No soy Juan Villoro

Aunque la mayoría de las personas me refieren por mi apodo, a veces recuerdo que me llamo Juan Jesús. Nombre compuesto poco común en México a partir del ensamble de dos de los nombres más comunes que existen. Esta paradoja me acompaña desde siempre. Juan Jesús es demasiado telenovelesco para la cotidianidad. Y separado, Juan o Jesús, simplemente pasa inadvertido ante otros miles de ignotos tocayos. Por eso sospecho que algunos me llaman de una forma y otros de otra, incluso de manera equívoca o con combinaciones improvisadas, como si las palabras que sirven para identificarme fueran irrelevantes en un país en el que los sobrenombres circulan con más soltura que convicción, condensando todo lo que los nombres propios no pudieron.

 

Era el año 2010 y recuerdo aquel verano por un par de acontecimientos cruciales en mi vida: la trágica ruptura amorosa con una expareja y el Mundial de la FIFA en Sudáfrica. Dos eventos en apariencia inconexos, pero que bien tuve la fortuna de verlos unidos por un milagroso artefacto narrativo de nombre común y apellido raro, mejor conocido como Juan Villoro.

La historia es simpática sólo en retrospectiva. Y es que, tras resignarme a otra dolorosa eliminación de la selección mexicana y sobrellevar el luto que deja un desamor de juventud, las ansias por querer encontrar refugio en algo fueron remediadas por un perspicaz librero que me recomendó literatura futbolera para llenar los vacíos que dejó un mes de entrega a consumir programas deportivos. Así como para quien es vital tomar un antiácido después de devorar un exquisito banquete seguido del abandono en la comida chatarra, los libros sobre fútbol sirvieron para pasar el mal trago e introducirme, casi sin darme cuenta, en una forma distinta de entender el juego.

Comencé con Fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, entrañable bestiario de gestas, fracasos, términos y pasiones que convierte cada jugada en una pequeña épica latinoamericana. Continué con Salvajes y sentimentales de Javier Marías, colección de artículos donde el balón se convierte en pretexto para el estilo elegante y la remembranza. Terminé con el libro que más me interpeló, ese que aprovecha la excusa del fútbol como lenguaje total para explicar el mundo de quienes nos apasionamos con este juego: Dios es redondo de Juan Villoro. Se convirtió en mi favorito.

Y así, de repente, ese escritor que me resonaba –por haber leído a alguien con ese mismo apellido al cursar la materia de Filosofía del Derecho durante mi carrera de abogacía– comenzó a convertirse en un habitual. Volví con el librero perspicaz tan sólo unos días después de disfrutar sus recomendaciones y, como el reincidente que soy, le solicité más obras de Juan Villoro; me llevé Llamadas de Ámsterdam. Al iniciar dicha novela comprendí que hay veces que la literatura se encarga de solventar algunas insuficiencias cotidianas. Sin caer en el cliché de que “la literatura salva vidas”, podría afirmar que en ocasiones ésta ofrece atajos y alternativas ante el tedio, espejos inesperados que posibilitan persistir en momentos difíciles.

En las primeras líneas de aquella novela corta descubrí que el protagonista se llamaba igual que yo. La historia de Juan Jesús develaba la historia de un amor frustrado, mediado por las segundas oportunidades, los recuerdos y una ciudad que, más que mero escenario, se erigía como personaje que condicionaba cada encuentro. En eso estoy con Cercas quien insiste en que la literatura es la forma más potente de la memoria. Recuerdo que al finalizar quedé muy emocionado, pues leer Llamadas de Ámsterdam resultó una experiencia en primera persona. Me imaginé participando en un guion sobre el cual no estaba ni enterado de su existencia.

No tenía la menor duda, Juan Villoro escribía para mí. Era un escritor que me daba pistas para comprenderme y, acaso, para explicarme algunas cuantas cosas inexplicables. Sus columnas de opinión en el periódico se volvieron brújulas semanales y su incansable obra un territorio fértil al que acudir de vez en vez en busca de sentido. Así redescubrí la poesía de López Velarde y supe a qué sabía la chía, me enteré de insólitas anécdotas sobre Bolaño antes de que Bolaño se convirtiera Bolaño, y hasta llegué a dimensionar la relación de nuestra identidad nacional con el chile, la importancia del Necaxa o el carácter de aquellos que hacen puré en la cena de Navidad.

En la antesala de tiempos en los que la información comenzaba a multiplicarse hasta saturarnos y volverse desconfiable, Villoro aparecía como una voz capaz de ofrecer orden y de construir relatos que devolvían coherencia a un entorno en vísperas del colapso. La vigorosidad y convicción con la que escribe, si bien no garantiza veracidad, sí logra que cualquiera de sus argumentos resulte verosímil.

Al momento en que la actualidad se presenta como fragmentada y saturada de estímulos inconexos, la pluma de Juan Villoro es invaluable. Pienso, por ejemplo, en lo que me ocurrió con la lectura de La figura del mundo, el entrañable libro sobre su padre, el filósofo Luis Villoro. En las últimas páginas relata la afectuosa polémica que sostuvo con sus hermanos acerca del lugar donde debían depositar las cenizas de su padre, pues mientras unos defendían que reposaran en territorio insurgente, en la montaña zapatista, como símbolo de la cercanía con el EZLN, otros insistían en la importancia de no tergiversar la memoria paterna con reivindicaciones políticas y conservar los restos mortales en una urna en la cripta de una iglesia. La solución, narrada con ternura y lucidez, fue salomónica: la familia dividió las cenizas sin mayor inconveniente.

Algo así sucedió hace poco con mi papá. Toda la vida mencionó que al fallecer quería descansar en el rancho, en el municipio rural de Doctor González, Nuevo León, donde se encuentran mi abuela y mi abuelo, los bisabuelos, tías abuelas, y varios familiares de apellido Garza. El tema fue que, días antes de fallecer, cambió de opinión y me pidió estar junto a mi madre en una tumba de un típico panteón municipal. Como si el dolor por el luto no bastara, se me presentó entonces una nueva encrucijada; cómo honrar la tradición familiar y, al mismo tiempo, cumplir con la última voluntad de mi padre. En esos momentos entendí que la disyuntiva no podía resolverse eligiendo entre enojar a unos o satisfacer a otros, tampoco haciéndome de la vista gorda o acaso exhumando féretros para corregir decisiones cambiantes.

Fue cuando recordé La figura… y se me apareció una milagrosa solución pragmática. Cremar a mi padre, depositando la mitad de sus cenizas donde creció y la otra mitad al lado de quien más amó. No tuve necesidad de pedir permiso, mucho menos de averiguar qué dice la institución más antigua sobre la faz de la tierra acerca de la división de cenizas y la unidad espiritual; todo eso quedaba empequeñecido frente a lo narrado por Villoro. Y como ya he dicho, la literatura en general, y la de Juan Villoro en particular, a veces ofrece claves inesperadas para sobrevivir y encontrar un orden posible en medio del caos. La vida sólo es un pretexto para escribirla, bien dijo Alejandro Rossi.

Ahora bien, el estilo de Villoro no por ser claro es sencillo. La erudición que destellan sus líneas trasciende la acumulación de referencias o la gala de saberes dispersos para tejer ideas complejas y cristalizarlas en narraciones accesibles, sin sacrificar densidad conceptual. Si de un tiempo para acá se le adjudicó a su estilo ensayístico la etiqueta de “ornitorrinco” por su capacidad de combinar registros heterogéneos y géneros distintos, lo cierto es que sospecho que cada vez que Villoro escribe lo hace pensando generosamente en su auditorio, en ese lector potencial que recorrerá sus páginas y que requiere de una voz capaz de dialogar con él sin imponerse o de seducirlo sin condescender.

De ahí que no resulte la misma experiencia leer De eso se trata o La utilidad del deseo, que Arrecife, Materia dispuesta, o El libro salvaje. No estoy aquí para repasar su obra, ni para lanzar hipótesis sobre su figura literaria, pues ya se han hecho buenas recopilaciones. Resalto la coordinada hace años por José Ramón Ruisánchez y Oswaldo Zavala quienes abren su libro describiendo a Villoro como “experto malabarista del símil preciso y de los motivos narrativos llevados hasta sus últimas consecuencias”. Mi aproximación es desde el afecto que le puede tener un simple lector al que inadvertidamente le ha ayudado.

En cualquier caso, sospecho que su mayor secreto radica en hacernos creer que la escritura es un acto fácil, una actividad que cualquiera puede hacer con un poco de ingenio y disciplina. Villorizar sería el verbo que resume esa ilusión: narrar con soltura, como si las ideas se dejaran atrapar sin resistencia, como si la prosa fluyera sin esfuerzo, conectando improbables asociaciones y volviendo naturales las más arriesgadas digresiones.

Pero nada más equivocado. De hecho, ese es su verdadero secreto: la naturalidad aparente de su escritura que encubre un rigor excepcional. Al final, sólo Juan Villoro puede escribir como Juan Villoro.

Precisamente, en su libro más reciente No soy un robot, nuestro autor hace una apología de la palabra humana frente al vértigo tecnológico, reivindicando el pensar despacio, la atención, la imaginación y hasta el error, como gestos irreductibles a cualquier algoritmo. Su nueva obra es una inteligente reflexión respecto al estar vivos en este tiempo y este espacio. Cuando la inteligencia artificial amenaza con uniformar los discursos, Villoro recuerda que la escritura genuina, su escritura, conserva un margen de riesgo, de duda y de asombro que ningún programa puede simular. No por casualidad Bolaño señaló que la relevancia de Villoro reside en haber sabido mantenerse en pie con el paso del tiempo y no haberse convertido en cobarde ni caníbal.

Más vale no extenderme más y finalizar de una vez por todas, antes de que crea que la admiración concede algún atisbo de parentesco. Y es que, a veces, recuerdo que me llamo Juan Jesús y, claramente, no Juan Villoro.

Juan Jesús Garza Onofre

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor en El Colegio de México y el ITAM.

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Publicado en: Vida pública