Desde su condición de estudiosos y culichis pertenecientes a dos generaciones distintas, el sociólogo Ronaldo González Valdés (Culiacán, 1960) y el historiador y poeta Iván Rocha Rodelo (Culiacán, 1996) ofrecen en este mínimo coloquio una visión distinta de los sucesos ocurridos el día ya conocido como Jueves Negro 2.0. Más allá de clichés y estereotipos, proponen un punto de partida propiciador de una renovada conversación pública sobre este tipo de fenómenos, antes inusitados y hoy cada vez más recurrentes en este y otros lugares de México.

RGV. Los hechos del 5 de enero en Culiacán y otros lugares de Sinaloa, su cronología y su fría numeralia de muertos, heridos, despojo de vehículos, bloqueos y desmanes de toda laya, son ya del conocimiento público. Por eso te propongo, Iván, un abordaje, digamos, más cercano a una cierta hermenéutica que apunte a la revisión de esa experiencia, su impacto social y sus posibles consecuencias. Y comienzo diciendo que estoy convencido de que debemos hablar —pero hablar responsablemente— de lo que ha sucedido, de lo que sucede, de lo que puede seguir sucediendo en Culiacán, en Sinaloa, en México. No confundir silencio con cordura, prudencia con ocultamiento, conformidad con resiliencia. Dejar que los eventos recientes —como lo hemos hecho desde el fatídico Culiacanazo de 2019— se sedimenten sin más en la oscuridad del olvido, por lo demás mentiroso, es condenarnos a la resignación o, peor, al autoengaño. El viernes pasado, un día después del segundo Jueves Negro, leía las convocatorias a volver a la normalidad hechas por las autoridades, leía mensajes muy bien intencionados en redes invitando a poner en valor los activos sociales y culturales de Culiacán, de Sinaloa. A bote pronto pensé que eso tendría que ser una reacción elemental ante situaciones de este tipo: la gente tiene que moverse, ver el reflejo de su imagen en otro espejo, salir del pasmo, ir a chambear, eso está claro, pero me pregunto si esa normalidad a la que poco a poco estamos volviendo no será, bien vistas las cosas, otra normalidad. No podemos seguir estructurando un silencio que va a terminar teniendo un efecto de búmeran, es decir, será un silencio que se volverá contra nosotros y que nos reprocharemos quizá por generaciones. Sí, hay que hablar de lo bueno de Culiacán, y también sería bueno hablar en serio, sin silencios premeditados y sin chabacanería evasiva, de lo malo de Culiacán. Empezando por nuestra resistencia a enfrentar la realidad, explicarla, interpretarla, reconocerla y asumirla. Eso sería también bueno, ¿no te parece?
IR. Precisamente la tarde de ese jueves, mi abuela charlaba con una amiga. Las dos desde sus respectivos resguardos domésticos. Mi abuela le decía: “Es que agarraron a un pesado, al parecer a un hijo del Chapo”, y la señora reaccionó alarmada: “Ingasu, pues es que son como tres los hijos de ese señor, ¿cada que al gobierno se le ocurra ir por uno vamos a pasar por esto?”. Mi abuela, abrumada por lo rotundo del comentario, no supo qué responder. Atinó sólo a cerrar la conversación casi susurrando para sí misma: “Supongo que tendremos que aprender a vivir así”. Fue nuestro segundo Jueves Negro, y creo que aquí tenemos que convencernos de que, al contrario de lo que mi abuela y no pocos piensan, jamás “aprenderemos” a vivir así. Jamás sabremos qué hacer ante esas escaladas repentinas, pero estruendosas, de violencia. Vivir así no se aprende. Cuando uno dice o escucha expresiones de este estilo, entiende que el narcotráfico nos ha resignado. Y también, como tú has dicho en algún ensayo, nos ha re-signado, nos ha marcado con nuevos signos y nuevas muescas físicas y simbólicas: ¿es realmente esta violencia parte de nuestro ADN histórico y cultural? ¿Ser culichi significa ser, también, cómplice tácito del narcotráfico? ¿Qué tan artificial, qué tan frágil es la diferenciación entre el sinaloense común y el sicario, el puntero, el capo? ¿Tú qué piensas, Ronaldo?
RGV. Me parece que, en principio, no nos vendría mal abrir un paréntesis, una suerte de escéptica epojé, salir de las inercias mentales y reparar en que estamos atrapados en estereotipos y clichés que se nos han endilgado y que, hay que decirlo, nosotros mismos hemos contribuido a crear, algo así como las certezas consagradas de un pretendido sentido común, diríase que casi inapelable. Comentaré dos ejemplos. Primero, recuerdo aquella declaración, hace unos cuantos años, del entonces gobernador Mario López Valdés: “Tenemos un estado que, por tradición, tiene una alta actividad delincuencial” (en el periódico Noroeste, Culiacán, Sinaloa, 11 de agosto de 2016). ¡Qué afirmación tan redonda en su rotundidad! Y la dijo el primer tomador de decisiones en la entidad. Somos guadalupanos por tradición, rendimos culto a la muerte por tradición, podemos ser seguidores de las chivas rayadas o votar por un partido por tradición familiar o grupal, pero no asesinamos, robamos, extorsionamos o secuestramos por tradición (remito a mi artículo “Sinaloa: ¿violento por tradición?”. Y el segundo ejemplo, una situación muy incómoda que viví apenas este sábado, cuando la reportera de una cadena televisiva de mucho ascendiente entre la población latina de Estados Unidos, especialmente enviada a Culiacán para realizar un programa sobre lo ocurrido el jueves, me buscó para entrevistarme y soltó la pregunta a bocajarro: “¿La sociedad de Culiacán está decepcionada y hasta molesta con quienes sitiaron su ciudad, sus carreteras, sus comunidades, despojaron a las personas de sus vehículos y, en suma, la sumieron en horas de terror e incertidumbre?”. De inmediato le respondí que esa pregunta parte de supuestos inasibles, de clichés, de estereotipos. Algo así como que la sociedad local ha sido cómplice de las prácticas criminales y ahora se ha desencantado, ha perdido la confianza en aquellos en los que la había depositado durante décadas. Esto no es cierto. Como en todas partes, aquí hay gente involucrada en las redes criminales desde su investidura civil o hasta profesional, en significativas franjas de la población se escuchan narcocorridos y demás, pero la generalización nos conduce a la entelequia: ¿qué es la sociedad culiacanense? Acá hay más Instituciones de Asistencia Privada y Organizaciones No Gubernamentales que en Hermosillo, San Luis o Aguascalientes, ciudades de similares dimensiones poblacionales, y no por eso estamos autorizados a generalizar diciendo que tenemos una sociedad civil fuerte y participativa. Esas son declaraciones demagógicas, unas y otras, tanto de políticos en busca de popularidad como de periodistas en busca de “lo noticioso”.
IR. Estoy de acuerdo contigo hasta cierto punto. Y creo, Ronaldo, que algo similar ocurre en el terreno de la propia vida civil, íntima y hasta familiar. Este segundo Jueves Negro puso a prueba, tal vez con más intensidad que en 2019, nuestra capacidad para asimilar, con mediana sensatez, las noticias. Y digo “noticias” porque los acontecimientos, es decir, lo real que da lugar a la noticia, no se subordina a nuestros deseos ni a nuestra razón: “El mundo no tiene corazón, y sería locura guardarle rencor por eso”, decía Nietzsche. Lo que alcanzo a ver es una interpretación emotiva, pasional o apasionada de la noticia. Conclusiones rápidas que surgen de un contexto emocional, de una afectación lírica, aunque ciertamente dramática, que apresura análisis contradictorios, apologéticos en un extremo o condenatorios en otro. De ahí la opinión rápida, no dudo que auténticamente sentida, y el comentario sin tonalidades (ellos “los malos”, nosotros “los buenos”) inscrito en algo que quiere —no estoy seguro de que lo logre— ser un diálogo sugestivo y sugestionador, emotivo y reivindicador (“Culiacán es más que esto”, “Estos hechos no representan lo que realmente somos”). Por eso tengo la impresión de que resaltar los “valores” o los aspectos positivos de Culiacán y Sinaloa funciona como un paliativo inmediato, una reacción psicológica muy básica e insuficiente. Es decir, cuando ocurre el encierro forzado y lo único que hay es una angustia paradójicamente desbordada desde la distancia que marca el locus doméstico, desde la incertidumbre intramuros, expuestos a una avasallante marea de información noticiosa (real y falsa), lo que encontramos a mano es una aspirina psicológica para aliviar momentáneamente la congoja. Porque, eso sí, estoy de acuerdo contigo en que no podemos servirnos solamente de los aspectos positivos —o convencionalmente considerados como “positivos”— de Culiacán para construir un diálogo pensado, modulado, sensato, sobre lo que (nos) pasa. Porque sí, y aquí matizaría la respuesta que le diste a la reportera, Culiacán es lo que lo representa en sus celebraciones (su comida, su música, su arte, su música de viento, sus parques, sus viejas calles, sus puestas de sol y hasta sus bellas mujeres), pero es también una ciudad que opera, en muchos sentidos, en la liminaridad con la transgresión, donde sobresale una economía informal, donde la ilegalidad y el uso de armas de fuego se incorporan a una serie de dinámicas sociales no nada más solapadas, sino en más de un sentido normalizadas, un lugar clave para la producción y venta de drogas a nivel nacional e internacional. Quizá eso ya se sabe o se asume en la opinión pública, pero nunca es tan meridianamente percibido como cuando ocurren cosas como las del jueves 5 de enero reciente, o las de aquel jueves 17 de octubre de hace tres años. Así que, empezando por reconocer esto que sí es real, ¿a dónde quieres llegar con la idea de que necesitamos una especie de paréntesis, una propedéutica que permita abrir una conversación pública? ¿A qué conversación te refieres, cuáles serían sus propósitos?
RGV. Claro que eso que señalas es real. Aunque lo es en buena parte del país. La diferencia reside en que, por así decirlo, aquí germinó la semilla. He ahí el origen de la leyenda negra que pesa sobre Sinaloa. A estas alturas, esa liminaridad de que hablas está presente en muchos otros lugares, en los cuales, inclusive, tiene incidencia directa no sólo en lo que tú llamas las “dinámicas sociales”, sino en la política local. Un tema que ya han tratado, desde perspectivas distintas, estudiosos como Fernando Escalante, Claudio Lomnitz o Alejandro Hope. Voy ahora a la inquietud que me planteas. Lo dijiste bien: necesitamos una propedéutica que desbroce el camino de una conversación pública en, por lo menos, dos vertientes. La primera, acaso la más importante en el mediano plazo, tendría que ser la que haga palabras de los cascajos ahumados, la que permita tematizar el asunto en la poesía, el ensayo, la crónica, el cuento y hasta la novela. Hacer que esa escritura desemboque en lo que Martha Nussbaum llama “justicia poética”: aquella que no sólo proviene de las ideas, sino también de su poder para desatar la imaginación moral, una imaginación que pone entre paréntesis la literalidad de la convención jurídica o moral y de las relaciones sociales prevalecientes, alimentando una sensibilidad distinta con respecto al mundo y a los demás. Y la segunda vertiente, más formal, tendría que proponer —a iniciativa de las universidades, las ONGs y otros organismos civiles— una agenda de discusión que desde la historia, la etnografía, la sociología, la economía, entre otras disciplinas, sumando las experiencias de grupos sociales diversos, ordene un debate sobre la región y genere ideas inspiradoras de políticas públicas que desaten, en verdad, nuevas sinergias sociales, urbanas y comunitarias. Sin simulaciones, convencidos de que no podemos evadir más, con frívolas chabacanerías o apesadumbrada resignación, este hecho colectivo de conciencia.
IR. Entiendo, se trata de un gran reto, pero muy razonable y cada vez más perentorio. Todavía después del fatídico jueves, la mañana del día siguiente fue completamente incierta. Algunos retomaban la normalidad, o eso que tú llamas la otra normalidad. Eran muchos los que permanecían en resguardo. Todavía se leían rumores sobre asaltos, robo de coches. Conforme avanzó el día, la ciudad recuperó medianamente su flujo regular. Todavía en alerta y a la expectativa de nuevos sucesos. Eso es algo que no ocurrió en 2019, pues la noche de aquel 17 de octubre, los mismos comandos armados anunciaban jubilosos la liberación del personaje y todos dimos por hecho que la pesadilla había concluido. La realidad es que, los culichis lo sabemos, el Jueves Negro no terminará nunca del todo si seguimos apartándonos de la realidad. Esa hidra duerme con nosotros. Todos sabemos que es cuestión de tiempo o de circunstancias para que nuestras calles dejen de ser nuestras y pasen a ser el escenario de las balaceras, las detonaciones y el terror. La recurrencia de estos eventos nos lo confirma.
RGV. Pues bien, quiero pedirte permiso para terminar esta charla citando las líneas que me enviaste hace unos días, querido Iván, amigo historiador, amigo poeta:
Es esta la ciudad:
la que corre, fluye, tiembla;
es esta la ciudad, esta otra,
todas, ninguna, siempre.
Pero este es el cuerpo,
su dolor, su memoria
y el imposible lenguaje del fuego
que lo consume.
Iván Rocha Rodelo
Historiador, poeta y ensayista. En nexos publicó “Guerra ficticia, sangría real: La guerra en las palabras, de Osvaldo Zavala” y este año la UAS publicará su libro de poemas Nosología imaginaria.
Ronaldo González Valdés
Sociólogo y ensayista. Es colaborador de nexos, ha publicado diversos artículos, ensayos y libros sobre historia y violencia en Sinaloa y México. Su último libro es George Steiner: entrar en sentido (Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2019)