia anual del Partido Laborista —el otro gran partido británico, aunque este de centro-izquierda. En aquella conferencia, Tony Blair tomaba la palabra por primera vez como líder de Labour para anunciar que el partido cambiaría sus estatutos y eliminaría una cláusula que, desde 1918, lo comprometía con la causa socialista de propiedad comunitaria. El shock para Osborne fue grande: Blair se revelaba como un líder pragmático, menos ideológico que sus antecesores, joven y energético e interesado en ganar en un país de clases medias.
“Me di cuenta entonces que tendríamos enormes problemas con él (Blair)” dijo Osborne y no se equivocó. Tres años después, en la elección general de 1997, el Partido Conservador perdió 178 de los 343 escaños que tenía en la Cámara de los Comunes y Tony Blair llegó al gobierno con la más grande mayoría parlamentaria en la historia de su partido y sería Primer Ministro diez años —de 1997 a 2007—. Después de 1997, los Tories volverían a perder otras dos elecciones.
En 2001, tras la segunda derrota de los conservadores, Osborne ingresó al Parlamento con 30 años de edad. Eran años de vacas flacas y tras una tercera derrota en 2005, Osborne adquirió la responsabilidad de definir la política económica y fiscal de su partido y “hacerle sombra” a Gordon Brown, el titánico Chancellor of the Exchequer —título del Ministro de Hacienda británico— y pareja política de Blair. Ahí, en la sombra, fue que Osborne encontró el futuro.
A George Osborne le hubiera encantado ser Primer Ministro, aunque mi impresión es que siempre entendió que ese no era un trabajo para él. Osborne tiene un corte de pelo similar al que uno vería en un busto de Julio César, casi siempre usa trajes azules, no es carismático, su sonrisa es delgada e inclinada (lo que le da un aire malicioso). Hace dos años estreché su mano en un seminario universitario y percibí en él esa nonchalance —aloofness en el Reino Unido, mamonería en México—que uno sólo encuentra en cierto tipo de élites. Me queda claro que Osborne se reconoce como lo que es y que su lugar, las sombras, es el ideal para alguien a quien han descrito como “capaz de ocultar un oportunismo cínico”.
Osborne es vital para entender la situación política de Reino Unido porque fue quien dirigió la campaña de David Cameron cuando éste quiso liderar el Partido Conservador en 2005. Fue Osborne el que entendió que, para volver al poder, los Tories tendrían que dejar de ser el partido de las esquinas polvorientas de la Inglaterra Media. Con él como estratega, pero Cameron como vendedor, su partido se urbanizó, se interesó por las agendas ambientalistas y LGBTQ+ y abrazó el consenso de “Tercera Vía”, que personificaron Blair y Brown.1
En 2007 Osborne evitó que Brown —entonces Primer Ministro— convocara a elecciones generales y con ello, de manera inadvertida, logró que la crisis financiera de 2007/2008 estallara en manos laboristas y no conservadoras. Dos años después, Osborne diseñó la estrategia que regresó a su partido al poder y que entronizó a David Cameron como Primer Ministro de 2010 a 2016. La campaña responsabilizó a Tony Blair y a Gordon Brown de la crisis y prometió prudencia fiscal como cura al despilfarro laborista que “expuso al Reino Unido al colapso”. A sus 39 años, Osborne había convertido a la austeridad en una estrategia electoral exitosa y tras nueve años en la oposición, encumbraba su carrera como el Chancellor of the Exchequer más joven desde 1870. Lo dicho: algo así como un “derecho para gobernar”.
Es difícil resumir los catorce años posteriores al triunfo de Osborne. Entre 2010 y 2015, Osborne fue Chancellor en un gobierno de coalición con el Partido Liberal-Demócrata. En ese periodo, construyó una narrativa que apelaba al sentido común para justificar una forma draconiana de austeridad. Blair y Brown “sobregiraron la tarjeta de crédito” del Reino Unido y habría que apretarse el cinturón. Como consecuencia, el gasto público pasó de 46.3 % como porcentaje del PIB en 2009-2010 a 40.2 % en 2016-2017. Además, Osborne decidió atar sus manos y la de sus sucesores, institucionalizando reglas asfixiantes de austeridad con la creación de la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria, una especie de organismo autónomo encargado de escrutar el gasto gubernamental.
Si en algún momento Osborne pensó en ser Primer Ministro, quizá fue en 2015 cuando los Tories ganaron una segunda elección. Aunque, en realidad, esa era una tercera victoria para aquel gobierno, que con anterioridad había triunfado en dos referéndums: uno que mantuvo el sistema electoral británico en su forma actual y otro que retuvo a Escocia como parte del Reino Unido. Osborne se encontraba en una racha: una encuesta en aquel año mostraba que el 75 % de los votantes apoyaba sus recortes en el gasto social y la estrategia de campaña que diseñó consolidó a la austeridad como “orden”, desacreditando así cualquier forma de generosidad —fiscal o política— como irresponsable.
Pero no pudo ser. En un intento por desatar el nudo gordiano de su partido, David Cameron sometió la membresía británica a la Unión Europea a referéndum, para quitarse de encima a quienes querían salir de la UE, convencido de que ganarían por los resultados previos de los últimos dos referéndums. Osborne se opuso. La saga del Brexit es conocida. Cuando ya era demasiado tarde y la idea estaba en marcha, la campaña de miedo ideada por Osborne conocida como Remain fue incapaz de retratar al Brexit como un peligro para el público británico y, por tanto, un camino que tendría que rechazarse. El resultado del referéndum lo colocó —junto a Cameron— en el lado incorrecto de una frontera de la que siempre fue consciente: el pueblo vs el establishment.
Hace no mucho, Osborne declaró en su pódcast que Boris Johnson y su decisión de apoyar la campaña pro-Brexit fueron decisivas. Boris Johnson pasó de ser un periodista y político —célebre por mentiroso— a representar el conservadurismo cosmopolita, urbano y post-ideológico de Osborne. De hecho, él fue quien convenció a Cameron de apoyar la candidatura de Johnson a la alcaldía de Londres en 2007 y, después, fue él quien fracasó en convencer a Boris de devolver el favor sumándose a la campaña de Remain en aquel fatídico referéndum. En más de 10 años en la cúspide del Partido Conservador, Osborne tendió y movió tantos hilos que es curioso que se haya ahorcado con, quizá, el único hilo que realmente importaba.

II
Para alguien como George Osborne, que se sabe con un “derecho a gobernar”, los años posteriores al referéndum debieron ser dolorosos. Cada nuevo Primer Ministro tomaría el poder con la misión de hacer del Brexit un éxito, lo que implicaba mostrar que Osborne, con su forma urbana, cosmopolita y elitista de hacer política, siempre estuvo mal.
Theresa May fue la primera de esos Primer Ministros. Diligente, opaca y poco imaginativa, May despidió a Osborne del puesto de Chancellor. Él cuenta que, en aquella conversación, un asistente de May le ordenó abandonar su residencia oficial “por la puerta de atrás”, negándole así un último momento de dignidad.2 Condenado al ostracismo, Osborne juró vengarse.
Pero no hizo falta. En 2017, May convocó a una elección general anticipada. La lógica era simple: obtener un mandato propio para implementar Brexit, unir a su partido y derrotar al Partido Laborista y a su nuevo líder, Jeremy Corbyn, un veterano parlamentario con una visión militante de izquierda contraria a Blair. Eso tampoco pudo ser. En aquella elección Theresa May perdió su mayoría en la Cámara de los Comunes y sin carisma ni capital político propio para perseverar, su futuro quedó en manos de la facción pro-Brexit de su partido, con Boris Johnson, entonces Secretario de Estado para Asuntos Exteriores, como la cara más visible.
El 2017 marcó el retiro del Parlamento de George Osborne, que decidió no contender por su escaño y optar por nuevas profesiones: editor en jefe de un periódico propiedad de un oligarca ruso, asesor de BlackRock, Presidente del British Museum, profesor en la Universidad de Stanford, socio en una firma de inversiones, comentarista en televisión y radio y, recientemente, podcaster.
Ya fuera de la política, la mano de Osborne sigue siendo poderosa. Su periodo frente al Tesoro británico osificó a la austeridad como dogma. A la vez, su forma de hacer política siempre fue demasiado profesional, pragmática, quizá muy cómoda consigo misma, cínica. El Brexit rechazó ambas cosas: la austeridad y el desamparo que provoca, y la política del establishment, que parece flotar impoluta sobre ese desamparo.
Por un lado, para responder a los votantes del Brexit, los gobiernos post-referéndum tendrían que invertir enormes cantidades en las regiones y ciudades que rechazaron a la Unión Europea y a Osborne. Por otro lado, esos mismos gobiernos tendrían que cumplir con estrictas reglas fiscales y un nuevo dogma político que ve al gasto público con aberración y miedo. Uno podría decir que ese gato de tres patas es el verdadero legado de Osborne.
Si Theresa May no pudo encontrarle las tres patas al gato, Boris Johnson sólo pretendió que el gato no existía. Su arrolladora victoria electoral en 2019 le concedió una mayoría amplísima. Boris ganó esa elección prometiendo materializar el Brexit y, además, “nivelar” —level-up— las desigualdades regionales en el Reino Unido. Para Boris, el gato de tres patas no era eso, sino un pastel y él se lo comería todo.
Dominic Cummings acompañó a Johnson cuando éste ingresó a 10 Downing Street, la residencia oficial del Primer Ministro británico. Cummings fue estratega de la campaña pro-Brexit y, ahora, alcanzaba la cúspide de su carrera como Jefe de Oficina de Boris Johnson. Descrito como un ególatra motivado por una “curiosidad anárquica”, Cummings encontró en Johnson al vehículo con el cual demoler la vieja casa para construir el nuevo condominio. Entre sus proyectos estaba la reforma del Servicio Civil británico, reformas al sistema fiscal, a la forma en que el Parlamento escruta al Gobierno, además de la digitalización y tecnologización de cada área de la vida pública. Johnson se comería el pastel, pero Cummings se comería a Johnson.
Nunca estuvo claro quién estuvo en control. Sajid Javid, Chancellor durante los primeros meses del gobierno de Johnson, mencionó hace poco que, en distintas reuniones, era difícil distinguir quién era el Primer Ministro, si Johnson o Cummings. Y eso pasó factura. Escándalos se sucedieron, la pandemia mostró a Johnson como poco menos que incompetente y tras despedir a Cummings, nadie llenó el vació de poder que quedó al interior del gobierno.
Boris Johnson renunció en total descrédito cuando se supo que había tolerado y promovido a un acosador sexual. Antes de eso, se reveló que él, sus funcionarios y staff, violaron reglas de distanciamiento al realizar fiestas mientras el país permanecía en confinamiento. Antes de eso, al gobierno de Boris ya se le investigaba por corrupción en contratos de insumos médicos durante la pandemia, por corrupción en la remodelación de la residencia oficial y por haber mentido a la Reina y al Parlamento.
En 2022, a Johnson le sucedió Liz Truss, una Parlamentaria cuya carrera se gestó bajo el brazo de George Osborne. El problema del Reino Unido, según Truss, era uno de estancamiento y, para resolverlo, la respuesta era un recorte masivo de impuestos que haría crecer la economía. En un acto kamikaze contra la ortodoxia británica, el gobierno de Truss anunció su política económica sin considerar la recomendación del Banco Central o la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria, creada por Osborne.
El resultado fue un proyecto que pretendía recortar 45 billones de libras en impuestos, sin especificar cómo se llenaría ese agujero en las finanzas públicas. Los mercados fueron implacables, la libra se depreció en tiempo récord, el Banco Central intervino de emergencia subiendo tasas de interés y el 25 de octubre de 2022, 49 días después de acceder al cargo de Primer Ministra, Liz Truss renunció, con su reputación y la de su partido dilapidadas.
III
Tras la implosión de Truss, George Osborne dijo en una entrevista que “los gobiernos que se alejan del consenso son incapaces de mantenerse”. Él sabe cuál es ese consenso, porque él lo construyó: austeridad como dogma y una política tecnocrática, con poca o nula carga ideológica.
Diría que hay dos lecciones que se derivan de eso. La primera es que el consenso Osborniano vuelve prohibitivo hablar o siquiera pensar en un gobierno generoso. La segunda es que en una política post-ideológica, no hay nada que filtre o intermedie las relaciones personales que hay entre quienes gobiernan. Sin ideología, no hay fuentes de fricción o disenso, y el pragmatismo al interior del gobierno sólo puede garantizarse cuando todos lo comparten. Dicho de otra forma, cuando uno ya no tiene ideología, lo que quedan son los contactos. Por eso los gobiernos Osbornianos priorizan una idea muy estrecha de competencia: porque da igual en lo que uno crea, lo importante es que conozcas a alguien que te juzgue competente.
Los británicos usan la palabra chumocracy para referirse a su democracia, que parece ser encabezada por camarillas de amigotes —chums. No es difícil ver por qué. Rishi Sunak, el sucesor de Liz Truss, fue descrito por Osborne como una “brisa de aire fresco”. Sunak resucitó a David Cameron, quien ahora es Lord Cameron, Secretario de Estado para Asuntos Exteriores. El Chancellor de Sunak, Jeremy Hunt, implementó los recortes al sistema de salud que Osborne introdujo a partir de 2010. El principal asesor de Hunt es Rupert Harrison que, por diez años, fue jefe de oficina de Osborne. Y así en cada escalón.
En fin, Sunak es el último de los cinco Primer Ministros conservadores. Un hombre millonario, joven, bien vestido y peinado, que parece ser una mezcla de finance bro y hedgefund manager. Sunak ascendió al poder en una situación complicadísima. Su misión era triple: reconstruir las finanzas públicas tras la catástrofe de Truss, recuperar la ética y profesionalismo en el gobierno tras las vergüenzas de Johnson y reposicionar y unir a su partido fracturado como una opción política viable.3
Sunak no ha recuperado un sentido de ética al interior de su partido. Durante su gestión, doce parlamentarios Tories han sido expulsados por diversos escándalos, que incluyen cabildeo indebido, abuso sexual o posesión de drogas. Sunak tampoco ha unido a su partido, cuya facción más pro-Brexit y antimigración amenaza día y noche con deshacerse de él. Tampoco puede decir que ha reconstruido a la economía, con un crecimiento trimestral de 0.6 % tras una recesión de 6 meses.
Hace dos semanas, Sunak anunció la fecha de la próxima elección general. Lo hizo mientras la lluvia caía y él se empapaba. La imagen era ridícula porque, además, luchaba por hacerse oír frente a un manifestante que, con bocina en mano, hacía retumbar el himno de campaña de Tony Blair. Dos días después dio una entrevista en Belfast, en el mismo muelle donde se construyó el Titanic. Un reportero le preguntó si él era el capitán de un barco que se hunde, Sunak, sin decir que no, se limitó a dar una respuesta memorizada.
El Reino Unido votará el 4 de julio en una situación deplorable. En Inglaterra, el número de personas sin hogar se ha casi triplicado desde 2010.4 Además, cada vez hay más autoridades municipales que se declaran en bancarrota. En abril de este año, habían 9.7 millones de personas en lista de espera para recibir tratamiento o una consulta médica en el sistema público —2 millones más que en enero de este año. Entre 2010 y 2022, la productividad económica británica apenas creció 0.5 %. En octubre pasado, el último gran proyecto de infraestructura, que prometía conectar a una región marginada del país, se canceló por ofrecer “pocos retornos de inversión”. Y así en cada rubro.
¿Qué alternativa hay? El Partido Laborista es liderado por Sir Keir Starmer, un abogado de pelo plateado que ingresó al Parlamento a sus 52 años, después de dirigir el Servicio Real de Prosecución de Justicia. Su mano derecha es Rachel Reeves, una egresada de Oxford que trabajó en el Banco Central antes de ingresar a la política. Ambos son adherentes al consenso de Osborne, quien ya sugirió que Reeves es la “heredera de él mismo y David Cameron”.
Starmer y Reeves ya descartaron subir impuestos al ingreso y a las contribuciones sociales. También relajaron su propuesta de derechos laborales, alineándose con el sector empresarial británico. No se comprometieron a anunciar inversión en servicios públicos como hospitales, ni líneas de tren, ni en rescatar a los gobiernos locales.
La pelea por la elección británica ocurre en un clima de asfixia. Nadie se atreve a proponer nada para recaudar o gastar más, pese a que todos prometen crecimiento y seguridad. Osborne dice que lo peor de esta elección es que nos puede “matar de aburrimiento” y eso lo ve como algo bueno. Tanto Sunak como Starmer son dos políticos que le parecen decentes, competentes, y yo entiendo por qué. Ambos son políticos que retoman su consenso, que no son granadas en mano como Liz Truss y Boris Johnson, sino buenos administradores del declive, como en su momento lo fue él.
Quizá George Osborne siempre creyó en su “derecho para gobernar”. Su tiempo en política fue transformador: tanto que esta elección sucede en sus términos y bajo su sombra. Viviendo en Inglaterra, a veces me da la impresión de que no hay oxígeno en la política británica. George Osborne dio tantas bocanadas de aire que lo consumió todo.
Andrés Ruiz Ojeda
Gates Cambridge Scholar y estudiante de Política y Estudios Internacionales en la Universidad de Cambridge. Su investigación doctoral estudia la interlocución de las agendas de derechos humanos y neoliberalización económica en América Latina a finales del siglo XX.
1 Por ejemplo, el Partido adoptó como logo un dibujo de un roble color azul y verde, guiñando a la nueva agenda ambientalista de Cameron y Osborne. Además, en aquellos años el partido creó una lista preferencial de candidatos, priorizando mujeres o personas de alguna minoría étnica o religiosa, esto en un claro intento de renovación partidista, de la aristocracia terrateniente a la diversidad del ciudadano común. https://www.theguardian.com/politics/2006/apr/19/uk.conservatives
2 Osborne lo recuenta a partir del minuto 60 de esta entrevista
3 En aquel momento, los Conservadores se encontraban en un mínimo histórico de aprobación y 30 puntos detrás del Partido laborista en todas las encuestas.
4 En 2010 eran 48 000 personas. Hoy son 112 000.